LA VOZ DE LOS COLIMBAS

Rumores de fusilamientos, arengas patrioteras y vuelos de la muerte en Campo de Mayo

 

Cuando se cortó la luz, el soldado retrocedió sobre sus pasos y se retiró del cuartel de los bomberos por la parte trasera. En esa salida repentina el temor lo expuso. Había quedado de frente a dos aviones que acababan de aterrizar. Los tenía a unos treinta metros de distancia. La oscuridad de la noche y el relieve de un badén lo protegieron. Vio la escotilla trasera abierta y las jaulas, percibió los murmullos y el leve movimiento. Eternos quince minutos, hasta que se retiró. Por la mañana, la Compañía de Apoyo Aéreo a la que pertenecía Rubén tuvo que formar. Fue distinto a otras mañanas. El capitán Lance saludó a la tropa y preguntó si alguien había visto o escuchó algo por la noche. El rumor ya corría entre los soldados. Se usaban los aviones para arrojar a personas en pleno vuelo.

El teniente primero era médico y jefe de la enfermería del Batallón. Crepitó ante Raúl y algunos compañeros de la Compañía de Apoyo Aéreo por lo que hallaron en pleno campo, cerca de la pista del aeródromo. Los conscriptos creyeron cada una de sus palabras. Porque sonaban convincentes. O porque otra verdad podía resultar demasiado temeraria. Los soldados tenían la tarea de mantener la pista en condiciones. Cortaban el pasto de alrededor. En esta tarea estaban cuando dieron con montañitas de ampollas inyectables de Ketalar usadas. La versión del oficial, ante el reporte del incidente, fue que se trataba de un poderoso desinfectante. En siete u ocho oportunidades, a lo largo de un año y medio, Raúl vivió aquella situación, sin que se arriesgara a informar sobre ello.

Se arrastraban en terreno irregular. El teniente García Fernández, Raúl y otros conscriptos. El ejercicio de entrenamiento lo realizaban entre cien y doscientos metros más allá de la pista de vuelo, hacia el interior de Campo de Mayo. Era de noche y avanzaban lentamente cuando sintieron los rabiosos ladridos. El teniente ordenó el repliegue. Se sabía que los perros policías custodiaban un caserío. Que en el caserío se torturaba. Que allí solía estacionarse una tanqueta tipo carrier de Gendarmería, la misma que custodiaba la quinta donde vivía el dictador Jorge Rafael Videla dentro de Campo de Mayo. Que se veía al carrier, una vez por semana y de noche, hacer el recorrido hacia la pista.

Sobrevolaban Campo de Mayo. La vista a un lado y a otro delineaba las más de 4.000 hectáreas del predio militar y más allá, como si pudiera cubrirse con unos pocos pasos, la inmensidad del Río de la Plata. La flotación del helicóptero suspendía la tensión y Mario se atrevió a preguntar por el camino de tierra, cargado de huellas de vehículos, que observaba debajo. El detalle de la imagen era difícil de superar. El piloto, el oficial Mendoza, parecía saberlo. Giró la cabeza hacia Mario, su subordinado, como si fuera a arrojarlo con la mirada. El conscripto pensó de inmediato que era un lindo día. Lo dijo. La pesadumbre le duró varios días. Conocía y reproducía los comentarios que corrían aquellos días entre la juvenil soldadesca: que había prisioneros en el bosque, no muy lejos de la pista de vuelo, que fusilaban gente, que los venía a buscar el avión, que después (esto no lo recordará Mario sino otros testigos) se mandaba a soldados de “Apoyo de Vuelo”, a sub-oficiales o a bomberos a limpiar la sangre. Mario había escuchado de noche ruidos raros y había visto camionetas cerradas con lona dirigirse hacia la pista.

 

 

Los conscriptos como testigos

Estos hechos fueron narrados por ex conscriptos que declararon en las primeras audiencias del juicio en el que se busca dar cuenta de la responsabilidad de las autoridades militares del Batallón de Aviación 601 del Ejército, que tenía asiento en Campo de Mayo, en los “vuelos de la muerte”, en particular para cuatro víctimas cuyos cuerpos fueron encontrados luego de ser arrojados al mar, enterrados sin identificar y recuperados posteriormente.

Luego de una primera audiencia en la que se escucharon los testimonios de los familiares de las víctimas, declararon ya más de quince hombres que entre 1976 y 1978 hicieron el servicio militar obligatorio en el Batallón de Aviación y fueron destinados a sus distintas compañías: Comando, Apoyo Aéreo, Helicópteros de Asalto, Mantenimiento y Servicios. Durante la dictadura, el Batallón dependía orgánicamente del Comando de Aviación del Ejército, pero estaba subordinado –en la estructura operacional del sistema represivo clandestino– al Comando de Institutos Militares de Campo de Mayo.

Dentro de Campo de Mayo, en la región oeste, a lo largo de la ruta 8, se encontraban los galpones donde dormían las distintas compañías. La zona “de abajo” le llamaban al área donde dormían la gran mayoría de los cientos de conscriptos. La zona “de arriba” era la más cercana al aeródromo. Allí dormían sólo algunos, los de la Compañía “Apoyo Aéreo”. También se encontraba el Cuartel de Bomberos, los hangares de helicópteros y aviones y la torre de operaciones. Para el juicio resulta especialmente importante el testimonio de los conscriptos que habitaban o transitaban esa zona “de arriba”, entre ellos los que formaban aquella Compañía. También los de la sección “Apoyo al Vuelo” de la “Compañía de Servicios” y los de quienes eran asignados a las guardias rotativas de veinticuatro horas en los puestos cercanos a la pista, a los cuales, según recordó un testigo, se les hacía dejar su puesto cuando por la noche llegaban simultáneamente camiones y aviones.

