Las alianzas estratégicas

Malvinas en la geopolítica atlántica

 

El comportamiento de la Argentina con relación a su objetivo de recuperar las Islas Malvinas está fuertemente vinculado a la dinámica geopolítica atlántica. Dada la magnitud del poder militar de los Estados Unidos de América, dicha dinámica está condicionada por su conducta y la de su principal aliado militar, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. En concreto, Estados Unidos es la superpotencia que dirime la seguridad en el hemisferio americano, mientras que el Reino Unido es el país que ocupa el 25% del territorio argentino en el Atlántico Sur. Además, dicho actor colonial mantiene el control de un encadenamiento de islas que le otorga despliegue y movilidad estratégica a lo largo de todo el océano Atlántico.

            

Fuente: elaboración propia.

 

Control colonial del Reino Unido en el Atlántico sur. Pasaje interoceánico Atlántico-Índico. Fuente: Repliegue.com

 

La semana pasada, un sector del peronismo lanzó un comunicado mencionando en su título que, en los últimos 50 años, el país nunca estuvo tan cerca de recuperar las Islas Malvinas. Dado que este es nuestro principal interés nacional y que la ocupación del Reino Unido es una amenaza concreta para la estabilidad del Atlántico sur, resulta relevante analizar los supuestos de dicha declaración, que es tan sensible como esperanzadora para todos los argentinos. 

El comunicado tiene una premisa y un argumento central que sostienen la afirmación del título.

a) La premisa marca que los Estados Unidos y su “doctrina Monroe”, definida por su máxima “América para los americanos”, impugna la presencia británica en el Atlántico Sur y, en consecuencia, promueve los intereses argentinos.

b) El argumento sugiere que el Reino Unido está "desafiando" (sic) a los Estados Unidos y su visión de orden mundial. En tal sentido, se asume una ruptura de hecho en la histórica alianza atlántica que, de alguna manera —los mecanismos causales no están especificados en el comunicado—, llevaría a la Argentina a estar cerca de recuperar la soberanía efectiva de las Islas Malvinas.

La recuperación de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur requiere un abordaje interdisciplinario desde la Argentina. No obstante, los términos de la disputa territorial deben ser leídos primordialmente desde las relaciones internacionales y la geopolítica. Esto es así dado que tanto el Reino Unido como los Estados Unidos ven el dominio británico en el Atlántico Sur desde una perspectiva vinculada a la seguridad internacional y la estrategia. Específicamente, ponderan el control británico en función de: 

  1. su proyección a la Antártida; 
  2. el control de dos pasos bioceánicos (cabo de Hornos y cabo Buena Esperanza), y
  3. la defensa de un perímetro de seguridad hemisférico definido por la superpotencia como una zona de influencia estadounidense.

 

Control colonial del Reino Undo en el Atlántico Sur. Pasaje interocéanico Atlántico-Pacífico. Fuente: Repliegue.com

 

 

¿Desafío británico al nuevo orden mundial?

El percibido “desafío” británico está enmarcado dentro de una visión peculiar de las relaciones internacionales —estructura del poder internacional— y la geopolítica —capacidad de agencia geográfica de los Estados en ese marco estructural—. Desde la primera, se sugiere que el orden mundial se está configurando en torno a esferas de influencia, en donde cada gran poder estructura su entorno regional en función de su capacidad económica, financiera y comercial. Desde la segunda, se promueve la idea de que el Reino Unido está desafiando este nuevo orden mundial protagonizado por los Estados Unidos.

En este mundo complejo y atravesado por múltiples variables, las discusiones sobre el tipo de orden internacional vigente están a la orden del día. La noción de “esferas de influencia” es particularmente atractiva para analizar este escenario, principalmente porque otras categorías —como las de imperio formal, colonialismo, hegemonía y protectorados— se ajustan menos a la realidad empírica. No obstante, la utilidad analítica de este concepto ha sido cuestionada por renombrados académicos que, desde un enfoque teórico y empírico riguroso, descartan la idea de que el mundo se está configurando en torno a esferas de influencia.

Es cierto que, en la actualidad, se observa un retorno —desde un punto de vista estrictamente militar— a una lógica de esferas de influencia. Es decir, se configura un escenario cada vez más ofensivo en donde cada una de las potencias reconoce y ejerce su derecho a intervenir militarmente dentro de su perímetro de seguridad autodefinido, con el objetivo de garantizar la estabilidad y proteger sus intereses nacionales. No obstante, la vigente asimetría militar favorable a los Estados Unidos impide que cada potencia ejerza un control férreo sobre su respectivo perímetro de influencia. Ello resulta evidente en el caso de Rusia en Europa oriental y de China en el sudeste asiático, regiones en las que la superpotencia americana tiene una presencia militar considerable. En definitiva, existe un retorno militar a una lógica de esferas de influencia que aún no logra consolidarse. La clave, sin embargo, reside tanto en la dirección del cambio —esferas de influencia de carácter militar— como en la velocidad de las transformaciones, que es lenta debido a la preponderancia del poder militar estadounidense.

Dicho esto, en términos holísticos —no exclusivamente militares— y aun considerando la dirección y la velocidad de los cambios, resulta difícil pensar en un retorno a esferas de influencia similares a las de la Guerra Fría. Esencialmente porque, en la actualidad, existe una superposición de dimensiones económicas, financieras, tecnológicas y comerciales que impide la conformación de esferas de influencia consolidadas bajo el control de una sola potencia, incluso en el hemisferio americano.

Como fue mencionado, tanto el Reino Unido como los Estados Unidos ponderan la cuestión Malvinas desde una perspectiva vinculada a la seguridad internacional y la estrategia. Entonces, lo que corresponde evaluar es la conducta británica en relación con los intereses estadounidenses, tanto en América como en el resto del mundo, particularmente aquellos orientados a erosionar los perímetros de seguridad de sus competidores estratégicos, Rusia y China.

El interés central del Reino Unido en materia de defensa consiste en mantener la integridad territorial de las islas británicas y de sus territorios de ultramar. Ello requiere sostener la estabilidad en el Atlántico, el Ártico y el Mar del Norte y, asimismo, contar con movilidad estratégica en todos los océanos del planeta, con la intención de proyectar poder y ejercer el control del mar. En este punto, la Strategic Defence Review del Ministerio de Defensa del Reino Unido (2025) establece claramente a China, Rusia, Irán y Corea del Norte como principales competidores estratégicos. Esta identificación es idéntica a la realizada por el Departamento de Guerra de los Estados Unidos en su National Defense Strategy (2026).

 

Fuente: Council on Geostrategy.

 

Fuente: Council on Geostrategy.

 

En esta línea, dado el déficit militar del Reino Unido para sostener individualmente su presencia global, dos cosas deben ser claras para la Argentina. 

  1. Por un lado, la potencia colonial depende de su alianza militar sólida con los Estados Unidos; en consecuencia, dicho vínculo —histórico y muy difícilmente alterable— es vital para garantizar sus objetivos estratégicos.
  2. Por el otro, el Reino Unido se ve beneficiado por el hecho de que los intereses de ambas naciones son convergentes a nivel global y regional. 

La sólida alianza sostenida durante conflagraciones de escala planetaria consolidó intereses materiales convergentes entre el Reino Unido y los Estados Unidos. Asimismo, el esfuerzo histórico compartido fortaleció la percepción mutua de amistad entre ambos países. Además, el desarrollo económico, comercial y financiero del Reino Unido está estrechamente vinculado al superpoder americano, que es su principal socio. Por todo esto, resulta poco plausible que la Corona británica busque reemplazar a los Estados Unidos por China como socio comercial. Tal escenario carece de sentido en términos identitarios, históricos, militares y económicos.

En términos estrictamente militares, que es el aspecto que nos interesa para evaluar el escenario geopolítico del Atlántico Sur, ambas naciones sostienen una alianza bilateral robusta. Como explicita la Corona británica: “La relación de defensa del Reino Unido con los Estados Unidos de América no se parece a ninguna otra. La solidez de esta asociación es fruto de generaciones de personal de defensa británico y estadounidense que han afrontado juntos desafíos globales”. Esto se evidencia en múltiples indicadores.

En primer lugar, ambos países constituyen el eje militar sobre el que se articulan múltiples organizaciones de seguridad e inteligencia funcionales a los intereses globales de ambos Estados. La Organización del Tratado del Atlántico Norte, la alianza AUKUS y la red de inteligencia Five Eyes se estructuran en torno al eje Estados Unidos-Reino Unido.

