Herencia de valientes

¿Qué recibimos de nuestros antepasados y qué queremos legarle a las generaciones venideras?

 

Por esas vueltas de la vida, estoy repasando la adaptación al cine de El señor de los anillos por enésima vez. Las visiones iniciales fueron en tiempo real, con mis hijas más grandes: primero en el cine, entre los años 2001 y 2003; en más de una oportunidad y luego en los formatos hogareños, incluyendo (religiosamente) las versiones extendidas. Años más tarde disfruté enseñándole la trilogía a mi hijo Bruno. Y ahora, cuando menos lo esperaba, me apuró el menor, Oliverio, que tiene 7: «Papá: ¡tenemos que ver El señor de los anillos!» El interés le vino de la mano de un videogame que se llama Shadow of War, cuya historia transcurre en el universo imaginado por el escritor John Ronald Reuel Tolkien, entre los hechos que cuenta El hobbit —la primera historia que el autor ubicó en la Tierra Media— y los que describe El señor de los anillos.

Pensé que su deseo no prosperaría, porque la versión disponible para la TV era la de HBO, que está subtitulada. Pero aún así insistió, pidiéndome que tradujese los diálogos. La noche del domingo vimos la mitad de La Comunidad del Anillo. Se la bancó como un duque y la terminamos el lunes. El martes arrancamos con Las dos torres… y así transcurrió la semana entera, entre conversaciones sobre Sauron, Gollum y el requerimiento de revisar la parafernalia que conservo sobre el tema: desde la obra impresa de Tolkien (incluyendo El Silmarillion y la biografía de Humphrey Carpenter), pasando por los sujetalibros que representan las estatuas gigantes de Minas Tirith y llegando a las espadas. Tengo dos réplicas: la de Frodo, que como el hobbit es cortita y se llama Sting, y Narsil, aquella con la cual Isildur cortó los dedos del demoníaco Sauron, despojándolo del Anillo de Poder. (No pregunten. Soy escritor. ¿Qué quieren que coleccione: bitcoins?)

 

 

 

Si hubiese que desandar pasos hasta el momento en que El señor de los anillos entró en mi vida, las huellas me conducirían a 1979. A mis 17, el artículo que Pablo Capanna le dedicó a Tolkien en el tercer número de la revista El Péndulo me decidió a comprar la edición local, publicada por Minotauro en tres partes. La primera la había traducido el legendario Paco Porrúa, bajo el seudónimo Luis Domènech; las dos restantes las tradujo Matilde Horne. El libro combinaba elementos que siempre me habían fascinado: el mundo de aires medievales en el cual transcurría la historia, los elementos fantásticos —el anillo con poderes insospechados, los hechiceros al mejor estilo Merlín— y la cosmovisión de inspiración cristiana.

Bautizado por su madre —que se convirtió al catolicismo en el año 1900— y puesto bajo la tutela de un cura desde los 12, cuando ella murió, Tolkien había creado un universo donde no existía una religión oficial pero que vivía y moría acorde a los principios de la fe más extendida en Occidente: la caída de la gracia y la promesa de la redención, la intercesión de figuras que cargan con nuestros pecados y así nos conceden una nueva oportunidad —como Frodo, el protagonista. Ahora que releo el artículo de El Péndulo, me sorprende ver hasta qué punto aquellas obsesiones viven todavía en mí. Capanna dice que la noción del mal que Tolkien expresa es «enteramente cristiana, pues no tiene entidad en sí mismo sino que es apenas una corrupción del bien». Yo vengo de publicar una novela que discute esa noción, considerando la idea que Jung tenía del mal como una voluntad que actúa en el mundo, que interviene en nuestras vidas y las condiciona o moldea. (Las ideas que nos rondan no lo hacen porque sí, aunque no podamos anticipar su designio. Esta novela mía, Todos los demonios están aquí, transcurre en el año 2001, y en ella el hijo del protagonista espera ansiosamente el estreno de la primera película de la saga… que la crisis de diciembre terminó pateando al 2002.)

