Las estrellas federales

Con Juan Diego Incardona la literatura fantástica se hizo conurbana. Aquí la introducción y el segundo capítulo de su último amenazante y deleitoso libro, «Estrellas federales».

UNIVERSO DE VILLA CELINA

Este libro es una continuación, o más bien una ramificación —no la única—, ¿y el final?, de la novela El campito, publicada por primera vez en 2009.  A su vez, El campito es una continuación, o más bien otro cuento —un cuento largo— de Villa Celina (2008), saga a la que también pertenece Rock Barrial (2010). El campito y Las estrellas federales comienzan en 1989, en tanto Villa Celina y Rock Barrial lo hacen en 1982. Los cuatro libros comparten geografía, mismo narrador y varios personajes, basados en algunos casos en personas reales y, en otros, en personajes literarios de la tradición, de Arlt, Marechal, Oesterheld, entre otros.

PERSONAJES

Salvo, el Hombre Regenerativo (¡Se corta un dedo, se corta una oreja, se corta la lengua y vuelve a crecerle!); Mano, el Presentador del circo (sus miembros superiores parecen calamares, toca una guitarra de treinta cuerdas; influencia a las primeras bandas del rock barrial); Tita, la Cuidadora de los Monos (conjuga las oraciones en tiempos remotos; colecciona anillos); Aldo, el Enano Gigante (nació con enanismo pero ahora mide más de dos metros); La Mujer Lagartija (deseada por todos desde la escuela); Los Infracaballos (equinos del tamaño de hormigas que viven en una mesita de luz); El León Durmiente (encerrado en una jaula, sueña que la Provincia de Buenos Aires es una sabana africana); El Enorme Escarabajo (más fuerte que un toro, come meteoritos); Los Trapecistas (Pájaro 1, Pájaro 2, Pájaro 3, Pájaro 4); Los Payasos (Payá, Pacá, Patrá, Padelante, Pauncostado); El Hombre Bala (fue balín a los dos años, convirtiéndose en el ser humano más joven que se haya disparado de un cañón); El Petiso Orejudo (¡Incendia casas, mata niños y tortura animales!); El Soldado de la Independencia (¡Peleó con Güemes, peleó con Belgrano, peleó con San Martín!); El Enfermo de fiebre amarilla (¡Vuela de temperatura, vomita bilis y escupe sangre desde la Presidencia de Sarmiento!).

Capítulo 2

EL CIRCO DE LAS MUTACIONES

Pero si siguen las cosas
como van hasta el presente,
puede ser que redepente
veamos el campo disierto,
y blanquiando solamente
los güesos de los que han muerto.

José Hernández, El gaucho Martín Fierro

En  diciembre de 1990 me recibí de Técnico Mecánico. Mi primer trabajo, al salir del colegio, fue en un taller de motores eléctricos sobre la Avenida Riestra, en Villa Lugano. Duré poco, porque el patrón no me pagaba y además me hacía barrer todo el día. Yo quería aprender a bobinar pero pasaban las semanas y mi único contacto con el cobre era de vez en cuando y mediante un pincel con el que pintaba las piezas ya terminadas, empapándolas de barniz aislante que sacaba de una lata de dulce de membrillo.

Una mañana, en la parada frente al edificio 1, dejé pasar el 86 y retrocedí hasta el kiosco para comprarme el diario. Entonces, empezaría a viajar a San Martín, Lomas del Mirador y Mataderos, siguiendo durante cuatro años distintos avisos de los clasificados, hasta lugares medio destruidos cuyas veredas, tapadas de colas de gente, se abrían entre baldosas flojas para tragarnos a todos. La mayoría eran trabajos de mala muerte, en negro y a comisión, para vender o volantear. A veces intentaba con alguno, pero tarde o temprano abandonaba, con los bolsillos llenos del mismo aire con el que había comenzado.

En 1994, mientras buscaba por Madero una fábrica de plástico que nadie conocía y que, por lo visto, quedaba en un lugar fantasma o al menos no en la dirección que había sido publicada en el aviso, me topé con un afiche que enseguida llamó mi atención, pegado sobre la pared de la Escuela 49. Era una propaganda de “El circo de las mutaciones”, el mismo que, cinco años atrás, había acampado en Villa Celina cuando sucedió la plaga de las poinsettias. Entonces recordé la oferta que, en aquella oportunidad, me había hecho el Presentador del circo, secundado por el Hombre Regenerativo de La Tablada, para que me sumara a ellos, trabajando como asistente del Mago de Aldo Bonzi.

