Las guerras de la OTAN

Antecedentes de un conflicto anunciado

 

Según la narrativa de los medios de comunicación occidentales, hay guerras legítimas que se libran en nombre de la libertad y otras ilegítimas que obedecen a los oscuros designios de líderes autocráticos. Si bien, como todo relato bien construido, esta versión guarda cierto contacto con la realidad, se basa en la ocultación o invisibilización de otros aspectos no menos importantes que conviene tener presentes. Para no llevar las cosas demasiado atrás en el tiempo, un buen punto de partida para este análisis podría ser la caída del Muro de Berlín en 1990 y las negociaciones que tuvieron lugar en ese momento entre Estados Unidos, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la República Federal Alemana. Su resultado, tal como consignan los registros históricos, fue el compromiso del secretario de Estado James Baker ante Mijail Gorbachov de que la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no se ampliaría ni una pulgada hacia el este tras la reunificación alemana.

El compromiso tenía una cierta lógica. Disuelto el Pacto de Varsovia, carecía de sentido una alianza militar que había sido conformada –en 1949– como una organización cuyo objetivo central era la defensa de sus integrantes ante un posible ataque de la Unión Soviética. Compuesta originariamente por Estados Unidos, Canadá y otros diez estados europeos, tras la caída de la URSS, la OTAN fue agregando miembros que habían pertenecido al bloque comunista, como Polonia, Hungría y la República Checa, hasta alcanzar el número de treinta. La incorporación más relevante tuvo lugar en marzo de 2004, cuando el Presidente norteamericano George W. Bush acogió de una tacada a siete antiguos países comunistas: Eslovenia, Eslovaquia, Rumania, Bulgaria y a las ex repúblicas soviéticas bálticas Estonia, Letonia y Lituania, tres estados que limitan con Rusia. Luego también se sumarían Croacia, Albania, Montenegro y Macedonia del Norte. Cabe añadir aquí que un referéndum no vinculante, celebrado en Georgia en 2008, se pronunció favorablemente por la vinculación a la OTAN y que en diciembre de 2014 el Parlamento de Ucrania votó a favor de abandonar el status de país no alineado que había adoptado en 2010 con vistas a favorecer una futura incorporación en la organización.

En cuanto a los objetivos meramente defensivos de la OTAN, se produjo un cambio importante de sus estatutos en 1999, luego de la guerra contra Yugoslavia, al definir un nuevo rol consistente en “la promoción de valores democráticos, la cooperación en cuestiones relacionadas con la defensa y seguridad y la resolución pacífica de controversias, aunque con la posibilidad de usar la fuerza militar en gestiones de crisis”. El área de intervención, limitada entonces al espacio euro-atlántico, se extendió al mundo entero, lo que suponía en los hechos que la nueva doctrina cuestionaba el monopolio de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el uso de la fuerza. Esta situación excepcional se vio reforzada por el protocolo firmado el 23 de septiembre de 2008 entre el secretario de la OTAN Jaap de Hoop-Scheffer y el secretario de las Naciones Unidas Ban Ki-moon –acuerdo secreto en tanto que no fue presentado al Consejo de Seguridad– en virtud del cual, bajo el pretexto de “operaciones de la paz”, se daba carta blanca a la OTAN para actuar en todo el mundo.

 

 

Baker, Gorbachov y un compromiso incumplido.

 

 

 

 

Manos libres

La primera guerra importante protagonizada por la OTAN fue librada en territorio europeo contra la República Federal de Yugoslavia (integrada en ese momento por Serbia y Montenegro). Yugoslavia afrontaba un conflicto separatista en la región de Kosovo, lindante con Albania y de mayoría étnica albanesa. El Ejército de Liberación de Kosovo (ELK), que había recibido armas desde Albania procedentes de la CIA, llevaba a cabo acciones de sabotaje y asaltos a comisarías. Los enfrentamientos armados con el ejército yugoslavo provocaron víctimas en ambos bandos, lo que dio lugar a una intervención de la OTAN con el pretexto de defender los derechos humanos de la población. El 24 de marzo de 1999, la OTAN, sin contar con una autorización del Consejo de Seguridad de la ONU, exigió la retirada de las tropas yugoslavas en Kosovo bajo amenaza de iniciar una campaña aérea contra Yugoslavia. A partir de ese momento, los aviones de la OTAN se dedicaron –desde los 10.000 pies de altura, fuera del alcance de las defensas antiaéreas– a bombardear sistemáticamente la infraestructura civil de Serbia, destruyendo fábricas, centrales hidroeléctricas, refinerías de petróleo, edificios públicos, puentes, el edificio de la televisión serbia y hasta la embajada de China. La guerra terminó tres meses después con el Tratado de Kumanovo, cuando el Presidente Slobodan Milosevic dispuso la retirada de las fuerzas yugoslavas en Kosovo para dar paso a la presencia de fuerzas internacionales.

