En octubre de 1964, un año después de que Arturo Illia ganara las elecciones presidenciales con el peronismo proscripto, se estrenó en la Argentina Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, en el original), dirigida por Stanley Kubrick y basada en la novela de Peter George, Alerta Roja (Red Alert). Convencido de que una conspiración comunista está contaminando el agua de los Estados Unidos con flúor para infectar “los preciados fluidos corporales” de sus conciudadanos, el general de la Fuerza Aérea Jack D. Ripper (interpretado por el notable Sterling Hayden) ordena un ataque aéreo nuclear sorpresa contra la Unión Soviética. Cuando el Presidente norteamericano (uno de los tres personajes interpretados por Peter Sellers) y su gabinete descubren que el ataque está en marcha, lo informan al gobierno soviético para que pueda interceptar los bombarderos rebeldes; pero los soviéticos solo destruyen dos y dañan uno, que sigue en ruta hacia su objetivo. Mientras tanto, el asesor del Presidente, un antiguo científico nazi, el doctor Strangelove, también interpretado por Sellers, les advierte a sus colegas sobre la existencia de la “Máquina del Juicio Final”, un dispositivo de represalia soviético capaz de acabar con la humanidad. Su principal cualidad es la autonomía: se trata de un sistema que responde de forma automática a cualquier agresión nuclear con una respuesta devastadora. La amenaza de la destrucción planetaria tenía por objetivo desalentar cualquier agresión: aun si el enemigo consiguiera aniquilar a toda la población soviética, la terrible Máquina actuaría sola.
En ese sentido, la historia ilustra un principio enunciado por el sociólogo francés Raymond Aron, asesor del Presidente Charles De Gaulle, quien definió la Guerra Fría como una situación de “paz imposible y guerra improbable”, sostenida por el “equilibrio del terror”. Este concepto describe cómo la posesión de armas nucleares tanto de parte de los Estados Unidos como de la URSS disuadía el conflicto directo, convirtiendo la amenaza de destrucción mutua asegurada en la garantía de una paz inestable pero duradera. En resumidas cuentas, el costo de la guerra superaba cualquier beneficio posible. El dilema es que ese acuerdo tácito presuponía contar con interlocutores racionales, como ocurrió –por ejemplo– en plena Guerra Fría, durante la famosa crisis de los misiles de 1962 entre los Estados Unidos, Cuba y la Unión Soviética. John F. Kennedy y Nikita Jrushchov “escalaron para desescalar”. Mientras subían el tono públicamente, llevaban negociaciones diplomáticas en las sombras.

El conflicto, que involucraba armas de destrucción masiva, pudo ser evitado ya que ambos mandatarios, con Fidel Castro como tercero en discordia, sabían que el costo de una salida nuclear superaba cualquier beneficio. Eso no ocurre en el Dr. Insólito. El general que inicia el ataque a la Unión Soviética para “proteger sus preciados fluidos corporales” es un paranoico carente de cualquier filtro racional. Los idiotas con poder suelen ser peligrosos, justamente, por no evaluar las consecuencias de sus actos y “escalar sin posibilidad de desescalar”.
Si bien Alerta Roja es anterior a la crisis de los misiles, podemos sospechar que el riesgo de un exterminio nuclear tan cercano impactó en la opinión pública de aquel entones. De hecho, ese mismo año se estrenó Punto límite (Fail-Safe en el original en inglés), dirigida por Sidney Lumet; con Henry Fonda y Walter Matthau en los roles principales. Si bien el tono es muy diferente, el tema es similar: el apocalipsis nuclear. En este caso, el catalizador no es un militar desquiciado sino el error técnico de un sistema enunciado como perfecto. Lo que fue concebido para disuadir un ataque nuclear (el famoso “equilibrio del terror” de Aron) se transforma en el motor de la aniquilación humana.