Caminé por Blanco Encalada hasta la vía y después salí a unos potreros donde estaban la carpa y los carros. Era día de semana y bastante temprano, así que no se veía a nadie afuera, salvo a una señora bajita que le daba de comer a los monos, que rompían, con sus gritos, la calma que reinaba en los alrededores. Me acerqué a ella y los animales, observándome, dejaron de gritar.

—Eso muchacho, no te muevas de ahí que me has calmado a la monada.
—¿Se encuentra el…?
—Shhh —me interrumpió—, mejor ni hables y quédate quietito, a ver si estos empiezan otra vez la cantinela. Vaya uno a saber qué intriga les picó contigo, pero me has venido como anillo al dedo, seguro, pues ya me tenían loca.

Me quedé clavado al piso y con la boca cerrada, tratando de descifrar de dónde podía ser la tonada de aquella señora. Los monos se asomaban a los barrotes y me miraban de arriba a abajo. Estaban en dos jaulas. En la primera, tres monos tití; en la segunda, dos chimpancés. A todos los había hipnotizado. Su cuidadora aprovechaba y les llenaba los tachos con frutas mezcladas con maní. Hacia la derecha, había varias jaulas más. Todas estaban vacías salvo dos: en una punta, dormía un león; en la otra, un cascarudo, o vaya a saber qué clase de insecto, daba vueltas sin parar. Su tamaño era fabuloso. Probablemente eran los mismos animales que habían llevado a Celina. Me sorprendió que todavía vivieran.

La señora retrocedió, alejándose de las jaulas despacio, y me hizo señas para que la siguiera. Los monos agarraban cada una de las frutas y las revisaban. Tomaban algunas y se las pasaban entre ellos y a otras simplemente les pegaban un mordiscón y luego las tiraban, haciendo gestos y moviendo la cabeza como diciendo no. La cuidadora se quejaba, murmurando. Cuando nos alejamos lo suficiente, me encaró y me dio una banana, que se había guardado en el bolsillo.

—Come —dijo—, te veo muy flaco.

Le agradecí y me reí, pero ella se mantuvo seria mirándome las manos, como esperando que pelara la fruta, así que para no despreciar, saqué la cáscara y me puse a comer. La señora aprobaba con la cabeza cada una de mis mordidas y no me habló hasta que terminé.

—Bien —dijo—, me llamo Margarita Azucena, pues seguro a mi madre le gustaban las flores. Puedes llamarme Tita o Azucena. No me digas Marga porque no me gusta. ¿Está claro?
—Sí, señora —respondí.
—Tampoco me digas señora.
—Está bien.
—Vaya que eres alto. ¿Cómo te llamas tú?
—Juan Diego.
—Como el indio. Seguro le rezas a la Virgen de Guadalupe.
—Más o menos. Soy más devoto de la Virgen de Luján.
—No seas tonto —me retó—, no te olvides que por algo tienes tu nombre. ¿A quién andas buscando?
—Al Hombre Regenerativo, o al Presentador del circo.
—Seguro vienes a buscar trabajo.
—Sí.
—Pues tendrás que esperar, porque ahora todos duermen. La única que se levanta temprano soy yo.
—¿Y a qué hora se despiertan?
—Dentro de doce minutos y medio, seguro —contestó, sin mirar ningún reloj.
—Espero entonces.

Tita pegó una carcajada.

—Vaya lunar que tienes en la nariz, qué divertido.
—Es de nacimiento —dije.
—Seguro, todo es de nacimiento.

Yo no estaba de acuerdo con eso pero no quise discutir.

—Sígueme —dijo—, si quieres trabajar, no es necesario que esperes.

Pasamos entre los carros y después dimos un rodeo a la carpa principal. En la parte de atrás, había un camión semi, enganchado a una caja grande y al lado dos carpas canadienses. Tita se metió en una y al rato sacó la bolsa de dormir.

—Ayúdame a limpiarla.

Abrimos el cierre y empezamos a sacudirla. Carozos y cáscaras de maní volaban por el aire. De pronto, cayó un anillo a mis pies. Lo levanté y me quedé mirándole las piedras vidriosas, blancas con corazones violetas.

