Lean a Mandrini

Despedida al misterioso poeta que admiraba a los pájaros

 

El martes 30 de noviembre Eugenio Mandrini saltó al otro reino. ¿Habrá sido su famoso salto de canguro celeste? Decir que este hombre hermoso –uno de los poetas y microficcionistas argentinos más deslumbrantes del siglo XXI– fue uno de mis tres padres, es una pedantería horrorosa, pero qué sé yo… mi corazón (y el suyo) lo sintieron así.

Lo cierto es que la sin rostro andaba empecinada en tarasconearlo; él lo sabía, todo su cuerpo lo sabía y, sin embargo, entre gasas de hospitales y tristezas de geriátrico, la palabra luminosa: “Estoy asombrado de este poema que escribí, Matías” –decía. “¿Oíste cómo corre por el pasillo de la poesía?”; trascartón: “Tomá, guardalo”.

Hoy, más que nunca, siento oportuno compartir algo de esos papeles inéditos que me fue dejando, esos secretos suyos que depositan en mí una responsabilidad que lleva el espesor de un elefante. ¿Sos vos, Eugenio, el que me empuja a decir: hacelo? Sí. Sos vos.

 

 

Este que soy

Nací. / Amé sin ahogar el grito. / Aprendí, como dijera Laurence Durrell, que “el escritor es el más solitario de los animales”. / Tengo un hijo, amigos, deseos, algún sueño todavía entero y bien activada la glándula de la imaginación. / Admiro a todos los pájaros, incluido al cuervo que tiene su vuelo. / Cedo al embriago verde de los árboles y me dejo llevar por el hechizo de la lluvia. / Conocí del esplendor y de la oscuridad, del paraíso y de los infiernos, andando entre la gente. / Puse la pasión en cartas de amor que enardecieron, y en las paredes la palabra Libertad. / Escribí libros, viajé al cosmos desde una ventana, me arrodillé a besar la tierra, y supe burlarme de la muerte, del invierno y del ardor de la lágrima. / Imaginé hablar con Platón, con Shakespeare, con Rembrandt, con María Callas y con Chuang-Tzú mientras la mariposa le comía el alma. / Me hipnotiza la voluntad de las hormigas en recolectar frutos para la tribu. / Descubrí que el astro que mejor calienta la tierra es el amante, y que morir puede ser bienvenido, y que el espejo sabe de mí más que mi madre. / Pero hoy, alguien me preguntó si fui feliz, y no supe qué contestar. Creo, incluso, que bajé los ojos.

 

 

Su oratoria

Encontrarse con Eugenio era una fiesta. ¡Ay, su oratoria! Nunca más voy a sentir algo igual. (Perdonen la tristeza.) Y es que, en Eugenio, la pregunta –cualquier pregunta– era una excusa para pasearme por los clásicos, la política, la ópera, la pintura, hacerte parte de un silencio místico o analizar las costuras de una letra de tango. Para hacer piel esto que te cuento, para sentir el magnetismo de su aguijonazo, va este video que grabamos en casa, bajo la lente de Elsa Broclawski. Su poema “La almohada” del libro Conejos en la nieve que le diera el Primer Premio de Poesía Olga Orozco (2008). El jurado: los argentinos Jorge Boccanera y Juan Gelman, el español Francisco Gamoneda, el chileno Gonzalo Rojas. Los tres últimos, Premio Cervantes. Conejos… fue también el espaldarazo para alcanzar el Primer Premio Municipal de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires (Bienio 2008/2009).

 

 

 

 

 

 

 

Conocer a Mandrini

Todo lo soñó, todo lo escribió acechando al “animal estruendoso pero lleno de bondad de la Remington”, por eso duele hasta las últimas lágrimas aquel pedido urgente: “Matías, quiero morirme en mi casa. Quiero echarle un último vistazo a la máquina de escribir”. No puedo ser.

De ese pianito de escribir salieron los primeros guiones de historieta, oficio que abandonó tempranamente (entre los especialistas, es considerado uno de los más exquisitos del género). Eugenio era distinto, por eso fue elegido e ilustrado por los Breccia, Mandrafina, Trigo, Altuna, Solano López, entre otros.

