LAS PALABRAS Y LOS HECHOS

En un país semicolonial, las oligarquías son dueñas de muchas cosas, entre las que hay que contar las palabras

 

 

“Tengamos huevos para decir que no al gasto”- Mauricio Macri (1)

Falacias

Que la letanía de la reducción del gasto tenga devotos en todos los sectores sociales, y sobre todo en los que más lo necesitan, confirma la vigencia de una de las leyes duras no escritas que puede formularse más o menos así: en un país semicolonial, las oligarquías son dueñas de muchas cosas, entre las que hay que contar las palabras.

Efectivamente, reducción del gasto quiere decir reducción del gasto público, y reducción del gasto público quiere decir deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares. Y estas no son contraletanías que exijan un acto de fe, son realidades: la derecha continental —en particular la que nos azota directamente— no es una cruzada de ideas, como las guionadas para cada intervención de Macri, sino una realidad económica, política e histórica.

Como ha mostrado el equipo de investigadores que condujo el economista Eduardo Basualdo (2), la combinación deuda externa-fuga de capitales es un pasaje de ida hacia la desindustrialización y la concentración del ingreso contra los sectores populares, porque la fuga es el excedente que no va a inversión. Dicho de otra manera, disminuye la formación de capital por cuanto la alta burguesía argentina es el actor central de la fuga y del ahorro interno.

Asimismo, la concentración del ingreso contra el trabajo se debe a que, en última instancia, la renta financiera —esencia del patrón de acumulación en curso— se nutre de la reducción de los ingresos populares: el endeudamiento no genera valor, pero sí permite la apropiación de valor, y ese valor apropiado tiene su origen en la clase trabajadora argentina. Si alguien tiene alguna duda es porque tal vez no se ha enterado —entre otras cosas— de que, desde que el Régimen volvió al control del Estado, no ha disminuido el consumo de los sectores dominantes sino todo lo contrario; en cambio, ha disminuido notablemente el consumo de los sectores populares.

Es probable que, entre los devotos incorporados a partir de la campaña presidencial de 2015, la mayoría haya creído en la letanía secundaria que asegura que el endeudamiento era insoslayable en virtud de la “herencia recibida”. Esta falacia sirvió para justificar la histórica y escandalosa claudicación del Régimen ante los fondos buitre, que habilitó el comienzo del proceso descripto más arriba y ha comprometido el futuro de los argentinos por varias generaciones. Falacia por partida doble, porque implicó abandonar iniciativas que había puesto en marcha el gobierno popular para superar la restricción externa, es decir que había alternativas, y porque es un cuento difundido por los propagandistas de la ortodoxia económica que —como todos sus eslóganes— no resiste el menor análisis: cuando la fuga se convierte en variable independiente y rectora del proceso económico no mejora la situación del sector externo, la empeora.

Más aún, empeora la dinámica económica general. En el corto plazo porque la deuda genera intereses crecientes en favor de los acreedores externos, cuestión particularmente grave en nuestro caso debido al nivel récord de endeudamiento en que incurrió el gobierno de la oligarquía que, en una exhibición más de su insaciable voracidad, la aduce como razón para cambiar la composición del gasto del sector público en perjuicio de la inversión y el gasto social. En otras palabras, el Régimen ha agravado la restricción externa y la utiliza para justificar la imposición de una regresiva restricción interna que no hace otra cosa que cerrar el círculo vicioso. Y en el mediano plazo porque, en la medida en que el proceso de endeudamiento y fuga ha sido acompañado con una apertura indiscriminada de los mercados de bienes y capitales, el saldo negativo de la balanza comercial se proyecta más allá del mandato macrista.

La conclusión es que el combo decadencia-opresión no es una fatalidad que nos llega del cielo, es algo que hombres y mujeres le hacen a otros hombres y mujeres; no es un accidente sin responsables, es una situación generada por el Régimen, que tiene por responsables a sus hombres y mujeres y —en distinto grado— a quienes la consienten y/o se benefician con ella.

 

Manipulación

Aunque en tendencia declinante, el alto número de lxs que confunden ficción con realidad da una medida de la potencia del aparato de propaganda del Régimen y de su capacidad para hacer daño, tanto es así que también logró que amplias capas de la población consideraran un error lo que sin duda fue una de las conquistas políticas y económicas más importantes del gobierno de Néstor Kirchner: la notable e inédita renegociación de la deuda externa —que no contrajo ese gobierno— con quitas significativas tanto en términos nominales como reales.

Las dimensiones de este logro están dadas, por un lado, nada menos que por haber quebrado una de las leyes de hierro del capitalismo y sobre todo del financiero: que las deudas se pagan, y se pagan tanto el capital como los intereses. Puede haber postergaciones; puede ser antes o después y, aunque lo óptimo para el capital financiero es que se paguen en divisas, si no se pagan en divisas se pagan en bienes, tal como ocurrió en la década de 1990 con el proceso de privatizaciones de las empresas públicas, mecanismo que en la etapa actual se puso en funcionamiento con ARSAT. Y por otro, por cuanto tuvo una repercusión internacional sólo comparable a la de la correlativa claudicación macrista: por mucho tiempo no se escuchará hablar de renegociación de deuda con quita en ninguna parte y menos en países de la periferia como el nuestro, con lamentables consecuencias para los pueblos.

 

Hechiceros  

Si el despotismo ilustrado de la España que ingresaba al siglo XIX fracasó ante el absolutismo en el intento por aburguesar el país desde arriba, es decir, en adoptar una política burguesa: desarrollo de la industria, educación común, preparación de técnicos, investigación científica, etcétera; cuyos promotores eran grandes estadistas, aristócratas volterianos como Campomanes y Jovellanos que tenían como divisa el lema “todo para el pueblo sin el pueblo”; más de doscientos años después, el autoritarismo parasitario que gobierna uno de los países en los que se transformó lo que en aquellos tiempos era una enorme posesión de ultramar, se propuso oligarquizar desde abajo. Su lema no declarado es nada para el pueblo pero con el pueblo: no intenta terminar con las postergaciones sino cambiar la mentalidad de los postergados. Una síntesis insuperable de tal propósito fue esbozada por el intelectual orgánico Javier González Fraga, cuando sentenció: “Le hicieron creer a un empleado medio que podía comprarse celulares e irse al exterior”.

Pero a cada cerdo le llega su San Martín. En estos días se han encendido las primeras luces que podrían conducir a la ruptura del proceso iniciado en 2015. La categórica derrota de Macri en La Pampa y el triunfo del candidato de Cristina en Santa Rosa alientan expectativas que deberán estimular el arduo trabajo necesario para ganar las elecciones primero y emprender el camino de las reparaciones después. La escasa concurrencia de votantes en el primer caso y la opción por quien representa al movimiento popular en el segundo, podrían ser indicadores de la superación de las confusiones que condujeron a miles de víctimas a votar por sus verdugos.

La historia nacional enseña que en nuestro país la reacción popular no puede ser bloqueada indefinidamente con habilidades de naturaleza duranbarbiana; antes o después llega el momento en el que sólo se detiene con la satisfacción de las necesidades, lo que equivale a decir la realización efectiva de sus derechos. Pero además no hay magia, es lo que pasa con todos los hechiceros de la tribu; cuando sus poderes sobrenaturales son cuestionados, su caída es cuestión de días: a los tigres no los aleja el mago de la tribu, hay que salir a cazarlos con arcos y flechas. Entonces, ¿para qué mantener al brujo?

 

Contradicciones y unidad

La frontera entre el Régimen y las fuerzas de la transformación social progresiva, cuya expresión política es Unidad Ciudadana, implica una contradicción central que enfrenta al bloque de poder que pretende restablecer y consolidar la dominación del capital sobre el trabajo por una parte, y el que lucha por romperla y liberar a la Nación por la otra. Por eso el Régimen hoy inventa un fantasmagórico enemigo populista para aplastar a su enemigo real que es el kirchnerismo, manifestación sociopolítica del movimiento nacional, popular y democrático.

Esta cuestión es fundamental, porque la comprobada efectividad de la maquinaria de manipulación ha potenciado el margen de maniobra de oportunistas de toda laya y su capacidad de desorientar a los sectores populares. Se presentan como opositores cuando en realidad son grupos que, a lo sumo, expresan contradicciones secundarias en el seno del Régimen. No hay que olvidar que apoyaron sin excepción las políticas analizadas más arriba, y no hay elementos para pensar que no las volverían a apoyar; por lo que cabe sospechar que en algunos casos las diferencias secundarias podrían haber estado dadas por la participación o no en los negociados derivados de aquellas decisiones, pues tampoco hay que perder de vista que, según las evidencias disponibles, en los negocios privados con recursos públicos tienen prioridad la familia y los amigos presidenciales.

Tales características del proceso político obligan como nunca antes a concebir la unidad del campo popular como una construcción con un claro propósito y una estrategia común, que podrá admitir variantes en su aplicación pero no malabarismos discursivos o defecciones ante los seguros embates de las fuerzas de la reacción; asimismo, si se tiene en cuenta que las lealtades se debilitan con más frecuencia que lo deseable —incluso las cercanas—, es difícil exagerar la importancia de que la conducción en la lucha por los intereses populares, que implica el control del Estado, esté en manos de un liderazgo que haya demostrado una fortaleza inquebrantable tanto frente a aquellos brutales ataques como a estas eventuales deserciones. No debería ser necesario agregar cómo se llama esa condición en el presente político argentino .

 

 

 

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