LAS OTRAS MADRES

Las maternidades no tradicionales se organizan para demandar derechos

 

Hoy es el día de la madre. En la imagen publicitaria de este día se representa a una mamá cariñosa y cálida en el contexto de una familia de cuatro o cinco, sorprendida en el desayuno por sus querubines sonrientes, un marido que la besa de forma sutil. La postal familiar por excelencia, una postal que los feminismos se cansaron ya de señalar como fantasiosa y opresiva por lo que sugiere: que hay un modo unívoco de ser madre, un modelo exitoso de crianza, un mandato de felicidad depositado en un rol que es difícil ocupar, sobre todo en las formas estandarizadas bajo las cuales se lo presenta.

De la misma manera en la que en muchos sectores se incorporó el 8 de marzo como un día para resaltar las demandas de las mujeres y no para regalar flores y bombones, las ideas tradicionales alrededor del día de la madre también están mutando. Y menos mal: un estudio de ONU Mujeres del año pasado demostró que sólo el 38 por ciento de los hogares del mundo están compuestos por aquella postal típica, el modelo de familia de una pareja e hijos. Y que de todos los hogares monoparentales del mundo (que son el 8 por ciento del total), el 84 por ciento están encabezados por “madres solas”.

Estas “madres solas” se suman al amplio grupo de maternidades no tradicionales que aún son patologizadas, menospreciadas e invisibilizadas. En este grupo también entran las maternidades trans, las madres lesbianas, quienes maternan en tribu o red, las madres que cultivan, las madres protectoras y tantas más. Las que desacatan el rol en el dibujo de a cuatro en el espacio doméstico y emergen en lo público. Este desacato se presenta como una carencia, un déficit. La imagen tradicional de la maternidad viene recubierta de una capa de sentido que construye a una madre de entrega sacrificial y completa; y la entrega desconoce el espacio de los proyectos personales, el crecimiento laboral y cualquier otro que requiera no estar cumpliendo sus tareas de crianza en un 100 por ciento. No es así para el varón, cuyo modelo estereotipado es el de aquel que trabaja y provee a su familia sin perder ninguno de esos dos espacios. El costo subjetivo que tienen estos mandatos sobre las mujeres es muy alto e incide en sus modos de desear. Pero las madres que desacatan se encuentran y se organizan, no sólo para responder contra los mandatos sino también para demandar más derechos.

 

 

La tribu

Julieta Saulo es madre de dos niñxs y fundó Las Casildas en 2011. Su organización difunde problemáticas de violencia obstétrica y derechos sexuales y reproductivos. Luego de tener a su segundo hijo también creó la cuenta de Instagram @puerperioatr, donde se encuentran madres puérperas visibilizando historias, haciendo chistes y compartiendo sus experiencias. Julieta además coordina grupos de maternidades. “El movimiento feminista vino a deconstruir un montón de mandatos sacrosantos sobre la familia y maternar en tribu es en parte recuperar esto que el sistema capitalista y patriarcal nos ha arrebatado”, explica. Las tribus son espacios donde se comparten las crianzas, se atraviesan los puerperios y se encuentran personas que estén transitando la gestión del cuidado. Son espacios donde las personas que están maternando se acompañan. “La finalidad es encontrarnos y compartir información, escucharnos, escuchar a la otra, resonar y empezar a tejer la red que nos sostenga y nos acompañe en una tarea tan maravillosa y demoledora como es criar hijos e hijas”, define Saulo.

 

 

Es que la maternidad es un trabajo invisibilizado y los sistemas económicos se sustentan sobre esa invisibilización. Lo contamos mejor en este artículo. Y Esther Vivas, periodista española, lo explicó muy bien en esta entrevista: “Hay que sacar la cuestión [de la maternidad] del ámbito privado y entender que es pública y política. Viene atravesada por desigualdades de clase, de raza y por un sistema económico que es hostil”. En ese sentido, Julieta explica que más allá de los espacios comunes que se puedan crear hace falta un Estado que reconozca la invisibilización de las tareas. Lo ejemplifica hablando de las licencias de maternidad y paternidad: “En nuestro país las mujeres tenemos 90 días en total, 45 días de preparto y 45 de posparto. El varón sólo tiene 48 horas: desde el mismo Estado se bajan los estereotipos sobre el género y los cuidados”, grafica.

En la misión de recuperar el carácter comunitario del verbo maternar, Soledad Sartor, socióloga, madre y gestaltista, opina que es parte de la deconstrucción de estos roles que permite la mirada feminista sobre el tema. “Primero fue deconstruir a la maternidad como destino único. Hoy empezamos a pensar en términos de ir a lo más profundo de lo que significa ser madres, en tanto destino guiado por el deseo y no como destino guiado por la biología y el mandato social”, dice. Soledad considera que todas estas problematizaciones también están atravesadas por cuestiones de clase y la distinción de las zonas rurales y urbanas. Pero que el contexto de la pandemia llevó a que se recuperaran muchas prácticas vecinales y locales que muestran cómo la organización se da mejor en lo micro. La tribu también es eso. “Volver a pensar en términos de lo local y de lo íntimo y buscar allí la fuerza y la organización. Después viene el acompañamiento institucional, que apareció en nuestro país en normativas como la Ley de Matrimonio Igualitario”, señala.

Con la expansión de las tribus y las redes comunitarias para maternar aparecen nuevas categorías, se jerarquizan saberes distintos que no son los que se encuentran en los folletos habituales sobre gestar, parir y criar. Soledad nombra algunos: “Hay toda una gama de profesionales que se crearon a partir de esto: las doulas, psicólogas especialistas en crianza, un montón de saberes que empiezan a atravesar las decisiones que tomamos como madres. Los feminismos en general han sido claves para esto, antes estaba mucho más signado en el deber ser que ahora”. Del deber ser se pasa al saber, una condición fundamental para poder elegir.

 

 

El rol del Estado

Lucía Cirmi Orbón, titular de la Dirección Nacional de Cuidados del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación, coincide en que el rol de las instituciones del Estado tiene que aportar en la desarticulación de los estereotipos sobre las maternidades. En ese sentido, como menciona Julieta Saulo, cree que hace falta avanzar en sistemas de licencias más igualitarios. “El sistema de licencias es central no sólo para quienes están cubiertos por él, ni sólo para proteger la primerísima infancia sino porque es desde allí que se refuerzan o no estereotipos de quién tiene la responsabilidad de cuidar y quién no”.

Además cuenta que diversos estudios muestran que la división de tareas de cuidado en esos primeros meses de crianza cristaliza arreglos desiguales que luego se perpetúan en el tiempo. “Estamos trabajando para avanzar hacia sistemas de licencias igualitarias que pongan el mismo grado de derecho y de responsabilidad sobre todas las identidades, debemos hacerlo también considerando la diversidad de situaciones laborales, de familia y repensar esquemas más universales”, explica. “Hay muchas experiencias fructíferas en diversos convenios y regímenes pero en la mayoría los varones siguen apareciendo como simples colaboradores en el cuidado y no igualmente responsables”.

En ese sentido, Pilar Escalante —subsecretaria de Igualdad— destaca que las políticas tienen que incidir en todas las esferas de la vida social. “Necesitamos desarrollar espacios de cuidado para que puedan aliviar la carga que hoy implica cuidar a un niño, niña, niñe y que esto habilite entonces una posibilidad de maternar desde el derecho, desde el disfrute, desde la elección y no desde la obligación”, dice. “Hoy por hoy en Argentina no existe una madre, no existe un solo tipo de crianza y es necesario reconocer y valorar los distintos tipos de familias que se van armando y configurando. Por eso la diversidad también existe en la maternidad y es un valor que queremos resaltar”.

Julieta responde sus preguntas temprano a la mañana, en el momento en el que sus hijxs todavía duermen. Ser madre y ser activista son dos cosas que en ella se entrelazan y ninguna cancela a la otra. Reflexiona mucho sobre el lugar que tienen las maternidades en los movimientos feministas. “El feminismo y la maternidad aún hoy aparecen como dos polos que se repelen, porque se construyó a la maternidad con una mirada patriarcal, como confinamiento, como aislamiento”. La falta de políticas públicas que faciliten la compatibilización entre el trabajo y la lactancia, por ejemplo, abonan esa mirada. Pero al mismo tiempo fue la maternidad lo que la acercó a ella y a tantas otras a los feminismos y son cada vez más las que se reúnen para repensar las maternidades desde una óptica feminista. Como en tantas otras agendas, visibilizar y decir son dos de los ejes de sus estrategias. “Las mujeres madres tenemos mucho que contar y mucho para decir. Y lo queremos decir nosotras, ahora la historia la contamos nosotras”, concluye. Feliz día.

 

 

 

 

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