 

Mandrini historietista. Archivo Luis Alberto 941. No, no abras nunca esa puerta en Skorpio Plus y Rosendo Pampa en El Tony.

 

 

Sigo. Sus libros de microficción: Criaturas en los bosques de papel (Ediciones Culturales Argentinas, 1987), Las otras criaturas (Menos cuarto, 2013). El de poemas: Conejos en la nieve (Colihue, 2009). Sus ensayos: Discépolo, la Desesperación y Dios (Corregidor, 1998), Los poetas del tango (Colihue, 2000). En su libro Con voz de perro lunar (Milena Caserola, 2014) donde se agrupan sus poemas y relatos aparecidos en la revista Buenos Aires Tango y lo demás se disfruta el Mandrini tocado por la ciudad del 2×4 (Eugenio fue miembro de la Academia Nacional del Tango).

Así su irradiación, la luminaria de su poética (que brilla como otro sol) y seguirá naciendo en antologías y selecciones: Antes que el viento se apague (Gente de la fogata, 1989), Campo de apariciones (1993), Testigo de tormenta (Ed. La sociedad de los poetas vivos, 1995), Párpados para el ojo que sale de mí (1999), Velas al viento (F. Valls ed., 2010), el tomo I de Poesía Argentina Contemporánea (Vinciguerra – Fundación argentina para la Poesía, 2013), La vida repentina (Macedonia, 2014), Los breves mundos (Desde la Gente, 2018), entre otras ediciones.

 

 

Cuatro de sus libros.

 

 

 

Aquello

Estoy entre los que buscamos Aquello.

No somos muchos. Apenas unas almas ávidas

andando por los infiernos de esta tierra

que sin embargo va perdiendo la luz.

 

Estoy entre los que buscamos Aquello

que suele aparecer tras el torbellino de las visiones

o en los destellos de ciertos libros

de cólera y espuma: un lugar secreto imaginado

donde el tiempo aún no gastó sus primeros días.

 

Estoy entre los que buscamos Aquello.

No somos muchos y estamos locos (dicen)

porque solo a los muertos les está dado entrar

a la dimensión de los grandes sueños,

tercamente locos (dicen) por querer saciar la sed

en la lengua de la verdad dado que ella es piedra muda.

 

Estoy entre los que buscamos Aquello.

A veces alguno lo augura y canta,

canta un himno todavía no escrito que habla

de hacer azul la sombra, olvido el llanto, sin trémolo

la jaula, inaudible la palabra vana,

hasta que una gota de penumbra apaga

el júbilo y los ojos.

 

Estoy entre los que buscamos Aquello,

que para algunos es la atracción del abismo,

para otros el único lugar bajo el sol

que ya no arde como entonces, y

para los que miran con un ojo ciego

y el otro desmesurado, la belleza que huye

y que no tiene fin.

 

Estoy entre los que buscamos Aquello.

 

Mandrini y Selles. Los padres de uno.

 

 

 

 

Otra forma de conocer a Mandrini

Eugenio siempre fue reticente a las entrevistas. Preparando Los breves mundo le dije: a este libro lo vamos a acompañar con una entrevista. Aceptó. Al instante reculó, dudó, desistió, pero le hice saber que la Amistad es un rey nunca destronado, y entonces se dejó llevar. La intención era echar luz en esa “otra forma de conocer a Mandrini”; entendiendo que en sus reflexiones hay tanto por escarbar como en la totalidad de su obra. De aquella larga entrevista, unos pasajes.

–Se dijo que la infancia es la única patria del hombre. ¿Está allí el centro, la clave de tu identidad?

–Mi infancia es la literatura. Fue mi padre, que era un infatigable lector, quien me hizo bañar día tras día en la fuente de los clásicos, desde los épicos y los trágicos griegos hasta las grandes literaturas rusa y francesa, sin dejar de volver siempre al lirismo del siglo de oro español. Tal peregrinaje duró hasta la adolescencia, desde donde pasé a ser yo mi propio mentor, bañándome en la fuente de los contemporáneos. Esa fue mi infancia, gobernada por el hechicero de mi padre. Al respecto debo confesar que el próximo diciembre de este 2018 cumpliré 144 años, cifra esta reveladora de por qué él va conmigo y por qué yo soy mi padre.

 –Los topos, los ciegos, los eclipses y las hormigas, son obsesiones recurrentes en tus textos, ¿qué esconde todo eso?

–Son solo sinónimos de la sombra. ¿Acaso el intento de escribir es otra cosa que penetrar la oscuridad plena? Hasta que, de pronto, entre ardorosas palpaciones de ciego, damos con alguna penumbra (toda penumbra es una sombra debilitada) y ella nos lleva a la luz de donde surgirá, no siempre, el texto deseado.

–Otra vez vuelvo a tus obsesiones, quizá la más constante: Dios. ¿Cómo te llevás con él?

–Soy un ateo melancólico. En rachas de soledad profunda, suelo acudir a él para que me sirva de interlocutor. Pero no es el único: también están los espejos, esos yacimientos del monólogo. La luna, el whisky, la ternura o la brusquedad del sexo, suelen ser también interlocutores interesantes.

–¿Y los fantasmas?

–Son apariciones de mi predilección, como lo es todo lo ilusorio que se instala en la memoria colectiva como mito o creencia y se torna trascendente. Pero yo los tomo como personificaciones. En especial mis propios fantasmas, que no han de ser muy diferentes de los tuyos. Además, cabe recordar que el arte y la literatura son los más activos propagadores de fantasmas y también de ángeles, los que quizá sean la misma cosa.

 –Otra singularidad tuya se da en la muy particular elección de los títulos, que en ciertos momentos dan pista, en otros sentencian y en algunos se entroncan con el cuerpo del texto. Hablame del arte del título.

–Bien dicho: el arte del título. Y no sólo por tratarse de la cabeza de la criatura, sino por ser lo más contiguo al gran telón de los teatros de Ópera, que cuando de pronto comienza a abrirse con lentitud exasperante, es porque algo extraordinario está por suceder. La atracción de lo desconocido. De aquello que vendrá. Una visión que promete borrar la vulgaridad de lo cotidiano.

 –Nombrame a tres de tus grandes amores.

–Me sucede el amor cuando recuerdo que para Shakespeare el sol es una lámpara errante; o cuando escucho La mamma morta interpretada por Callas y suenan todas las campanas; o cuando me mira Rembrandt con sus ojos de elefante desde cualquiera de sus enternecidos autorretratos. Ahí entonces siento como si me expandiera y que aires de nuevos mundos vienen a mí. Aunque no son solo ellos sino otros muchos los que continúan alimentando mis amores derivados del eclecticismo. Y en cuanto a la influencia que me transmiten debo confesar que hoy, debido al tiempo de vida que llevo cumplido, mi mayor influencia soy yo mismo, en esa procura de recrear mi sintaxis a través de nuevos pliegues, ondulaciones y trasluces. Al fin y al cabo, el problema de la literatura es la sintaxis, ¿no?

 –Siempre quise preguntarte esto: luego de haber obtenido el primer premio Olga Orozco con tu libro Conejos en la nieve y después el premio municipal de poesía, ¿no tenés la sensación de que ya no será posible un libro tuyo superior a Conejos…?

–En poesía nada es evidente, salvo la fuerza ciega de la lengua. Además, detenerse porque supuestamente se escribió un libro memorable conduciría al exilio. Mejor dejar que la poesía se siga manifestando con esa gota de vanagloria que hay en todo poeta y que este crea que será él, no el olvido, quién produzca la última metáfora.

 –Permitime una pregunta definitiva. La muerte, que tanto deambula en tus relatos, ¿cuántas máscaras tiene?

–Todas. Tantas como tiene la vida. No hay diferencia. La lucha continúa.

Estés en una estrella, en un cuenco de barro, o donde el viento… ¡Qué los pájaros te abracen! ¡Te amo, Eugenio! Gracias eternas.

 

 

 

 

 

 

 

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