—Oye, no juegues con la sortija.
—¿Es un anillo de compromiso? —me inmiscuí.
—Seguro que no —respondió—, éste se lo compré a un vendedor ambulante. Se llama “Brillitos embriagadores” y es capaz de emborrachar las pupilas.
—Ja —me alegré—, ¿el anillo tiene nombre?
—Pues eso me ha dicho el vendedor. Era un muchacho un poco más grande que tú, que andaba por las plazas y bares y le ponía nombres a sus artesanías. A mí me ha caído simpático y por eso le compré uno.

Alguien se puso a tocar una campana. El sonido era tan fuerte que en las casas de Madero se levantaron varias persianas.  La gente del circo, de a poco, empezó a salir de las carpas y de los carros.

—Devuélveme la sortija y acompáñame a la carpa grande.

Colgamos la bolsa de dormir sobre el viento más largo del sobretecho y la agarramos con broches. Después, seguí a Tita hasta la entrada principal. En el medio del patio formado por las tiendas y las carrocerías, un hombre flaco y muy alto no dejaba de dar campanadas.

—¡Vamos Aldo, que ya es suficiente! —gritó Tita.
—¿Cómo dijo que se llama? —pregunté.
—Aldo, pero también puedes decirle enano gigante, ya que varios le dicen así, porque aunque mide dos metros y pico, seguro ha nacido con enanismo.
—Yo escuché hablar de él en mi barrio —comenté.
—¿De dónde eres tú?
—De Villa Celina.
—¿De las casas o de los edificios?
—De las casas.
—¡Aldo! —Tita lo llamó de nuevo— ¡A ver si la terminas con la campana y vienes para acá!

Aldo dejó de tocar y caminó hacia nosotros, dando largas zancadas. El eco del bronce seguía retumbando en el aire  y yo tenía la sensación de que los oídos me latían. A un costado, los monos estaban enloquecidos; el león, sin embargo, seguía durmiendo.

—Oye —Tita lo encaró al enano gigante, que la doblaba en estatura—, ¿para qué haces tanto bochinche? ¿No te das cuenta que la monada se pone loca?
—Sólo cumplo órdenes —se defendió Aldo—; el Presentador dijo que tocara así porque sino algunos se quedan durmiendo.
—Caramba —respondió Tita, con fastidio—, tengo que hablar con él.
—Disculpe doña Tita, no fue mi intención molestar a los monos.
—Está bien, Aldo, sé que no lo has hecho a propósito. Ahora, óyeme, este muchacho dice que te conoce.

Aldo me clavó la vista.

—Buen día —lo saludé—, mi nombre es Juan Diego. Si no me equivoco, usted conoce a Carlitos el ciruja.
—Por supuesto que conozco al señor Carlitos, un buen amigo, hace tiempo que no lo veo.
—¿Es verdad que en su barrio son todos enanos? —le pregunté.
—Sí, es verdad.
—Después la siguen —nos interrumpió Tita—, metámonos en la carpa.

Entramos. Artistas y trabajadores hacían fila frente a una mesa apoyada sobre caballetes. Dos señoras servían mate cocido y repartían tortas fritas. A una la reconocí enseguida: era la Mujer Lagartija de Laferrere, a quien habían anunciado en Celina como una de las atracciones principales. Me puse en puntas de pie y estiré el cuello, para ver si le veía la cola por encima de la mesa, pero las ollas y las cajas del desayuno le tapaban la mitad inferior de su cuerpo, la mitad más interesante. Tita me llevó hasta un tronco que servía de banco y me pidió que esperara, mientras ella y Aldo iban a servirse. Obedecí y me quedé sentado solo, con una sensación amarga por no haber sido invitado al desayuno. Busqué entre la gente, a ver si reconocía al Presentador o al Hombre Regenerativo de La Tablada, pero no podía encontrarlos. En total, habría unas setenta personas, la mayoría disfrazados o vestidos de modo estrafalario, lo cual al principio me pareció normal tratándose de un circo, pero después, al pensarlo mejor, me llamó la atención, ya que no comprendía qué necesidad tenían los payasos de estar vestidos de payasos, los mimos de mimos, los magos de magos, si a esa hora no habría espectáculo alguno y todos se encontraban en la cotidianeidad, sin público, salvo por mí, por supuesto, aunque tampoco podría ser considerado de ese modo, ya que, al buscar trabajo, era un caso aparte. Curioseando un poco, descubrí, cerca de mí, una mesa ratona bastante llamativa, porque tenía una capa de tierra, gramilla y pasto sobre la fórmica. La superficie estaba cerrada en los bordes con un mosquitero de plástico cortado de unos diez centímetros de altura, que hacía de alambrado. Me acerqué. Algunos árboles bonsai y una canaleta de agua cortaban la monotonía del pequeño paisaje. Un pasacalle hecho con cinta bebé anunciaba: “Tierra de los infracaballos”. Dos cajas de fósforos hacían de caballerizas y en las mínimas llanuras, dos equinos del tamaño de hormigas trotaban felices, hacia el sol de 40 watts que se ponía al oeste, colgando de un cable.

Tita y el enano gigante volvieron adonde estaba yo, así que me senté de nuevo en el tronco. La cuidadora de los monos trajo dos tazas, una para ella y otra para mí. Esto me reconfortó. Después me dio una torta frita cubierta de azúcar. Alrededor, los demás tomaban asiento por los rincones, solos o en pequeños grupos, mientras bebían de sus tazas calientes, guardando silencio. En todas partes, podían verse floreros con distintas plantas y flores, desde jazmines y malvones hasta ceibos y estrellas federales.

—Ahí vienen los líderes —comentó Aldo.

Por la entrada aparecieron dos personas. Ambos eran rubios, de estatura elevada y bastante atléticos. Uno tenía la frente ancha y el pelo peinado en puntas hacia atrás, como una cresta; el otro, flequillo y pelo corto; el primero llevaba puesto una remera y pantalones negros bien ajustados, botas también negras, tobilleras y un cinturón blanco cerrado por cuatro hebillas que adornaban el medio en forma vertical; el segundo, un traje de goma o neopreno parecido al que usan los buzos. Eran el Presentador y el Hombre Regenerativo. Los personajes del circo dejaron sus desayunos y se pusieron de pie para saludarlos.

—¡Mano! ¡Viva el señor Mano! —gritaron primero.

El Presentador levantó los brazos. Sus extremidades se ramificaban en decenas de dedos, largos y flexibles, que se movían vibrando, como si temblaran. Un payaso le alcanzó una guitarra fuera de lo común, pues tenía tres diapasones anchos con diez cuerdas cada uno. La gente, aclamándolo, le pidió que tocara algo. Mano les dio el gusto y se puso a arpegiar. Su técnica era, sin duda, producto de la anatomía. Formaba acordes imposibles, compuestos por notas de trastes alejados entre sí, y luego se floreaba por las treinta cuerdas, haciendo ligados y tocando armónicos simultáneos, lo cual llenaba el ambiente con una música hermosa que parecía ramificarse igual que sus dedos, doblándose, retorciéndose, hacia adentro y hacia afuera, en sonidos y ecos secundarios que tiraba al pasar como quien no quería la cosa, mientras viajaba por las pistas de su pentagrama multiplicado, hecho, tal vez, de veinticinco líneas y veinticuatro espacios.

Tocó un rato y después le devolvió la guitarra al payaso. Los presentes lo ovacionaron. Acto seguido, aclamaron al otro.

—¡Salvo! ¡Viva el señor Salvo!

El Hombre Regenerativo devolvió el saludó. El mismo payaso que le había alcanzado la guitarra a Mano, ahora le daba a Salvo una cuchilla. Los personajes del circo le gritaban distintas partes del cuerpo.

—¡Nariz!
—¡Oreja!
—¡Pie!

Salvo limpió la hoja en una de sus mangas, luego abrió grande la boca, sacó bien afuera la lengua y acto seguido se la cercenó, por el medio. No lo podía creer. Lo primero que pensé es que se trataba de algún tipo de truco, pero pronto sus borbotones de sangre y la carne cortada que cayó al piso me demostraron lo contrario. Me adelanté unos pasos. Salvo cerró por un momento la boca, para después abrirla de nuevo y sacarle otra vez la lengua, regenerada, al público. Todos deliraban de placer y se rompían las manos aplaudiendo.

Los líderes avanzaron hasta el centro de la arena. La gente se calló y volvió a sentarse, en sillas, troncos o en el suelo.

—Nos mudamos —dijo Mano.
—Nos mudamos —repitió Salvo.