Existen algunas similitudes entre esta guerra y la que actualmente tiene lugar en Ucrania. Ambas han sido libradas en territorio europeo y se trata de guerras ilegítimas porque no fueron autorizadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. Además, en los dos casos iban dirigidas a provocar un cambio de régimen y para conseguir ese objetivo no han reparado en medios para causar el mayor daño y destruir infraestructura física de los estados atacados. Cabe recordar aquí que las operaciones militares dirigidas a aterrorizar a la población están prohibidas por los Convenios de Ginebra y son consideradas crímenes de guerra.

Producida la caída de la URSS, la OTAN consideró que tenía las manos libres para intervenir en cualquier conflicto militar en los que Estados Unidos tuvieran interés estratégico. Por este motivo, cuando George W. Bush atacó Afganistán en octubre de 2001, la OTAN –invocando la cláusula de la defensa colectiva– declaró que no sólo Estados Unidos, sino todos los países integrantes de la alianza estaban en guerra contra el terrorismo y, en consecuencia, se sumó a las operaciones de ocupación que tuvieron lugar en ese territorio.

En 2003, Estados Unidos, con el apoyo del Reino Unido, Australia y una coalición de otros países europeos pertenecientes a la OTAN (España, Polonia, Dinamarca y Holanda) lanzaron la guerra contra Irak. Acusaron falsamente al régimen de Saddam Hussein de poseer armas de destrucción masiva, a pesar de que el gobierno iraquí se había desprendido del arsenal bacteriológico bajo control de la ONU y no poseía capacidad nuclear alguna. El objetivo estratégico de la invasión era crear un régimen pro-estadounidense en Bagdad, para lo cual buscaron aterrorizar a la población lanzando una operación de destrucción de infraestructuras que no dudaron en denominar de “conmoción y pavor” (shock & awe). En este caso, Estados Unidos no pudo contar con el apoyo explícito de la OTAN por la negativa de Alemania y Francia de avalar la intervención militar norteamericana.

En 2008 estalló un conflicto armado entre Georgia y las repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia –protegidas por Rusia–, que derivó en una primera intervención del ejército ruso fuera de sus fronteras. El Presidente de Georgia había manifestado sus deseos de integrarse a la OTAN, para lo cual necesitaba recuperar el control de los territorios segregados. Un plan de paz propuesto por la Unión Europea (UE) permitió que las partes se retiraran a sus posiciones anteriores, pero el 6 de mayo de 2009 comenzaron en Georgia los ejercicios de la OTAN,  dirigidos por Estados Unidos, denominados “Cooperación por la Paz”. Pocos días antes, el Departamento de Estado norteamericano había anunciado que Ucrania y Georgia ingresarían a la OTAN y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, declaró que Rusia no tenía derecho a decidir quién ingresa o no a la coalición. En marzo de 2011, la OTAN se hizo cargo de las operaciones militares en Libia derivadas de las resoluciones de intervención del Consejo de Seguridad de la ONU que habían dado lugar a la intervención militar de Estados Unidos. El relevo estuvo acompañado de fuertes divergencias entre los países integrantes sobre el papel que debía tener la OTAN en la gestión militar de esta crisis. Otro tanto aconteció con la solicitud de Turquía en reclamo de una intervención de la OTAN en el conflicto de la frontera con Siria.

 

 

La ocupación de Ucrania

A la vista de los antecedentes anteriores, la preocupación del Presidente de Rusia, Vladimir Putin, sobre la expansión continua de la OTAN y los reclamos dirigidos a contar con un cordón de seguridad, no parecen ilógicos. Evidentemente, existe un conflicto entre el deseo de una potencia nuclear de no tener una alianza enemiga en el borde de sus fronteras y el principio de soberanía de cada Estado, que le permite optar por el régimen político que considere más conveniente y, por consiguiente, elegir a sus aliados militares. No existe una norma internacional que resuelva este dilema y hasta ahora han sido los países afectados, como Suecia y Finlandia, los que han aceptado voluntariamente integrarse en un status de neutralidad para evitar terminar siendo el pato de la boda. Esa solución, en un mundo de armas nucleares, parece la más conveniente desde la perspectiva de la comunidad internacional, dado que opera como un amortiguador de eventuales conflictos. El defensor de esta tesis es el profesor de ciencia política en la Universidad de Chicago y conocido teórico de Relaciones Internacionales John J. Mearsheimer, que las expone en una entrevista del New Yorker.

En el caso de Ucrania, un país dividido entre una población que habla ucraniano y desea vincularse a la Unión Europea y otro importante sector de población que habla ruso, vinculada históricamente con Rusia, resulta evidente la conveniencia de una solución consensuada, al menos temporalmente, que pasa por mantener la neutralidad.

Si lo expuesto se entiende desde una perspectiva geoestratégica, es cierto también que bajo el Derecho Internacional no puede aceptarse que un conflicto de esta naturaleza pretenda resolverse mediante el recurso a la fuerza, rompiendo los puentes diplomáticos e invadiendo el país en cuestión. La ocupación militar de Ucrania por parte de Rusia ha agravado el conflicto y puede terminar siendo perjudicial para sus intereses a largo plazo. La ruptura que Putin hizo del orden internacional fue muy mal recibida por los Estados europeos, pero especialmente por sus poblaciones. La Unión Europea ha sido la flor de loto nacida del fango de las dos guerras mundiales, de modo que el deseo de paz de los europeos es auténtico y no obedece a alineamientos ideológicos que aparecen ya muy alejados en el tiempo. Justamente, uno de los reclamos de los sectores progresistas europeos consistía en la creación de una fuerza militar autónoma de la Unión Europea para desprenderse de las peligrosas servidumbres que supone la alianza con la OTAN.

Tzvetan Todorov en El nuevo desorden mundial se refería a “la necesidad que tiene Europa de asumirse como una potencia tranquila” y que esa transformación, paradójicamente, exigía un fortalecimiento de los presupuestos militares. Reconocía que no todos los países de la Unión Europea estaban dispuestos a dejar la OTAN, dado que los países del este “viven aún con el doloroso recuerdo del intervencionismo soviético y consideran que la protección estadounidense es más sólida que la europea”. Consideraba que no era posible obligarlos y que sólo el transcurso del tiempo podía hacer que cambiaran de opinión. Viendo las cosas desde esa perspectiva, la “patada al hormiguero” de Putin torna inviable, al menos en el corto plazo, esa perspectiva de alejamiento paulatino de la UE de las alianzas creadas en la Guerra Fría.

Frente a este conflicto, vale también otra reflexión sobre cómo operan las restricciones creadas por las instituciones democráticas. En los países donde rigen democracias más o menos afianzadas, no se pueden tomar decisiones precipitadas porque existen mecanismos institucionales que obligan a debatir las cuestiones estratégicas en parlamentos plurales. No es el caso de los Estados donde las democracias débiles toleran liderazgos personalistas que imponen su criterio y no contemplan la opinión de sus ciudadanos o tienen capacidad para manipularla. Esta podría ser una de las causas de la intempestiva reacción de Putin, pero también podría explicar las absurdas guerras emprendidas por Estados Unidos, una democracia que muestra severas falencias y que en el fondo sigue siendo una república imperial.

Si hubiese alguna duda acerca de esta última afirmación, conviene recordar el ilustrativo episodio protagonizado por el Presidente Bill Clinton, cuando tres días después de que estallara el escándalo con la becaria Mónica Lewinsky, ordenó el lanzamiento de misiles sobre supuestas bases de Al Queda en Afganistán y una fábrica farmacéutica en Sudán. Las lógicas bélicas de las grandes potencias no siempre encajan en el remanido estereotipo en el que las democracias enfrentan a las autocracias. No existen esencias inmutables ni pueblos elegidos y hay que estar precavido frente a ciertas narrativas que tienen más elementos en común con sus homólogas de la literatura que con las enseñanzas que arroja la historia.

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