Las críticas luego del estreno fueron dispares, o más bien incómodas. Para Bosley Crowther, de The New York Times, se trató de “una de las sátiras más ingeniosas e incisivas que jamás se hayan visto en la pantalla sobre la torpeza y la insensatez de los militares” pero, “por otro lado, me preocupa la sensación, que recorre toda la película, de descrédito e incluso desprecio hacia todo nuestro aparato de defensa, incluyendo al hipotético comandante en jefe”. Es cierto que, si bien la maestría de Kubrick se centra en la paranoia militar, también ridiculiza al Presidente norteamericano, un inútil indolente que intenta infructuosamente calmar a su par soviético: “Dimitri, tenemos un pequeño problema…”
En la escena final, el piloto del bombardero que logró eludir las defensas soviéticas destraba el dispositivo dañado por los disparos recibidos y cabalga literalmente sobre la bomba, como un vaquero del Lejano Oeste. Mientras el mundo llega a su fin, escuchamos la voz aterciopelada de Vera Lynn interpretando Nos encontraremos otra vez (We'll Meet Again), de Ross Parker y Hughie Charles, tema que durante la Segunda Guerra Mundial se transformó en un himno de esperanza:
Nos volveremos a encontrar,
No sé dónde, no sé cuándo,
pero sé que nos volveremos a encontrar algún día soleado.
Hace unos días, en pleno conflicto armado contra Irán, el Presidente Donald Trump amenazó: “Una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”. El líder de la Casa Blanca no dio detalles, pero ya había adelantado que las fuerzas armadas estadounidenses podrían bombardear las centrales eléctricas, los puentes, los puertos y otras infraestructuras civiles de Irán “hasta regresarlo a la Edad de Piedra”. El enemigo a destruir incluye a la población civil que supuestamente la coalición de Estados Unidos e Israel buscaba liberar de las garras de un gobierno dictatorial.
En una entrevista con el periodista Tucker Carlson, Mike Huckabee –embajador designado por la Casa Blanca en Israel– consideró que el derecho a existir de dicho país viene “de la Biblia” y también de una “larga repetición de antecedentes históricos desde el Acuerdo de Balfour de 1917”. Huckabee, ex ministro bautista, señaló que el territorio que ahora ocupa Israel ha sido su “patria” desde la época de Abraham, ya que Dios se la entregó. Citó varios pasajes del Génesis que darían contundencia teológica a dicha afirmación. Carlson también citó un versículo del Génesis, donde se detalla que la Tierra de los herederos de Abraham iría desde el Éufrates (Siria e Iraq) hasta el Nilo (Egipto), incluyendo la península arábiga, es decir casi todo Medio Oriente. “No estoy seguro de que iría tan lejos, sería un territorio muy extenso”, pero “estaría bien si se quedaran todo”, respondió Huckabee. Por otro lado, el embajador también justificó el asesinato de niños en la Franja de Gaza por parte del ejército israelí ya que podrían ser considerados “agentes” de Hamas. Sostuvo que, si ese fuera el caso, “que Dios los ayude” a ser sacados de esa situación. Dios parece muy ocupado en este momento.

Las razones invocadas por Trump y su místico embajador para justificar el genocidio en Gaza o el ataque contra Irán no son mucho más descabelladas que la amenaza comunista sobre “los preciados fluidos corporales” de los ciudadanos norteamericanos. Jared Kushner, el yerno de Donald Trump que presentó en el Foro de Davos un plan de reconstrucción para la Franja de Gaza que incluye la creación de marinas, rascacielos y complejos turísticos de lujo, inspirados en Dubái, podría ser un personaje de Dr. Insólito. Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, integrante de la bochornosa Junta de Paz (Board of Peace), un coso internacional impulsado por Trump para gestionar la reconstrucción de Gaza sin palestinos, también podría tener su lugar junto al general Jack D. Ripper. El argumento teológico acompañado de la supuesta voluntad de Dios es una prerrogativa que Trump y su ladero argentino le otorgan a Israel, pero que le negarían a cualquier otro país o pueblo.
Según el Corán y la tradición, Mahoma fue llevado de noche desde La Meca hasta la Mezquita de Al-Aqsa (Jerusalem), y desde allí ascendió a los cielos para encontrarse con Dios. La misma tradición cuenta que el Profeta dirigía las plegarias hacia dicha ciudad hasta que, en el decimoséptimo mes de su peregrinaje de La Meca a Medina, Alá le ordenó que mirara hacia la Kaaba, en La Meca. Eso explica que Jerusalén sea la tercera ciudad más sagrada del islam (después de La Meca y Medina). Sin embargo, es improbable que la Casa Blanca, sus embajadores o sus felpudos argentinos tomen esos antecedentes religiosos para justificar un conflicto armado a favor de los musulmanes del mundo o, simplemente, determinar su política exterior.
