¿Se acuerdan de la película La Llamada? El terror comenzaba con una pantalla encendida y un susurro fantasmal tras sonar el teléfono: “Siete días”. La maldición concedía un margen breve antes de venir a cobrarse la vida. En la Argentina de 2026, la escena se repite a las tres de la mañana en un hogar cualquiera del país, pero sin tratarse de una ficción cinematográfica. La luz azul del celular ilumina un rostro joven en medio de la penumbra. No hay mensajes afectivos ni apariciones fantasmales; lo que parpadea en la pantalla es una versión algorítmica de aquel plazo fatal: una ráfaga de notificaciones, correos automatizados y alertas de WhatsApp que intiman al pago inmediato de una cuota vencida, recalculan recargos por mora u ofrecen un refinanciamiento a tasas desorbitadas. En una economía sobreendeudada como la nuestra, la sentencia no toma la forma de un fantasma que sale de la televisión, sino la de una pantalla que exige saldar la compra del supermercado antes de que llegue el próximo vencimiento. Deslizar el pulgar sobre el celular ya no busca el entretenimiento, sino administrar la angustia de quien no sabe cómo cubrir los compromisos del mes. Este renovado capitalismo financiero ya no funciona únicamente en los salones de operaciones de Wall Street, ni en las cumbres globales donde la opacidad corporativa define el rumbo del mundo: se despliega, de manera voraz, en la alacena y en el bolsillo de cada familia argentina.
El mapa interactivo de la deuda, desarrollado por el Centro de Estudios de la Ciudad (CEC) junto a la Fundación Friedrich Ebert (FES) a partir de los registros del Banco Central, le pone números a esta anatomía del ahogo financiero. A mayo de 2026, la tasa de mora de las personas físicas alcanzó el 16,82%, un récord histórico. Pero el dato central de esta crisis no está en los créditos hipotecarios —prácticamente inexistentes para los sectores populares— ni en las prendas automotrices, cuya mora apenas roza el 6,62%. El problema real es la acumulación desmedida de deudas pequeñas, domésticas e ineludibles: alimentos comprados en cuotas en el supermercado para llenar la heladera, medicamentos, la boleta de luz, un ventilador o una estufa financiada a tasas astronómicas. No hay aquí movilidad social ascendente ni proyecto de futuro; hay una arquitectura crediticia orientada exclusivamente a financiar la supervivencia cotidiana.
Esta realidad es el síntoma maduro de una crisis estructural que se volvió insostenible. La soga comenzó a tensarse en 2018, cuando el gobierno de Mauricio Macri, con Luis Caputo a la cabeza de las finanzas, trajo de regreso al Fondo Monetario Internacional con un préstamo récord que maniató la soberanía nacional. La trampa no pudo deshacerse en la gestión siguiente: durante el gobierno de Alberto Fernández, la incapacidad política y económica para desactivar ese condicionamiento externo, sumada a una renegociación que no alteró la lógica del ajuste y la inflación persistente, profundizó la erosión sobre el salario. Lo que empezó en 2018 con el FMI se convirtió en un problema estructural, que sólo continuó empeorando.
La incapacidad de resolver ese nudo derivó, entre otros factores, en la llegada de Javier Milei. Nuevamente con Luis Caputo y Sturzenegger, asistimos a una profundización salvaje del endeudamiento familiar. La premisa del equilibrio fiscal a cualquier costo desmanteló las redes de protección social y licuó salarios y jubilaciones. Si desde 2018 se vivía una grave crisis de ingresos, Milei aceleró esa crisis y le sumó una crisis del empleo, con más de 300.000 puestos de trabajo registrados privados perdidos. Así se ofreció un placebo frente a la falta de ingresos: crédito a la mano de un click, una falsa inclusión financiera, que resultó un gran negocio para pocas manos.
