Las violencias antes de la violencia

La costumbre de esconder los problemas debajo de una sentencia

 

La violencia interpersonal es una violencia plural que recorre gran parte del universo social. Una violencia, entonces, transversal, puesto que involucra a protagonistas de distintas capas sociales, una violencia que será practicada con distintas aspiraciones. No todos viven la violencia de la misma manera. Hay un plus de violencia que ya no puede cargarse a la cuenta de la razón instrumental. La violencia dejó de ser un medio para alcanzar un fin o se agota en un fin en sí mismo. Las dimensiones expresiva y emotiva constituyen ese excedente de violencia que suele despistarnos y llevarnos a concluir que el hombre se ha transformado en el lobo del hombre. Ese lado B de la violencia suele ser un agujero negro.

Hablamos de violencias que encontramos en los boliches o a la salida de los boliches, pero también en la cancha, la escuela, los pasillos de la universidad, en la calle. La usan a veces los alumnos para agarrarse a trompadas a la salida o en el patio de la escuela; militantes de agrupaciones estudiantiles para dirimir las querellas que se producen durante las elecciones, cuando uno de ellos le saca o rompe un cartel a otra agrupación; las hinchadas de futbol adentro de la cancha para quedarse con un pedazo de tribuna o afuera para conservar la venta exclusiva del estacionamiento; los automovilistas después de que uno de los conductores hizo una mala maniobra y se acordó de toda la familia del otro; los vecinos para resolver las diferencias que no saben hablar porque se desconocieron hace rato; la usan trabajadores contra otros trabajadores para conservar el sindicato; o grupos de jóvenes para encarar sus picas o broncas en el barrio y de paso ganar prestigio o reputación. Es decir, la violencia la usan los jóvenes, pero también los adultos; los varones, pero también algunas mujeres; los pobres, pero también las clases medias y las elites. Algunos la practican por mano propia y otros se valen de los servicios de terceros, sean sicarios, patovicas, agentes de seguridad privada o policías. Quiero decir, la agresión física no es patrimonio de los jóvenes blancos que juegan al rugby. Basta apelar a la memoria de cada uno para recordar escenas semejantes, o volver sobre las imágenes que recogen programas que viven de la desgracia ajena, como Cámara de seguridad o Policías en acción.

La violencia interpersonal es la expresión de muchas cosas que hay que aprender a escuchar y desentrañar volviendo sobre el punto de vista de las personas involucradas, pero cambiando también las preguntas que se formulan. No es lo mismo preguntarse por qué hicieron lo que hicieron sino cómo lo hicieron, qué sintieron. Es probable que podamos captar mejor las vivencias de los actores y de esa manera estar más cerca de entender las violencias puestas en juego y sus destinatarios indirectos, aquellos que no suelen estar presentes en la escena, pero constituyen sus destinatarios últimos.

Hablamos de una violencia que mucha gente prefiere esconder debajo de la alfombra, por eso elige las preguntas equivocadas y opta por la indignación. Si a eso le sumamos que el arrebato nos llega vía televisión, un dispositivo adulto-céntrico, que se encarga de silenciar o desautorizar la perspectiva de los más jóvenes, entonces la desviación está asegurada, nadie de esa gente se sentirá aludida.

Por eso pensamos que la violencia y su encapsulamiento o compartimentación forman parte del mismo problema. Hablamos de compartimentación para señalar su recorte y desacople del resto de la sociedad, como si la violencia que protagonizaron, en este caso, estos jóvenes que jugaban al rugby, fuera un problema de “sacaditos”, “gente violenta”, “pequeños mussolinis” o “monstruos sociales”.

Detrás de un crimen semejante hay mucha gente inocente que ahora se esconde detrás de los memes y comentarios llenos de exabruptos que propalan por las redes sociales a través de los cuales se ejercía una presión sobre la verdad en disputa. Una inocencia maldita o viciada de antemano. De hecho, en la impostura afectada está en juego su propia inocencia.

Hablo de la gente que no solo tiene dificultades para ponerse en el lugar de los otros y pensar de manera ampliada, sino que tampoco puede reconocer las continuidades que existen entre aquellas acciones criminales con las propias opiniones y sentimientos que le precedieron, le cuesta reconocer cuánto de las conductas ajenas son un efecto de las propias maneras de despotricar, de su propio resentimiento y el odio que fueron acumulando.

Quiero decir, hay una violencia antes de la violencia, y esa violencia anterior muchas veces es una violencia imperceptible, que buscamos esconder porque íntimamente sospechamos que nuestros comentarios y sentimientos fueron incubando y programando a las nuevas generaciones, cargándoles de mandatos de clase, raza o masculinidad. Violencias simbólicas con la capacidad de hacer daño, de dejar una huella de larga duración en el prójimo, de transformarse en modos de obrar, hablar y sentir.

Por eso me atrevería a decir que gran parte de la gente que se agarró la cabeza por la golpiza que le propinaron a Fernando Báez Sosa es la misma gente que hasta ayer, cuando se topaba con Fernando en la calle, o alguien parecido a él (un joven varón, morocho, que usaba ropa deportiva) no dudaba en cruzar de vereda, acelerar el tranco, o agarrar la mochila o la cartera contra el pecho. Me pregunto entonces: ¿no existe una relación entre la golpiza de estos jóvenes y los estigmas que construimos y endosamos sobre aquellos otros jóvenes?

Se entiende entonces que la gente violenta, quiero decir, llena de odio, asco, resentimiento, envidia, ira, esconda sus pequeñas pero regulares violencias cotidianas debajo de una sentencia que imaginan severa y ejemplar. Es una manera de lavarse las manos, de seguir diciendo “yo no fui”, “mi hijo nunca”, “yo, argentino”. Gente que no puede reconocer en la violencia física del otro, la propia violencia moral que ejerce todos los días de manera anónima y sistemática, una violencia miserable que va creando condiciones para que esas violencias físicas alguna vez irrumpan y se ensañen con otras personas. Una violencia que, como todos sabemos, es una ruleta rusa, porque una patada en la cabeza o el golpe de la nuca contra el asfalto puede ser una manera de transformar una pelea o golpiza en otra cosa que no estaba en los planes de nadie. No obstante, hablamos de violencias que, cuando están organizadas con los criterios de clase, raza o género aprendidos, sus protagonistas nunca se equivocan, siempre tienden a golpear o linchar a las mismas personas: las y los jóvenes morochos.

No importa que los principios que organizan la vida cotidiana hayan cambiado, no importa que la Gente Como Uno haya sido tomada por la compasión y distintas formas de correccionismo político o moral. Una sentencia ejemplar es la mejor forma de dejar las cosas como estaban. Como dijo Jean-Paul Sartre: “Los principios pasan, pero los hábitos permanecen”.

 

 

 

 

* El autor es docente e investigador de la UNQ y la UNLP. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor entre otros libros de Temor y control, La máquina de la inseguridad, Vecinocracia: olfato social y linchamientos, Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil y Prudencialismo: el gobierno de la prevención.

 

 

 

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