Liderazgos y programas

Sin acuerdos programáticos no se puede, con acuerdos programáticos no alcanza

 

En 1997, la UCR y el FREPASO, partidos opositores al gobierno de Carlos Menem, conformaron la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación. Para conducir la nueva agrupación se estableció un grupo compacto, liderado por “Chacho” Álvarez y Raúl Alfonsín, y para demostrar que no se trataba de una simple alianza circunstancial con objetivos meramente electorales se creó una instancia de planificación con el rimbombante nombre de Instituto Programático de la Alianza. En realidad, pocos leyeron la plataforma del nuevo espacio político ya que su módico programa podía resumirse en un solo punto: la continuidad del modelo económico sin el componente instrumental de la corrupción, una especie de menemismo blanco y sin estridencias. Eran épocas de expectativas jibarizadas y esa promesa alcanzó para imponer en las elecciones de 1999 la fórmula presidencial de Fernando de la Rúa y “Chacho” Álvarez.

Apenas asumió, De la Rúa invocó la Constitución Nacional por sobre el acuerdo político previo y relegó a su socio al rol testimonial de cualquier Vicepresidente. Del acuerdo programático con aroma progresista tampoco quedó mucho. Un año después, en octubre del 2000, Álvarez denunció a su propio gobierno por el supuesto pago de coimas a senadores peronistas para que votaran la ley de flexibilización laboral y, al no recibir el apoyo del Presidente, renunció. Al líder del FREPASO no le preocupaba que la Alianza impulsara una ley contraria al famoso acuerdo programático socialdemócrata, pero esperaba que los congresistas opositores aceptaran quitarles derechos a sus representados de forma gratuita. Su alejamiento fue una decisión personal, ya que el FREPASO como partido siguió formando parte del oficialismo. Declamar la virtud personal por sobre la responsabilidad colectiva era una marca de fábrica de algunos líderes de la Alianza que aún perdura en otros liderazgos, de ambos lados de la grieta. Un año más tarde, en diciembre del 2001, el país volaría por el aire y el Presidente heliportado De la Rúa dejaría un tendal de muertos.

 

Caos, represión y muerte, el final del último Presidente radical. Foto Télam.

 

Dieciocho años más tarde, en 2019, otro acuerdo programático se establecería entre antiguos rivales políticos para desplazar al gobierno a Mauricio Macri. Luego de operar durante una década contra Cristina –a partir de su alejamiento de la jefatura de Gabinete en 2008–, Alberto Fernández concluyó que no podría reemplazarla con un liderazgo alternativo. Atrás quedaron los candidatos cometa como Florencio Randazzo, caracterizados por aparecer, fugaces, cada cuatro años. Fue entonces que Fernández lanzó un aforismo que asombrosamente logró imponer: “Sin Cristina no se puede, con Cristina sola no alcanza”. Ese diagnóstico –al menos discutible– decantó en su candidatura a Presidente, con Cristina como compañera de fórmula. Binomio que ganó las elecciones en primera vuelta.

Luego de asumir, Alberto emuló a De la Rúa e, invocando sus prerrogativas constitucionales, relegó a su socia mayoritaria a una función apenas consultiva. El gobierno de coalición del Frente de Todos fue así dirigido por su componente menos significativo desde el punto de vista electoral. En el caso de Alberto, fue una decisión particularmente asombrosa ya que, a diferencia del Presidente radical, no disponía de poder político propio y, a diferencia de Néstor Kirchner, tampoco logró conseguirlo a través de su gestión. Una realidad aciaga que lo impulsó hace unos días a desistir de exponerse a una probable derrota electoral.

Frente al fracaso político del Frente de Todos, Cristina ya no habla de unidad en absoluto, sino que considera necesario fijar antes un acuerdo programático que evite desacuerdos futuros. ¿Un acuerdo de ese tipo limitaría la discrecionalidad de quien reciba la lapicera y sueñe con pasar a la historia transitando su propio camino, como ocurrió con Néstor Kirchner frente a quien lo designó como delfín? Para cualquier candidato, la tentación de independizarse de una plataforma común y convertirse en un nuevo Néstor debería ser siempre mayor al peligro de transformarse en otro Alberto.

Por lo pronto, el mensaje que parece subyacer detrás del anuncio sobre un acuerdo programático es el de la candidatura de Cristina como instrumento necesario para imponerlo. La repetida mención a “no hacerse los rulos” estaría en ese caso más relacionada con los tiempos del anuncio que con la decisión en sí, pues sería candoroso a esta altura pensar que cualquier plan prevalecería por sobre la conducción política. Si algo ha demostrado el gobierno del Frente de Todos es que, así como la pelota no se mancha, la lapicera no se comparte.

Del lado de enfrente, las internas en la coalición de Juntos por el Cambio tampoco descansan. María Eugenia Vidal, la ex Gobernadora Coraje, orgullosamente bonaerense devenida porteña, decidió bajarse de una candidatura presidencial a la que nadie la había subido. Quienes señalaban su enorme capacidad para llevar adelante los destinos del país saludaron su notable humildad a la hora de desistir de hacerlo. No sin cierta nostalgia, recordamos los elogios apasionados de varios periodistas serios, apolíticos y apartidarios, referidos a la por entonces gobernadora de la provincia de Buenos Aires. Cómo olvidar a Pablo Sirvén golpeando una puerta imaginaria para impulsar la candidatura presidencial de Vidal (el hilarante “¡toc, toc, soy la Historia!”), mientras Alfredo Leuco anunciaba que había nacido una estrella, emocionado por las dotes de “madre atenta, humilde y trabajadora” de la ex vicejefa de gobierno de Macri, a la que “la gente le llenaba las manos de estampitas y crucifijos” en agradecimiento por haber enfrentado a las mafias, lo que la condenó a vivir en una base militar. Por suerte, las mafias de nuestro país no son rencorosas y quien las enfrentó con valentía puede vivir sin temer por su seguridad en un piso en Recoleta obtenido a partir de medio auto y media casa en Castelar. Devota, valiente y de milagrosas finanzas resultó la ex estrella naciente.

 

 

 

 

 

En nuestro país la ciudadanía no suele votar acuerdos programáticos sino liderazgos políticos. El pueblo votó a Juan Domingo Perón por lo que hizo desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, y apoyó a Néstor no por sus promesas de campaña, que hoy nadie recuerda, sino por su ejercicio pleno e impaciente del poder. Lo mismo ocurrió con Cristina, que no prometió ni la Asignación Universal por Hijo, ni el fin de las AFJP, ni tampoco la expropiación de YPF, decisiones que fueron sin embargo hitos de sus gobiernos. A Vidal no la vuelven a elegir, no por lo que prometió –recordar el “no vas a perder nada de lo que ya tenés”– sino por lo que ocurrió en la provincia de Buenos Aires bajo su gobierno, como el aumento del stock de deuda en moneda extranjera (69% según un estudio de la UNDAV), el abandono de hospitales listos para ser inaugurados o el cierre de 8.900 empresas.

En la Argentina, los líderes políticos que marcaron el rumbo y extendieron las fronteras de lo posible no sólo fueron acompañados electoralmente sino también recordados. Por ello, parafraseando al Presidente, “sin acuerdos programáticos no se puede, con acuerdos programáticos no alcanza”. El pueblo espera, una vez más, la voz de aura.

 

 

 

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