A ese combo se le sumó la desregulación de las tasas de interés dispuesta al inicio del mandato de Milei y la desregulación de los intermediarios financieros no bancarios. Cuando el Banco Central retiró la tutela sobre el costo del dinero, las cadenas de electrodomésticos y las tarjetas no bancarias de supermercados pasaron a cobrar recargos de hasta 100 puntos porcentuales por encima de la banca tradicional. El resultado era previsible: la mora en las tiendas de electrodomésticos trepó al 42,59% y en las tarjetas de supermercados al 32,23%. Se debe para comer y se debe para no congelarse en invierno.
En La fábrica del hombre endeudado, Maurizio Lazzarato advertía que la relación deudor/acreedor es la tecnología social predilecta del capitalismo contemporáneo para disciplinar la subjetividad. La deuda no solo extrae ingresos; expropia el tiempo futuro. Neutraliza la imaginación política y convierte la existencia en una carrera angustiante por saldar vencimientos. En la Argentina actual, esta fábrica opera con un dispositivo digital perfeccionado, ensañándose con los sectores más jóvenes y precarizados, y agravado si son mujeres. Cualquier similitud con el disciplinamiento generado por la deuda externa sobre los países soberanos es pura coincidencia.
El Mapa de la Deuda permite dejar de ver el endeudamiento familiar como un número monolítico. La mora familiar pasó de 5 a 15% en un año y medio, pero diferenciar los actores crediticios (bancos públicos, fintech, neobancos, tarjetas de créditos, etcétera) permite inferir sobre las condiciones de otorgamiento del crédito, y la geolocalización ver la correlación con las condiciones socioeconómicas de la población endeudada. Recordemos que el porcentaje de mora explica la deuda no pagada con un retraso de más de 90 días sobre la deuda total y que, a su vez, el registro de la Central de Deudores (CENDEU) del Banco Central refleja exclusivamente el endeudamiento registrado, quedando por fuera los préstamos informales y de familiares o amigos.
Entre los menores de 35 años, la mora supera holgadamente el 25% y alcanza picos del 45%. Expulsados de la formalidad laboral y sin garantías bancarias, el 36% de los deudores jóvenes concentra sus compromisos en fintech o Neobancos como Mercado Libre, Ualá o Brubank. A través de interfaces dinámicas y préstamos otorgados en dos clics, estas plataformas absorben las urgencias de una juventud informal que trabaja en aplicaciones o empleos precarios. La trampa se vuelve todavía más perversa con la irrupción del juego y las apuestas online: mediante microtargeting algorítmico, notificaciones engañosas, e incesante publicidad en medios, las mismas aplicaciones estimulan el consumo de este riesgo y financian apuestas digitales. El crédito accesible se transforma en la puerta de entrada a un bucle destructivo donde se pide prestado para cubrir pérdidas del juego o refinanciar deudas previas.
Mora según edades

A diferencia de la banca tradicional, las fintech no evalúan patrimonios sino patrones de conducta en tiempo real: cuándo la cuenta queda en cero, a qué hora se buscan préstamos de emergencia o con qué frecuencia se transfieren fondos para llegar a fin de mes. Con esa información, disparan ofertas de crédito instantáneo con tasas confiscatorias. Lo que muchas veces se promociona como “inclusión financiera” funciona, en los hechos, como un mecanismo de captura sobre salarios golpeados por la precarización laboral.
La mora crediticia se inscribe sobre las marcas de la desigualdad territorial. Las provincias que registran los índices de mora más alarmantes sobre el monto adeudado son La Rioja (encabeza la tabla con el 23,77%), seguida por San Luis (21,65%), Catamarca (20,94%), Santa Cruz (20,91%) y San Juan (20,26%). Pero la fractura es aún más evidente cuando se observa el interior de las grandes urbes. En la ciudad de Buenos Aires, donde el 81% de los adultos registra deudas pero la mora promedio ronda el 11,47%, la brecha de clase es tajante: mientras en los barrios del norte (Palermo, Recoleta, Belgrano) la mora se mantiene entre el 7% y el 10%, en el sur postergado (Soldati, Lugano, La Boca) escala al 20%. La misma dualidad se repite en el Conurbano Bonaerense, donde la mora roza el 25% frente al 10-15% del interior agroindustrial, o en los cordones periurbanos de Córdoba y Rosario. Allí donde la recesión se combina con la suba de tarifas y la pérdida de trabajo, la tarjeta de supermercado o la billetera virtual actúan como el último amortiguador antes del abismo.
