LAS BARBAS EN REMOJO

Contrapesar con sindicatos, sectores populares y Estado la manija de las grandes corporaciones

 

De observar lo que está sucediendo con los pequeños agricultores en la India y los mastodontes oligopólicos globales, se extraen un par de lecciones de importancia considerable para evaluar la formulación y las perspectivas de la estrategia del desarrollo argentino. El ejercicio hace a las alternativas disponibles para dejar atrás la mala hora, en momentos en que cada vez parece más alejada la posibilidad de esquivarle al frente de tormenta de la balanza de pagos sin correr con un costo apreciable, con todo lo que ello significa; FMI y endeudamiento externo privado a la cabeza.

Cada vez que la malaria reinante genera sofocamiento, no falta el buen cristiano que propone convertir a los desempleados, marginados y demás caídos del sistema en pequeños agricultores. Total, hay tanta tierra en la Argentina que es un despropósito no usarla, dicen. En lo que queda del día eso es tan factible como acertarle un piedrazo a la luna. Es lo que infiere la intuición tras hurgar en la conformación realmente existente de la trama sociedad civil-Estado. De manera que para aventar el jadeo coyuntural al final de esta rueda hay unos mangos más de subsidios a los feos, sucios y malos y todo sigue tan adverso como siempre. Pero ¿por qué se rehúsan a encarar la superación de la retranca a partir de la reversión de la causa que la generó: la acción deliberada de la política económica de bajar los salarios y desindustrializar a efectos de evitar que vuelvan a empinarse porque el sector externo actúa como restricción?

Una pista podría olfatearse en la propuesta del gobierno de una ley de incentivo a la agro-industria, un enorme error ofertista que impide poner retenciones, lo que estropea los salarios. Como el festival de subsidios va al gran capital, hay legitimidad compensadora en solicitar la parte para los que nada tienen. En tal caso ¿qué sucedería si los heraldos de a cada quien su quintita y gallinero ven así coronados sus afanes? Exactamente lo contrario a lo que esperan estas almas piadosas: una notable ineficiencia económica junto a un desaguisado político de proporciones.

 

 

Relación capital / trabajo

El marco de análisis de la cuestión económica —aún en esta eventual circunstancia— siempre es la maximización del producto para una cantidad dada de recursos, muchos de los cuales están desempleados. En término más esquemáticos, es cuestión de buscar lo que dicen las relaciones del capital, el trabajo y el producto. Más capital emplea más trabajo y así sucesivamente, por lo que hay que examinar cómo la propuesta de los pequeños agricultores aumenta la relación capital / trabajo lo que asegura la salud económica a lo largo del tiempo. Un aumento de la relación capital / trabajo eficiente es la que incrementa tanto la relación producto / trabajo como la relación producto / capital. Eso es lo que hace económicamente viable las innúmeras técnicas que se emplean en la vida moderna y la define en ese sentido. En otras palabras, con salarios bajos o muy altos, o sea: sin que entre en la cuenta el nivel de las remuneraciones, son estas técnicas las que maximizan tanto el producto en términos reales como la rentabilidad de las empresas en términos monetarios. La técnica está ahí. Funciona tanto con salarios bajos como con salarios altos. Es una decisión política –no económica— elegir la alternativa.

Bajo condiciones singulares y estrictas es teóricamente posible aumentar la relación capital / trabajo incrementando la relación producto / trabajo a la vez que achicando la relación producto / capital. Esta otra variante vendría dada por la desconfianza cultural hacia el desarrollo capitalista, que lleva a bregar por esta opción a los heraldos de a cada quien su quintita y gallinero. En la práctica no camina y se vuelve una mera ensoñación, con costos políticos y sociales importantes. Justamente ver cómo funcionó y funciona la realidad da cuenta de esa imposibilidad y aporta un criterio para medir el gran costo político y social que comporta el prejuicio anticapitalista. El desmadre de la falta de trabajo en la Argentina que en el espíritu de los partidarios de las técnicas intensivas en trabajo de a cada quien su quintita y gallinero, induce a la necesidad de esa elección, no difiere en nada, ni cuantitativa ni cualitativamente, del que castigaba duramente a los países actualmente desarrollados en los albores de su revolución industrial; incluso, durante la primera fase de la misma. Alcanza con leer las descripciones de los mercantilistas o a Charles Dickens. En algunos casos, quitando de tales textos fechas y nombres de lugares, estos pasarían fácilmente por escritos modernos.

