Liderazgos versus partidos

Representatividad, acceso al poder y gobernabilidad

 

Las recientes elecciones en Perú han puesto en evidencia los problemas que genera la irrelevancia cada vez mayor de los partidos políticos en América Latina. En palabras del profesor Pasquale Serra (El populismo argentino, Prometeo, 2019), reanuda el debate acerca de la relación “cada vez más tensa y también cada vez más dramática entre heterogeneidad social y sistema representativo, entre la presencia de masas heterogéneas y la crisis de la democracia representativa liberal”.

Es el tema crucial que ha sido abordado por intelectuales como Juan Carlos Portantiero, Emilio de Ípola, Torcuato Di Tella, Claude Lefort, Toni Negri, Michael Hardt, Ernesto Laclau, Chantal Mouffe y otros sobre el modo de alcanzar una unidad política en una sociedad que se muestra como radicalmente heterogénea y que no permite identificar un sujeto de la acción política. Este debate se abre a partir de la ruptura del paradigma del determinismo marxista que llevó a cabo Antonio Gramsci, al afirmar que no existe ninguna tendencia objetiva, ninguna clase social investida de antemano como sujeto de la historia y que la idea de hegemonía supone traspasar el paradigma de la clase obrera buscando un ensanchamiento para que llegue a convertirse en una disputa en el seno de la sociedad civil. La heterogeneidad horizontal de la sociedad obliga a alcanzar alguna forma de unidad vertical o, lo que es lo mismo, a resolver el problema de la representación de esa masa heterogénea. Y es aquí donde aparecen nuevamente las diferencias. Algunos, como Laclau, consideran que esa unidad sólo se puede alcanzar a través de algún elemento que condense las demandas sociales o las represente simbólicamente, y ve en la figura de un líder investido afectivamente (catexis) la posibilidad de representar la totalidad social. Otros, como Hard o Negri, confían en la capacidad de la multitud para dotarse de formas de representación: “La multitud proporciona un sujeto social y una lógica de organización social que hacen posible por primera vez la democracia”. Finalmente, están quienes, como Di Tella, reservan ese rol a un partido político de masas o a una amplia coalición de centro izquierda capaz de sintetizar la inevitable heterogeneidad de demandas.

Como se percibe, se trata de un tema muy amplio, que no es posible agotar en la brevedad de una columna de opinión pero, aprovechando el caso peruano, es posible tratarlo parcialmente si nos limitamos a enfocar la singular situación que se presenta cuando el líder que gana la elección ha recibido una masa aluvial de votos fruto de la polarización de la segunda vuelta y no está respaldado por una estructura política consistente. La consecuencia es un Congreso muy fragmentado, integrado por una multitud de minibloques, lo que induce a pensar que habrán de presentarse grandes obstáculos para la futura gobernabilidad. En general, estos problemas suelen quedar opacados porque muchos intelectuales de izquierda ponen la atención en la etapa agonal de la política, donde el objetivo de ocupar el poder ocupa el centro de la atención. Olvidan que cuando ya estamos situados en la etapa arquitectónica de la política, en la que se hace necesario ocupar con personal experto los puestos de mando y poner en marcha políticas económicas, sociales, fiscales y de desarrollo que sean compatibles, las dificultades se hacen mayores cuando no se han preparado las políticas con anticipación y los puestos de gobierno se cubren de manera improvisada. Son estos elementos los que llevan a sugerir que es muy difícil reemplazar la forma partido en una democracia competitiva, en la que se hace necesario preservar las formas que garantizan la posibilidad de la alternancia. Pero inclusive en los sistemas de partido único, como es el caso de China, el rol del partido político sigue siendo fundamental. ¿Sería imaginable el espectacular desempeño que ha tenido la economía china en estos últimos 40 años si no fuese por la existencia de un poderoso partido que suministra el personal que ocupa los mandos del Estado y marca las líneas estratégicas del modelo de economía mixta que ha tenido tanto éxito para sacar de la pobreza a más de 800 millones de chinos?