El aviso provocó reacciones diferentes. Algunos, liderados por los payasos, estaban contentos y decían que había que meterse más adentro del Conurbano, porque el primer cordón, donde estaban en ese momento, caería de un momento a otro junto a la Capital, zona con la cual limitaban y que, debido a esa cercanía, también sería afectado por la hecatombe. Le pregunté a Tita y a Aldo de qué hecatombe estaban hablando, pero me pidieron que guardara silencio porque querían escuchar lo que se decía. Otro grupo, encabezados por los acróbatas, se mostró fastidioso y hasta alguno, en un arranque de furia, increpó a los líderes a los gritos, diciendo que irse era una cobardía, que ellos se debían a la comunidad que tantos años les había dado de comer con el dinero de las fábricas, de los talleres, de los corralones. Un payaso se sacó la nariz y la peluca y empezó a insultar al acróbata, al que le decían Pájaro 3, recordándole no sé qué cosa acerca de la distribución del dinero. Enseguida se fueron a las manos. Los demás acróbatas, Pájaro 1, Pájaro 2, Pájaro 4, etcétera, se metieron en la gresca y esto provocó que los payasos, que se llamaban Payá, Pacá, Patrá, Padelante, Pauncostado, defendieran a su compañero. Se armó una bataola importante. Los actores no se quedaron quietos y, aunque no se entendía bien para qué bando peleaban, enseguida entraron a repartir sablazos de las batallas del siglo XIX, sangre y vómitos de la fiebre amarilla y martillazos de asesino serial.

Tita y Aldo, en cambio, se mantuvieron al margen, aunque igual que otros personajes, mimos, magos, enanos, parecían divertirse y cada tanto celebraban los puñetazos a carcajadas. Los líderes tampoco se metían, pero al cabo de un rato Salvo le dijo algo a un enano y Mano a un muchacho flaco vestido con camiseta. El enano fue a un costado, donde estaba el equipo de audio, y se puso a recitar, micrófono en mano, el famoso Martín Fierro, que Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera…, mientras el flaco en camiseta se metió adentro de un largo cañón, previo aviso con su ayudante, que luego, una vez que estuvo todo listo, encendió la mecha que haría volar al Hombre Bala por los aires hasta que éste se estampara, estruendosamente, contra el techo de la carpa. De inmediato, payasos, acróbatas y actores dejaron de pelear y se quedaron tranquilos, cubiertos de arena, tierra y sangre, mientras se recuperaban, respirando agitados. Tita me contó que siempre que había lío disparaban al Hombre Bala, porque era la única forma de que todos se calmaran. También me dijo que el Hombre ostentaba el récord de ser la persona más joven que se haya disparado de un cañón, convirtiéndose en balín a los dos años.

El Hombre Regenerativo y El Presentador vinieron hacia nuestro costado. Tita y el enano gigante me dieron una palmada cada uno y me hicieron gestos para que les hablara. Los cuatro se quedaron viéndome, mientras detrás, la gente del circo, algunos contentos, otros resignados, obedecían las órdenes de los líderes y se aprestaban a empacar pertenencias y a desarmar estructuras.

—Hola —dije—, no sé si se acordarán de mí…
—Juan Diego —me interrumpió el Presentador—, aquel trabajo ya no está vacante.

Me sorprendió su memoria y me callé la boca, algo decepcionado. Enseguida me apoyó una mano en el hombro. Una especie de calamar empezó a envolverme con sus tentáculos, por un lado, hasta la mitad del pecho, y por el otro, hasta la mitad de la espalda. Las yemas de los dedos se adherían a mí y succionaban pequeños puntos, como si fueran ventosas.

—Podemos ofrecerle otra cosa, si está dispuesto.

Con una mezcla de miedo, sorpresa e intriga, me apuré a contestar:

—Cuenten conmigo.
—Trato hecho —levantó la voz.
—¿Pero de qué se trata?
—Salvo le explicará —dijo, y se fue seguido por Tita y Aldo, quienes me dejaron solo con El Hombre Regenerativo.

—¿Nos sentamos? —me invitó, mostrándome el tronco de eucaliptos.

Me clavó la vista. Era un hombre relativamente joven y en buen estado físico que, sin embargo, daba la sensación de tener muchos años. Los ojos miraban con cansancio y por eso los entrecerraba. Esto le marcaba las patas de gallo y pequeñas arrugas en la frente. Al sentarse, se tomó las manos, como si rezara, y empezó a hacer vueltitas con los pulgares, un detalle que me recordó a mis abuelos paternos, José y Lucía, que siempre hacían lo mismo. Su traje de neopreno tenía manchas de sangre seca en buena parte del pecho, lo mismo su  piel en el cuello y la barbilla. Eran, evidentemente, las marcas de su última demostración. La boca, por su parte, había sanado por completo pues la lengua, al asomarse de vez en cuando entre los dientes, funcionó con naturalidad cuando me dijo:

—Juan Diego, tu tarea será cortarme a mí.