 

Tolkien a los 19.

 

Por aquel entonces tuve la fortuna de conocer a Capanna, a quien admiraba. Se comportó como un maestro de gran generosidad. Fue jurado del concurso organizado por El Péndulo que le dio el segundo puesto a un cuento mío, el primero en ser publicado en un libro. (Un cuento anterior se había publicado en una revista que editaba Tato Contissa, llamada Alternativa Cultura, cuando estudiábamos periodismo en la Universidad de Lomas: mezclaba un universo tolkeniano y una preocupación criolla — la de dirimir qué hacer con los muertos que cargábamos sobre nuestras almas a comienzos de los ’80, que el relato llevaba al más literal de los extremos.) Con el tiempo perdí contacto con Capanna, que tuvo la delicadeza de recibirme en su casa de José C. Paz y de presentarme a su familia. Si hoy me preguntase el por qué de esa desconexión, diría que mi experiencia —la de haber sido adolescente durante la dictadura y por ende crecer mientras respiraba miedo pánico, o sea algo tóxico— no podía sino empujarme en otras direcciones, que eventualmente me depositaron aquí, en estas orillas de la Historia.

Lo que no puede negársele a Capanna es visión. «No me sorprendería —culminaba el artículo del ’79— si, tal como van las cosas, los bosques intactos de la Tierra Media se convirtieran en un símbolo para el siglo XXI y Tolkien pasara a ser un clásico de nuestra era».

Mi hijo Oliverio no puede estar más de acuerdo.

 

 

Tolkien el soldado, durante la Primera Guerra.

 

 

 

 

La entidad del mal

El señor de los anillos cuenta lo que ocurre cuando Sauron —o sea, el personaje oscuro al que se refiere el título— intenta recuperar el talismán que forjó tiempo atrás, una joya perdida cuando lo derrotó Isildur y de la que depende para recuperar la suma del poder. Ocurre que ese anillo se extravió, yendo a parar a una sucesión de manos insospechadas. Las primeras pertenecieron a un hobbit llamado Sméagol. (Los hobbits son una raza de talla diminuta y pies grandes y peludos, que ama la vida gregaria: el contacto con la tierra, comer opíparamente, beber cerveza y fumar pipas aromáticas. Si Capanna me oyese me mataría, pero yo no puedo evitar linkearlos con lo que identificamos como el pueblo peronista: la gente simple que, mientras haya techo, trabajo, asadito y un par de semanas anuales en la costa, es feliz y lo demuestra.) El prolongado contacto con el anillo corrompió a Sméagol, al punto de hacerlo perder la forma humana —hobbitiana, debería decir— y convertirlo en esa criatura patética a quien se conoce como Gollum.

 

Gollum, o la humanidad degradada.

 

 

A través de Gollum el autor desarrolla la idea tomista del mal como ausencia del bien: Sméagol no era malo en su esencia, pero el anillo lo consumió, convirtiéndolo en un paranoico —vive en el terror de perder lo que llama «mi tesoro»— y en un ser que no puede pensar más que en sí mismo y en su necesidad. En vez de poseer el anillo, el anillo lo posee, convirtiéndolo en una criatura dependiente, un consumidor compulsivo, un adicto de manual. El discurso de Gollum es puro yo, yo, yo: «Es mío, mi propio anillo, mi preciosidad». Y con tal de no perder su privilegio, ha llegado al extremo de incurrir en el pecado de Caín, matando a quien era su prójimo. Pero un día pierde el anillo, o el anillo elige perderlo a él, yendo a parar a manos de otro hobbit, llamado Bilbo Baggins. (Estos hechos forman parte del primer libro de Tolkien, El hobbit, una novela para público infantil.) El drama de El señor de los anillos —que arrancó como una segunda parte de El hobbit y se transformó en una obra desmesurada y con ribetes de pesadilla— detona cuando Sauron desata la búsqueda del talismán que Bilbo legó a su sobrino Frodo.

La razón por la cual la ortodoxia cristiana niega entidad al mal es simple: si todo lo que existe es creación divina, reconocer que el mal tiene sustancia propia significaría decir que Dios también lo creó; y eso es algo que los pensadores de la Iglesia, con Santo Tomás a la cabeza, no podían permitir, desde que propugnaban la perfección divina y la bondad esencial de toda la creación. Esta es la línea que Tolkien sigue al pie de la letra. En El señor de los anillos, los malvados son versiones degradadas de esencias positivas. Los Jinetes Oscuros —los Nazgûl— eran hombres en su origen. Según El Silmarillion los orcos, u ogros, eran elfos pervertidos por la esclavitud, la tortura y las artes oscuras de la figura llamada Melkor. (Una suerte de ángel caído, al igual que Satán.) Y el mismo Sauron, de figura demoníaca, carece de entidad literalmente: no tiene cuerpo propio y por ende ni siquiera tiene rostro. El director Peter Jackson se plegó a esta interpretación, y en los primeros minutos de La comunidad del anillo hace que, al ser derrotado, Sauron se diluya en algo muy parecido a una explosión nuclear. Cuando Oliverio me pidió que lo dibujase, no me quedó otra que reproducir un casco metálico lleno de puntas y hojas afiladas, sin aperturas para una boca, lleno de sombras en lugar de rasgos. Dentro de esa armadura no hay materia: apenas energía, como en los orígenes del universo, liberada por el oportuno espadazo de Isildur.

 

Sauron, una caparazón vacía.

 

La acusación de racismo que suele recaer sobre la fantasía tolkeniana es, de algún modo, un malentendido disparado por esta concepción del mal. Por supuesto, los héroes tienden a estar construidos sobre el molde de la belleza caucásica. Tolkien —un apellido de origen prusiano— era un estudioso de las mitologías nórdicas y de sus lenguajes, en su carácter de filólogo. No había forma de concebir una fantasía que girase sobre anillos y dragones, en pleno siglo XX, fingiendo ingenuidad respecto de la Saga de los Nibelungos y su derivación wagneriana. Como contrapartida, los villanos del libro suelen ser desagradables a la vista, cuando no repulsivos. Cierta gente interpretó a esas criaturas como una caricatura de otras razas. Pero para mí están pintados así en tanto expresión física de su naturaleza esencial: feos porque se han dejado corromper, feos porque su alma es fea.

 

 

Los orcos, feos de alma.

 

No hubo nada en la vida de Tolkien que justificase la acusación de racista, más allá de lo que pudo haber participado de los prejuicios de su cultura y de su tiempo. En una carta escrita a su hijo Christopher, mientras servía a la fuerza aérea británica (RAF) durante la Segunda Guerra, Tolkien —que había luchado en la Primera y conoció allí el valor de los hombres comunes, inspiración de sus hobbits— admitía que había de todo un poco en ambos bandos: «Una abigarrada alianza entre orcos, bestias, demonios, hombres simples y naturalmente honestos y también ángeles». Tampoco hay defensa alguna de la pureza racial, en un libro cuya historia de amor central vincula a un hombre (Aragorn) con una princesa de los elfos (Arwen). Cuando Aragorn aparece por primera vez, Tolkien describe a un hombre curtido, de botas sucias y cabellos negros con mechones grises; estos rasgos permitieron que, en la adaptación animada de El señor de los anillos que estrenó en 1978, Ralph Bakshi presentase a un Aragorn con aspecto de indígena americano. Lo que resulta innegable es que Tolkien quiere ver en sus criaturas una belleza que trasciende las apariencias. Como devoto de aquel a quien se atribuye la frase: «Por sus frutos los conoceréis», creía que nada embellece más que un gesto noble, ya sea que lo produzca un enano, un hombre o un elfo — o hasta una criatura deforme, como Gollum.

Pero la visión del mal como mera ausencia del bien tiene las patas más cortas que un hobbit. Funciona cuando se la piensa a escala individual: nuestras renuncias cotidianas a hacer el bien —aunque más no sea por omisión— le abren espacio a males concretos. ¿Pero que ocurre cuando esas renuncias se organizan, crean instituciones, diseñan campañas, aprueban leyes o ignoran las existentes a conveniencia, implementan políticas, presionan sobre la vida pública, orquestan y dan dirección específica a la violencia? ¿Qué ocurre cuando el mal actúa coordinadamente y con gran fuerza, modificando la vida a escala planetaria en el mismo sentido, como si respondiese a una voluntad única: arrasando bosques milenarios, envenenando océanos, produciendo hambrunas innecesarias, negándose a vacunar contra las pestes y acumulando fortunas demenciales mientras los laburantes la yugan en condiciones cada vez más precarias, que retrotraen a épocas de esclavitud?

 

 

Tolkien, espalda a espalda con uno de sus mejores amigos.

 

 

Cuando eso ocurre, la cosa ya no puede pensarse en términos de la relación individual de uno con su alma, o con la deidad en quien deposita su fe. Cuando eso ocurre, por más que el sistema pretenda no tener cuerpo como Sauron y por ende carecer de un cuello pasible de ser cortado, hay que identificar a los responsables de los hechos de explotación, que por cierto no se diseñan ni ejecutan solos. Cuando eso ocurre, no queda otra que hacer lo que Tolkien empuja a hacer a sus personajes: organizarse y luchar, dar batalla coordinada, como si estuviese en juego el mañana.

¿Les suena familiar?

 

 

 

Pequeñas ganancias y grandes pérdidas

Apelo nuevamente a las vueltas de la vida, para dar cuenta de que, mientras por las noches revisaba con Oli El señor de los anillos, en los huecos restantes veía por enésima vez The Wire… y, oh sorpresa, encontraba puntos de contacto entre ambas sagas. Por supuesto, si me oyesen decir esto en voz alta, ya no sería tan sólo Capanna quien me mataría, sino también David Simon, el creador de la serie. ¿Qué puede haber en común entre el relato épico de Tolkien, de deliberado aliento espiritual, con la anti-épica que Simon organizó en los términos más materialistas, para describir la batalla perdida (una y otra vez perdida, de forma sistemática) contra el tráfico de drogas en una gran ciudad?

Hay similitudes formales —el relato coral de largo aliento, la lucha de un puñado de informales, o al menos de rangos medios y bajos (¡a menudo en contra de sus propias autoridades!), contra un mal perfectamente organizado y dirigido desde lo más alto de la pirámide social y política—, pero también, creo, coincidencias profundas. De todos modos Simon no suscribiría aquello de que el mal es apenas ausencia del bien. Si algo proclama The Wire es que el mal es sistémico: una acción constante y persistente que encastra a la perfección con las instituciones de las democracias contemporáneas, que lo condenan de la boca para afuera pero en la práctica lo tornan posible, y hasta le engrasan las ruedas. Pienso en los versos con que Tolkien establece la función del Anillo de Poder («Un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos, un Anillo para reunirlos a todos y sumirlos en la oscuridad») y sinceramente no encuentro nada más parecido a ese talismán que el capitalismo rampante de estos días.

 

 

 

 

Por las dudas, aclaro: cuando hablo del mal —un concepto que, lo asumo, suena demodé, jubilado por la Historia— no es que defienda la existencia de Satán, ni de una inteligencia única que dirige la orquesta mundial de los turros. Uso el término como escritor para referirme al efecto concreto, el daño que es la resultante física, mensurable, de ciertas acciones u omisiones. Cuando levantás la cabeza y ves que el mismo tipo de daño se repite calcado en todas las latitudes, sociedades y culturas, ya no podés atribuirlo a casualidad o a una prodigiosa sumatoria de decisiones individuales. Lo que hay por detrás no puede sino ser un sistema único, al que sin dudas aceptamos y consentimos aunque más no sea por default; que es conducido por personas concretas, con nombre y apellido, para su exclusivo beneficio; y que produce a diario el mismo tipo de efecto negativo, y hasta mortífero, sobre las mayorías del planeta

De algún modo, el capitalismo funciona como aquella frase que difundió la película Los sospechosos de siempre (perdón, los cilindros de mi cabeza están funcionando a full en modo asociación libre): «El mejor truco que el Diablo sacó de su galera fue convencer al mundo de que no existía». Cambiemos las palabras «el Diablo» por «el capitalismo» y díganme qué tal funciona la idea. Porque el capitalismo per se no existe: no está en ningún lado, no es nadie, opera en base a papelitos de colores y valores cuantificados en un mundo digital. Pero en la práctica es una fuerza inescapable, como la gravedad que nos mantiene atados a esta bola de piedra, tierra, agua y fuego. Tiene una energía que te llama, te absorbe, te morfa y escupe tus huesitos, como le ocurre a Gollum, a Frodo cada vez que necesita una dosis de anillo y a cada ser que cae dentro de su órbita. Su lógica predatoria se impone a todas las otras: el capitalismo es el sistema que, por definición y por funciones, te garantiza que vas a obtener todo —y este todo significa TODO, a excepción de, hasta el momento, la vida eterna— lo que la guita que acumules permita comprar. Un todo que, por cierto, también incluye lo considerado ilegal. Quien nada en guita está en condiciones de subvencionarse hasta lo prohibido. Quien carece de guita no puede acceder ni siquiera a lo que es legal, por ejemplo sus derechos más elementales.

 

La versión animada, dirigida por Ralph Bakshi en los ’70.

 

 

¿Y por qué toleramos este poder poco y nada mientras los privilegiados de este mundo lo pueden todo, sin límite alguno? Porque seguimos siendo tan susceptibles a los espejitos de colores como lo fueron los nativos ante los conquistadores. Nos engrupen con chichitos: Uh, mirá qué lindo este celu que podés tener, estos audífonos, estas llantas, esta tarjeta de acceso a un club exclusivo. Y no terminamos de entender que, para conservar ese celu, esos audífonos y esas llantas, nos fuerzan a renunciar por escrito a lo que también podríamos tener si la repartija de bienes fuese justa: tierra, casa, agua, una alacena siempre llena, combustible para los inviernos, acceso constante al mejor sistema de salud y a la mejor educación para todos. (Y otra vez, cuando acá digo todos es TODOS.)

Esto me recuerda al chiste de Mafalda donde Manolito le da cuerda al bondi de juguete de Guille y, al pasarse de rosca, se lo hace mierda. Entonces toma una pieza del mecanismo roto y trata de distraer a Guille, diciéndole: «¡Mirá el trompito!» Como Guille es chiquito pero no gil se pone a llorar y Manolito remata, dirigiéndose a Mafalda: «Si tu hermano no aprende a valorar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas, va a sufrir mucho en este mundo, ¿eh?»

 

 

 

Parece escrita hoy, esa tira: el heredero del tipo que comercializa los alimentos de los que depende nuestra vida, diciendo que aprendamos a valorar las pequeñas ganancias —pequeñas como el celu o las llantas— que obtenemos a cambio de la inmensidad de lo que nos despojan. No sé qué les pasa a ustedes, pero yo estoy harto de justificar con mi vida las grandes ganancias de los que tienen arreglada la ruleta capitalista para que se imponga siempre la casa. Todo bien con el control de precios, pero lo que necesitamos es algo que se parezca un poquito más a una revolución.

