La admiración del Presidente Javier Milei por la ex Primera Ministra británica Margaret Thatcher, su definición en cuanto a que los kelpers deben decidir acerca de la soberanía de Malvinas, su exhibición con el ex Primer Ministro británico Boris Johnson en el balcón de Perón —provocación de fuerte valor simbólico—, su incondicional sometimiento a Estados Unidos y su adhesión al genocidio colonial en Gaza, lo definen como un colonizado perfecto, de aquellos que lamentan que nuestros antepasados hayan sido colonizados por España y no por Inglaterra; preocupación injustificada en quienes tienen un alto contenido de anglofilia en sangre aunque no lo sepan: los pueblos originarios fueron colonizados por el español pero hace 200 años que la influencia dominante en la vida de los argentinos es la de los imperialismos anglo-norteamericanos; el caso de Milei es prueba elocuente y factor determinante de la inserción geopolítica y el sometimiento político-económico de la Argentina desde diciembre de 2023.
Paradigma del racismo, la explotación y otras violencias durante más de dos siglos, el imperio británico todavía se presenta con arrogancia como una empresa civilizadora y modélica en comparación con los imperios francés, español y portugués, considerados defectuosos, cuando no fallidos. Esta fantasía ha tenido soportes importantes en la academia y en la industria del entretenimiento, dos herramientas efectivas del hegemonismo anglo-americano, en estrecha colaboración con los sistemas político, militar, financiero y mediático. Si miramos retrospectivamente, comprobamos que la industria de Hollywood logró convertir en proezas, epopeyas o relatos románticos lo que constituye una historia universal de la infamia, pero no la de la ficción borgeana, sino la del pasado ominoso del colonialismo británico y su descendencia histórica. Clásicos del cine como Lawrence de Arabia (1962), 55 días en Pekín (1963), Zulú (1964) y Kartum (1966) prueban que toda una generación creció entretenida y encandilada por estas leyendas enaltecedoras incorporadas como fiel testimonio de realidades pasadas. Cualquier obra seria sobre lo realizado por el imperio británico en India, cotejada con películas como Victoria y Abdul (2017), de Stephen Frears —que presenta la relación de cálida amistad entre la reina Victoria y su criado indio, en una época en la que millones de indios morían de hambre como consecuencia directa de la gestión colonial—, sirve para tener una idea del nivel grotesco de tal manipulación.
Si el virtuosismo monopólico tiene un propagandista en el “especialista en crecimiento económico con o sin dinero”, el virtuosismo imperial ha tenido los suyos en el ámbito académico. Un ejemplo es el fallecido historiador de la economía en Harvard, David S. Landes. En La riqueza y la pobreza de las naciones (1998) escribió que “para algunas naciones, España por ejemplo, la apertura del mundo fue una invitación a la prosperidad, al boato y la ambición, un antiguo modo de proceder. Para otras naciones, como Holanda e Inglaterra, fue la ocasión de hacer cosas nuevas y de subirse a la ola del progreso histórico. Esta obra, ampliamente difundida, ha contribuido a embobar a criollos admiradores de las glorias británico-yanquis. No están solos, ya que encuestas recientes revelan que en el Reino Unido hay más nostálgicos del imperio que en otras antiguas potencias coloniales.
Según un estudio de Jason Hickel —Universidad Autónoma de Barcelona— y Dylan Sullivan —Universidad Macquarie, Australia—, solo entre los años 1880 y 1920, la colonización británica causó en la India unos 100 millones de muertes, provocadas por el empobrecimiento y las hambrunas. “Se trata de una de las mayores crisis de mortalidad inducida de la historia de la humanidad” —“historia de la humanidad” se dice aquí con fundamentos—. “Es mayor que la suma de muertes que se produjeron durante las hambrunas del siglo pasado en la Unión Soviética, China, Corea del Norte, la Camboya de Pol Pot y la Etiopía de Mengistu”. Antes, en 1770, una gran hambruna mató en Bengala aproximadamente a diez millones de personas, la tercera parte de la población, tragedia en la que fue decisivo el monopolio del arroz y otros productos impuesto por la Compañía Británica de las Indias.
