Las estrellas federales (segunda entrega)

Segunda entrega del último libro de Juan Diego Incardona, ‘Estrellas federales’.

 

UNIVERSO DE VILLA CELINA

Este libro es una continuación, o más bien una ramificación —no la única—, ¿y el final?, de la novela El campito, publicada por primera vez en 2009. A su vez, El campito es una continuación, o más bien otro cuento —un cuento largo— de Villa Celina (2008), saga a la que también pertenece Rock Barrial (2010). El campito y Las estrellas federales comienzan en 1989, en tanto Villa Celina y Rock Barrial lo hacen en 1982. Los cuatro libros comparten geografía, mismo narrador y varios personajes, basados en algunos casos en personas reales y, en otros, en personajes literarios de la tradición, de Arlt, Marechal, Oesterheld, entre otros.

PERSONAJES

Salvo, el Hombre Regenerativo (¡Se corta un dedo, se corta una oreja, se corta la lengua y vuelve a crecerle!); Mano, el Presentador del circo (sus miembros superiores parecen calamares, toca una guitarra de treinta cuerdas; influencia a las primeras bandas del rock barrial); Tita, la Cuidadora de los Monos (conjuga las oraciones en tiempos remotos; colecciona anillos); Aldo, el Enano Gigante (nació con enanismo pero ahora mide más de dos metros); La Mujer Lagartija (deseada por todos desde la escuela); Los Infracaballos (equinos del tamaño de hormigas que viven en una mesita de luz); El León Durmiente (encerrado en una jaula, sueña que la Provincia de Buenos Aires es una sabana africana); El Enorme Escarabajo (más fuerte que un toro, come meteoritos); Los Trapecistas (Pájaro 1, Pájaro 2, Pájaro 3, Pájaro 4); Los Payasos (Payá, Pacá, Patrá, Padelante, Pauncostado); El Hombre Bala (fue balín a los dos años, convirtiéndose en el ser humano más joven que se haya disparado de un cañón); El Petiso Orejudo (¡Incendia casas, mata niños y tortura animales!); El Soldado de la Independencia (¡Peleó con Güemes, peleó con Belgrano, peleó con San Martín!); El Enfermo de fiebre amarilla (¡Vuela de temperatura, vomita bilis y escupe sangre desde la Presidencia de Sarmiento!).

 

LA LLUVIA DE ÁCIDO SULFÚRICO

Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego.

Leopoldo Lugones, La lluvia de fuego.

La carpa había quedado vacía. Bultos, baúles y estructuras interiores eran prolijamente ordenados en el suelo, para luego ser subidos a los camiones y los carros. En las jaulas, los monos y el cascarudo estaban inquietos. El león, como siempre, permanecía durmiendo. En el medio del patio imaginario que formaba la ronda de vehículos, Aldo el enano gigante descolgaba la campana de su poste. En el este, el sol se levantaba sobre las casas que daban a la General Paz, pero en el oeste, un frente oscuro avanzaba hacia nosotros. Pronto, el cielo quedaría nublado por completo y ráfagas de viento soplarían sobre la zona, arremolinando papeles y basura de las calles aledañas y de la vía que corría a la derecha, entre las estaciones Villa Madero y Marinos del Fournier.

—¡Apuremos! —pidió Tita—. ¡Subamos las cosas que se viene el aguacero!

—¡Esperen! —dijo el Presentador, y se apartó del resto, caminando hacia el frente de tormenta.

Dio varios pasos y se detuvo a observar el cielo. Levantó los brazos. Sus extremidades, en abanico, parecían atajar el viento. Después de un rato se dio vuelta y empezó a olerse las puntas de los dedos. Todos lo miramos expectantes, sin saber qué estaba haciendo. Miró al oeste de nuevo y después a nosotros, fijamente, con cara de preocupación.

—¿Pero qué pasa? —Tita no pudo contener su ansiedad.

—¡A la carpa! —Gritó el Presentador, volviendo al lugar en donde estaba la mayoría—. ¡Entren todo a la carpa otra vez! ¡Cuanto antes!

Nadie reaccionaba. El Presentador se puso a levantar una valija por su cuenta, mientras seguía gritando.

—¡Rápido! ¡Rápido!

—¡Oye! —lo frenó Tita—. ¿Te has vuelto loco? Con el trabajo que nos ha costado sacar tanto cachivache. Mejor subamos los bultos a los camiones y los carros, que allí quedarán protegidos en las cajas, seguro.

