LAS OLAS Y EL VIENTO

La falsa promesa de más exportaciones en vez menos importaciones para crecer

En la conversación pública y publicada parecen haber salido de escena las preocupaciones respecto de avanzar lo más rápido posible en el proceso de sustitución de importaciones (ISI) y no se avizora que en lo inmediato vuelvan. Su lugar de meta estratégica en pos del desarrollo, lo ocupa el otro componente de la cuenta externa comercial del país: las exportaciones. La consigna es más exportaciones en lugar de menos importaciones para que el producto bruto crezca. Su grado de factibilidad viene tamizado por lo que es esperable del tipo de evolución del nivel  interno de los ingresos respecto a los resultados de las cuentas externas de la nación y lo que se viene cocinando en la Organización Mundial del Comercio (OMC).

En vista de las tendencias en danza que pueden ser identificadas respecto de los intercambios con el exterior, tanto entre las que campean en la situación nacional como entre las que definen la dinámica del complicado escenario global, hay dos cuestiones con este vaivén a partir de las cuales se desprenden otros interrogantes precisamente sobre el tránsito del camino al desarrollo. Las preguntas no son por detalles sino de fondo y se refieren a si la trasmutación de ISI a exportaciones sea algo más que una coartada discursiva del statu quo. Nada inesperado. La tensión entre el realismo de ir para adelante o la ilusión de dejar todo como está es lo que perfila de forma permanente la vida política del movimiento nacional.

En lo específico del tira y afloje general, un primer asunto es que las exportaciones únicamente agregan al crecimiento cuando son mayores que las importaciones. Si no hay superávit comercial (exportaciones mayores a las importaciones) puede darse el muy infrecuente caso de que sean iguales ambas partidas y entonces su aporte al crecimiento es cero porque se anulan entre sí.

 

Particularidades

Pero en el aquí y ahora de la Argentina, para que el resultado comercial sea positivo la política económica debe mantener alto el desempleo y bajos los salarios (respecto de su medias históricas) o bien llevar bien abajo el salario de suerte que el apocado desempleo no haga crecer el monto del agregado de las remuneraciones al trabajo. Si no se procede de esa manera, el crecimiento del poder de compra de los salarios y el impulso al nivel de empleo que propala hace aumentar las importaciones, lo que finalmente lleva a un déficit comercial puesto que en el ínterin las exportaciones marchan a ritmo menor.

Por las particularidades del caso argentino, esta asimetría entre un más y un menos requiere un par de aproximaciones cuidadosas, que reverdecen los laureles de la ISI con la tonalidad de imprescindible. La observación comienza recabando que del lado de la demanda, existe en cada país una propensión media a consumir productos extranjeros. Manteniéndose todo lo demás igual, es del mismo orden de magnitud que la razón importaciones/PBI. Para concretar, digamos que en nuestro país, por ejemplo, en cada canasta de bienes, sea la del consumo de las familias o la del consumo intermedio de una fábrica, hay 85% de productos argentinos y 15% de productos extranjeros.

¿Pero qué razón existe para que las canastas de la recuperación contengan en proporción más productos extranjeros que las canastas del estancamiento? No se ve ninguna bajo la condición establecida de mantener todo lo demás igual. Pero en la Argentina las grandes caídas del nivel de actividad fueron a consecuencia de políticas liberales que en su carácter de revancha de clase hicieron dos cosas. Una, hundir el poder de compra de los salarios. Otra, para que no se recuperen las remuneraciones de los trabajadores y detentar sin atenuantes el poder político proveniente de exacerbar el lugar de proveedor de materia prima agropecuaria, se aplicaron a torpedear el grado de industrialización alcanzado, o sea a desustituir importaciones. La transición inversa del desarrollo alcanzado hacia el subdesarrollo posible se financió con deuda externa. En esas circunstancias, la legitimidad política del movimiento nacional cuando recupera fuerza tiene su brújula en tratar de rehacer el poder de compra de los salarios.