Uno de los análisis explícitos de Marx sobre la colonización capitalista en los países de Oriente se encuentra en los artículos de la Tribuna de Nueva York, aparecidos el 25 de junio y el 8 de agosto de 1853. Su lectura crítica —siguiendo enseñanzas del autor— debería hacer el progresismo iluso que cree en “el desarrollo inducido por el imperialismo”. Marx explica la destrucción de la artesanía y la comunidad aldeana de la India por obra del capitalismo británico, cuyas mercancías —más que la injerencia burocrático/militar— “destruyeron hasta las raíces la unión de la agricultura y manufactura”. Además, pone de relieve el carácter implacable del proceso: “La profunda hipocresía y la barbarie congénita de la civilización burguesa se despliega con toda su amplitud ante nuestros ojos no bien nos apartamos de su patria, donde asienta sus respetables lomos para examinar las colonias, en las que se manifiesta con toda desnudez”. No obstante —agrega—, la indignación moral no debe obscurecernos el panorama objetivo, y muestra su optimismo por cuanto al destruir las bases seculares del régimen y su despotismo político, el capitalismo producirá “en verdad la única revolución social que Asia jamás haya conocido”. Se pregunta: “¿Puede la humanidad satisfacer sus destinos sin una revolución fundamental en el Estado social de Asia? Si no puede, entonces Inglaterra, cualesquiera que hayan sido sus crímenes al realizar esta revolución, resultó el instrumento inconsciente de la historia. Inglaterra debe cumplir en la India una doble misión, destructora y creadora: el aniquilamiento del antiguo orden social asiático y la creación de las bases materiales para un orden social occidental en Asia”.
La experiencia histórica no se corresponde en este caso con las expectativas de Marx: el capitalismo librecambista y el monopólico cumplieron con creces la tarea “destructora”, pero no la “creadora”; no se orientaron a echar las bases objetivas de un desarrollo “burgués occidental”. Asimismo, Marx se equivocó al formular el pronóstico que sigue: “Cuanto la burguesía inglesa se vea obligada a hacer no producirá la liberación de la masa del pueblo ni el mejoramiento de su situación social, que no depende solamente del desarrollo de las fuerzas productivas, sino del grado de su apropiación por el pueblo. Lo que de todas maneras hará es crear las condiciones de su realización”. Como es sabido, no hubo tal desarrollo de las fuerzas productivas, sino retroceso y subordinación económica y política.
Más cerca en el tiempo, según escribe el periodista y estudioso de la historia Rafael Poch de Feliu, “el político inglés más importante de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill, era un racista confeso. En los años ‘40 del siglo XX se refirió a los indios como ‘un pueblo bestial con una religión bestial’, y de la hambruna de 1943 en Bengala, que dejó tres millones de muertos, afirmaba que ‘fue culpa suya por reproducirse como conejos’”.
Otro de los casos que exhibió la brutalidad del dominio inglés es el de Irlanda. La violenta conquista de Irlanda por Inglaterra quedó consumada a principios del siglo XIX al establecerse la Ley de Unión. Pero Irlanda, a diferencia de Gales y Escocia, no disolvió su fisonomía nacional, aunque las hambrunas y represiones llevadas hasta el exterminio, más las emigraciones, el despojo de tierras y la implantación violenta de colonos ingleses, estuvieron a punto de eliminar el idioma nacional gaélico, un tipo de lengua celta.