Esta situación tiene consecuencias políticas y sociales que van más allá del propio hogar. El asfixiante sobreendeudamiento de las familias constituye, en su esencia, la privatización de la crisis y el desmantelamiento de cualquier perspectiva de mañana. Cuando el sueldo pierde su rol social y se transforma en mero pagador de financiamiento usurero para sostener la subsistencia, la condición de ciudadano se ve desdibujada. Una familia asediada por la deuda se limita a gestionar la desesperación del vencimiento que viene. Pensar el futuro deja de ser un territorio de esperanza compartida para convertirse en una amenaza de intereses por mora.
Este proceso implica una profunda transformación cultural. El estigma de la falta individual —ese relato de falsa meritocracia que culpa por “vivir más allá de sus posibilidades”— funciona como un potente sedante político. Se padece en soledad lo que se produce a escala sistémica. La alerta de la deuda en el celular es puro disciplinamiento social y político: someter a gran parte de la sociedad a través de una cadena de pagos perpetua.
Entender estos hilos es la condición necesaria para encontrar una salida. La actual situación es la consecuencia de decisiones políticas que han renunciado a fiscalizar al capital financiero, pero no habrá recuperación real ni estabilidad económica mientras la capacidad de consumo de las familias permanezca secuestrada por el plástico del supermercado o las plataformas digitales. La respuesta a esta situación no se limita a la negociación soberana frente al FMI o acreedores privados; se debe dar la disputa en cada esquina con nuestra misma sociedad, rescatando el rol que debe tener el Estado para resguardar el pan en la mesa y devolviendo la tranquilidad a los hogares.
El gobierno de Milei nos deja desamparados frente al mercado financiero y al crédito algorítmico, pero la salida no es individual ni pasa por el aislamiento económico. La reconstrucción de un horizonte posible exige volver a poner a la política en el centro, recuperando la tradición histórica del peronismo como garante de la Justicia Social y la soberanía del tiempo popular. La idea de la Comunidad Organizada resulta central: la certeza indispensable de que nadie se realiza en una comunidad que no se realiza. Romper con la lógica de endeudamiento que bien trabaja Lazzarato. Restaurar el valor del trabajo digno, el salario justo y la protección estatal es devolverle al pueblo el control sobre su propio destino, transformando la angustia solitaria de la deuda en la fuerza colectiva capaz de reconstruir una patria libre, justa y soberana.
El Mapa de la Deuda revela la línea de puntos que une el endeudamiento nacional con la heladera vacía. La soga iniciada con el FMI en 2018, llevada al extremo por la desregulación libertaria de Milei, demuestra que cuando el Estado privatiza el costo del ajuste, las familias pagan la cuenta en la línea de cajas. Desmontar esta servidumbre financiera exige dejar de considerar la mora como una culpa individual y entenderla como lo que es: el resultado de una política económica que condiciona el futuro de las familias argentinas.
* Nota metodológica: el Mapa de la Deuda fue desarrollado por el Centro de Estudios de la Ciudad (CEC) y la Fundación Friedrich Ebert (FES) a partir de datos oficiales de la Central de Deudores del Banco Central. Comprende a personas físicas residentes y define “mora” como atrasos superiores a 90 días (situaciones 3, 4 y 5 del BCRA), geolocalizados a partir del código postal con la cartografía del Instituto Geográfico Nacional.
--------------------------------
Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí
Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí