Las fotos que hacen temblar a la resquebrajada fiesta amarilla

Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino de ARGRA

Cuando en octubre de 1979 llegué a Paris a la casa de Romeo Martínez, mítico director de la revista Camera y amigo y curador preferido de H. Cartier Bresson en las sombras, encontré a aquél hombre adusto –de quien todos hablaban con un respeto lindante con el temor– sentado en una mecedora. Desde su falda me miraba un gato. Conversamos un rato. A través de su tupido bigote, las frases sonaban en mis oídos de joven fotógrafo como sentencias de un sabio. La conversación rondaba el apenas terminado festival Venecia 79`La Fotografía donde nos habíamos conocido en un taller de Arnold Newman del cual yo había participado. De repente detuvo la mecedora, me miró a la cara y dijo: Cámaras hay muchas, pero la fotografía está sólo en la cabeza de quienes las operan.

 

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Desde entonces conservo esa frase como una enseñanza primera y valiosa. Hoy aquella sentencia no ha perdido vigencia sino que ha ganado aún mayor validez en los últimos años, gracias los millares de cámaras que se reprodujeron como conejos en celo en los celulares que pululan por todo el planeta. En poco tiempo, los fotógrafos hemos asistido a la devaluación de una profesión que a muchos nos costó aprender, entender y perfeccionar con una dificultad inversamente proporcional a la facilidad que ha logrado imponer sobre esta disciplina la evolución técnica puesta al servicio del mercado de las comunicaciones. Nunca como hoy existió la posibilidad de que cualquier lego en fotografía registre cuanto se cruza ante sus ojos con más facilidad que la que podría demostrar Leonardo dibujando a Mickey. Con inesperada rapidez, la fotografía se ha vuelto una práctica de todos, lista para ser usada con igual énfasis en momentos importantes o absolutamente triviales. Resulta asombroso ver cómo imágenes tan estúpidas como una milanesa doble caballo estampada en un plato cualquiera de fonda, el vómito del primer hijo, o el extraño coprolito verdoso apenas defecado, conviven hoy en la misma arena cibernética con imágenes extremadamente profundas que muestran la vida y la obra de los hombres. Las primeras, reproducidas hasta el infinito en teléfonos y Facebooks, componen un retrato colosal de las cabezas maceradas de millones de habitantes del mundo, a quienes ha asaltado la desesperada necesidad de registrar toda la vida en fotografías para poder –así y sólo así– volverla real y consumirla. Las segundas han sido tomadas por fotógrafos que se juegan el pellejo en medio del peligro, o se involucran reflexivamente con sus prójimos hasta el tuétano, sólo para poder hablar con verdad sobre lo que están viendo. Ambas categorías participan del mismo espacio y muchas veces se hace difícil discernir el verdadero valor de unas y otras. Su real trascendencia.

Será por todo esto que, nunca más que hoy, está vigente aquella frase de Romero Martínez que afirma que la fotografía está en la cabeza de quien fotografía. Y es en este sentido que la Muestra Anual de Fotoperiodismo Argentino 2018, que se lleva a cabo desde el 13 de julio hasta el 12 de agosto en la Casa del Bicentenario, Riobamba 985, cobra una dimensión inesperada. Basta dar algunos pasos por las salas para entrar de cabeza en la realidad de la Argentina del último año en el cual, no casualmente, varios reporteros gráficos fueron baleados. Tal como dice el prólogo de la muestra: “Eran ellos quienes registraban lo que ocurría con ese poder verosímil que tiene la fotografía y que puede funcionar –a veces mejor que la palabra– como un reaseguro contra interpretaciones forzadas”. Es por eso que no es la magnífica técnica fotográfica con que año a año nos deslumbran las muestras de ARGRA lo que más llama la atención esta vez, sino las cabezas presentes detrás de cada una de las fotografías que fueron seleccionadas para esta exposición por un comité que parece haberle sacado especial punta al lápiz. Da la sensación que la degradada calidad de este tiempo empujó a una reflexión fotográfica más profunda que otras veces. Esto se hace presente desde la primera sala donde varias fotos muestran la epopeya de la desaparición, búsqueda, muerte y lucha de la causa Santiago Maldonado. Las fotografías como las de Gustavo Zaninelli, Germán García Adrasti, Julián Athos Caggiano y Hernán Zenteno sobre el tema ayudan a entender que es la fotografía periodística la que siempre grita presente cuando las papas queman.