En la segunda mitad de la década de 1840 se produjo una hambruna que, en relación con la población irlandesa, fue de las mayores históricamente registradas. Con ocho millones de habitantes, las muertes y la emigración causadas por el hambre se llevaron alrededor de dos millones. Los ingleses continuaron destinando a la exportación todos los alimentos producidos en Irlanda: lo consideraron más importante que la vida de los irlandeses. Charles Trevelyan, ex funcionario colonial en la India, era en esos momentos subsecretario del Tesoro y tuvo a cargo la atención de la hambruna en Irlanda; pero estaba más preocupado por “modernizar” la economía irlandesa que por salvar vidas, parecido a lo que pasa en la Argentina de Milei. Esto dice una descendiente de Trevelyan.
En su viaje de 1856 por el “verde país de Erin” —forma poética que nombra a Irlanda—, Federico Engels transmitió agudas observaciones a Marx, que luego amplió en estudios históricos y económicos específicos: “La llamada libertad de los ciudadanos ingleses se funda en la opresión de las colonias”; lúcida frase que ilumina sobre un hecho fundamental: el gobierno democrático no nace de una amable predisposición a “tolerar todas las opiniones”, sino de las condiciones materiales de convivencia. En otras palabras, el saqueo de los pueblos sometidos y su hegemonía sobre el mercado mundial permitían a Inglaterra asegurar a sus ciudadanos, incluso a los obreros, una holgura tal que excluía toda disputa por el poder; esa era la democracia inglesa: se basaba en el reparto del botín colonial; aunque, naturalmente, tenía su reverso: “Las medidas de violencia son visibles en cada rincón de Irlanda. El gobierno inglés se mete en todo. Ni rastros del gobierno propio”. De nuevo, como en la Argentina de Milei.
El imperio británico era una dictadura militar en la que los gobernadores coloniales imponían la ley marcial ante el menor disenso. Miles fueron confinados en la misma metrópoli, sobre todo después de que la independencia de Estados Unidos impidiera usar ese territorio colonial del “nuevo mundo”: en los 30 años anteriores a 1776, la cuarta parte de los emigrantes llegados a Maryland eran convictos; lo que Poch caracteriza como el “gulag insular de su majestad” se completaba con islas del Caribe como las Bermudas y Roatán en Honduras. Penang en Malasia o Seychelles y Andamán en el océano Índico “formaron parte del presidio insular británico, que también envió a muchos reclusos indios y chinos a Singapur”. El arzobispo Makarios, líder del nacionalismo helénico de Chipre, estuvo detenido en Seychelles en 1956.
Por su parte, el recientemente fallecido periodista e historiador británico Richard Gott afirma, en Britain’s Empire (2012), que “el imperio tal y como había sido llegó a su fin formalmente en la década de 1960, pero su infeliz legado sigue presente en el mundo actual, donde se producen numerosos conflictos en los antiguos territorios coloniales”. Gott escribió en 2012 y su afirmación resultó un pronóstico acertado: el genocidio del pueblo palestino tiene lugar en la Palestina histórica —los actuales territorios de Israel, Cisjordania y Gaza— que estuvo bajo el Mandato Británico hasta 1948.
Este incompleto recorrido por los crímenes del colonialismo inglés sugiere que la violencia que practica su vástago yanqui ni es novedosa ni debería sorprender. La persecución interna que realiza el Estado federal estadounidense a través del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de Trump se reconoce en la tradición británica de represión en la metrópoli a ciudadanos cuyo origen está en las colonias. La reclusión por encargo en territorios coloniales, como el San Salvador de Nayib Bukele o la Irak bajo control norteamericano, que configura algo así como el presidio intercontinental estadounidense, tiene su antecedente en el “gulag insular de su majestad”. No habría que sorprenderse si la ampliación del presidio se concretara con la Argentina de Milei y Bullrich, que están construyendo un Estado policial interno, con planos en el DNU 941/2026.
La admiración de Milei por los británicos y el vasallaje de su gobierno al señor norteamericano podrán tener un componente ideológico; pero de lo que no caben dudas es de que encubren negocios, como los que tuvieron las castas feudales indias con el amo británico. Si la medida es la capacidad de daño, no se equivoca Milei cuando dice “Yo soy el león”; en cambio, la historia dice “león era el de la Queen Victoria”.
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