Sin embargo, los países en vías de desarrollo de entonces no tuvieron finalmente que seguir con pala y pico, arando con bueyes y dejar a un lado las máquinas. Al contrario. Su desarrollo fue una función creciente de la utilización de la maquinaria. La prueba más evidente de esta correlación es proporcionada por los Estados Unidos, partiendo de cero y sobrepasando en un tiempo relativamente corto a la metrópoli industrial global, la propia Inglaterra. Lo que es significativo es que esta hazaña se logró no a pesar de sino por la mala calidad de su fuerza de trabajo y sus salarios anormalmente altos, porque es ese costo doblemente excesivo de la fuerza laboral el que induce a la utilización masiva de las máquinas que eran diseñadas en Europa. Y si se quiere máquinas –y demás enseres de la agricultura moderna que le van asociados— por lo que significan en términos de eficiencia, hay que tener escala para usarlas. Nada de quintitas y gallineros.

 

 

Modi Blues

Si la pobreza la genera la decisión política de mantener muy bajos ingresos de los trabajadores y para remediar la inopia se preconiza el uso de técnicas intensivas en trabajo, se cae en una notable contradicción, puesto que esas técnicas sólo pueden funcionar gracias a los bajos salarios, es decir, gracias al subdesarrollo. Esas técnicas son doblemente tributarias de los salarios bajos, de una parte, en el cálculo de los efectos en la sustitución de factores y, de la otra, porque son esos salarios los que permiten neutralizar la concurrencia de industrias más productivas del extranjero. Esto significa que considerando todos los aspectos, estas técnicas sólo pueden constituir una etapa de transición, la de reabsorción del subempleo del atraso. De existir tales técnicas, en el mejor de los casos deben ser utilizadas para acelerar su propia obsolescencia a fin de que se avance lo más rápido posible a la siguiente etapa. Pero una vez instaurada no es nada fácil deshacerse de esa trama productiva porque crea una superestructura con carácter afirmativo muy reaccionaria y retrograda cuya razón de ser es impedir el desarrollo capitalista que se los lleva puestos. Es lo que pasa ahora en la India. Es lo que pasó en los albores de la Revolución Industrial.

En la tercera semana de noviembre el primer ministro indio, Narendra Modi, dijo que derogaría las leyes agrícolas contra las que los agricultores han estado protestando muy fuerte durante más de un año. Modi tuvo que aflojar porque se le viene una elección legislativa encima y la vigencia de esta legislación agrícola ponía en peligro su mayoría parlamentaria en la democracia más grande del mundo. El gobierno afirma que la reforma del sector, que significa alrededor del 15% de la economía de 2,7 billones de dólares, implica más alimentos para el país y a mejores precios. También nuevas oportunidades y mejores precios para los agricultores. Lo primero es cierto, lo segundo no. Es verdad lo que dicen los agricultores que los cambios los harían vulnerables a la competencia de las grandes empresas y que eventualmente podrían perder el apoyo a los precios de productos básicos como el trigo y el arroz. Esa pequeña agricultura protegida nació en los ‘60 con la llamada Revolución Verde y los fervores socialistas del Partido del Congreso Indio. Agotó su viabilidad económica, pero el drama de Modi frente a esa realidad es que no quiere pagar la transición.

Ya sería una hazaña lograr la transformación pagando. El combativo y decidido Modi, con fama de ser intransigente, busca que la productividad del trabajo de la agricultura se eleve lo suficiente como para permitir la generación de un excedente permanente que posibilita financiar con más espacio el desarrollo de los otros sectores. También, asegurar la misma cantidad de alimentos con menos mano de obra. El problema político que enfrenta es el mismo que sufrieron franceses e ingleses en los albores de la Revolución Industrial. Los ingleses acordaron con los señores feudales y expropiaron a los pequeños agricultores. Los señores feudales se convierten en capitalistas. Los franceses negociaron con los pequeños agricultores y abolieron los derechos de los señores feudales. En el caso inglés la transformación es pacífica en el plano político y discurre hacia la integración en el plano económico y dio pie a las fuerzas productivas para dar un salto hacia delante. En el francés, la revolución política es radicalizada y se pone en marcha un sistema híbrido en la cual la agricultura precapitalista, parcelaria, se convierte en un freno, una tara y una hipoteca para el porvenir. Y así es como la historia viene a sugerir que el recio Narendra Modi se esta afrancesando mientras el circo internacional se colorea con los apoyos a los agricultores indios de la activista climática Greta Thunberg y la cantante pop Rihanna.