—¡No me contradiga! —le contestó nervioso el Presentador—. Entren las cosas a la carpa —se dirigió a todos—, apílenlas en el fondo y después metan los vehículos que pasen por la puerta. ¡No pierdan tiempo!

Los demás se metieron en la discusión. Muchos apoyaban a la cuidadora de los monos y trataban de sacar algo en limpio de las palabras del Presentador, que ahora enumeraba:

—Los carros son de metal, los camiones son de metal, las jaulas son de metal…

El Hombre Regenerativo me pidió que entráramos de nuevo la Tierra de los Infracaballos. Empezamos a cargarla, pero a los pocos pasos me dijo que nos detuviéramos. El resto también se quedó quieto, haciendo silencio, para entender mejor algo que se oía con el viento. Era una especie de clamor que brotaba de las villas y los barrios de monoblocks. Al parar las orejas, comprendimos que eran nombres, muchos nombres que se acumulaban, gritados con desesperación.

—¡María! ¡Negro! ¡Alfredo! ¡Raúl! ¡Poli! ¡Martín! ¡Teresita! ¡Chavo! ¡Pepa! —cientos de personas eran llamadas en todas partes, posiblemente por sus parientes o amigos.

Los gritos sonaban cada vez más cerca, hasta que, entre nosotros, Pájaro 2, uno de los acróbatas, anunció, tocándose la cabeza.

—¡Quema! ¡El agua quema!

Las primeras gotas habían empezado a caer.

—¡No es agua! —dijo el Presentador—. ¡Es ácido! ¡Ácido sulfúrico!

Los personajes del circo se miraron entre ellos y después entraron en pánico, corriendo para todos lados.

—¡A la carpa! —volvió a ordenar el Presentador—, ¡que está plastificada con polietileno! ¡Es lo único que va a resistir!

—¡Metan todo lo que puedan! —pidió El Hombre Regenerativo, con quien volvimos  a cargar la Tierra de los Infracaballos, entre puntos humeantes que marcaban el suelo.

Una vez que la mesa ratona quedó protegida, enfilé otra vez hacia afuera, pero El Hombre Regenerativo me detuvo:

—No salgas, podes perder la vida.

Le hice caso. Los demás, que ya se habían puesto a cubierto, tampoco volvieron a salir. La arena estaba colmada por los personajes del circo y por los objetos que habían podido recuperarse. Los que habíamos quedado adelante,  debajo del alero de la puerta principal, fuimos viendo cómo las primeras gotas se convirtieron en lluvia. Pronto, descargas eléctricas empezaron a cruzar el cielo, de norte a sur y de sur a norte.  Sobre la Riccheri y los bosques de Ezeiza, otros relámpagos alumbraban el fondo de la tormenta, encima de nubes saturadas de  dióxido de azufre. Por momentos, parecía que entre los chaparrones brillaban rayos de sol, formando arco iris petroquímicos. Pero la lluvia no mermaba; al contrario, el cielo estaba tan cargado de los gases escapados de los depósitos sin mantenimiento, de los tanques abandonados por las empresas, de las fugas del cementerio de fábricas, que a los líquidos se sumaron las piedras. ¡Plum! ¡plum! ¡plum!, sonaban las chapas de los barrios por el granizo de cristales y vitriolos azules, hechos de sulfatos cúpricos. En todas partes, se oían gritos y llantos de los vecinos que todavía poblaban las localidades del primer cordón industrial. Los personajes del circo, aterrados por el viento que movía la carpa, se tiraban cuerpo a tierra en la arena del espectáculo, encomendándose a Dios y toda clase de Santos, para que el polietileno del techo resistiera y nos protegiera del ácido sulfúrico, tal como nos había dicho Mano. Yo pensé en mi familia y me puse a llorar. Quizás, me tranquilizaba, mi padre se había dado cuenta a tiempo de la naturaleza del fenómeno y había cubierto con bolsas de consorcio a mis hermanas y a mi madre. Los truenos no me dejaban pensar demasiado. Las alturas, manchadas de aureolas de aceite, se quebraban en arranques de furia, al bombear los cilindros de un antiguo motor bonaerense. Ahora, corrompido por el desuso, explotaba hongos químicos sobre La Matanza, rompiendo bielas, pistones y cojinetes, desatándose de correas y engranajes para finalmente derrumbarse y caer, en bloques de hierro y fundición, sobre nuestras casas, nuestras escuelas,  nuestras iglesias y nuestros clubes.

—¡Por la Virgen María! —se abrió paso Tita entre sus compañeros—. ¡Los animales! ¡Los animales!

La agarraron entre varios, porque quería salir. Entre el ruido de las gotas y las piedras, podía oírse el griterío de los monos, contestando el llamado de su cuidadora.

—Nadie se mueva —ordenó El Hombre Regenerativo.

Acto seguido, salió de la carpa. Los demás nos agolpamos para ver, protegidos por la tela plastificada que todavía resistía, pese al viento y la tormenta.  Corrió hasta la jaula de los monos tití y empezó a empujarla hacia nosotros, para que pudiéramos rescatar a los animales debajo del alero. Luego intentaría lo mismo con los chimpancés, el cascarudo y el león.

Alientos vitales nublaban la imagen del líder y la película se entrecortaba, avanzaba y retrocedía, aceleraba y desaceleraba, quedaba en pausa: era la estampa de un hombre quemándose vivo. Cuando recuperaba el movimiento, los testigos gritábamos su dolor, al contemplar cómo se deshacía en el piso, acuchillado por las gotas que lo cortaban en pedazos. Casi al mismo tiempo, lo alentábamos, motivados por sus constantes resurrecciones.

Empujó la jaula hasta la carpa, rodeó la carrocería y se protegió entre nosotros. Lo miramos fascinados. Su cabeza, en partes pelada y con varias heridas, echaba vapores venenosos. De a poco, fue cicatrizando. Sin perder tiempo, volvió a salir. Tita y Aldo abrieron la puerta trasera del carro y liberaron a los monos, que locos de contentos corrieron hacia el interior para luego treparse por las estructuras. Salvo cruzó el baldío y empezó a traer a los chimpancés. El suelo se ablandaba y por eso el trabajo le costaba más esfuerzo. Nos hubiera gustado salir a ayudarlo, pero si alguno ponía un pie afuera jamás podría contarla, pues el ácido parecía cada vez más concentrado. Sólo él, dotado especialmente por la nueva naturaleza del conurbano, era capaz de exponerse así. Sus facultades, sin embargo, no le quitaban mérito a la proeza. Quién podría imaginar el dolor que estaría sintiendo, lastimado miles de veces, muerto violentamente a cada rato. Por segunda vez, logró su cometido y nosotros pudimos liberar a los chimpancés. Salvo, desfalleciendo, cayó de rodillas. Lo levantamos entre varios. El traje, aunque parecía ser  resistente a los líquidos corrosivos, tenía varias roturas. A través de ellas, podían verse los tajos profundos en la carne. Su cara chorreaba espuma. Trajeron una toalla y lo secaron despacio.  La frente y las mejillas estaban en carne viva. Varios se pusieron a llorar. El Hombre Regenerativo se puso de pie y salió de nuevo, en dirección a la jaula del Cascarudo.

El ácido corroía el techo de chapa y las filtraciones empezaban a gotear sobre el escarabajo. Parecía que nada podría salvarlo de la tormenta, ni siquiera  su duro cuerpo de superinsecto, pero, una vez más, el hombre de la Tablada se abrió paso entre los charcos aceitosos de vitriolo, que burbujeaban en todas partes como si la tierra hubiera alcanzado su punto de hervor, puesta a fuego máximo en una inmensa olla de aluminio, fabricada quizás en otra época por CAMEA, apenas cruzando la General Paz. Probablemente, de esos galpones deschapados y edificios en ruinas, de esas viejas fraguas y hornos de fundición, también escapaban gases y líquidos contaminantes por la falta de cuidado, afectando el clima. Igual que sus vecinas INTA, Pirelli, EGP, Química Helium y Jabón Federal, la Compañía Argentina Metalúrgica de Estaño y Aluminio era una bomba a punto de estallar, abandonada y librada a la suerte, o apenas custodiada por uno o dos serenos dormidos junto a sus radios, cuyas agujas, enloquecidas por los climas  paranormales del cordón suburbano, rebotaban sintonías entre los monoblocks del Barrio Piedrabuena mezclando tiempos, en un dial que saltaba del 30 al 90, de la década infame a la década maldita.