Pero también están allí las imágenes de Santiago Hafford, Ignacio Yuchark, Juano Tessone y Guillermo Sentis sobre el drama del ARA San Juan, el escenario completo de la Batalla del Congreso en una maravillosa fotografía de Juan Manuel Ferrari o la sesión sobre la reforma previsional congelada en la foto de Daniel Vides y en un retrato de Pablo Cuarterolo donde se ve al diputado Cabandié luchando a brazo partido con la policía.

Hay además una fotografía excepcional de Hernán Nersesian donde un escolar se tapa los oídos frente al discurso de Macri, varios inquietantes retratos de Leo Vaca sobre las marchas de Ni una Menos, el alud de Comodoro Rivadavia en una fotografía conmovedora de Ricardo Pristupluk, una invasión de moscas en San Juan en una increíble fotografía de Marcos Urisa, los testimonios visuales de Leonardo Vicenti y María Paula Ávila sobre los equipos de rugby de tobas y encausados, una extraña carrera popular de Villa Lugano registrada por Sebastián Pani y la excelente serie sobre los mineros de Río Turbio de Rubén Digilio entre muchas otras fotografías destacables.

Como los magníficos retratos y fotos de diversos temas sociales, deportivos, ecología y recitales, pertenecientes a profesionales entre los que se encuentran los nombres de Rodrigo ABD, Eitán Abramovich, Martín Acosta, Pablo Aharonian, Humberto Lucas Alascio, Andrés Larrovere, Diego Aráoz, Bernardino 
Ávila, Martín Bonetto, Carlos Brigo, Gianni Bulacio, Eva Cabrera, Daniel Cáceres, Caivano Victor, Victor Carreira, Fabián Ceballos, Gustavo Cherro, Claudia Conteris, Javier
 Corbalán, Federico Cosso, Fernando De La Orden, Florencia Downes, Adrián Escándar, Santiago Filipuzzi, Juan
 Foglia, Juan Martín García, Fernando Gens, Luciana Granovsky, Guillermo Turín Bootello, Izquierdo Diego Leandro, Martín Katz, Pablo Leguizamón, Juan Sebastián Lobos, Guadalupe Lombardo, Federico López, Maximiliano Luna, Agustín Marcarian, Fabián Marelli, Luis Edgardo Martín, Pepe Mateos, Centurión Mauricio, Lucía Merle, Mario Mosca, Natacha Pisarenko, Rodrigo Néspolo, Nicolás Stulberg, Carolina
 Niklison, Nicolás Núñez, 

Pedro Lázaro Fernández, Fernando Pérez Re, Sergio Piemonte, Paula Daniela Ribas, Héctor
 Río, María Dolores Ripoll, Joaquín Salguero, Kaloián Santos Cabrera, Eduardo Seval, Soledad Vázquez, Federico
 Soto, Matías Esteban Subat, Jorge Daniel Tello, Leandro Teysseire, Jan Touzeau, Nicolás
 Varvara, Franco Alberto Vera, Maximiliano Vernazza y Santiago Viana.

Un apartado especial merece la sala donde conviven tres series imperdibles, realizadas con bastante distancia temporal pero de una ligazón de sentido tan estrecha como los tres libros de formato pequeño y edición monográfica que, una vez más, este año publica ARGRA con esos ensayos monográficos de autor. Allí, Cristina Fraire presenta Habitar lo inhabitable. Enrique Shore, Informe CONADEP. Paula Acunzo, Dime con quien andas. Estos tres trabajos que hablan de las villas, de los desaparecidos y de la lucha LGBT son más que conmovedores y es posible encontrar en cada uno gran parte de lo que fuimos y somos los argentinos.

