Las amorosas llamas del miedo

Pliegues de la historia, participación política estudiantil y un rumbo posible

 

Vivimos en una sociedad que pondera la juventud como el mayor de los valores, pero que criminaliza, invisibiliza y violenta a lxs jóvenes. Mientras el marketing y la industria de la estética transforman la ausencia de arrugas en el gran objetivo, quienes naturalmente no las tienen padecen la infantilización y la negación de los derechos más básicos. En lo que al tratamiento informativo respecta, sólo el 1.5% de las noticias tiene a niñas, niños o adolescentes como protagonistas, y de ese ínfimo porcentaje, la gran mayoría se trata de hechos delictivos, de abuso, u otros conflictos. Es decir, o no están, o están por algo malo. La situación de la educación en la Ciudad de Buenos Aires no ha sido la excepción en el marco de este paradigma. Mientras los pibes y las pibas llevaron a cabo acciones intermedias para exigir cosas básicas, sus demandas y visiones del mundo no fueron representadas ni escuchadas. Tuvieron que llegar a la toma para que ahí sí la cobertura los incorporara, por supuesto, con abordajes deficientes y estigmatizantes. Por su parte, ante los 25 colegios secundarios tomados, el gobierno porteño respondió con prácticas que son directamente ilegales.

Tras el levantamiento de la toma, El Cohete a la Luna habló con Francisco Bünsow, militante de la agrupación Juana Azurduy y secretario general del Centro de Estudiantes de la Escuela Normal Superior en Lenguas Vivas “Sofía Broquen de Spangenberg”, conocido como “Lengüitas”, acerca de sus primeras impresiones luego de estas jornadas de lucha estudiantil.

 

 

 

Escuchar sólo si es ilegal

Francisco destaca que la toma de los colegios fue una medida a la que se llegó luego de una serie de acciones que no fueron tenidas en cuenta por las autoridades estatales: sentadas, cartas al Ministerio, ruidazos, marchas, entre otras. Por ello, cuando se responsabiliza a las y los estudiantes que sostuvieron esta medida de fuerza respecto al impacto que tuvo en el resto de la comunidad educativa, hay un corrimiento intencional del eje respecto a quiénes deben responder por la misma. En este sentido, Francisco dice: “A veces duele ver que necesitás tomar un colegio para tener una reunión”. Para ellas y ellos, la toma no surgió de un día para el otro, sino que fue la resultante de meses sin respuestas. Parece que el espacio político que llegó al límite de escuchar ilegalmente a los familiares de las víctimas del hundimiento del submarino ARA San Juan no es capaz de escuchar aquello que se les dice a viva voz, con carteles y banderas.

Desoír la postura estudiantil es por supuesto una decisión política por parte del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Desatender, ningunear, es una forma de violencia. Pero los funcionarios públicos que gobiernan la Capital Federal no se han quedado sólo en la violencia tácita que implica la ausencia de respuestas; pasaron al plano explícito enviando patrulleros a los hogares de lxs estudiantes que estaban en la toma para notificar a sus madres y padres de que estaban siendo denunciados penalmente, lo cual es ilegal. Desde 2013, en la Argentina rige la ley 26.877 sobre “Creación y Funcionamiento de los Centros de Estudiantes”, que regula la actividad política estudiantil. Y si en un colegio se realizan elecciones con un determinado quórum y una mayoría vota que el colegio sea tomado, esto es legal y legítimo.

 

 

La falta de respuestas, otra forma de violencia.

 

 

 

 

Clandestinas y amorosas

De los 25 colegios que estuvieron tomados en la ciudad, la última toma en levantarse fue la del Lengüitas, el miércoles 5 de octubre. Coincidentemente, ese día –a unos 60 kilómetros de Juncal y Salguero, en la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP)–, el académico Néstor García Canclini recibió el Doctorado Honoris Causa. El correlato entre lo que planteó al tomar la palabra y los hechos que venían sucediendo durante los días previos en el ámbito educativo porteño fue total. Hay que decir que este reconocimiento tuvo un carácter resarcitorio, dado que la universidad que lo estaba distinguiendo es la misma que lo expulsó por sus ideas políticas en la década del ’70. García Canclini tiene una frondosa trayectoria, por lo que pudo empezar su discurso de agradecimiento por cualquier lado, pero eligió este: “Mi tiempo en el Colegio Nacional incluyó experiencias tan intensas como el golpe militar de 1955, cuando yo tenía 15 años. Muchos estudiantes salimos a las calles, llegamos a la Plaza Rocha en la ciudad de La Plata, y algunos subieron al primer piso de la biblioteca de la Universidad para arrojar por las ventanas y quemar La razón de mi vida, manuales escolares y libros que hablaban de planes quinquenales. Otros, sorprendidos, recibíamos una lección de asombro político: cómo la fiesta podía convertirse en llamas”. Más de 65 años después, esas primeras experiencias políticas son de una trascendencia tal que encabezan el relato de lo acontecido, porque efectivamente en aquellos años ’50, la fiesta se prendió fuego.

Hay quien podrá decir que para muchos fue al revés, y la multitud que aclamó a Eduardo Lonardi en Plaza de Mayo pareciera confirmarlo. Pero trascendiendo percepciones y fotografías, hay un hecho objetivo: durante la primera y la segunda presidencia de Juan Domingo Perón, las mayorías accedieron a derechos que ni en sueños parecían posibles. Con los golpes de Estado, en cambio, se instalaron políticas liberales que trajeron más hambre que aguinaldos. Y esto está en la médula de quienes han tomado escuelas contra viento y marea. La certeza de que la política es la herramienta de transformación por excelencia.

Canclini prosiguió en su discurso: “Luego de que nos expulsaron por discriminación política, en mi caso de las Universidades de La Plata y Buenos Aires a fines de 1974 y principios de 1975, y de que compañeros y alumnos desaparecieran, llevé la parte de izquierda de mi biblioteca a un departamento que mi hermano Jorge me prestó. Un día fui a buscar algunos libros y encontré vacíos los estantes. No había signos de violencia. Sólo mi hermano, mis padres y yo teníamos llave. Mis padres, siempre respetuosos de nuestras decisiones, aunque no las aprobaran, los habían quemado porque temían que nos pasara algo. Descubrí en esas llamas clandestinas y amorosas el tamaño del miedo”. En ese momento, al orador se le quebró la voz. En el público varios lagrimearon, porque el hecho de que una llama sea tan clandestina como amorosa toca el alma de cualquiera que la tenga abierta. Canclini tomó agua y redondeó la idea: “Esa distancia entre el cuidado de los hijos basado en el respeto a la autonomía de cada uno, y por otro lado, el cuidado escondido, violento, incendiario, impuesto por la represión, me dio la medida de nuestro riesgo y de la profundidad con que una política que decía defender ciertos valores, entre ellos los de la familia, estaba percudiendo el sentido de los libros y del saber crítico, de las interacciones en los afectos más confiables. Estaba maltratando el sentido de vivir juntos”. ¿Qué sentirá el padre o la madre que quema los libros de su hije porque interpreta que así le resguarda? ¿Qué habrán sentido las madres y los padres que recibieron en su casa a un patrullero con una denuncia penal? ¿Cuánto miedo? ¿Cuánta reminiscencia de lo peor de la Argentina?

 

 

 

Maltratar el sentido de vivir juntos

Es imposible leer esta frase y no pensar en el intento de magnicidio que sufrió la Vicepresidenta el mes pasado. Porque si hay algo que está maltratado es el sentido de vivir juntos, la convivencia democrática, el pacto social. Y esto no está disociado del proceso político que se vivió a partir de las tomas, porque en ellas se pudieron observar dos tipos de coexistencia. Por un lado, la de les estudiantes a lo interno de sus propias escuelas. Al respecto, Francisco plantea: “Primero votamos y salió elegida la toma por mayoría. Luego, el siguiente lunes, una vez que ingresamos a la escuela, se puso en funcionamiento un protocolo, se hicieron planillas con toda la gente que estaba presente y se llamó a todas las familias para informarles y ver si querían retirar a sus hijes del establecimiento. Una vez que pasó eso, se retiraron las autoridades del edificio y nosotros tomamos control de un área delimitada que elegimos anteriormente. Era una zona específica: la planta baja, el patio, el primer piso y algunas aulas puntuales. Nos permitieron usar algunos insumos menores, como colchonetas, y se hizo un expediente con fotos del lugar para ver si a lo largo de la toma había algún tipo de rotura o desmán en el edificio”. ¿Alguien vio reflejado en algún medio masivo de comunicación este nivel de orden? Y sigue: “Nos dividimos en distintas comisiones para limpiar, garantizar la comida y ver el tema de la seguridad. También había en la puerta distintas personas durante todo el día y toda la noche que hacían turnos, y por último chiques que eran monitores, es decir, se encargaban de dar una vuelta por las instalaciones y ver que estuviese todo bien”.

El párrafo anterior, que describe con pelos y señales la organización más doméstica de la toma, con sus roles, sus tiempos y sus reglas, no estaría allí si los chicos y las chicas no fuesen sistemáticamente vinculados, en medios y por parte de funcionarios, al caos y al desorden. Además, el orden como tal puede responder a objetivos diversos. En el caso de les pibes, el orden no busca el control –como en tantos otros espacios– sino el bienestar general, y eso también habla de una forma de ver el mundo: “Lo que más nos preocupaba era la salud y el bienestar de la gente que estaba dentro, que todo esté lo mejor posible. Entonces, la mejor forma para hacer eso es la política, es organizarse, es dividir tareas para asegurar la mejor convivencia. Nosotres durante esos días nos responsabilizamos de la escuela porque es nuestro espacio también, y no es que queríamos romper todo ni nada. Sentimos una responsabilidad al tener el edificio en nuestras manos, no es que aprovechamos para hacer lo que sea”.

Decíamos que se pudieron observar dos tipos de coexistencia. Por un lado, la interna, en las tomas, y la que se dio entre los distintos actores: estudiantes, familias, gobierno de la Ciudad, Ministerio de Educación. Esta segunda fue todo lo contrario. Estuvo marcada por la violencia, como se pudo constatar con las causas a las familias, y por la ilegalidad que tocó su límite el último día, el miércoles 5, cuando la Ciudad directamente habilitó espacios en la UniCABA para que “quienes quisieran estudiar pudieran hacerlo”. Es difícil imaginar una actitud menos ética que esta. Igual fue un fiasco: sólo 200 chicos se acercaron a la farsa. Si una escuela está tomada no se pueden dictar clases, y la solución no es poner aulas en otros lados, sino que el área de Educación se siente a trabajar con las chicas y los chicos para promover respuestas concretas a las demandas planteadas.

 

 

 

Poner a la sociedad en contra

Se instaló que a lxs estudiantes secundarios que tomaron las escuelas no les importaba que los otros niveles educativos perdieran la escolaridad, pero esto no es así. En el caso del Lengüitas, por ejemplo, fue una orden del Ministerio que todos los niveles quedaran anulados. Dice Francisco al respecto: “Las otras personas con quienes compartimos el edificio y que no tuvieron clase, como primaria, jardín, y las familias que tuvieron que cuidar a esas personas… no es algo que no tengamos en cuenta. De hecho, nosotres quisimos tener la oportunidad de que primaria y jardín tengan clases y no nos permitieron desde el Ministerio. No sé por qué será que ayer sí dejaron, durante el último día de toma, que primaria y jardín asistieran, o sea que sí se podía. Además jardín funciona en el mismo edificio, pero en una parte separada. Cuando te indican que no se puede hacer tal cosa, que no podés hacer tal otra, a pesar de que lo querés, vos quedás marcado, el Centro queda marcado como el que no permite las clases, y esto obviamente es parte de la visión que quieren generar”.

Otro de los puntos en los que hubo una tergiversación de la información fue el sentido colectivo del reclamo. Fueron tres los ejes centrales de la demanda: las viandas, la infraestructura y las ACAP (Actividades de Aproximación al Mundo del Trabajo), que han obligado a estudiantes de quinto año a trabajar de forma gratuita en espacios sin ningún cuidado ni sentido pedagógico. Esto no quiere decir que en los 25 colegios ocurran todos los problemas, sino que la organización estudiantil como colectivo decidió ponderar estas demandas como las centrales. Por ejemplo, el Lengüitas no recibe viandas y su infraestructura es de las que mejor está, pero aun así reclaman por el conjunto porque de eso se trata la organización. Los medios masivos sin embargo, en lugar de visibilizar la solidaridad que implica pedir incluso por aquello que uno tiene pero al otro le falta, jugaron a romper la unidad. En un móvil les decían a estudiantes de dicha institución, “si ustedes no reciben viandas, entonces esto no es parte del reclamo”. Individualismo al pelo, que desconoce décadas de tradición política en materia de organización obrera y estudiantil. El video de esta cobertura debería usarse en las cursadas de periodismo de todo el país como material de análisis:

 

 

 

 

 

 

 

Casa

Durante su alocución, García Canclini citó una frase de la película El paso suspendido de la cigüeña, de Theo Angelopoulos, en la que uno de los protagonistas se pregunta: “¿Cuántas fronteras tenemos que cruzar hasta llegar a casa?” Si entendemos que “casa” también puede ser lo público, es decir, una concepción del espacio compartido en donde todes se sientan parte, se encuentren a salvo, quizá las fronteras que se han ido cruzando para llegar a esa casa de todxs sean los grandes obstáculos que tuvo que sortear la democracia para constituirse como el ámbito en donde esa heterogeneidad dirime cómo vivir. Tal vez una de las primeras fronteras fue la Ley Sáenz Peña de 1912, a partir de la cual fue posible el voto masculino más allá de las clases sociales. Las siguientes pueden haber sido los golpes de Estado sucesivos que atravesaron el siglo XX. El voto femenino es también, sin dudas, una frontera que cruzamos como sociedad. Y ni que hablar del 2001, esa crisis total en la representación política que parió al kirchnerismo. Posiblemente, ahora mismo estamos en una frontera. El atentado del 1° de septiembre cristalizó la violencia judicial y mediática sin límites, la pobreza de lxs más jóvenes, la incapacidad del sistema político para sostener las vidas de los sujetos que lo integran. Cruzar esta frontera será, en palabras de García Canclini, volver a ser capaces de darle un sentido al vivir juntos.

El flamante Doctor Honoris Causa de la UNLP afirmó, entre algunas de sus conclusiones: “En mi recorrido fue decisivo lo que he vivido, más allá de los programas de estudio. El sociólogo Howard Becker demostró, en su etnografía de una facultad de medicina estadounidense, que los estudiantes aprenden tanto de los profesores como de la convivencia con sus compañeros”. Probablemente no haya mucho que agregar. Néstor tiene 82 años y Francisco 17. El miércoles 5 de octubre, sin saberlo y sin conocerse, sostuvieron en espacios y circunstancias distintas, las mismas banderas. Hay algo ahí, en esos pliegues de la historia, que pareciera apuntar que hay un rumbo posible. Al menos, si nos animamos al desafío de estar juntxs.

 

 

 

 

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