Las yeguas del apocalipsis

La vigencia del dúo chileno hoy

 

No necesito disfraz
Aquí está mi cara
Hablo por mi diferencia
Defiendo lo que soy
Y no soy tan raro
Me apesta la injusticia
Y sospecho de esta cueca democrática
Pero no me hable del proletariado
Porque ser pobre y maricón es peor

Manifiesto, Pedro Lemebel, 1986

 

El 20 de enero de 2026 el Museo de Bellas Artes de Santiago de Chile presentó Desbocadas. Yeguas del apocalipsis. Retrospectiva. Se trata de una muestra que fue prohibida en la dictadura chilena y también en democracia. Su presentación actual marca un acontecimiento que da lugar a una obra punzante y necesaria para los tiempos de gobiernos de ultraderecha que vivimos en Latinoamérica y el mundo.

Frente a un clima de época hostil, la muestra de Las Yeguas nos recuerda que la intervención desde el cuerpo es un instrumento de fuerza colectiva, de resistencia y creación. Volver a mirarnos en el otro, a desalinear las formas desde el sentir y desde el sentido político de un mundo más justo, menos encorsetado y clasificatorio.

La retrospectiva reúne por primera vez el archivo de la obra y la documentación de acciones de Las Yeguas del Apocalipsis, dúo integrado por Francisco Casas (1959) y Pedro Lemebel (1952–2015). Está basada en un registro de las intervenciones que realizaron entre los años 1987 y 1993.

El dúo logró, desde la escritura y la performance, cuestionar los contextos políticos y sociales de la dictadura y la transición democrática. “Sus intervenciones —muchas de ellas realizadas en espacios públicos, travestidos o desnudos— fueron contraculturales, espontáneas y poco documentadas, tanto por su rechazo al registro como por el desinterés institucional. La exposición recupera algunas de estas acciones a partir de memorias”, explica Gerardo Mosquera, el curador de la muestra.

El 16 de enero, en el mismo Museo de Bellas Artes de Santiago, se realizó un intercambio entre Mosquera, la escritora chilena Diamela Eltit y Francisco Casas, protagonista junto a Pedro Lemebel de Las Yeguas. 

Cuando supe de la actividad por medio de Sole Nivoli, enseguida me entusiasmé para ir, pero los lugares para participar se habían agotado. Aun así, fui, y la escucha de aquel acontecimiento fue posible desde el hall del museo. Algunos fragmentos eran más nítidos y otros se perdían por el sonido de la transmisión en ese gran salón. La atmósfera era cautivadora y la atención fue plena entre quienes estábamos afuera de la sala. 

Diamela Eltit, que fue amiga y partícipe directa de la vida de Las Yeguas, recordó que las intervenciones que hacían eran escenas que interrumpían modos establecidos de la cultura chilena. 

La novela de Diamela Eltit, Los vigilantes, tenía una resonancia especial para mí; la habíamos leído de modo colectivo con un grupo de escritores en una cárcel de la ciudad de Rosario. Se vinculaba con una decisión de estar compartiendo literatura con los grupos marginados, expulsados, a los que Lemebel había dedicado su obra como artista visual y escritor.

 

Marcas de Lemebel, “la escritura marginal”

La escritura lemebeliana es profunda, subversiva y provocadora. Algunas de sus obras son la novela Tengo Miedo Torero (2001); los libros de crónicas La esquina es mi corazón (1995), Loco afán: crónicas de un sidario (1996), De perlas y cicatrices (2018), Zanjón de la Aguada (2003), y el de extractos de sus entrevistas No tengo amigos, tengo amores (2018).

Son textos que me marcaron como actos de amor filosos y efectos de sublevación. Narrativas que profundizan el género de la crónica desde el arte de navegar en las fronteras sexuales y literarias. Pedro, en su escritura, habla de su vida como niño en la pobreza del barrio El Zanjón de la Aguada en San Miguel, Santiago. Relata las aventuras de un marica que trascendió y sobrevivió en un país de machos. También menciona que el partido comunista no supo alojarlo. 

Dice Lemebel: “Tengo siempre un enamoramiento literario con los temas minoritarios, llámense mujeres, etnias, jóvenes o desechos sociales arrastrados por el neoliberalismo”. Sigue diciendo en su libro de entrevistas que no habla por las minorías, sino que ejecuta en la escritura una suerte de “ventriloquía amorosa que niega el yo, produciendo un vacío deslenguado de mil hablas”. De su narrativa nos cuenta: “Tomo prestada una voz, pero también soy yo: soy pobre, homosexual, tengo un devenir mujer y lo dejo transitar en mi escritura”. Este gesto deleuziano provoca un profundo amor por su obra y el sentido político de hacer de la escritura un lugar más humano. Rompe con la idea de escritor que “fuma pipa y usa trajes de lino y escribe frente al mar". De eso dice: "A mí el horizonte me da sueño. Yo necesito el ruido de la ciudad para escribir” (Lemebel, 2018).