Como reza el mismo prólogo, una fotografía justa es reaseguro de cualquier interpretación forzada. Y, desde ese punto de vista, esta muestra interpela a la mentira y expone la verdad con enorme potencia. Esa verdad que intentan ocultar personajes tan oscuros y escurridizos como Héctor Magnetto, Patricia Bullrich, Mauricio Macri o el Pata Medina, y que es revelada a pleno en las fotografías de Amílcar Orfali, Víctor Carreira, Pablo Piovano y Sebastián Casali respectivamente. Imágenes que parecen corroborar aquello de que el pez muere por la boca y ciertos personajes en sus fotografías. Quizá sea eso lo que la dictadura militar no entendió cuando en 1980 ARGRA le dio una inesperada bofetada en la cara con su primera muestra. Y quizá sea esto lo que sí entendió Yabrán cuando, con su odio a que lo fotografíen, condenó a Cabezas, de quien –vale la pena recordar– este año se cumplen 20 años del asesinato. El caso es que ni la dictadura ni Yabrán hoy subsisten, pero sí las cámaras y la muestra de ARGRA.

Pero hay algo más. Esta manera de fotografiar en forma directa y sin interpretaciones forzadas interpela a la fotografía argentina toda. Porque hasta el aire que llena ciertas regiones conceptuales manieristas del arte fotográfico de salón se enrarece rápidamente frente a la verdad que exhiben que, sin dejar la estética de lado, hacen las cuentas con su tiempo. Rudolf Arnheim sostenía que la autenticidad de una fotografía necesita que la escena no sea alterada pero que su verdad depende, únicamente, de la honestidad del operador. Y es ese poder documental que posee la fotografía cuando la respalda el pensamiento, aquello que hace temblar a los que hoy mienten públicamente a los cuatro vientos con sus ametralladoras verbales cargadas de eufemismos, elipsis, silogismos y tautologías políticas. A lo que ellos temen, es a la verdad que puede revelar quien espera detrás de la cámara con paciencia de tigre el momento exacto en que desnuden su alma en un gesto. A esos que los esperan con dedo veloz pero, sobre todo, con pensamiento. Y son capaces de revelar con sus fotografías la misma fanfarria atroz que proclamaba Rimbaud en 1872 con la cual, decía, jamás tropezaba ni siquiera en sus mañanas de embriaguez, cuando despertaba hastiado de las bacanales de quienes vomitaban sangre de pueblo en el champagne. La misma fanfarria desafinada que todavía hoy disfruta de la ya resquebrajada fiesta amarilla de la mentira. Esa que se desgrana como un castillo de arena en la realidad. Y en muchas de las fotografías de esta muestra.

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1 comentario
  1. Ricardo Alberto Comeglio dice

    Si bien el hombre siempre pudo “mirar” la realidad, necesitó “dibujarla” para repasarla o para simplemente mostrársela a los otros tal como él la veía. Luego apareció el arte y transformó el dibujo en “pintura”. Más cerca se hizo necesario crear la “fotografía” y luego la “película”. Esta última era mirar de nuevo la realidad pero sin la perspectiva, los olores y las sensaciones originales.
    En todos los casos prevalece la subjetiva mirada por sobre los hechos, pero es por una foto por la que se puede cambiar la subjetiva apreciación de esa realidad, por eso su permanencia como acto indispensable.
    Yo siempre imaginé que aparecía esa foto donde se había captado la bala dirigiéndose a la cabeza de Kennedy y podía descubrirse el ángulo de su trayectoria y con eso la verdad. Seguro que esa foto existe, no tengo dudas, pero ese es el otro hecho que sobre la fotografía hay que escribir y que deja entrever esta nota, no sólo se trata de sacar la foto sino también de tener la libertad de mostrarla. Por eso son importantes estas muestras.

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