Esa mayor canasta de bienes se articuló con la industrialización pasada, la que ya no está vigente. La presión extra sobre el tipo de cambio alimenta la tasa de inflación, yuxtaponiendo otro elemento de los importantes en la extensión del desaguisado. De manera que la opción es clara: o se convalida a la baja el nivel de salarios recurriendo al respirador artificial de aumentar las exportaciones, siempre que esto sea posible, o se procede a administrar el comercio exterior para sustituir viejas y nuevas importaciones, lo cual siempre está a mano. ¿Será esto una violación del libre cambio? No pinta como tal. Es admitido universalmente que medidas de protección del mercado nacional se vuelven legítimas desde el momento que se formulan como respuestas a una competencia desleal o a un dumping social. Entonces, no se ve en que el hecho de instaurar o de mantener la austeridad es diferente al de aquel de establecer una tasa de importación o de subvencionar las exportaciones. El hecho mismo de que la Argentina no busque más que mantener el statu quo antes que su propias huestes liberales destrozaran el camino al porvenir, es suficiente para demostrar el carácter defensivo de estas medidas de intervención.

¿Hacer o no hacer olas?

Hay que estar advertido de que de acuerdo al más reciente índice de salarios que publica el Indec, en el que se miden las variaciones de los sueldos que paga el sector privado registrado, el sector público y lo que cobran los trabajadores que revisten en el sector informal, a lo largo de 2020 las remuneraciones subieron 33% mientras que la inflación acumulada entre enero y diciembre de 2020 fue de 36,1%. Esta pérdida salarial (a la que le sigue como sombra al cuerpo la debacle de las jubilaciones) se suma a la operada durante el gobierno de Juntos por el Cambio para totalizar una caída del poder de compra de los salarios en los últimos cinco años de 21,5%. Esta mella en las remuneraciones está subestimada puesto que se hace con índices de precios donde la ponderación de las tarifas de servicios públicos corresponden a una media histórica de cierta normalidad, que fue muy sobrepasada por los groseros aumentos de las mismas que impuso el gobierno anterior. No es la única subestimación, pero sí una importante.

La tentación política por mantener las remuneraciones en ese nivel con la idea de no hacer olas y por eso ganar espacio político es grande. La oposición gorila se puede montar en el malestar que eso genera en los sectores populares, pero no tiene más remedio que intoxicar a la opinión pública a puro embuste (lo que puede incluir episodios de violencia política) puesto que por definición no puede sostener un programa cuyo norte sea la mejora del ingreso de los trabajadores. El éxito de su accionar deletéreo es posible, pero resulta poco probable: ya mostró la hilacha. Lo interesante del caso es que la operación política de poner a la Argentina en el freezer resulta factible puesto que por un tiempo, que puede ser muy largo, el sistema está en condiciones de crecer sin mejorar los ingresos populares estropeados, sobre la base de las exportaciones y el consumo suntuario de las clases acomodadas, lo que lleva –incluso- a subir un poco el gasto público para parar la bronca, por las buenas con las zanahorias de los subsidios y por las malas con el garrote policial.

De hecho el Pra Frente Brasil, fue eso: consumo suntuario y exportaciones y siempre más favelas, aunque para edulcorar se esgrimía el crecimiento de la clase media. La consagración de la Belindia tropical (un tercio viviendo como en Bélgica, dos tercios como en la India) sigue ahí, sin miras de revertirse. Para más, Dilma fue un buen ejemplo de la tentación de no hacer olas abrazándose a la austeridad. Así le fue, que vendría a ser lo menos importante o sin importancia y así les va a los brasileños, que es lo que realmente importa.