Me quedé mudo; él siguió.

—Estuve pensando que mis actos serán más creíbles si es otro el que me amputa.

Bajé la cabeza.

—¿Podrás hacerlo? —me preguntó.
—No sé, no quiero lastimarlo.
—No te preocupes por eso, sano muy rápido.
—¿Pero no le duele?
—Un poco —contestó—, pero ya estoy acostumbrado. ¿Querés que hagamos una prueba?
—Esteee…
—Esperame —dijo—, ya vengo.

Me quedé sentado en el tronco, tratando de pensar en lo que estaba pasando. Alrededor, los personajes iban y venían, sacando de la carpa distintos objetos, muebles, cajas y fierros. El Hombre Bala, ayudado por los actores, retiraba el cañón; los acróbatas desarmaban el trapecio y doblaban la red; La Mujer Lagartija, junto a otras mujeres, levantaba la mesa del desayuno. Esta vez, pude verla bien: vestía blusa y una pollera, a la que le había hecho un agujero para liberar la cola, que se movía flameando de un lado a otro. Su parte reptil no le restaba humanidad, al contrario, le daba a la mujer un aspecto más femenino y sensual, quizás por el ritmo que tomaban sus movimientos, al caminar, al agacharse, al levantarse, como si todas sus acciones fueran pasos de baile. Sus compañeros la miraban con deseo. El Hombre Regenerativo volvió adonde estaba yo. Traía la cuchilla que antes había usado para cortarse la lengua. Me la ofreció, sobre la palma abierta.

—¿Cuánto me van a pagar? —pregunté.
—Cien pesos por cada función. Como abrimos los viernes, sábados y domingos, estarías ganando mil doscientos pesos los meses que tienen cuatro fines de semana y mil quinientos los que tienen cinco fines de semana.

Tomé la cuchilla.

Salvo se arrodilló en el piso y apoyó la mano izquierda en el tronco de eucaliptos. Abrió bien los dedos y me dijo:

—Cortame el meñique por la mitad.

Me agaché, apoyé despacio la hoja sobre su dedo y después enderecé el ángulo de la cuchilla, para que cortara entre las dos articulaciones. Me puse nervioso. Sentía la cara caliente y el corazón me latía con fuerza. El Hombre Regenerativo, en cambio, estaba tranquilo. No me decía nada, pero me observaba con atención. Traté de concentrarme y me quedé mirando la mano. Podía ser la de cualquier hombre. Tenía dedos más gruesos o más finos, uñas más largas o más cortas, piel más lisa o más arrugada que otras personas, pero no notaba nada fuera de lo común, ningún detalle que indicara propiedades o poderes especiales. Agarré el mango fuerte con la derecha y, apoyando la izquierda sobre la parte de arriba de la hoja, hundí, recto, el filo sobre el meñique. Pronto choqué con el hueso, pero la cuchilla estaba bien afilada y pasó de lado a lado con un chasquido rápido, quebrando la falange, cortando los pequeños músculos. Salvo corrió la mano unos centímetros, siempre apoyado sobre el tronco, y se apartó de la punta cortada. Un hilo de sangre marcó el recorrido. Después, la herida se llenó de coágulos, que, en menos de diez segundos, se rompieron como si fueran huevos. Entonces, minúsculas crías empezaron a crecer, mientras las cáscaras se derramaban a los costados. Primero se alargó el hueso, luego brotaron gránulos de carne, después se bifurcaron venas y nervios y finalmente el dedo, ya recuperada su forma, se recubrió de piel y de uña.

El Hombre Regenerativo se puso de pie.

—Vení —me dijo—, ayudemos a cargar cosas afuera.

Caminamos unos metros, hasta la Tierra de los Infracaballos. Salvo desconectó el alargue y sacó la lámpara que iluminaba la llanura. Después, levantamos, uno de cada punta, la mesa ratona, y enfilamos hacia la salida. Enseguida, los infracaballos empezaron a volver en dirección a las caballerizas hechas con cajas de fósforos, corriendo asustados en medio de la noche y los temblores que, al ritmo de nuestros pasos, movían sus paisajes de gramilla y árboles bonsái.

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