 

 

Ley objetiva

Lo irónico del caso argentino es que queremos generarnos un problema que no tenemos. El fervor de los heraldos de a cada quien su quintita y gallinero es el de transformar al pequeño agricultor en propietario burgués y esperar que las relaciones mercantiles la disuelvan –por la proletarización de unos, el enriquecimiento de otros— y la transformen en propiedad capitalista. La ley de concentración del capital es algo que descubrió Karl Marx hace siglo y medio. Sería interesante tenerla en cuenta. Y no únicamente para aquellos que a pura voluntad suponen erróneamente que pueden vulnerar una ley objetiva del movimiento del sistema negando su incumbencia y su lógica.

Los que denuncian a la humedad ambiente y a la concentración oligopólica del capitalismo, haciendo responsable al segundo rasgo de la tasa de inflación –enorme propia, muy módica extramuros—, sin aportar otra prueba que las afirmaciones, olvidan el simple hecho recabado por todo tipo de economistas que han estudiado estos temas a lo largo del tiempo, que la concentración es para bajar costos por escala y que las empresas no pueden manejar los precios a su antojo. Una empresa, independiente de la estructura de mercado en la que compita, fija el precio de lo que vende en función de maximizar la ganancia. Si lo sube baja la ganancia, porque vende menos cantidad. Por otra parte, de poder manejar los precios ocurrirían situaciones extravagantes. Por caso, las crisis cíclicas, cuya marca en el orillo es la deflación, serían imposibles. Más aún, las quiebras (el Purgatorio del Infierno capitalista) nunca ocurrirían, bastaría con subir los precios y ya.

Todo esto es muy absurdo y la realidad pasa por otro lado. Según datos de la consultora Refinitiv, en los primeros nueve meses de 2021 las M&A globales (Merger and Acquisitions: fusiones y compras de empresas) alcanzaron un récord sin precedentes de 4,33 billones de dólares, superando un pico anual histórico de 4,1 billones de dólares agenciado antes de la crisis financiera en 2007. Para ver qué impulsa los M&A record, la Harvard Business Review (HBR) encuestó a unos 500 ejecutivos de las principales corporaciones globales. Encontró la causa en la meta de prepararse para la economía pospandémica que viabilizó los altos precios de las acciones y las bajas tasas de interés. El  72% de los encuestados esperan hacer tratos en su actividad para sobrepasar los niveles prepandémicos, un sentimiento compartido uniformemente en América del Norte (73%), Europa (73%), y Asia Pacífico (71%). Con respecto a la M&A el 54% dice que es una de sus prioridades estratégicas más importantes, seguida de asegurar nuevas tecnologías o experiencia (48%).

¿Es un problema la concentración? No respecto a la inflación, que en la Argentina se debe a que no hay retenciones y a la decisión política de dejar a los salarios por debajo de su nivel de equilibrio, los que —a Dios gracias— no se quieren quedar ahí. Además impactó la devaluación operada del dólar en los dos últimos años. En todo caso, respecto de la inflación las estructuras de los mercados o bien son neutrales o bien implican precios más baratos. Basta reflexionar sobre lo que costarían los lácteos si en vez de abastecerlos con grandes estructuras productivas se lo hiciera con kioskitos.

Lo cierto es que en todo el mundo la parte del león de los principales mercados la abastecen cuatro o cinco empresas. Entonces, ¿cuál es el problema con la concentración? Uno muy grande: el del poder político, que impide sacarle el jugo que hace falta al hecho de que la inversión sea una función creciente del consumo. John Kenneth Galbraith sostenía que la política debía edificar lo que llamó el Poder Compensador para contrapesar con los sindicatos, los sectores populares y el Estado la manija de las grandes corporaciones. Condición necesaria: ingresos de las mayorías en alza. Sin eso —que nada lo impide salvo la decisión política—, con el diagnóstico chingado y con la hostilidad subjetiva al capital hacemos la del mono, cuyos afeites al gato lo vuelven otra vez atractivo para el electorado al punto de hacerle creer falsamente que puede cuidar las sardinas.

 

 

 

 

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