Vientos globales

A todo esto, en un mundo por siempre proteccionista sin la careta librecambista que le sacó Donald Trump, ahora con Joe Biden no luce que mejore en algo su prospecto, más allá del vacío e irritante garbo declamatorio. Los pro-exportaciones argentinos la tienen bien difícil sino imposible. Un buen indicio de este estado de situación se encuentra en la reciente elección para el cargo de directora general de la OMC a la economista nigeriana exministra de Finanzas y funcionaria del Banco Mundial Ngozi Okonjo-Iweala. Recibió el respaldo unánime de los delegados de los 164 países miembros de la OMC, y de la administración Biden, para el mandato que comienza el 1° de marzo, y concluye -si no hay renovación- en agosto de 2025. La nigeriana había sido vetada por la administración Trump en octubre pasado.

Ngozi Okonjo-Iweala. Mujer y africana al frente de la Organización Mundial de Comercio, pero otros quieren escribirle el libreto

A sabiendas de que la cosa venía cocinada, dos economistas especializados en comercio exterior como Simon Evenett y Richard Baldwin en el sito Voxeu publicaron un “Memo para el nuevo Director General de la OMC: Nunca desperdicie una crisis” (10/02/2021), en el que advierten al hipotético mandamás (que resultó por primera vez una mujer) que para “es necesario un pegamento fuerte para mantener unida la membresía de la OMC […] Durante décadas, ese pegamento fue una creencia común de que un sistema de comercio universal basado en reglas era lo mejor para todos. Eso ya no es suficiente. La geoeconomía ha cambiado y la política interna ha llegado a culpar a la globalización por los males sociales experimentados por las clases media y trabajadora en algunos de los miembros clave de la organización. Un nuevo contexto requiere un nuevo pegamento. Encontrar ese pegamento podría ser uno de los mayores legados de su mandato […] Dado que el debate es intensamente político, sería mejor que lo defendieran las capitales nacionales en lugar de los representantes con sede en Ginebra únicamente”.

En el número de marzo abril del corriente año de Foreign Affairs la académica Jessica T. Mathews afirma en “¿Presente en la Re-creación?: La política exterior de los Estados Unidos debe rehacerse, no restaurarse” que “A lo largo de la campaña, Biden habló de su intención de diseñar «una política exterior para la clase media». Ningún otro tema fue tan destacado. En la práctica, sin embargo, su administración tendrá que enfrentarse a la cuestión de si tal cosa existe realmente. Cambiar las reglas del comercio internacional es una pequeña parte de la respuesta, pero el cambio tecnológico ha jugado un papel mucho más importante que el comercio en la pérdida de empleos fabriles estadounidenses bien pagados […] El plan económico Build Back Better de Biden promete enormes inversiones federales en infraestructura —rutas, ferrocarriles, la red eléctrica e Internet de banda ancha— y en investigación y desarrollo en ciertos sectores. Ésta es una política industrial pasada de moda. Si se trata de una buena política económica y de dónde vendrá el dinero son cuestiones discutibles; si son materia de política exterior no lo es. Cuanto más de cerca se examinan los detalles, más se escapa el concepto de política exterior para la clase media”. La reputada analista Mathews ejemplifica lo extraviado que anda el debate al creer que es la tecnología como si fuera la humedad ambiente y no las decisiones políticas las que determinan en última instancia hacia dónde va la pelota. En todo caso, las visiones tan contradictorias anuncian grandes problemas en puerta.

De ilusiones también se vive y no hay por qué negarle el derecho a tenerlas a los pro-exportadores. Sin embargo, la dura realidad propia y ajena indica que  la legitimidad política del movimiento nacional la genera su capacidad para marchar hacia lo que promete el igualitarismo moderno de la mano del inevitable ISI. El hecho de que la inversión sea una función creciente del consumo no exime a la decisión política de elegir si se trata del consumo de las mayorías o el de una minoría. El adiós a la ilusión reaccionaria se da cuando se cae en la cuenta que es cuestión de hacer olas, de lo contrario la marea llevada por los vientos de la historia se vuelve indefectiblemente en contra.

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