Si nos contentamos con la épica de lo apenas posible, estamos fritos. Nos dejamos amedrentar por un puñado de esperpentos que no resisten una repregunta ni pueden justificar sus propiedades sin marchar presos. Nos dejamos prepotear por una manga de impresentables que deberían estar encerrados de por vida en un convento de clausura, mortificándose con un cilicio mientras piden perdón por el dolor causado a tanta gente. (Y que seguirán causando durante muchos años, deuda mediante, a consecuencia de sus actos y de sus complicidades.) Y mientras los dejamos agrandarse como si fuesen los más guapos, perdemos de vista que si les permitimos imponerse a estos representantes de intereses non sanctos las cosas no seguirán más o menos igual. Como Merry le dice a Pippin en un tramo crucial de Las dos torres: «No vamos a poder regresar a la Comarca, porque la Comarca no va a existir más».

 

 

Arwen y Aragorn: la cruza entre razas.

 

 

 

 

Gandalf al Congreso

Me fui de rosca yo también, sepan disculpar. Tolkien detestaba las alegorías, así que está claro que cuando escribió El señor de los anillos no pensaba en el capitalismo. Simplemente narraba un episodio más de la batalla que la especie libra desde el amanecer del tiempo, entre sus peores y mejores impulsos. Tolkien ubicó esta contienda en un pasado tan imaginario como remoto, y la describió ocurriendo en dos escalas: la pública y social, con razas diversas reviviendo viejas alianzas para hacer frente al enemigo común, y la privada y personal, encarnada en Frodo, su peregrinación y su sacrificio. Esos episodios ficticios concluyen con una victoria popular, que Tolkien entendía que no era definitiva: el tipo que había arriesgado la vida durante la Primera Guerra y que había visto a su hijo en peligro durante la Segunda sabía que la lucha proseguía en tiempo presente, y que cada nueva generación la encaraba a su modo.

The Wire cuenta algo similar, a pesar de que las cosmovisiones de Tolkien —un católico inglés, o sea conservador por partida doble— y de David Simon —un norteamericano que invita a repensar el socialismo, o sea un iconoclasta— no podrían ser más diferentes en los papeles. Allí también hay ese mix de demonios y hombres honestos que Tolkien reconocía militando en ambos bandos. La serie tiene un final agridulce, con acento en agri. En términos institucionales es una derrota, porque el capitalismo, que es el nombre actual de la ley del más fuerte, sigue haciendo lo que quiere y como quiere y corrompiendo todo lo que toca al mejor estilo del Anillo de Poder: desde los jueces, los políticos y los funcionarios hasta el más humilde de los chaboncitos. (En este sentido, el narcotráfico funciona como sombra del capitalismo, porque es en efecto su proyección oscura. Algo que no existiría sin él: cuando lo vemos proyectado sobre la pared, lo que contemplamos es capitalismo químicamente puro.)

 

 

Bubbles, en «The Wire»: el hombre común de cuya suerte depende el destino del mundo.

 

Los buenos detectives se retiran o son retirados, los medios siguen tergiversando la verdad, los que se pliegan a las reglas del sistema ascienden, los mafiosos continúan haciendo fortuna y la policía insiste en arrestar negritos. Ninguna épica, aquí. Las únicas victorias son individuales, y a lo Pirro. Por ejemplo el hecho de que una de las víctimas que el sistema empujó al inframundo, el adicto Bubbles (Andre Royo), logre salir del infierno y ser aceptada otra vez en el seno de los vivos. El rol de Bubbles coincide con el de Frodo en términos dramáticos: avanza paralelo a la batalla principal de los representantes de la ley, del mismo modo en que Frodo avanza en su propósito por fuera de la lucha que libra la soldadesca. Ambos deben sobreponerse a la compulsión que los mata de a poco. Y sobreviven al más alto costo, perdiéndolo todo a excepción de su dignidad. Pero mientras en la serie Bubbles se salva, el crío Dukie emprende el mismo tour infernal de adicción a la heroína. Ese es el score final del partido: rescatamos a uno y al mismo tiempo se nos pianta otro. Puede sonar a empate pero no lo es, porque ya veníamos perdiendo el campeonato por una diferencia de goles abismal.

Quizás esté violentando dos obras que admiro para encajarlas en mi cosmovisión, pero ¿para qué existe el arte imperecedero, sino para levantar espejos deformantes en los que de todos modos nos reconocemos? ¿Por qué nos abrazamos a los grandes relatos, si no es para encontrar luz en las tinieblas y reconducir nuestros pasos extraviados? En este mundo nuestras vidas están contenidas y ordenadas acorde a grandes narrativas. Por ejemplo las religiones formales y el capitalismo, consideradas por muchos como la verdad y la ley pero que aún así no dejan de ser cuentos en los que elegimos creer a nuestra cuenta y riesgo. Siglos atrás se instituyó que veníamos a este mundo ya manchados por el pecado de otro, o sea marcados, condenados desde la cuna a un sufrimiento que se consideraba inescapable. Tiempo después ese relato sufrió una enmienda, que a través del amor al prójimo nos redimía de la condena al sufrimiento y ofrecía a cambio la modesta felicidad de los justos. Finalmente sobrevino el capitalismo —la religión actual—, que cambió el amor al prójimo por el amor propio y equiparó fortuna con virtud. Ese credo y su ejercicio del poder proyectan hoy una sombra sobre el mundo que llenaría de envidia al mismísimo Sauron. Lo que discutimos es una cuestión de legados, qué queremos dejarle a las generaciones que vienen: si una herencia de resignación ante la injusticia y el dolor, si un pase libre para hacer lo que quieran porque todo vale con tal de salirse con la suya, o la convicción de que todos nuestros destinos están ligados y que la justicia es para todos o para nadie.

 

 

 

Como en El señor de los anillos, y como en The Wire, hay que dar la batalla institucional pero no perder de vista que la victoria depende de lo que ocurra en el alma del hombre y la mujer comunes. Lo que determina la victoria o permite alentar una módica esperanza es la decencia primordial de tipos como Frodo y Bubbles y las decisiones que toman, incluso a un alto precio, para no perder aquello de lo cual —lo saben— depende su dignidad. Las mejores políticas y la militancia más incansable perderán efecto, y en último término la lid, si se comete el error de dar por sentado el apoyo del pueblo. Porque sin el sostén consciente y racional de los nuestros —que no es lo mismo que el verticalismo y la adscripción ciega—, no llegaremos ni a la esquina. Si se me permite citar a uno de mis referentes políticos, un hombre veterano y de probada sabiduría: «Son las pequeñas cosas, los hechos comunes de la gente ordinaria los que mantienen la oscuridad a raya. Los más simples actos de amor y gentileza», dice Gandalf. «Hay otras fuerzas que operan en este mundo, además de la voluntad del mal… Todo lo que tenemos que hacer es decidir qué haremos con el tiempo que nos fue concedido»

Espero, Oli, que algún día lo entiendas.

 

 

 

 

 

PD: Terminamos de ver la saga anoche, un rato antes de que despegase esta edición de El Cohete. Y mientras rodaban los créditos, Oli dijo dos cosas, solito, sin que mediase pregunta ni sondeo alguno.

Primero, que le apenaba el destino de Gollum, porque en el fondo no era malvado: tenía un lado bueno y un lado malo, y el lado malo se había impuesto. A pesar de la victoria militar y del boato de la coronación del rey, Oli se quedó pensando en la persona más desgraciada de la historia. Lo cual habla de su corazón.

Y segundo, dijo que el final de la película era feliz y triste. Lo cual —esto lo digo yo— es la medida exacta de la vida, cuando se prepara el cóctel respetando las proporciones que indica el buen manual.

Oli entendió.

 

 

 

 

 

 

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