Por consiguiente, conviene recordar las ventajas que para la gobernabilidad ofrecen los partidos políticos cuando tienen un funcionamiento continuo y no son meras herramientas electorales que toman vida cuando se convocan elecciones. En una apretada síntesis, podemos señalar que los partidos políticos cumplen en una democracia, con mayor o menor éxito, algunas de las funciones que se enuncian a continuación.

  1. Función de agregación de preferencias: el fenómeno de la creciente heterogeneidad económica y cultural de las sociedades modernas hace obsoleta la idea de un conflicto central entre burguesía y proletariado, según la versión acuñada por Karl Marx. En consecuencia, ya no es posible pensar en un partido exclusivo de la clase obrera si tenemos en cuenta que el número de personas que se declaran obreros en las sociedades modernas no supera el 20 por ciento de la masa electoral. El crecimiento de las clases medias y la presencia de un sinnúmero de subsectores de clases o grupos sociales menores que viven situaciones de privación de derechos obligan a una amplia diversificación de la oferta electoral. El rol de los partidos es buscar un mínimo común denominador que se pueda volcar en un programa político coherente y realizable.
  2. Función de preparación de cuadros: los partidos, en la labor de construcción de un programa político, tienen que contar con personal experto que esté capacitado para el reconocimiento de los problemas y pueda aportar también el conocimiento de los resultados de las políticas en espacios comparados. Ese saber experto requiere una formación continua y sólo así puede ser luego incorporado en la labor de gestión del aparato del Estado.
  3. Función de selección de políticas: la calidad de la democracia política está estrechamente vinculada a la democracia que opera en el interior de los partidos políticos. El vigor de la vida interna de los partidos y la posibilidad de que en su seno se den debates democráticos es determinante para trasladar luego esos debates al espacio público democrático. De este modo se evita la improvisación y se analizan los efectos que las políticas pueden tener en el corto, mediano y largo plazo. El partido es también la herramienta que permite participar en la discusión parlamentaria y en el debate político que tiene lugar en la sociedad a través los medios de comunicación, elevando la calidad del intercambio. Un partido sometido al debate continuo y a la crítica permanente de sus afiliados podría ser también un vector de canalización de la crítica al resto de los partidos políticos que se han distanciado de los ciudadanos.
  4. Función de sintonía fina: como señala Claus Offe en Partidos políticos y nuevos movimientos sociales, con el fin de tener éxito en las elecciones y tratando de acceder a la responsabilidad de gobierno, el partido tiene que orientar su postura programática de acuerdo con los requerimientos de la sociedad civil. Esto obliga a maximizar los votos atrayendo al mayor número posible de votantes y minimizando, en consecuencia, los elementos que pudieran crear antagonismo ante el electorado. En segundo lugar, debe estar preparado para entrar en coaliciones con otros partidos, lo que supone renunciar, al menos temporalmente, a algunas propuestas programáticas para hacerlas compatibles con los potenciales participantes de una coalición. Por otra parte, la forma política de partido permitiría relacionar entre sí el conjunto de conflictos que aislados carecerían de encuadre en una perspectiva de soluciones racionales más amplia. También el partido sería un instrumento apto para hacer visibles los conflictos sociales que han sido excluidos de la agenda mediática por el sistema.

Es evidente que estamos ante una descripción teórica y que, en la realidad, luego los partidos pueden estar bastante alejados de cumplir con esos objetivos. Sin embargo, al menos en la realidad europea, lo cierto es que los partidos cumplen con relativo éxito estos propósitos. La cuestión de fondo sigue siendo si existe algún otro modelo que pueda sustituirlos. Los liderazgos tradicionales, basados en el carisma, no parecen llamados a sustituir a los partidos en las democracias modernas. Las sociedades modernas ofrecen permanentes muestras de una mayor complejidad. Como señala Edgar Morin, “el fundamento mismo de lo que llamamos realidad no es simple, sino complejo”. Es complejo porque introduce una causalidad compleja, que en ocasiones obliga a trabajar bajo una cierta incertidumbre, asumiendo que no habrá jamás una solución ideal, una fórmula singular que suministre la clave para resolver todos los problemas. Por lo tanto, el gestor político enfrenta una trama de problemas multidimensionales e interdependientes que no se prestan a ofrecer una respuesta unívoca. En ocasiones, algunos protagonistas pueden oponer defensivamente cierta resistencia a las decisiones gubernamentales pero, por otra parte, ninguna gestión política puede sostenerse imponiendo sacrificios y pérdidas sobre un sector que vayan más allá de lo razonable. Estos condicionantes hacen que los modos de gobernar sean necesariamente diferentes a los tradicionales, lo que ha dado lugar a formas de gobernanza que son más descentralizadas, horizontales, dialógicas, en las que se incorpora a la deliberación a los ciudadanos afectados.

Por otro lado, es cierto también que todo grupo humano demanda la presencia de alguna figura simbólica que le confiere unidad. Como señala Sergio Fabbrini en El ascenso del Príncipe democrático (Fondo de Cultura Económica), “la construcción del liderazgo es necesaria porque constituye una formidable arma política en un conflicto que se despliega sobre todo mediante símbolos e imágenes”. La idea de una ciudadanía activa, que pueda desprenderse totalmente de la presencia de protagonistas individuales, resulta atractiva pero no es viable. Por otra parte, existen necesidades funcionales del grupo que sólo pueden ser atendidas por una figura que, instalada en el vértice de la organización, cargue con la responsabilidad de resolver las incertidumbres que están siempre presentes en todas las decisiones relevantes. Mientras en el pasado la autoridad era consecuencia de una estructura jerárquica, donde se penalizaba la desobediencia, en la actualidad el liderazgo es fruto de un reconocimiento basado en las dotes naturales de mando y en la capacidad para despertar la empatía de los dirigidos. Las tareas que exige el liderazgo pasan sustancialmente por trazar los objetivos generales y motivar a los implicados. Los objetivos no se fijan de modo arbitrario y emergen de modo natural de numerosas vertientes políticas, económicas y culturales. Están de algún modo sobreentendidos, y la labor de liderazgo consiste en hacerlos aflorar, establecer las prioridades, fijando las metas de corto y largo plazo y seleccionando los medios adecuados. La motivación consiste en canalizar adecuadamente los deseos subyacentes y lograr el alineamiento de las metas individuales con las colectivas. En esta labor, los líderes intentan disminuir la intensidad de los conflictos más que acrecentarlos y buscar soluciones transaccionales que eviten la paralización de la gestión o el encrespamiento de las posiciones. Las sociedades necesitan, para su funcionamiento eficaz, alcanzar cierta cohesión alrededor de objetivos compartidos, para lo cual hace falta también incorporar buenas dotes de paciencia. La capacidad de liderazgo se evidencia también en el éxito en transmitir esos objetivos y ganar la confianza de la sociedad. Los líderes políticos, más allá de sus deseos, encarnan aspiraciones colectivas y se convierten en símbolos que marcan la identidad del grupo que dirigen.

Por consiguiente, no estamos ante opciones dilemáticas, sino que es necesario hacerlas compatibles. En el fondo, sigue teniendo actualidad el problema formulado por Gramsci sobre a través de qué estrategia y de qué práctica organizativa se puede llegar a componer un bloque capaz de canalizar las luchas sociales y políticas fragmentadas, espaciadas en el tiempo, afectadas por la “inmadurez de las situaciones”. Si la hegemonía se piensa como la imposición en una única dirección, se convierte en una forma de dominación. Por el contrario, la concepción gramsciana de la hegemonía supone la búsqueda de consensos para formar un bloque histórico pero atendiendo a los intereses, afectos y percepciones de los grupos sociales comprometidos en la empresa. Desde esta perspectiva, la idea de hegemonía se aleja de la idea de imposición y cuando tiene que abordar los conflictos tiene en cuenta la posición del otro para trabajar en la búsqueda de una síntesis superadora. Para incorporar al otro y de algún modo integrarlo en una unidad superior hace falta también capacidad para desprenderse de visiones unilaterales y estar dispuesto a hacer concesiones, que es justamente el sustrato básico de la actividad política.

 

Gramsci, hegemonía, no imposición.

 

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