Tuvo estrategias para no caer en lugares consagrados, momificantes, de la literatura y la academia. Ha intentado zigzaguear un perfil sin que se sepa cómo entra y sale de él, y así construyó una “escritura marginal” sin ser absorbida y consumida de manera convencional.

La letra viva de Pedro reivindica amores disidentes, personajes emblemáticos de la música y la cultura, como una crónica dedicada al encuentro con Mercedes Sosa.

La escritura de Pedro es el es una escritura crítica a las formas aristocráticas, burguesas, oligárquicas. En una crónica dice de Nueva York: “En el bar Stonewall, abunda esa potencia masculina que da pánico, que te empequeñece como una mosquita latina parada en este barrio del sexo rubio. (...) Por eso no me quedé mucho rato en el histórico barcito, una rápida ojeada y uno se da cuenta que no tiene nada que hacer allí que no pertenece al oro postal de la clásica estética musculada, que la ciudad de Nueva York tiene otros recovecos donde no sentirse tan extraño, otros bares más contaminados donde el alma latina salsea su canción territorial” (Lemebel, 1996).

 

 

Las acciones políticas de Las Yeguas

“Las Yeguas fueron un imaginario libertino y pagano que transitó en el paisaje alambrado de los '80”, dice Lemebel. La palabra “yegua" hacía referencia a la mujer libertina, perra, y el “apocalipsis" era metáfora de una realidad sobre el sida.

En la muestra se puede palpitar la valentía de las diferentes escenas y acciones que protagonizó el dúo. Son formas de irrumpir, como señaló Diamela Eltit, y de colmar de sensibilidad la zona por la que transitaron.

Para Lemebel el trabajo de las Yeguas tiene que ver con la escritura; tenían una relación fuerte y cercana con Carmen Berenguer y, como mencioné antes, con Diamela Eltit. “Las Yeguas fueron en cierta forma un ejercicio para llegar a la escritura, para hacer de esa exposición corporal un registro que estuviera abierto a lo escritural”, explica Pedro.

Desde esta ilación de sentido, este texto fue causado por un pulso hacia la escritura de lo vivido, por el cuerpo y la letra afectada. Desde ahí comparto los registros de algunas intervenciones luego de haber habitado el museo con la presencia viva de Las Yeguas como forma de “multiplicar afectos”.

 

Si imaginamos que caminamos por el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile, en la galería que alberga la muestra Desbocadas. Yeguas del Apocalipsis. Retrospectiva, nos encontramos con distintas imágenes, fechas y textos que remiten a las acciones realizadas.

  • Lavado de pies a personas con sida: en el año 1999, en el establecimiento médico de Concepción, a través del Centro de Educación y Prevención en Salud Social y Sida, llevaron a cabo esta acción comprometida y controversial de lavar los pies a personas con HIV.
  • A medias astas: en 1988 en la Feria del Libro, al finalizar la presentación del poemario A medias astas, de Carmen Berenguer, caminaron arrastrando un velo negro en señal de luto nacional por la dictadura.
  • En 1990 en el Centro de Estudios Sociales irrumpieron en la inauguración de la muestra Cuerpos contingentes, donde entraron desnudas en silla de ruedas, maquilladas como enfermeras, cubiertas de plásticos atados con alambres de púas y se insertaron figuras de pájaros. La imagen aludía a los cuerpos con VIH y a la pintora Frida Kahlo.


 

  • En agosto de 1989 irrumpieron en el Teatro Carriola frente al candidato a presidente Aylwin, electo ese año por la Concertación de Partidos por la Democracia, ante referentes culturales que habían sido invitados. Las Yeguas lograron ingresar sin estar convocadas. Se sacaron los abrigos y se quedaron en mallas y tacos. Desplegaron una bandera que decía “Homosexuales por el cambio”.

 

 

  • “Mi memoria dice Minada”: Las Yeguas recitaron “Tu dolor dice minado”, que Carmen Berenguer escribió en 1993, y en su intervención leyeron los nombres de las personas desaparecidas en la dictadura chilena. Las caras de Las Yeguas fueron televisadas con sus cuerpos de espaldas. El poema tiene dos versos que comparto por su potencia: "Así, esta pasión de encontrarte haría pública la ausencia/Así esta pasión haría pública la inhibición de haberte perdido irremediablemente.

 

 

  • Una de las intervenciones más reconocidas y arriesgadas fue en 1987. Transcurrió en la calle Las Encinas, en el marco de un clima universitario con custodia policial. Las yeguas iban desnudas sobre una yegua alquilada, resignificando la afirmación homosexual en la universidad.

 

 

  • En otra intervención, dibujaron con sus cuerpos la silueta de Chile entre un fuego que los rodeaba. Delimitaban la letra N, al norte, marcada con dólares, y la S del sur, al final de los pies de Casas, formando una larga figura con sus dos cuerpos.
  • En la Comisión de Derechos Humanos bailaron “la cueca sola”, como la que bailaron las mujeres solas, cuyas parejas habían desaparecido. Hicieron bailes descalzos sobre un mapa de América Latina lleno de vidrios. Se pegaron un micrófono en el pecho que hacía que ellos mismos escucharan el latir del corazón que les marcaba el ritmo, pero el público solo escuchaba la quebradura de vidrios. De esta intervención, dijo Lemebel: "Ese trabajo sí me gustó, porque fue tenso. Zapateábamos con fuerza y no nos cortábamos. Nos criticaron porque supuestamente teníamos que reivindicar la homosexualidad y los desaparecidos no tenían nada que ver con nosotros. Pero pensábamos que la condición homosexual se reivindicaría en algún momento, mientras que entonces lo más importante y doloroso eran las víctimas de las violaciones a los derechos humanos".

 

De esta muestra nos queda la sensibilidad, la lengua látigo, la palabra afilada, el cuerpo performático del devenir mujer y en múltiples acciones sociales, intervenciones políticas que incluyen la otredad. Formas de habitar cuerpos y personajes encarnados en expresiones de ternura rebelde y severidad ante lo indigno. Sobre todo, frente a las personas desaparecidas en la dictadura chilena, que duró unos largos 17 años. En este sentido, el dolor importó, trascendió la lucha disidente, fue prioritaria la causa de las personas desaparecidas y las familias víctimas. 

Las yeguas irrumpieron en el espacio público desde el latir por la humanidad, por reconocer lo injusto del mundo capitalista dictador que vivieron, un mundo que no ha muerto. Pedro y Francisco fueron estrellas en las calles, fuego, manzana, pájaros, tacos, Fridas, vidrios, cuerpos flacos anticuados y posmodernos; cuerpos en blanco y negro y en color, cuerpos en imagen detenida y en televisión, yeguas con la fuerza y el movimiento, que hacen manada y pretenden avanzar hacia una humanidad más libre.

Mosquera expone: “A través del uso disruptivo de cuerpos no normativos, sus acciones invirtieron los órdenes establecidos, otorgando a lo cuir un poder crítico desestabilizador. Denunciaron la dictadura, la homofobia y diversas violencias, y apoyaron luchas como la de los familiares de detenidos desaparecidos, las personas con VIH-sida y el feminismo. Su trabajo contribuyó al avance de las políticas sociales, culturales y de género, proponiendo una praxis artística libertaria, interseccional y radical”.

Celebro que el Museo de Bellas Artes de Santiago les haya abierto las puertas y les haga lugar a Las Yeguas del Apocalipsis para que se multipliquen sus acciones, para que se despierten muchos cuerpos adormecidos ante un mundo tecnologizado; que nos una la cercanía a quienes sufren y denunciemos de formas inventivas las violencias y ejercicios de poder concentrados en manos de grandes y pocos poderosos.

Lemebel supo vivir y escribir con rigor; el 23 de enero se cumplieron 11 años de su muerte. Juan Pablo Sutherland, en el libro Lemebel sin Lemebel. Postales amorosas de una ciudad sin ti (2024), recorre pasajes de Pedro después del 2015. El autor fue amigo de Lemebel, testigo y parte, desde la pertenencia a la cultura popular, la vida en comunidad y el derecho a la palabra. Dice de Lemebel que ha cartografiado el deseo desde el sur, ha provocado y movilizado con el arte y la transformación desde formas neobarrocas.

Desde nuestros lugares, en el país vecino, sabemos que el neoliberalismo ha profundizado el patriarcado, la pobreza, la violencia y la homofobia. Sin embargo, volver al trote de Las Yeguas, volver a la letra de Pedro Lemebel, es vital para nuestro tiempo; el dúo nos invita a convocar pensamientos y acciones situadas y decoloniales, a seguir inventando actos de emancipación que transformen el mundo desde abajo.

 

 

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí