Liberar para derrotar

La función del Equipo Argentino de Antropología Forense en los procesos de Memoria, Verdad y Justicia

 

Cuando cortó el teléfono, Gabriel Ciancio llegó a dudar de que esa conversación fuera verdad y volvió a llamar para que le cuenten todo de nuevo. Después solo en su casa, se miró al espejo y no se reconoció. El niño de 12 años que había perdido a su hermano mayor en la última dictadura cívico militar se había transformado en un adulto. Luis Ciancio ya no era más un desaparecido. 

El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en ese llamado en 2009 le confirmó que su ADN se correspondía en un 99,99% con los restos de su hermano Luis, ex futbolista, estudiante de ingeniería y militante del Partido Comunista Marxista Leninista (PCML). Quien estuvo detenido en el Centro Clandestino de Detención “Pozo de Banfield”, y luego fue fusilado de tres tiros y enterrado como NN en el cementerio de Avellaneda. 

Tres años después volvió a tener novedades: pudieron identificar los restos de su cuñada, Patricia Dillon, compañera de Luis, detenida-desaparecida el mismo día de 1976, cuyos restos fueron encontrados en el cementerio de Boulogne en el Partido de San Isidro. “Sentí alegría porque volvíamos a tener la esperanza de saber la verdad y tristeza porque nunca esperamos escuchar lo que nos contaron”, cuenta Gabriel y recuerda: “Recién ahí pudimos empezar el duelo”.

Una mezcla de alegría y tristeza. Así definen algunos de los familiares de víctimas de la dictadura el momento de la identificación del cuerpo de su ser querido gracias al trabajo del EAAF, que todavía tiene en sus laboratorios los restos de unas 600 personas que fueron enterradas sin nombre en distintos lugares del país. Es por eso que se relanzó la campaña que convoca a quienes tienen un familiar desaparecido entre 1974 y 1983 para que llamen al 0-800-345-3236 y se acerquen a ofrecer una muestra de sangre. En efecto, durante las últimas dos semanas se registraron más de 160 nuevos llamados y unas 70 familias se presentaron para tomar las muestras.  

Cuando llamaron a Ángela Barrera y le dijeron que tenían novedades de su papá, ella estaba en la calle y se apuró a cortar el teléfono. No sabía qué quería escuchar. Era Patricia Bernardi, miembro fundadora del EAAF. Minutos después, llegó a su casa y se puso a llorar. Decidió llamar de nuevo y preguntó: “¿Lo encontraron?”. Más que una pregunta era un pedido a gritos de que le dijeran que estaba vivo, aunque sabía que no. “Yo tenía la ilusión, la esperanza. A lo largo de los años iba sumando incertidumbres. El no saber te genera angustias, te da miedo. Y el miedo te paraliza”, cuenta Ángela, hija de Mario “Ringo” Barrera, un militante montonero desaparecido y asesinado en 1976 por su actividad gremial en el Correo Argentino, donde también era delegado. 

Para ella, los miembros del EAAF son “reparadores de historias, buceadores de lo más preciado que tenemos que es nuestra identidad, los que te dan la llave de ese cofre que estaba cerrado esperándote toda la vida con la verdad”. Se había acercado en 2007 con su abuela, Paula Efigenia Cárdenas, la madre de Mario, luego de enterarse de la primera campaña de identificación de cuerpos de desaparecidos ese mismo año. Ambas se realizaron la extracción de sangre. Dos años después, la volvieron a contactar y se acercaron juntas a la sede del equipo. Cuando su abuela de 90 años escuchó que habían podido identificar el cuerpo de su hijo, sacó un pañuelo de tela de su cartera, derramó una sola lágrima y dijo: “Ahora que sé que él está en paz, yo también me puedo ir en paz”.

En sus 36 años, el equipo dirigido por Luis Fondebrider intervino en 55 países y solo en Argentina logró recuperar más de 1.400 cuerpos de personas enterradas sin nombre, de los cuales casi 800 fueron identificados. Eso se dio en gran medida a partir de la Iniciativa Latinoamericana para la Identificación de Desaparecidos en 2007. Este mes se relanzó la convocatoria, hoy en día quedan más de 600 cuerpos que fueron recuperando en cementerios de la provincia de Buenos Aires, Córdoba, Tucumán y otros lugares de enterramiento clandestino como áreas militares y policiales. Todos esos restos exhumados son identificables: se obtuvieron sus perfiles genéticos, que son los que se van a comparar con el universo muestras de referencia que aporten los familiares. 

Foto: David Fernández

“Cuando el familiar se pone en contacto con nosotros, comienza un proceso de acompañamiento que se extiende por cada uno de los momentos”, dice Virginia Urquizu, coordinadora de la Unidad de Casos del EAAF, y detalla: “Los acompañamos en la entrevista, en la toma de muestras, en el envío de muestras al laboratorio, en el tiempo de espera y, si llega a haber resultados, en todo el proceso de notificación, de restitución de esos restos y de inhumación si deciden hacerlo”. 

La reunión en caso de haber una identificación positiva puede ser en el EAAF o en el domicilio del familiar, siempre cara a cara. Se entrega un informe y se dispone el espacio para cualquier pregunta específica. A partir de esta nueva convocatoria, hubo más de 70 nuevas familias que se pusieron a disposición desde distintas provincias del país y también lo hicieron personas que ya habían dado su muestra y querían renovar sus datos de contacto.    

Con Ernesto Espeche, hijo de Mercedes Vega y Carlos Espeche, ambos detenidos y desaparecidos en 1976, se comunicaron en 2014, años después de que hubo aportado su muestra de sangre. Le anunciaron que habían encontrado los restos de su papá en el “Pozo de Vargas” en la localidad Tafí Viejo de Tucumán, donde se habían identificado más de 100 cuerpos. Gracias a eso, pudo llegar a ese lugar de enterramiento clandestino y descender en un pequeño ascensor junto con uno de los peritos de la causa hasta llegar al metro 39 de profundidad, donde habían sido encontrados los restos de su padre. Cuatro años después, volvió a viajar para trasladar las cenizas a su hogar en Mendoza.

“A partir del reencuentro con mi viejo, pude sentir un montón de cosas que se contradicen entre sí, no es simplemente un duelo”, reflexiona Ernesto. “No fue una despedida porque aquí está conmigo, tampoco es una simple aparición porque todos estos años en que lo estuvimos buscando no se recuperan. Pero hay un acto reparatorio que se va metabolizando”, agrega. La identificación le permitió tener datos precisos de la redada en la que se lo llevaron los militares en la noche del 3 de abril de 1976, un operativo entre el Paraje de las Mesadas y el pueblo de Santa Lucía, en Tucumán. La causa hoy está en la unidad fiscal de lesa humanidad a cargo del fiscal Patricio Rovira y encuadra dentro del agrupamiento llamado “Zona de Operaciones” (dado que fue posterior al Operativo Independencia), todavía sin elevamiento a juicio.

Una parte importante del trabajo del EAAF tiene que ver con su valor pericial y las consecuencias que las identificaciones traen en relación a los procesos de Memoria, Verdad y Justicia. Desde su creación en 1984, colaboraron con la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) y Abuelas de Plaza de Mayo hasta participar en la identificación de Santiago Maldonado y Facundo Astudillo Castro en los últimos años, pasando por el Che Guevara en Bolivia y el ex Presidente chileno Salvador Allende. 

“Tenemos un compromiso con estos más de 600 cuerpos que están en custodia y en ese sentido llevamos adelante la convocatoria”, dice Virginia Urquizú. “Desde nuestro lugar de científicos, nuestro campo específico, sabemos que generamos repercusiones en otros círculos, como puede ser la Justicia, a nivel político y social”, agrega.

Para Ernesto Espeche, “a la dictadura se la derrota liberando los cuerpos de los desaparecidos”. Es una acción que atraviesa el aspecto jurídico sobre el que se han movido los abogados y organismos para llevar al banquillo a los genocidas y lograr el juicio y castigo, la idea de que sin cuerpo no hay delito, el ocultamiento de la prueba, pero también lo supera. 

“El no decir dónde están los cuerpos, según yo lo siento, tiene que ver fundamentalmente con perpetuar esa desaparición a lo largo del tiempo. El objetivo es que la dictadura no haya terminado. Viví la desaparición de mi papá cada mañana al despertar, sentí su ausencia en mi cuerpo. Un efecto desgarrador que se sostiene, un crimen que se comete todos los días”, expresa Espeche y concluye: “Liberar los cuerpos es romper con eso, tanto aquellos cuerpos de los 30.000 que fueron desaparecidos como los de quienes quedamos con vida buscándolos. Es la sensación de ir derrotando de a poco al genocidio pero también a sus marcas en la actualidad, un sentimiento que en el fondo es de victoria”.  

 

 

 

 

* Esta nota tuvo su primera versión en un informe radial presentado al aire de Segurola y Habana por Futurock FM

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