LAS ELECCIONES ISRAELÍES

Noticias del apartheid y los bantustanes

 

Con menos del 68% del electorado participando en los recientes comicios israelíes ―el 44% en el caso de los ciudadanos palestinos de Israel―, sus resultados, varios poco auspiciosos para la democracia en el Estado hebreo, su ciudadanía judía y árabe incluidas, permiten destacar una serie de hechos de ambos signos.

Para nada inesperado a la luz de los gobiernos casi ininterrumpidamente liderados por el Likud en más de cuatro decenios desde 1977 es su acumulación del mayor número de votos, haciéndose acreedor a 30 de los 120 escaños en la Knesset, la legislatura unicameral jerosolimitana. Comparados con los 32 alcanzados en septiembre de 2019, la formación política que conduce el premier Benjamin (Bibi) Netanyahu perdió dos. La declinación del Likud bajo Bibi es más aguda si se considera que las elecciones de abril de 2019 le habían redituado 35 escaños.

Lo antedicho convive con el Likud siendo el principal partido de gobierno desde que un marcado vuelco a derecha del electorado israelí le puso coto al laborismo en su continuo detentar de esa posición en 1948-77. El declive antes mencionado no impide a Bibi, por supuesto, tratar de coaligarse, entre otros, con ex líderes del Likud, que desencantados de él crearon sus partidos de derecha o ultraderecha, para formar una novel coalición. A juzgar por lo acontecido en 2019, tal coalición también podrá incluir legisladores de lealtad partidaria dudosa a los que Bibi logre inducir a sumársele.

Entre los cansados con él está Nueva Esperanza (seis escaños), creación de Gideon Saar, hijo de un médico argentino llegado a Israel en los años ’70. Apellidado originalmente Zarechansky, Saar fue el ministro de Educación de Bibi que vedó la inclusión en el currículo escolar de una galardonada novela de autora hebrea sobre las desventuras de una pareja exogámica, la hebrea Liat y el palestino Hilmi, acusada de promover tales liaisons.

 

 

Gideon Saar, un ex ministro desencantado.

 

 

También entre los desencantados está A Derecha (siete escaños), cuyo líder Naftali Bennett, ex ministro de Defensa, alberga expectativas de llegar a la jefatura de gobierno israelí, preferentemente sin Bibi, a la vez que es consciente de necesitar de un acuerdo de rotación con éste u otros para lograrlo.

Resulta indudable que la fragmentación del electorado en estos comicios ha exacerbado las dificultades de Bibi para construir un gobierno estable en este intento, su cuarto consecutivo del último par de años. Sin apresurar conclusiones, se acerca el día en que, pese a su innegable popularidad, Bibi será reemplazado como Primer Ministro por otro dirigente del Likud o de partido distinto, si es que las causas judiciales que tiene pendientes, entre otras cosas por acusaciones de fraude y venalidad (con juicio a abrirse este 5 de abril), no precipitan antes un arreglo que le evite, por ejemplo, una condena a prisión de aceptar apartarse de la conducción israelí.

Los 52 escaños acopiados por el Likud y quienes han respaldado ab initio la permanencia de Bibi en el poder, aunque distantes del mínimo de 61 requeridos para gobernar, han venido de la mano de la clara legitimación del racismo antiárabe en el escenario político israelí y de mayor presencia de homófobos en la legislatura.

Los seis escaños obtenidos por una nueva formación política, el Sionismo Religioso, incluyen a seguidores de Meir Kahane cuyo partido antiárabe, abiertamente favorable a la limpieza étnica, fue proscrito en 1988, cuando encuestadores y otros formadores de opinión pronosticaban que obtendría 4-12 bancas.

El kahanismo quedó también etiquetado como terrorista, tanto en Israel como en el país natal de Kahane, Estados Unidos, donde fue asesinado en 1990. Allí su anticomunismo resultó útil para el FBI que, sin embargo, lo mantuvo vigilado dada la propensión al terrorismo de su Liga de Defensa Judía.

Antes de la proscripción, durante el período en que Kahane disfrutó de una sola banca en la Knesset, su accionar privilegió, entre otros asuntos, la compilación de un listado de ciudadanos palestinos que estarían dispuestos a abandonar el Estado hebreo, compensación mediante, y el recurso a métodos más draconianos para impulsar el alza en la densidad poblacional judía allí.

Ello no obstante, la limpieza étnica difícilmente fue una exclusividad de Kahane. En los primeros años de Israel, ésta fue parte de la nakba, vocablo árabe que remite a la expulsión a manos hebreas de hasta 750.000 palestinos, instados a abandonar sus hogares durante la primera guerra árabe-israelí (1948-49). Esto aconteció luego del rechazo árabe del despiece y reparto de Palestina, incluido en la propuesta de creación de dos Estados en esas tierras: Israel y el hasta ahora nunca concretado Estado palestino. Aprobada por la escasa membresía de la ONU, una cincuentena de países que conformaban la comunidad internacional de ese entonces, tal plan de partición y la adjudicación de las tierras palestinas a dos nacionalismos antagónicos fue recomendado en 1947, cuando la descolonización de África, Asia y el Caribe era incipiente.

Con modalidades diferentes, la limpieza étnica desde el primer gobierno del Estado hebreo hasta incluyó una nota al pie argentina. Sin desembocar en un programa oficial que involucrase a la Argentina, un diplomático y futuro Presidente del Estado hebreo fue, sin embargo, el primero de dos funcionarios israelíes encargados de explorar in situ una idea fantástica nunca implementada, el asentamiento de palestinos aquí.

Actualmente, los ciudadanos palestinos de Israel constituyen hasta el 21% de sus 9,2 millones de habitantes. Y desde 2015 su representación parlamentaria ha estado a cargo de la Lista Conjunta, una coalición de cuatro partidos que se hizo de hasta quince bancas en distintas elecciones. Siendo solamente tres los integrantes de tal Lista ahora, cuenta con media docena de bancas.

Un Bibi deseoso de esmerilar la representación árabe en la Knesset alentó a un partido Raam islamista. Aunque más interesado que otros en la participación árabe en el tablero político israelí, Raam se apartó de la Lista Conjunta antes de la elección del mes pasado. Y a contravía de lo anticipado por las encuestas a boca de urna que anticipaban que no había ganado banca alguna, Raam obtuvo cuatro. Tomadas con las seis de la Lista Conjunta, su comparación con la elección anterior muestra que si de eliminación de un partido árabe se trataba, Bibi no lo logró. Pero la sumatoria de representantes de la ciudadanía palestina de Israel perdió cinco bancas.

Pese a ese retroceso, el líder de Raam, Mansour Abbas (a no ser confundido con Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Palestina en Ramallah), se cuida del flirteo con Bibi et al para evitar que su pragmatismo desemboque en sus co-étnicos catalogándolo de Quisling palestino. Resta ver, pues, si ello ayuda a Bibi a formar gobierno o a quienes buscan destronarlo.

Más allá de los políticos del Likud que ya adelantaron su oposición a la inclusión de un partido árabe en la coalición gobernante, o a su apoyo desde afuera de ésta en votaciones cruciales para tal ensamble ―la opción a la que recurrió el premier Yitzhak Rabin para asegurarse la ratificación de los acuerdos de Oslo (1993), aquellos interpretados por muchos como favorables a una solución biestatal de la cuestión palestina―, Mansour ya dio a conocer sus aspiraciones, en caso de requerirse su respaldo para un gobierno liderado por Bibi, o en manos de una coalición más centrista.

Razonable para no pocos, el precio que tal arreglo conllevaría es elevado para los nacionalistas de derecha y ultras israelíes. Ello es especialmente así para los ganosos de ver a su próximo gobierno abocándose a la expansión de aquello que Uri Savir, ex diplomático israelí y actual presidente honorario del Centro Shimon Peres para la Paz y la Innovación, así como otros, han descrito como versión israelí del apartheid.

Ilustrativo de la brecha que separa a Bibi de Mansour es su anuncio previo de algo bastante más light: una lucha policial más activa contra la criminalidad que preocupa a la ciudadanía palestina de Israel y la apertura de vuelos directos Tel Aviv-Meca, ciudad a la que peregrinan sus musulmanes, como si la expresión de deseo israelí detrás de esto no dependiese crucialmente de la existencia de lazos diplomáticos con Arabia Saudita.

Una iniciativa de autoría saudí, reconocida desde 2002 como el plan de paz de la Liga Árabe, dejó condicionado el reconocimiento árabe del Estado hebreo a la convivencia israelo-palestina en sus respectivos Estados contiguos, ubicados entre el Mediterráneo y el Jordán. Tal condicionalidad, empero, fue rota por Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, Marruecos y Sudán que, propulsados por Estados Unidos, entablaron relaciones diplomáticas con Israel durante la gestión de Donald Trump, sin aceptación por parte de Bibi del plan saudí, u otros semejantes. Aun así, cualquiera sea la relevancia de dicho plan árabe de paz, cuando el derrotero de la República Islámica de Irán parece ser el único tema conflictivo en Oriente Medio y la cantidad de opositores hebreos a la solución biestatal sigue siendo escasamente desdeñable, un ex ministro de Justicia israelí y otrora líder de Meretz, Yossi Beilin, se hizo eco de voces saudíes para las que una normalización israelo-saudí es concretamente irrealista.

Lo atribuido a Mansour incluye la eliminación de legislación exclusivista israelí, aquella según la cual el Estado hebreo está destinado a los judíos solamente, cualquiera sea su lugar de nacimiento, lo cual condena a los palestinos, aun si nacidos en el país, a una ciudadanía israelí de segunda clase. Sin desconocer la existencia en Israel de diplomáticos y militares de origen beduino o druso, dicha legislación ya se ha traducido, por caso, en que la lengua árabe ―junto al hebreo, idiomas oficiales de Israel desde su creación― pierda ese status. El precio del apoyo de Raam también contempla la remoción de trabas que llevan a los solicitantes palestinos de permisos de construcción habitualmente denegados, de tratarse de la extensión de inmuebles existentes u otros nuevos si ubicados en áreas israelíes a ser judaizadas, se expongan a ser caratulados como transgresores y tales edificaciones demolidas.

Más allá de la Lista Conjunta y Raam, la importancia del voto de los ciudadanos palestinos no sólo ha sido relevante para Bibi; también alcanzó a partidos de centro y centroizquierda. Antes del ejercicio electoral reciente no escaseaban las predicciones de debilitamiento y posible desaparición de dichos partidos. Tal el caso del Laborismo y Meretz que, contrariamente a esos vaticinios, terminaron mejorando su representación parlamentaria: la laborista se alzó de seis a siete escaños, y aquella de Meretz, algo a la izquierda del laborismo, de cuatro a seis. Que los votantes palestinos tuvieron que ver con dicho resultado viene sugerido por la séptima plaza de la lista laborista, destinada a Ibtisam Maraana Minujin, palestina casada con un hebreo, en tanto que las seis bancas de Meretz incluyen a los palestinos Issawi Freij y Rinawi Zuabi.

Finalmente, otro resultado de estas elecciones es el descenso de la representación femenina en la Knesset. Sus 30 bancas no son exiguas, pero eran 32 en 2019. Según una analista política israelí, Mazal Muallem, dicha merma causará un descenso de Israel en el ranking internacional de participación femenina en la vida legislativa de países monitoreados por la Unión Interparlamentaria. Si Israel ocupaba el puesto 72 en esa tabla ahora pasará al 91, lo cual señala Muallem lo dejará peor ubicado respecto de Kazaquistán en el puesto 71 e Irak en el 87.

 

 

Mazal Mualem, menos mujeres que Irak. Israel cae del puesto 72 al 91.

 

 

Aunque indiscutido durante la campaña electoral, ni Bennett ni Saar, por sólo nombrar un par de los líderes partidarios que participaron en esta contienda, permiten pensar fácilmente en un Israel menos belicoso y más sintonizado con el concierto internacional respecto de Irán, así como mejor dispuesto que Bibi a propósito de un Estado palestino distinto de la suma de bantustanes prevista por Trump.

Pese al desagrado oficial israelí con su identificación con el apartheid, nada de lo antedicho sobre la cuestión palestina cuaja con el Israel de la narrativa sionista como la única democracia del entorno mesoriental, si no una luz para todas las naciones del mundo.

 

 

 

 

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