LA VICTORIA SOBRE LA PROPIA SOMBRA

A grandes problemas, soluciones sencillas: el secreto para pasar a octavos

Un primer tiempo razonable, un segundo tiempo a puro impulso, algo de fortuna, algo de buen juego, mucha energía y determinación, le alcanzaron con lo justo a la Argentina para vencer por primera vez en esta Copa del Mundo a su rival más temido, su propia sombra.

A grandes problemas, soluciones sencillas. Con esa premisa comenzó el partido la Argentina. La distribución de los futbolistas en el campo, volver al 4-3-3 básico, fue como ingresar la dirección correcta en el GPS. No hay plataforma táctica más reconocida por los jugadores que ese molde tradicional. Saber dónde puede estar su compañero más cercano, provee a quién recibe la pelota en condiciones de incomodidad de una seguridad, que hoy, era indispensable para empezar.

Las primeras sensaciones del partido ya fueron diferentes a los dos anteriores. El equipo lucía más armónico, nada de otro mundo, lejos de sonar orquestal, pero con una afinación desconocida hasta ahora. Dos o tres movimientos de roles, alcanzaron para esa mejoría. Los laterales (Mercado y Tagliafico), aún cuando no participaran en la trama de la elaboración, se incorporaban a la línea media cuando la Argentina tenía la pelota. Ese adelantamiento de los laterales, garantizó la amplitud que separaba a los nigerianos entre sí abriendo pasillos por dónde progresar sin sobresaltos.

El segundo movimiento (y el más importante) fue disponer a Banega y/o Enzo Pérez en diferentes alturas respecto de Mascehrano. Los espacios fueron apareciendo por decantación, y el dominio, aún sin tantas ocasiones de gol, no tuvo discusiones. La velocidad del mediocampo argentino, esta vez no estuvo determinada por la lentitud de sus componentes sino por la posibilidad de circular la pelota con mayor rapidez. En el fútbol, no se puede mensurar la velocidad con ninguna planilla, no es solo cuestión de fibras rápidas. Banega tiró de su recuerdo e hizo cosas que hasta él había olvidado: jugó profundo, tocó y pasó a buscar la descarga, y hasta se animó a recibir en sitios más incómodos tras los medios rivales y a la carrera. Hacía tiempo que Banega no jugaba 45 minutos así, lejos de ser un eterno apoyo al 5 y comprometido con otras actividades, más exigentes, menos confortables para él y más productivas para el equipo.

Messi también sintió que algo estaba mejor y que esta vez podía pensar el juego de otra manera. No era necesario hacerse cargo de todo: ira buscar la pelota a la casa de Mascherano, gambetear, rematar, etcétera. Tenía esta vez, mínimas garantías colectivas como para hacerse dueño de algunas jugadas, pero ya no de todo el partido. El gol fue una obra maestra del control: primero con el muslo, y luego alejando la bola del defensor que llegaba, pero justo por delante de él para definir con la otra pierna. Una maravilla inolvidable. Hasta las neurociencias estarán en apuros para explicar cómo alguien puede procesar y ejecutar todo eso en medio segundo con tanta precisión.

Luego del empate nigeriano, la Argentina estuvo a punto de perder el rumbo y vio de reojo su sombra. Primero Armani con una atajada determinante, y luego el evidente deseo de luchar hasta el final, rescataron al equipo de una situación de la que otras veces no hubiera podido salir. Atrás había quedado el aceptable primer tiempo. Hasta el final la Argentina jugó con extrema tensión, comprensible a esta altura. El juego estaba en el campo emocional y los pizarrones  volaban por los aires, tanto que el 2-1 llega por un centro de Mercado de 7 y una volea de Rojo de 9.

Fue una tarde estresante. Más que alegría, lo que se percibió en los futbolistas argentinos, fue un tremendo alivio. El partido tuvo todo lo que suelen tener los grandes compromisos de un Mundial, solo que este no debía ser uno de esos duelos a todo o nada. Lo fue por las extravagancias y los mareos anteriores. Ahora toca ajustar lo que todavía está flojo (que no es poco), pero más importante todavía, hay que dejar que fragüe lo que está en el lugar correcto.