Al establecer la idea de “paz imposible y guerra improbable”, Aron presuponía interlocutores racionales, es decir, líderes políticos que defendieran los intereses de sus Estados pero que, al mismo tiempo, evitaran como el ébola las decisiones que pudieran generar consecuencias tan catastróficas como irremediables. Milei no se ubica dentro de esa categoría. Desde un inicio ha colocado a la Argentina en un conflicto que excede sus capacidades. Pero, sobre todo, contradice así más de un siglo de tradición diplomática argentina, que desde Luis María Drago y Carlos Saavedra Lamas ha impulsado la doctrina de no intervención, basada en la igualdad soberana de los Estados, la autodeterminación de los pueblos y la solución pacífica de los conflictos entre Estados. Al afirmar que defiende a Israel porque “es el pueblo de Dios”, Milei sale del terreno racional de la política exterior para entrar en el de la teología o, incluso, en el de la metafísica. De forma paralela, el padre de Conan señala a Irán como un enemigo de nuestro país, argumentando que “ya puso dos bombas en la Argentina”, una afirmación por supuesto falsa. Ninguno de los atentados a los que hace referencia –el de 1992 contra la Embajada de Israel y el de 1994 contra la AMIA– ha podido ser dilucidado por la justicia argentina. La Corte Suprema ha sido inútil en el caso de la Embajada; mientras que, durante los primeros diez años, la justicia federal se dedicó a encubrir el de la AMIA, para luego desviar la atención hacia el Memorándum con Irán, un acuerdo votado en el Congreso que no constituye delito alguno. Más de tres décadas después, seguimos sin conocer a los autores materiales e intelectuales de esos actos de terrorismo.

En realidad, más allá de las bravuconadas del Presidente de los Pies de Ninfa, la Argentina mantiene relaciones diplomáticas con Irán desde 1947; dos años antes de que el gobierno de Juan D. Perón reconociera el novel Estado de Israel, siendo uno de los primeros países en hacerlo. Como escribió Horacio Lenz, “la doctrina argentina fue de ‘reconocimiento, sin ofensa’, que sostenía un balance entre la relación con Israel y la Liga Árabe, y se mantuvo como política por parte de nuestro país desde el nacimiento de la relación bilateral hasta nuestros días”. No es una decisión casual: Perón le otorgaba una enorme importancia a los acontecimientos mundiales y solía afirmar que “la política, es la internacional”, un enunciado que sin duda hubiera aprobado Charles De Gaulle.
El gobierno de la motosierra vino a destruir también esa gran tradición argentina, la que podemos situar desde Julio A. Roca hasta los gobiernos de Néstor Kirchner y CFK, pasando por el de Perón, y que establecía la política exterior en base al respeto hacia la autonomía de los pueblos y en defensa de los intereses del pueblo argentino. El multilateralismo impulsado por los gobiernos kirchneristas es un fiel reflejo de esos principios, que no carecen de pragmatismo: tener relaciones diplomáticas y comerciales con todos, con Estados Unidos y la Unión Europea, pero también con Brasil y China, e incluso impulsar el ingreso de la Argentina a los BRICS. Un espacio político y comercial que explica más del 40% del PBI mundial, del que la Argentina se fue por decisión del mejor gobierno de los últimos cinco mil años.
Destruir aquella tradición y reemplazarla por el seguidismo perruno hacia Estados Unidos e Israel no aporta ningún beneficio hacia los argentinos, al contrario, los coloca en primera fila frente a un conflicto que los excede por completo. Cambiar decisiones racionales por desquicios místicos tampoco puede augurar nada bueno. Pero lo más preocupante no es el delirio bíblico de nuestro Presidente, sino el apoyo incondicional que sus políticas (aunque tal vez ya no él) mantienen entre nuestro establishment empresarial. Sus integrantes no hablan con perros muertos, ni sufren de desbordes emocionales, pero apoyan políticas exteriores devastadoras, contrarias a nuestras mejores tradiciones y al interés del pueblo argentino.
Es otro de los datos de la realidad que deberá considerar el peronismo cuando, inevitablemente, vuelva al poder.
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