En segundo lugar, comparten el uso de bases militares. Por un lado, la superpotencia utiliza al menos seis bases ubicadas en territorio británico. Por el otro, ambos países han firmado acuerdos para el uso compartido de dos bases militares clave para garantizar el despliegue marítimo, proyectar poder y mantener el control de los océanos: la Base Militar Diego García, en el océano Índico, y la Base Militar en la Isla Ascensión, en el Atlántico Sur. 

Ahora bien, las otras bases militares, si bien no cuentan con acuerdos formales de uso conjunto, en la práctica son susceptibles de ser compartidas o de funcionar como apoyo para la realización de actividades conjuntas en el perímetro cercano. Un ejemplo de ello tuvo lugar en febrero del 2021, en el área marítima próxima al territorio argentino ocupado por el Reino Unido, cuando el submarino nuclear estadounidense USS Greeneville realizó maniobras con las British Forces South Atlantic Islands. Este comando conjunto británico sostiene la usurpación de las Islas Malvinas y concentra su despliegue en la Base Militar de Monte Agradable.

En tercer lugar, el Reino Unido y los Estados Unidos mantienen una relación muy estrecha en materia de industria para la defensa. Como indica la Strategic Defence Review del Ministerio de Defensa británico, el portfolio de ventas militares compuesto por ambas naciones ronda los dieciocho mil millones de dólares. Asimismo, esta cartera se destaca por la producción conjunta de los F-35, cuyo 15% del valor es producido en el Reino Unido.

En cuarto lugar, todo lo mencionado contribuye a consolidar una fuerte relación de interoperabilidad entre las Fuerzas Armadas de ambas naciones. Específicamente, pueden planificar, comunicarse y sostener operaciones de escala global como si fuesen fuerzas de un solo país. En palabras oficiales británicas: “Los ejercicios conjuntos regulares (…) sostienen una interoperabilidad estrecha y valiosa”.

 

Fuente: Council on Geostrategy.

 

En definitiva, resulta difícil sostener que el Reino Unido está desafiando la esfera de influencia militar pretendida por los Estados Unidos. Estos países no solo comparten rivales y percepciones de amenazas, sino que también exhiben intereses globales y regionales convergentes. Además, esta confluencia se inscribe en el marco de sólidos vínculos entre élites angloestadounidenses, sustentados en estrechos intereses económicos, comerciales y financieros. En conjunto, estos factores impulsan al eje Washington-Londres a reforzar su histórica alianza militar para hacer frente a desafíos definidos de manera conjunta. 

 

 

¿América para los americanos?

La premisa “América para los americanos” es problemática. Fue formulada por primera vez en 1823, en el mensaje sobre el Estado de la Unión pronunciado por el Presidente estadounidense James Monroe ante el Congreso. Su objetivo estaba orientado a disuadir la intervención colonial europea en el continente americano. En este punto, resulta evidente que la noción de “americanos”, desde una perspectiva estadounidense, refiere exclusivamente a ellos y no al conjunto de los pueblos del continente. En inglés, “americans” es sinónimo de “estadounidense”; por lo tanto, “América para los estadounidenses” constituye una traducción más precisa. 

La cuestión lingüista nos lleva a otra conclusión evidente: se trata de una doctrina orientada a promover el interés nacional de los Estados Unidos, y no el de todos los pueblos americanos. A modo de ejemplo, en diciembre de 1831, a menos de una década de haber sido formulada por primera vez, los Estados Unidos atacaron —con la corbeta USS Lexington— el puerto Soledad de las Islas Malvinas. En ese momento, el archipiélago argentino estaba administrado por la Comandancia Política y Militar de las Islas Malvinas y Adyacentes al Cabo de Hornos en el Mar Atlántico, y la agresión estadounidense debilitó seriamente el control argentino sobre las islas. De hecho, este episodio constituyó un antecedente directo que facilitó el éxito de la invasión británica del 3 de enero de 1833.

Tanto en la primera invasión británica a las Islas Malvinas, el 3 de enero de 1833, como en la segunda, el 21 de mayo de 1982, para los “americans” la doctrina Monroe tuvo una relevancia limitada. Ello resulta esperable, dado que no está destinada a promover los intereses argentinos. Esto no debería sorprender, ya que en las relaciones internacionales cada Estado persigue sus propios intereses. En este sentido, no es sensato pedirle a Estados Unidos que defienda los intereses de la Argentina, salvo que se pretenda que el país asuma la condición de protectorado estadounidense.

Ahora bien, los intereses de la superpotencia americana en el Atlántico Sur están bien resguardados por su principal socio. Los Estados Unidos delegan en el Reino Unido el mantenimiento de la estabilidad en la región, la defensa del perímetro de seguridad hemisférico, el control de los dos pasos bioceánicos y la proyección hacia la Antártida. Además, en la actualidad, el país cuyo territorio es parcialmente ocupado por el Reino Unido no plantea ningún tipo de confrontación ni impugnación militar frente a la usurpación vigente del 25% de su territorio. 

Entonces, ¿qué incentivos tendrían los Estados Unidos para promover los intereses argentinos en el Atlántico Sur en detrimento de su principal aliado militar, cuando sus propios intereses ya se encuentran garantizados por ese mismo actor? ¿Qué estímulos tendrían para operar a favor de la Argentina en el Atlántico Sur si esta última no manifiesta confrontación ni inconformidad con la ocupación colonial y militar de su territorio? En este contexto, afirmar que en los últimos 50 años el país nunca estuvo tan cerca de recuperar las Islas Malvinas es, cuanto menos, exagerado.

 

 

¿Qué hacemos nosotros?

En principio, debemos aceptar que, para recuperar las Islas Malvinas, la Argentina debe asumir un rol protagónico. No es efectivo ni conveniente apostar, como sugiere el comunicado analizado, a que los Estados Unidos operen a favor de nuestros intereses frente al Reino Unido. Sin dudas, la superpotencia desempeña un papel relevante en la estrategia, pero ello no debe implicar la ausencia de protagonismo militar argentino.

La clave reside en llevar adelante una defensa revisionista cuyo objetivo sea elevar los costos de ocupación militar británica. El efecto esperado en términos de política internacional es que, para el Reino Unido, los costos de sostener dicha ocupación superen los beneficios de mantener una posición diplomática no negociadora frente a la Argentina. Esta estrategia de impugnación y confrontación militar debe articularse de manera sofisticada con el mantenimiento de un vínculo constructivo con los Estados Unidos. En otras palabras, la Argentina debe incrementarle los costos al Reino Unido y, en paralelo, promover una relación de confianza con los Estados Unidos que le permita presentarse como un actor garante de la estabilidad en el Atlántico Sur. 

El necesario buen vínculo con la superpotencia no constituye un capricho ideológico, sino una conducta pragmática orientada al objetivo de recuperación de las islas. Dos cosas pueden señalarse al respecto. Primero, fomentar un mal vínculo con los Estados Unidos es perjudicial, ya que, si la alianza militar angloestadounidense se consolida en el Atlántico Sur al percibir a la Argentina como desestabilizador, la estrategia de elevarle los costos a los británicos se vuelve inviable. Segundo, los Estados Unidos son el actor que, dada la magnitud de su poder militar, dirime la seguridad en el hemisferio. Por ende, cualquier transferencia territorial en América nos tendrá sentados —aunque sea de manera informal— en la mesa de negociación. 

En definitiva, los Estados Unidos son importantes, pero la recuperación de las Islas Malvinas va a estar definida por lo que hagamos nosotros, los argentinos. Somos los protagonistas de nuestra propia historia. La devolución territorial no la garantiza ni una alianza con los Estados Unidos ni una alianza con China. Depende solo de nosotros. En este sentido, quizás, una buena bajada discursiva para este sector del peronismo sea la siguiente: “Los argentinos tenemos que obligar a los británicos a hacer costos en nuestras Islas Malvinas”.

 

 

 

* Ezequiel Magnani es profesor de Relaciones Internacionales (UNSAM-UTDT-UA). Miembro de Fundación Meridiano. "Esta línea de investigación es financiada por el CONICET, organismo fundamental para incentivar, con recursos públicos, investigaciones y perspectivas que promuevan los intereses de la Argentina".

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí