LAS SILLAS DE SOLEDAD

El rescate de los desconectados en las escuelas porteñas como respuesta a Soledad Acuña

I

Es miércoles. Es junio de 2020. Son las 10 de la mañana. Me visto con jean, buzo, campera y, antes de salir para la escuela, me pongo el barbijo. Ya le confirmé al rector que yo me encargaba de repartir las viandas ese día. Voy en moto. Casco y debajo el barbijo. Al llegar a la escuela ya hay gente esperando en la vereda. Me recibe Norma. Abre una sola hoja de la enorme y antigua puerta del centenario colegio de Palermo. Hace frío. Mucho frío. Pongo una mesa cruzada detrás de la puerta cancel. Allí voy a recibir a las familias que necesitan dos leches, un par de galletitas y deben exponerse al virus porque la pandemia que vienen atravesando hace varios años, los dejó en la lona.

Abro la computadora con el listado, sí, «el Excel» donde están «los beneficiarios» de la bolsita que pagamos todos con los impuestos, pero solo la reciben quienes se anotaron en marzo. Son las doce clavadas, los hacemos pasar de a unx.

—¿Alumnx? —pregunto.

Y entonces, responden.

Busco en la compu, marco con color (no sea cosa que repita y me falten viandas). Norma me alcanza la bolsita, entrego la bolsa a la mamá y pido que se cuide.

—Nos vemos en quince días —le digo y hago pasar al siguiente.

Repito esto 200 veces.

 

 

II

A 20 metros está el gimnasio del colegio. Antes de todo esto, otrxs profesorxs armaron una red solidaria. La idea surgió a raíz del incendio de la casa de un alumno y motivó la movilización de la comunidad educativa. Se juntó ropa, unos muebles y, finalmente, algunos aportaron su oficio para reparar el inmueble. Así nació la Red, cuando todavía estábamos en la presencialidad. Pero ese día de junio, la Red se reconfigura juntando ropa, alcohol en gel, lavandina y más comida para «sumar» a la bolsita amarreta que manda el gobierno de la Ciudad. En el gimnasio ya no hay Excel, no hace falta anotarse. Allí van quienes necesitaban algo. Entonces las familias retiran la vianda de la escuela y pasan por el gimnasio para repasar los percheros y llevarse algo de ropa. Luego llenan la botella con lavandina y antes de despedirse pasan por la última «posta»: una mesita con los “tp”: la mesita de los trabajos prácticos es una madera con caballetes donde tres profes preguntan a las familias si el/la alumnx hace los trabajos que mandan.

 

 

III

El ciclo lectivo 2020 empezó de forma normal. A los 15 días llegó la noticia que tendríamos que dar clases virtuales. Eso generó múltiples problemáticas y desafíos que ya hemos comentado una y otra vez. Toda la actividad pasó a ser virtual. Pdf, drive, Meet y una larga lista de nuevos y monopólicos recursos tecnológicos. El relevamiento del colegio público de Palermo arrojó que más de la mitad de lxs alumnxs carecía de computadora o, lo que se empezó a llamar, “conectividad». Por eso, lxs profesorxs también nos reconfiguramos. Hubo reuniones virtuales, nos organizamos para intentar resolver el problema de la «continuidad pedagógica» y la desconexión tecnológica y humana. Surgieron varias ideas. Hablamos con nuestros alumnxs y no pusimos en marcha. Llamamos a la cooperadora. Daniel se sumó al proyecto. Nos dio la información de cómo venían los aportes de las familias, los ingresos del Ministerio y el saldo de caja. No era muy alentador. No importa, dijimos, lo importante es el proyecto. Pondremos un poco nosotrxs, como hacemos para cada clase presencial.

 

 

IV

La rutina es la misma cada miércoles: retirar la vianda de la puerta cancel, pasar por el percherito y llenar la botella de lavandina y/o alcohol. Antes de despedirse, hay que retirar los Trabajos Prácticos impresos para que lxs alumnxs los hagan durante los siguientes catorce días y vuelvan a entregarlos. Así, lxs profes hacemos las clases sincrónicas para quienes podían (no sin contradicciones de carácter ideológico) y mandamos al drive del colegio los TPs para imprimir. La cooperadora imprime. Las profes reparten en la última mesita del gimnasio. Luego, una foto de WhatsApp y lo mandan al profe correspondiente.

(Repita esto decenas de veces.)

 

 

V

Matías y Valeria no tenían conectividad. No tenían teléfono. No tenían nada más que cuatro paredes de ladrillo hueco a la vista y un techo de chapa con dudosa impermeabilidad. La mamá estaba en el Excel. Venía pocos miércoles, por lo que la conectividad humana también era escasa.

 

 

VI

Son las 16. Cuento los casilleros pintados. Paso un informe al rector con la cantidad de viandas que entregué y la que sobraron. Paso otro informe a las vicerrectoras con las familias que no vinieron. De ese informe se desprende un dato: «Lxs alumnxs desconectados» completamente. Los que la estadística menciona como «deserción escolar». Aquellos a los que la ministra Soledad Acuña da por finalizada la escolaridad. Sin embargo, pasa algo porque donde ella finaliza su tarea, nosotrxs redoblamos la voluntad, humana, educadora y creadora. Eso entendemos como escuela pública.

 

 

VII

Es jueves. Es julio de 2020. Son las 10 de la mañana. Me visto con jean, buzo, campera y, antes de salir, me pongo el barbijo. Ya le confirmé al rector que yo me encargaba de repartir los trabajos prácticos ese día. Agarro el listado que hice con lápiz y papel. Tengo una columna de alumnxs, otra de los cursos y la tercera con la dirección exacta. “Exacta” significa, muchas veces, una intersección de dos esquinas. Tomo por avenida Córdoba. Hay muy pocos autos. Algunos colectivos. Llego a Federico Lacroze y doblo a la izquierda. Veo poca gente por calles donde hace cuatro meses no se podía transitar. Freno en algún semáforo y nadie cruza. Sigo hasta avenida Forest, llego a Fraga y estaciono en la plazoleta, y entonces me saco el casco. Llamo por teléfono y diez minutos después aparecen Matías y Valeria. Saludo con el codo y entrego las fotocopias de los TPs. Explico de qué materia es cada una y les digo que paso a retirar todo en quince días. Antes de irme nos sacamos una selfie con mi teléfono para dejar registro histórico ¿y laboral? del acontecimiento. Mientras me pongo el casco los veo cruzar la calle desierta y perderse por el pasillo del Playón de Fraga.

 

 

Epílogo

Hoy Matías pasó a cuarto año y Valeria a tercero. Matías es muy bueno en matemáticas. A Valeria le gusta la historia. Nos saludamos cómplices en los recreos detrás de nuestros barbijos. Siguen en la escuela pública, aunque la ministra Soledad Acuña haya tirado la toalla.

 

 

 

(*) Luis Klejzer es profesor.

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