Al dar testimonio los conscriptos dejan ver distintas formas del terror estatal superpuestas en sus cuerpos. Por un lado el que sintieron al hacerse carne de los rumores sobre los prisioneros, los fusilamientos, los vuelos. El que les imponía el silencio, el que podía transformarlos en víctimas y que podía dejarlos expuestos ante cualquier eventualidad. También el que se los llevaba puestos e incorporaba dentro del engranaje criminal. A cada momento los conscriptos eran arengados por los superiores para participar en la lucha “antisubversiva” contra las “fuerzas antinacionales” y calaban sus pieles las versiones sobre inminentes ataques al batallón. Esto lo sabían bien las organizaciones político-militares, que apelaban al llamado de los conscriptos para derrocar al “ejército opresor” en la “guerra revolucionaria”. No pocos conscriptos engrosan las listas de detenidos-desaparecidos, como revelaba este pionero folleto del CELS en 1982.

En la última audiencia, uno de ellos, destinado al avión Sabreliner que solía utilizar Videla, contó que un día debía dirigirse a Ezeiza. Llevaba el traje de “salida” puesto. Hacía dedo y en la Avenida General Paz logró que un micro lo levantara. Desde adentro le apuntaron y lo hicieron subir. Una decena de hombres fuertemente armados le pidieron la ropa, la identificación y su destino. Calló sobre esto último. Tenía las llaves del avión. Lloraba desconsoladamente, temiendo lo peor. Lo bajaron en Puente 12. Eran policías penitenciarios que felicitaron su coraje.

Es notorio cómo, por alguna razón, a algunos ex conscriptos les cuesta verbalizar la muerte barbárica que cometían sus superiores. Luego de rodear lo evidente, uno de ellos se resiste a que las palabras claves salgan de su boca. Finalmente explica sobre los comentarios que corrían entre los soldados que los vuelos nocturnos se usaban “para tirar gente desde arriba”. “Un detalle, ¿no?”, ironizó el fiscal, reprochándole la demora.

Los ex conscriptos no son fáciles de localizar. Muchos han aportado y aportan información imprescindible. Otros se muestran temerosos o evidentemente reticentes. A ello se agrega un pobre ejercicio de la memoria y, en ocasiones, un aún menor compromiso con los derechos humanos. La paleta es extremadamente variopinta.

 

 

Precisiones e indicios

A diferencia de lo que ha sucedido en la megacausa ESMA, donde se han juzgado y condenado a pilotos de “vuelos de la muerte” que organizaba la Armada y en los que participaba Prefectura Naval, acá están imputados quienes integraban la estructura de mando, los llamados cuadros intermedios, en este caso del Batallón de Aviación 601 del Ejército.

Si los testimonios y otras pruebas siguen confluyendo como hasta ahora con suficiente fuerza se podría dar por probado que en el marco de Campo de Mayo y de la competencia del Batallón de Aviación 601 existió un plan sistemático ilegal de secuestro, tortura y desaparición de cuerpos a través de los vuelos nocturnos y ello implicaría que las autoridades de dicho Batallón no podían desconocer o ignorar estos hechos, lo que los hace responsables por el tipo de estructura y organización que componían.

En este tránsito, algunas piezas de este rompecabezas criminal van tomando forma más que otras. Dentro del cuadro general importa profundizar sobre el patrón organizativo de los “vuelos”, el rol de la Fuerza Aérea y de Gendarmería, la intervención de la inteligencia del Ejército a partir del infrecuente destino de algún oficial.

Informes muy completos aportados a las investigaciones judiciales, elaborados por el Programa Verdad y Justicia del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos y por la Dirección de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario del Ministerio de Defensa, han puesto de relieve, entre otros detalles, el tipo de aeronaves a disposición del Batallón de Aviación 601 en aquellos años aciagos. Los testimonios de los ex conscriptos, incluso fotos que se han aportado en el marco del debate, confirman el uso de aviones canadienses Twin Otter, que estaban destinados al Batallón, de los aviones Fiat G222, llamados “Herculitos”, traídos más tardíamente de Italia y de los aviones holandeses Fokker de la Fuerza Aérea. Eran aviones de mayor porte, de pasajeros y de carga, con capacidad para realizar estos vuelos criminales. Se los veía o escuchaba aterrizar de noche y se sabía que se limpiaban cuando regresaban.

También distintos testimonios han puntualizado la utilización de una tanqueta Carrier de Gendarmería para el transporte de personas desde el centro clandestino de detención existente en Campo de Mayo hasta la pista del aeródromo, en horas de la noche. Otros refirieron a camiones tipo “térmicos” sellados que llevaban bolsas.

Dentro de estos parámetros se sigue desarrollando el juicio “Vuelos de la Muerte”, en el que importan las precisiones tanto como comprender las ominosas circunstancias que nutrieron las experiencias de los entonces conscriptos en el Batallón de Aviación 601 en Campo de Mayo durante aquellos primeros años de la última dictadura.

 

 

El inmenso predio de Campo de Mayo, a la izquierda la pista de aviación y al fondo el Río de la Plata.

 

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