Lecciones del lawfare en Brasil

Entrevista con Emir Sader sobre la experiencia de Lula

 

Emir Sader es uno de los intelectuales contemporáneos más importantes de América Latina. A poco de cumplir 80 años, se autodefine como “parte de una generación privilegiada, no por haber vivido sólo de victorias sino por vivir vuelcos espectaculares en las coyunturas nacionales o regionales, como para enseñarnos que nada está absoluta y definitivamente trazado en la historia”. Es por eso que uno de sus recientes libros se llama, parafraseando a Eduardo Galeano, Las vías abiertas de América Latina.

En la antesala de otro de esos “vuelcos espectaculares” como es el inminente triunfo de Lula en Brasil y con el nuevo mapa político en América Latina, esta “segunda ola” de gobiernos progresistas que tratan de escapar como pueden del lecho de Procusto del neoliberalismo, Sader conversó una hora y media sobre los obstáculos y las perspectivas que tienen estos gobiernos y el proceso de recomposición política de la izquierda de la mano de Lula. Adquiere especial relevancia lo que nos contó de la experiencia del lawfare y el caso del encarcelamiento y proscripción de Lula, justo cuando el pedido de prisión para Cristina Fernández se ha convertido en el centro del huracán político de la Argentina en estos días.

La necesidad de que las fuerzas populares y progresistas tengan respuestas efectivas al lawfare y a las estrategias de “guerra híbrida” nos obliga a prestar atención al caso brasileño porque, como decía Perón, “la experiencia propia siempre es dolorosa, así que la mejor manera de aprender es la experiencia ajena”.

Marcelo Gómez (MG) –Una de las principales estrategias del establishment en América Latina ha sido el lawfare, la feroz persecución jurídica y mediática contra los liderazgos que encarnaron los procesos de transformación en nuestro continente. La experiencia indica que los tres líderes que han sido más perseguidos, que son Lula, Cristina Fernández y Rafael Correa, han adoptado estrategias distintas. Y, por lo menos prima facie, uno podría decir que no les ha ido bien. En el caso de Lula, estuvo en prisión y fue proscripto. En el caso de Cristina Fernández pagó costos de opinión pública muy altos por la persecución judicial, sigue procesada y puede volver a ser proscripta –si consideramos que hubo una especie de “auto proscripción” parcial en 2019 que la llevó a no ser ella misma candidata. Correa tuvo una estrategia un poco extraña, que fue “autoexiliarse” tratando de desinflar el tema, tomando distancia, y tampoco logró escapar al acorralamiento proscriptivo perpetrado por un Poder Judicial que parece fuera de control. En el caso de Brasil, se puede ver que hoy día ha cambiado notablemente la actitud del judiciario respecto a Lula. ¿Qué se puede esperar? ¿Cuál sería una alternativa para enfrentar al lawfare?

–No tenemos una estrategia. Es el nuevo estilo de golpe, eso está claro si cuentas con la combinación del Poder Judicial y los medios para lograr la condena pública, que destroza, que destruye la imagen de un líder popular. Uno ve a Lula ahora, pero hay que pensar cómo se intentó destruir su imagen y sacar una enseñanza de ello. El juez Moro lo condenó a nueve años y medio, porque a Lula le faltan falanges de un dedo que perdió trabajando (hace un gesto mostrando nueve dedos). Entonces, lo que hace esa justicia con un tipo con la trayectoria de Lula significa un embate con la intención de destruirlo también psicológicamente. Nosotros estuvimos en contra de que Lula se entregara cuando salió la orden de detención en 2018. Pero él decía: “Bueno, si no voy a entregarme voy al exilio y entonces se me termina la carrera política. No tenemos alternativa”. Pero el miedo era que no saliera, o que no saliera nunca o que lo mataran de alguna manera. Él dio vuelta todo eso. Ahora, claro, fueron riesgos que él asumió. Soportó 580 días, solo, en su celda, con una seguridad enorme de que era la mejor decisión. Le resultó espectacularmente de alguna manera, ¿no? No solo salió y probó que era inocente, sino que recuperó sus derechos políticos y es favorito para ganar en la próxima elección. Ahora bien, no sé si de ahí se puede sacar una estrategia. Porque en el ínterin te cagaron, ganaron la elección y Bolsonaro le va a dejar a Lula un país hecho un desastre.

En cuanto a Alberto y Cristina, de alguna manera el sistema judicial argentino está peor que el brasileño, porque no reconocen la dimensión política de Cristina. Y eso lo pueden hacer siempre. Si hay condiciones políticas, lo pueden hacer siempre. En el gobierno podemos tener la voluntad. Pero la estrategia debe ser política, además de jurídica. Es un medio institucional que no controlamos, que es el Poder Judicial… absolutamente incontrolable, ¿no? Y son responsables de esta persecución. Lula iba a ser elegido en la elección anterior. Era el favorito para ganar. Lula estaba recorriendo el país en caravanas que paraban en todos los pueblos y se habían convertido en un fenómeno de masas. Entonces estos jueces son responsables por la tragedia humana, económica, social y de la democracia que hoy vive Brasil. Ahora aparentan como si el Poder Judicial estuviera en una postura muy buena, muy democrática, con tal de cercarlo a Bolsonaro, pero sin ninguna autocrítica, sin reconocimiento de nada. Fue un golpe duro, el peor momento de Brasil desde el golpe del año ’64, poner un tipo como Bolsonaro al frente de la República.

¡Claro que el tema es democratizar el Poder Judicial! Pero para llegar a eso hay que modificar una correlación de fuerzas de la que estamos a kilómetros de distancia. En Bolivia llegaron a elegir democráticamente a los miembros del Poder Judicial. Pero incluso en la primera ola la experiencia fue desastrosa, porque la gente no tenía experiencia ni nada. Ahora, yo no sé decir, con todo lo que pasó –estuve con García Linera pero no tocamos ese tema– qué resultó después. Pero en su momento lo lograron, tuvieron la correlación de fuerzas suficiente para ello. Igual el caso de Bolivia es un caso más cercano al brasileño porque fue un golpe directamente y el MAS logró volver con la victoria electoral de una manera abrumadora, lo que tratamos de hacer también en Brasil. Recuperar el gobierno es el primer paso para pensar en reformas al judiciario.

Lo que no puede ser es que una institución de la República no pueda ser controlada en términos democráticos. Acá en la Argentina también los jueces son designados de por vida, ¿no? El mecanismo de selección en Brasil radica en el Senado, en la comisión del Senado. Pero teniendo una mayoría circunstancial le pueden cambiar, como en Estados Unidos, la composición interna del Poder Judicial de por vida. Es un mecanismo que tiene graves consecuencias. Hoy en Brasil el Tribunal Supremo está actuando a favor de la democracia pero nos tenemos que dar cuenta que puede ser lo contrario a través del lawfare, un mecanismo gravísimo de destrucción de la vida democrática. Es un ejemplo claro lo que ocurrió en el proceso de destitución de Dilma: el presidente del Senado, que designó la entonces oposición, es miembro de la Corte Suprema y presidió la sesión del Senado que decretó el impeachment a Dilma. Un impeachment sin ninguna razón, sin ningún argumento. ¡El arreglo de reasignar recursos del presupuesto de un lado a otro no es judiciable! Todo esto habla, en cualquier circunstancia, de que el Poder Judicial se sometió a esa maniobra política que no debió haber permitido bajo ningún punto de vista. Es grave como obstáculo a la democracia el hecho de tener un Poder Judicial no democratizado y no controlable por la sociedad.

No hay duda de que el lawfare se generó como una forma de política para neutralizar a Lula y lo que representa. Pero también son algunas características específicas de Lula las que hicieron posible dar vuelta esa situación y que pueda volver a ser Presidente. No es solo argumento jurídico o político. Es fuerza política y personal propia de él. La sociedad no dio respuesta al lawfare. No es un caso que se repita, es el único. Bueno, de alguna manera también está Evo, que se mantiene con un liderazgo importante. En ese sentido fue fundamental en Bolivia que el MAS ganara en primera vuelta, también para impedir o bloquear aventuras golpistas desde otros poderes que podían especular con deslegitimar al nuevo gobierno.

Pablo Bauman (PB) –¿A qué se refiere con características propias o irrepetibles de Lula?

–Hay gente que decía que no, que Lula era un burócrata, que esto, que aquello… Pero sus raíces en el pueblo brasileño son muy fuertes. Además, para entender a Lula no hay que olvidar su trayectoria personal. Ese tipo era el que comió pan por primera vez a los cinco años. Yo participé de las caravanas con él por todo el país. Él contaba cosas increíbles: de chico le encantaba mascar chicle, ¿no? Pero nunca tenía chicle. Entonces el amigo terminaba de mascar, se lo daba y él lo limpiaba con agua y lo mascaba. Con los ocho hermanos y la madre… él recordaba todas las veces que la habitación de la madre estaba llena de agua por lluvia, o el viaje en un carromato de 13 días a San Pablo. Es de una pobreza extrema. Hay que ver la trayectoria, y todo aquello por lo que pasó Lula y el apellido Da Silva, que no puede ser más común en el interior de Brasil.

La biografía que hizo de él Fernando Morais es muy buena, porque en verdad, así como la biografía de Trotsky es la historia de la Revolución Rusa, no hay ninguna que sea la historia de América Latina. Pero la biografía de Lula es la historia de Brasil, porque era la gran migración de los años ‘50, el auge industrial de Sao Paulo, la migración nordestina. Fueron los que promovieron el desarrollo de Sao Paulo, el “cabeza chata” [1], “el bahiano”… Lula surgió de entre ellos. Fue lustrabotas, hizo de todo para sobrevivir y salió adelante. Se hizo tornero, tuvo su casita, y por si fuera poco se hizo una figura pública como dirigente sindical, luchando contra la dictadura, terminó siendo candidato a Presidente y luego el Presidente que puso a Brasil como un país importante en el mundo y se convirtió en una figura mundialmente prestigiosa. Con lo de la prisión y todo eso también, es como una figura mítica del Brasil profundo, del Brasil sumergido, que se sobrepone a todas las adversidades, que resurge cuando parecía todo perdido, una encarnación viva de la esperanza.

Cuando quise visitarlo en la cárcel de Curitiba había visitas solo los jueves y se permitían sólo dos personas. Entonces me inscribí ¡y mi visita coincidió con la de Duhalde! Tenía una habitación muy sencilla y austera, y con todo lo que había pasado él era muy optimista. Incluso decía que había pasado momentos mucho más duros en su vida. Aseguraba que la cárcel lo hizo mucho más duro, que se sentía fortalecido. Pero uno salía de allá y dejarlo en esas condiciones, en manos de aquellos policías canallas sin saber si iba a poder salir de ahí, daba mucha bronca y mucho temor.

MG –¿Qué puede contarnos del día en que Lula se entregó, que acató la orden de detención? Usted estuvo presente en ese momento.

PB –Fue un momento muy dramático, allá en la sede metalúrgica de Sao Bernardo do Campo. Acá mismo en la Argentina éramos cientos de miles prendidos al televisor.

–Es así. Estábamos en el sindicato, toda la noche del sábado. Él tenía que presentarse, de modo que la policía va a notificarlo, y ahí ya era la imagen de él con dos policías. La primera vez que intentó salir, la gente que atestaba y rodeaba la sede le impidió que saliera. ¿Cómo podían aceptar una cosa así, no? La siguiente vez finalmente se montó un esquema para que pudiera salir por otro lado, sin que los militantes pudieran impedirlo. Salió de ese mismo sindicato donde él comenzó toda su trayectoria. La CUT (Central Única de Trabajadores de Brasil) empezó ahí, y él volvió después de hacer sus cursos de formación de tornero para hacerse sindicalista. Lula tiene una trayectoria increíble.

PB –Y los militantes que estaban en contra del acatamiento al pedido de detención, ¿tenían una idea de qué hacer después? ¿Cómo resistir? ¿O era una cosa más de indignación, de reacción?

–¡Era entregarse… y no saber qué iba a pasar! Además, Lula no consideraba como una opción el exilio, como lo había hecho una generación anterior de militantes. Incluso él decía que no iba a soportar los titulares del O’Globo diciendo “¡Lula huyó!” o “¡Lula tiró el guante!”. Era imposible para él. Y no teníamos alternativas, por eso le ayudamos a salir de San Bernardo de Ocampo a pesar de que la militancia se oponía, porque era su supervivencia política. Él dependía de esos cerdos en ese momento. Su vida estaba en riesgo. Muchas veces me pregunto, ¿por qué no lo han matado a Lula? ¿Por qué no lo han matado a Evo? Yo creo que podrían haberlo hecho, ¿no? En la cárcel no había control, llevaban comida, etcétera. Pero se podía envenenar de alguna manera, ¿no? Claro que una parte de los policías eran simpáticos con Lula. El que más lo atendía, lloró cuando Lula se fue. Para ellos era una cuestión de honor. Los jefes carceleros no, pero los que lo atendían lo trataban bien. De todas formas el riesgo de asesinarlo siempre estaba. Era muy triste y angustiante para todos.

 

 

 

* Pablo Bauman y Marcelo Gómez son docentes e investigadores de la Universidad Nacional de Quilmes.

 

[1] En Brasil llaman despectivamente “cabeza chata” a los habitantes del nordeste, por la deformación del cráneo producto de acarrear, en grandes distancias, recipientes con agua sobre sus cabezas.

 

 

 

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