LAS ARMAS SECRETADAS

El papel de la tecnología en la salida de la crisis

 

En la disputa de los sectores nacionales y populares contra la reacción argentina, es recurrente reconocerle a esta armas y bagajes que no tiene y nunca podrá poseer. Es una actitud política debilitante. Son destacables dos con relación a los senderos a tomar en la salida de la crisis. Uno es el consabido y falso dilema entre mercado versus Estado. El otro es el de la tecnología. Ambos relacionados, pues hacen al conflicto político sito en las prioridades. Huelga aclarar que la cuestión de la tecnología es, además, en respuesta al reproche recibido a esta columna de supuestamente abogar por una disminución del presupuesto en ciencia y tecnología. Todo lo contrario. Es en función de las políticas que alienten el mercado interno que esa decisión política tiene sentido. No como coartada de cierto discurso que por medio de su impetración a la ciencia y tecnología, simpática, políticamente correcta, pretende esquivarle al bulto a los endiablados problemas reales del desarrollo.

Hecha la aclaración, pasemos al combate abierto. Ahí nos encontramos con que la artillería del mercado ensordece. La reacción postula que la mejor manera de organizar la producción y distribución de bienes y servicios es a través del mercado, lo cual requiere impedir que se inmiscuya el Estado. A su criterio, el Estado distorsiona y estropea el trabajo impersonal de los precios para asignar recursos de manera eficiente; esto es al menor costo posible. Se olvidan de aclarar que están refiriéndose a los precios de los bienes finales y así decretan que el determinante de fondo de los precios de equilibrio es el mercado y no la producción.

Curioso, porque su asfixiante prédica se articula a partir de querer fijar (a la baja) el precio de los factores (salarios, ganancias) antes que el de los bienes finales. O sea la producción en vez del mercado. Toda una gran contradicción para fundamentar una gran irrealidad. Que el gasto público pivotee entre el 40 y el 50% del producto bruto en cada una de las naciones que explican el grueso del producto bruto mundial indica que además de ser la base material que hace decisivo el dirigismo realmente existente, el Estado es el principal factor de costo. O sea: las decisiones políticas. De manera que al modelo puro de economía de mercado la realidad social desde hace largo tiempo le quitó a su principal protagonista –el mercado— su papel. Debe ser la nostalgia la que los induce a alardear.

Subjetivismos aparte, objetivamente y para colmo los instrumentos propios de cualquier plan de austeridad –incluso de uno de horrible factura técnica como el actual en marcha—, a los que son tan afectos la reacción argentina: restricción del crédito, impuestos, contención salarial, igualmente privan al mercado de toda fuerza determinante sobre los otros elementos de costos. Entonces, la verdadera cuestión para todos los actores políticos es cómo organizar el mercado a partir de las decisiones que se toman en el seno del Estado. Sencillamente, no puede haber desregulación porque el meollo de la trifulca es a favor de qué o quién se regula. La artillería del mercado dispara ruidosas balas de fogueo.

 

Los buenos servicios

El otro componente de los dos enumerados del pesado arsenal de la nada, es la cuestión de la tecnología. Para adentrarse en el debate, en principio, hay que considerar la productividad del trabajo para hurgar sobre su incumbencia. En términos físicos, la productividad del trabajo en su evolución favorable implica que el mismo trabajador va obteniendo en el mismo tiempo cada vez una unidad adicional de un producto. Si en su jornada laboral hacía cinco sillas ahora hace seis, bajando el costo unitario. La productividad se corresponde necesariamente con el óptimo social, porque lo que mide o pondera es el grado en que los seres humanos se apropian de la naturaleza. El determinante singular de esa evolución favorable de la productividad es la tecnología a través de la materialización de su existencia como herramienta de producción y como capacidad para emplearla. La tecnología resulta así el nervio motor que genera directamente el crecimiento de la productividad y, a raíz de esto, el desarrollo económico. El elemento que confina a la tecnología es de manera indirecta el capital, financiando su creación y su uso.

Ahora bien, surge la pregunta: el interés primordial de Estado, en tanto organizador de la producción sobre la base de la acumulación privada, ¿es la producción del herramental o su uso en vista de que hay allí una disyuntiva a desentrañar? La cuestión de las prioridades se plantea inmediatamente cuando se cae en la cuenta de que no es la innovación creada localmente la que condiciona la industrialización, sino la industrialización general del país, que es el requisito previo para la capacidad de innovar. El proceso se dispara a partir de la imitación de las innovaciones de los otros cuando el país va profundizando su industrialización y, a su debido tiempo, aparecen las innovaciones propias.

Eso debe hacer ver que primero —y antes que nada— en medio de la crisis, pero aún sin crisis, lo que crea mayores cantidades de bienes, de esos que tanto necesita ahora la Argentina que se está empobreciendo, es el uso del herramental, no la producción de ese herramental. El punto es que se nos dice que la producción del herramental es de una importancia estratégica clave, que su uso está constreñido por su no producción. Eso solo puede basarse en consideraciones ajenas al debate sobre el desarrollo, entendiendo que esto significa la mejora del bienestar material. O, incluso, peligrosamente accesorio y paralelo, puesto que cifran el crecimiento sobre el lado de la oferta, para deshacerse de la recalcitrante realidad de los álgidos problemas políticos de conducir la lucha de clases por el lado de la demanda; que es el único núcleo —el primus movens— que desata el desarrollo.

Crear por crear, y llevar a buen puerto lo que la imaginación prometió, es una aventura espiritual maravillosa. ¿Cómo negarlo? Pero eso no tiene nada que ver con los problemas del desarrollo. Tomemos un caso. Se alzan voces quejándose amargamente de que el campo argentino se siembra con unas semillas de las multinacionales. Ergo: hay que hacer las semillas, puesto que según se infiere del contexto esta importación no agrega nada desde el punto de vista del desarrollo y encima va atrofiando la capacidad de innovar en el terruño. Independiente de la disputa que hay inserta en la llamada Ley de la Semilla, es directo que estas semillas no son el vehículo para ningún flujo tecnológico, están patentadas, ni tampoco para su siembra, que los chacareros argentino bien saben hacer. De ahí a concluir que esta importación es dañina hay un largo trecho. Como se invoca normalmente, la Argentina produce alimentos para cuatrocientos o quinientos millones de seres humanos. El valor de la cosecha hace insignificante el costo de las semillas. La cosecha, por cierto, permite pagar buena parte de nuestras otras importaciones.

Así es que por una doble vía las semillas importadas confluyen al desarrollo argentino. Si la meta del desarrollo es antes que otra cosa la de comer, no se ve en dónde se juega el objetivo —por sí mismo— de transformarse en el adalid de las semillas genéticamente modificadas. Y de si no en vano de sentarse a la mesa se trata, los miembros del sistema científico-tecnológico necesitan esos alimentos, son seres humanos después de todo, para llevar adelante sus importantes investigaciones. Los rudos chacareros se los proporcionarían a buen precio (si no fuera por la malhadada política oficial sobre los derechos de exportación), justamente porque la mayor productividad que las semillas generan hacen posible que produzcan más, muchísimo más, de lo que necesitan para sí mismos.

 

Blow-up

En cuanto a que la importación de tecnología redunde en convertirnos en perfectos inútiles incapaces de generar nunca nuestras propias innovaciones técnicas, basta tener en cuenta la experiencia de Japón y de los propios Estados Unidos, y también de la de China para tener a mano las pruebas en contrario. Los norteamericanos siempre fueron, y continúan siendo, grandes compradores de tecnología ajena. La sanata de la guerra tecnológica es atrapante, pero tiene que ver con la disputa geopolítica de la cual forma parte como estandarte propagandístico, no con la realidad de la acumulación capitalista. A Trump nadie le cree nada, salvo cuando habla de estas cosas. Sugestivo. Por su parte, Japón es el único país que cruzó la barrera del subdesarrollo hacia el desarrollo, cuando la economía-mundo había articulado a través del desarrollo desigual (el desarrollo de unos implica el subdesarrollo de los otros) la economía mundial.

Los japoneses no dejaron patente sin comprar ni proceso sin imitar. De manera similar sucede en cuanto a patentes con los chinos hoy, aunque no sea una economía de mercado con todas las de la ley. Poco antes de los '80, los japoneses ya tenían tecnología propia que exportaban y el sistema de producción Toyota (Just-in-Time) alcanzó fama y uso mundial. Se tiene poco en cuenta que el gran impulsor de este proceso fue el aprovechamiento que de la peculiar situación geopolítica de Japón hicieron los sindicatos (encabezados por los metalúrgicos nipones) que batallaron muy duramente en los '50 y los '60 por mejorar el ingreso de sus afiliados. La gran inflación japonesa de los '60 (muy similar a la argentina de entonces) tenía como base el cambio en la distribución del ingreso. Allá se alcanzó la plena estabilidad en los precios cuando la puja distributiva se resolvió a favor de los trabajadores, del mercado interno. Acá seguimos desayunándonos con José Alfredo Martínez de Hoz y su espantoso legado. Por supuesto, la inflación sigue.

 

El perseguido

No falta entre los que sostienen que la no-producción de tecnología inhibe su uso, alertar contra los peligros de la dependencia y bregar entonces por la independencia tecnológica. Temen ser afectados en el porvenir por el peligro –que estiman latente y factible— de un embargo tecnológico. También, en reversa y con sesgo polemarca, se imaginan algún día ser los embargantes. Pura ilusión a dos bandas. Sucede que entre los 192 países que hay en el planeta apenas 5 o 6 explican casi todas las patentes. Basta ver los sucesivos informes de la UNCTAD para cerciorarse. En el mundo tal cual es, son esos 5 o 6 países los que pueden imaginar embargar y aguantársela si son embargados. Para el resto, que nos incluye, la interdependencia es un hecho inevitable. Y con la interdependencia a países tan poco inventivos como Canadá, Noruega, Australia, Bélgica, tan mal no les va.

El único grano de verdad que hay en la preeminencia del mercado es que el sistema capitalista puede producir, y en consecuencia avanzar y desarrollarse, sólo lo que se puede vender; es decir, sólo cuando existe una capacidad ya disponible para el consumo, ya sea real o potencial. Bajo estas condiciones ingeniar una técnica novedosa, casi sin excepción se liga al lanzamiento de un nuevo producto. En consecuencia, la creatividad no es una función de la cantidad y calidad de los investigadores y laboratorios en la oferta, sino del tamaño del mercado que define la demanda. Los primeros están en función de lo segundo. Es por eso que la abrumadora mayoría de las innovaciones son impulsadas por la demanda del mercado (demandpull o need pull). Una ilustre pequeña minoría se puede atribuir a la oferta de la técnica (discovery push) y con algunos reparos en la conceptualización de la categoría.

Si en las circunstancias estructurales dadas, en nombre del desarrollo, la independencia tecnológica y el no sofocado de la inventiva nacional se busca elevar artificialmente el nivel en la oferta, desproporcionadamente a los límites del mercado dado por la demanda, el resultado no sería una mayor producción de tecnología nacional, sino una aceleración del éxodo de los cerebros con los que ya contamos. Esa es la consecuencia necesaria cuando a la par se postula el crecimiento liderado por exportaciones, con el argumento de fondo de una supuesta superioridad del capital nacional sobre el extranjero. Hasta el día de hoy seguimos esperando que se fundamente por qué la nacionalidad influye decisiva en el comportamiento de las empresas. Nada podría atentar más contra el uso creciente de la ciencia y la tecnología hecha en nombre de la ciencia y la tecnología que insistir en el complejo científico tecnológico como corolario del crecimiento liderado por exportaciones.

La industrialización es de hecho inseparable del desarrollo porque a medida que aumenta el bienestar de la población estos productos ocupan, por su número, un segmento más y más grande en el espectro del consumo promedio. Exportar más significa abaratar los salarios, lo contrario al aumento del bienestar. Cae el uso nacional de la ciencia y la tecnología por más que se quiera presentar el enroque en tubos de ensayo y retortas, con algún rayo laser para dar el tono. De resultas, parece más lógico convivir con los técnicos y a las técnicas extranjeras para aprovechar al máximo el alza de la productividad laboral, aumentando así el ingreso nacional y, en consecuencia, solventar las necesidades de la población, lo que a su vez creará salidas y e incentivará seguir una carrera a los técnicos nacionales.

Extremando el resultado, dónde estará el problema si del proceso de desarrollo surge una sociedad conformada mayormente por ingenierxs que no han patentado ni un mísero rulemán, un país en que las llamadas empresas nacionales brillan por su ausencia, en el que, a causa de eso, el sistema científico tecnológico esta siempre al límite por los requerimientos de la demanda. Tal parece que en la cabeza de los que han confundido el problema material del desarrollo con una cuestión moral. Respetable sentimiento, pero inapropiado a todos los efectos. Dan por buenas armas que no tiene en su arsenal la reacción argentina y de dudoso uso en la acumulación a escala mundial realmente existente.

 

 

 

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