La lluvia mermó durante un rato y el Hombre Regenerativo aprovechó la oportunidad, empujando con toda su fuerza el carro hasta la carpa. Los trabajadores del circo lo recibieron y, sin perder tiempo, enlazaron a la criatura por el cuerno para llevarla luego hasta una jaula interior. El cascarudo sacudía la cabeza y embestía como un toro. Esto produjo desbandes entre los artistas refugiados, que temían que el insecto se soltara. Hubo corridas por la arena y varios cayeron. La Mujer Lagartija, pisándose la cola, fue a parar a la red de los trapecistas, quedándose enredada. Payasos y malabaristas se peleaban por ayudarla, pues todos se sentían atraídos por su figura, extraña pero erótica. Ella aceptaba de mala gana, porque, según escuché, no le gustaba que la tocaran. Tiempo después supe que esto se debía a un trauma de la infancia, cuando la cola recién empezaba a crecerle y ella no sólo era víctima de las burlas y la curiosidad, sino del manoseo constante de sus compañeros de escuela. Finalmente, en la adolescencia, abandonó el colegio y se alejó del mundo común y corriente, al ser contratada por el Circo de las Mutaciones. Por lo visto, esto no cambió su suerte y, aún entre mutantes, continuó siendo un objeto de deseo.

Mientras los demás iban de un lado a otro, cayéndose y levantándose, yo me quedé solo  en un rincón junto a Salvo, que una vez más debía recuperarse de las heridas para volver a salir, esta vez en rescate del león, el último animal que quedaba a la intemperie. Puso un pie afuera y las nubes, como si supieran, echaron hacia la tierra todo el veneno acumulado. La lluvia caía de punta, por momentos inclinada a la derecha, por momentos a la izquierda, sujeta a los caprichos del viento, que soplaba caóticamente en todas direcciones o incluso se arremolinaba, desparramando ácido en forma centrífuga. A duras penas logró atravesar el barrial, porque la masa tóxica le carcomía la piel y la carne y él debía avanzar en puntas de hueso, apoyándose en sus calcáneos, en sus tibias y peronés como si fueran zancos. Gritaba. Lloraba. Rezaba al cielo. El ácido sulfúrico le abría el cráneo hasta desnudarle el cerebro, filtrarle los hemisferios y bendecirle la carne de sus oraciones. En la cima del monte calvario, alcanzó la jaula del león, un animal enorme y viejo que dormía el final de su vida, encerrado en una estructura que estaba a punto de ceder. Con gran sacrificio, el Hombre Regenerativo comenzó a empujar el carro hacia nosotros, para que salváramos al animal. Quizás, lo mejor hubiese sido dejarlo a su suerte, que la lluvia por fin lo librase de sus barrotes y se lo llevase a otros sueños, donde reinase de nuevo, entre llanuras y selvas. Pero Salvo no lo iba a abandonar y el león ahora soñaba con él, quizás lo veía como a un animal, otro león que había llegado para guiarlo de regreso a la manada.

Hijo de la basura, de las cuencas del Matanza y el Reconquista, que rescatabas un león dormido debajo de la lluvia ácida, de a poco te fuiste deshaciendo en la tierra de la Provincia, pese a tus facultades y poderes regenerativos. Con tu último músculo, tu último hueso, último aliento, empujaste el carro hasta el alero, para que rescatáramos al león. Luego, desapareciste en fuego y en humo.  Los testigos contemplamos horrorizados tu degradación y luego esperamos, mirando los charcos, que te regeneraras como siempre, pero vos no volvías, pasaba el tiempo y tu cuerpo no se formaba, todo era sulfato y vitriolo, aceite de vitriolo, licor de vitriolo, espíritu de vitriolo.

-¡Salvo ha muerto! -gritaron. ¡Nuestro líder ha caído!

La gente empezó a llorar y a arrancarse los pelos. Muchos se agolparon para ver, para buscarlo entre las piedras y la basura que las zanjas habían arrastrado, con la esperanza de descubrir una mano, un pie, cualquier miembro de su cuerpo que asomara al ras del suelo. La parte de abajo del alero estaba colmada y esto puso en peligro la estructura debido a los empujones, así que Mano pidió que retrocediéramos antes de que se cayera algún parante. Todos le hicimos caso. Mano, por su parte, se quedó solo mirando hacia afuera, compungido, ante la pérdida de su compañero. Yo también quedé impactado y comprendí que, sin el Hombre Regenerativo, mi presencia ya no tenía sentido en el circo, pues jamás podría asistirlo ni cortarlo públicamente, para que después se regenerara en carne y en aplausos. Sólo me quedaba esperar que parara de llover, así podía volver a Villa Celina para reunirme con mi familia y, pasados los días, salir de nuevo por los barrios en busca de trabajo, de trabajos en negro, de trabajos a comisión.

 

Dejá tu comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.