LO NUEVO DE LA VIEJA DERECHA

El neoliberalismo no tiene nada que ver con el liberalismo histórico.

 

Ocultamientos ostensibles

Desde que se conocieron las candidaturas en las dos Buenos Aires, se pudo comprobar que el macrismo ocultaba o negaba su inolvidable historia política: ahí están el cambio de nombre de la alianza que lo expresa; los fracasados intentos por esconder a Macri; la huida de Vidal de la Provincia en la que fue gobernadora; la sistemática elusión de los temas que tienen por referencia inexorable la desastrosa situación en que el gobierno de Cambiemos dejó al país y a los sectores populares; el cinismo explícito con que la ex gobernadora dice: «Quiero ser diputada para levantar la voz cuando avancen sobre nuestras libertades, nuestra democracia, nuestra Constitución, nuestros valores» o “Quiero ir al Congreso para construir de nuevo la palabra futuro» o “No compito en Provincia porque quiero que otros crezcan” —¿quién, el novato Santilli?—; y las promesas del inefable Tetaz: “Les vamos a poner frenos a llevarse puesta la Constitución, los medios, la Justicia. Mi proyecto es la Constitución, no dejemos que la lleven puestas (sic)”.

El desconocimiento ostensible y descarado de la realidad pasada y presente los convierte en deudores del umbral de racionalidad en el debate público que exige cualquier concepción de democracia.

Esta cuestión no abarca solamente el dominio de la ética abstracta, tiene clara incidencia política y se refleja en los comportamientos electorales de franjas numéricamente importantes de la población. Si después de 12 años de gobiernos populares que beneficiaron a amplias mayorías entre las que se cuentan miles de empresarios, 4 de un gobierno reaccionario que las perjudicó y 2 de uno del mismo signo que los primeros, condicionado por la devastación que lo precedió y la pandemia, enfrentamos una elección pareja a través de una campaña en la que participan activamente los principales responsables de la debacle, es indudable que la derecha ha tenido éxito en ocultar, negar o desplazar sus graves responsabilidades.

 

 

Ocultamientos encubiertos

Los ocultamientos que están a la vista no son los únicos ni los más peligrosos del Juntadero macrista, algunes de cuyos integrantes se empeñan en desarrollar una destreza cuya finalidad se mantiene oculta. El odio, ese sentimiento que los sectores dominantes han materializado a través de sus políticas brutales y que pretendieron velar con los globos y el baile de la revolución de la alegría, ahora se expresa en el discurso con ataques abiertos a sectores vulnerables convertidos en chivos expiatorios, con el propósito de desviar hacia ellos broncas masivas por las frustraciones, padecimientos y otras consecuencias de aquellas políticas, que ejecutarían “más rápido” si tuvieran una nueva oportunidad. Maniobra en la que las huestes del campeón mundial de endeudamiento no están solas: candidatos de agrupaciones ideológicamente cercanas, como Javier Gerardo Milei y José Luis Espert —aliado de la atropelladora Carolina Píparo—, y organizaciones como la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA) practican la misma aventura discursiva.

Este juego se completa con una paradoja sólo aparente: desde el espacio que integran las Bullrich y los Pichetto, acusan de “fascistas” a quienes se empeñan en reparar los daños ocasionados por esa alianza en el gobierno y en reconstruir los lazos sociales que destruyó. Así, Elisa Carrió decía —cuando regían las restricciones sanitarias que permitieron salvar vidas— que “Alberto y Cristina son lo mismo, porque son fascistas en el fondo”, y su correligionario Waldo Wolff calificó de “fascista” y “peligroso” el discurso que dio CFK en Lomas de Zamora el 1° de julio pasado. Estos personajes le sacan el sayo a quienes se esmeran en lucirlo y son cultores de la generalizada y nada nueva banalización del término fascismo, que ya fue señalada por el intelectual y dirigente comunista italiano Palmiro Togliatti —él mismo víctima del fascismo surgido en Italia en los años ’20 del siglo pasado— en La vía italiana al socialismo.

 

 

Equívoco

Para tener conciencia de la potencial peligrosidad de los discursos de estirpe pichettiana, neutralizarlos y prevenir sus consecuencias, es necesario comprender la lógica que los inspira y salvar algunos equívocos.

Empecemos por esto último y aclaremos una de las grandes tergiversaciones, instalada desde el cambio de siglo: la aceptación generalizada y acrítica de lo que impropiamente se llama “neoliberalismo”, que tiene tan poco que ver con el liberalismo histórico como el maquiavelismo con el Maquiavelo histórico o como alguno de los marxismos con el Marx histórico. Esta curiosa —pero no ingenua— denominación ha creado tanta confusión que la palabra libertad, por ejemplo, corre el riesgo de convertirse en un concepto deshonrado, de tan identificada que está con la libertad de mercado y la libre circulación de mercancías; mientras se impide nada menos que el libre movimiento de les humanes que se ven obligados a emigrar, y se les ataca si lo intentan o lo logran: la única mercancía a la que se niega libertad de circulación es hoy justamente la mercancía en la que, según Marx, el capitalismo había convertido al ser humano.

Deberíamos sacudimos cierta modorra intelectual y realizar un esfuerzo por llamar a las cosas que recubre el rótulo “neoliberalismo” por su verdadero nombre: capitalismo que no sólo mercantiliza y explota al ser humano —como hacía en tiempos del fascismo histórico—, sino que especula con lo que el trabajador produce; metamorfosea estos productos en valores bursátiles; contagia la especulación a los trabajadores mismos y esclaviza o prostituye a la población sobrante, niñas, niños, mujeres y varones que no caben ya en la regulación legal de la división internacional del trabajo impuesta por el imperio dominante. En lugar de ver en el “neoliberalismo” una mera prolongación del liberalismo histórico, esta otra caracterización de la realidad permitiría abrir diálogos fructíferos, entre el movimiento nacional y popular y los herederos del liberalismo histórico —espécimen que no abunda por acá—, liberales de verdad que probablemente hayan descubierto hace tiempo que en este mundo y sobre todo en comarcas periféricas como la nuestra hay que ser algo más que liberales.

 

 

Lo que no es

En algunos casos la tergiversación y en otros las simplificaciones conducen a negar prácticas fascistas en los “neoliberales” porque “el fascismo fue otra cosa”. Se hace hincapié en diferencias que efectivamente existen entre las condiciones actuales y las que imperaban antes y durante el fascismo que se vivió en Italia, Alemania y España en el siglo XX, algo que no debe sorprender porque la historia nunca se repite como calco del pasado: los Estados capitalistas no son los mismos, aquellos eran regímenes abiertamente corporativos, etc. Sin embargo, lo que nos debe interesar es si algunos conceptos acuñados en base a aquellas experiencias nos permiten desentrañar sucesos del presente.

Para saber si existe el peligro de una avanzada fascista en nuestro país es necesario aclarar qué debería entenderse cuando usamos el término fascismo y qué sentido tiene utilizarlo hoy aquí.

Más arriba hice referencia a banalizaciones; comienzo entonces por señalar algunas que empobrecen el concepto tanto desde el punto de vista teórico como político. Una es actuada frecuentemente por Carrió, para quien es “fascista” cualquier gobierno con el que no coincide; así, califica a Cristina de “fascista de izquierda” recurriendo a una fórmula por sí cuestionable, una especie de oxímoron. En esta línea están los que identifican “fascismo” con cualquier rasgo autoritario. Según Daniel Feierstein en La construcción del enano fascista, es lo que hace Ignacio Montes de Oca, quien, en El fascismo argentino, “ubica en el ‘peronismo’ (así, a secas) la matriz ‘autoritaria’ del ‘fascismo argentino’”. Esta zoncera fue desestimada no por un peronista sino por uno de los más destacados intelectuales marxistas de la segunda mitad del siglo pasado, Ernest Mandel, en su ya clásico El fascismo, donde explica que se trata de un “grave error” por cuanto el fascismo se propuso históricamente destruir la organización sindical de los trabajadores y el peronismo hizo exactamente lo contrario.

Hay otros usos erróneos del término, como el que lo homologa con el de totalitarismo. En este caso “fascismo” sería una modalidad de totalitarismo que, tras cartón, se le aplica a cualquier régimen de partido único; entonces son “fascistas” el estalinismo, el nazismo, el fascismo italiano y la revolución cubana.

El otro extremo del espectro está ocupado por quienes pretenden restringir estrictamente la aplicación del término a la experiencia italiana del XX.

No es el propósito de esta nota profundizar en estos casos, simplemente los menciono para descartarlos.

 

 

De qué hablamos

Hay delimitaciones que tienen utilidad comparativa, se trata de abstracciones que dan cuenta de características estructurales de procesos históricos distintos. La historia muestra que prácticas sociales similares pueden resultar mecanismos eficaces para resolver problemas de distinto orden en materia de necesidades de los sectores dominantes, en momentos históricos claramente diferentes. La definición que interesa a los efectos de esta nota es la que caracteriza al fascismo como un conjunto de prácticas sociales, que se refieren a la utilización de la demonización de grupos minoritarios o débiles mediante la exacerbación y proyección de los odios de las capas medias, asalariadas o excluidas. Con la movilización política activa de estos segmentos sociales y su participación directa en la estigmatización, hostigamiento y persecución de grupos de población identificados a partir de su nacionalidad, diversidad étnica, lingüística, cultural, socioeconómica, política, religiosa, de género o identidad sexual, se busca destruir la organización popular —la sindical o las del tipo de la Túpac— en contextos en los que los sectores dominantes encuentran dificultades en la construcción o mantenimiento de su hegemonía política.

Estas acciones suelen articularse cuando hacen estragos las frustraciones socioeconómicas derivadas de las recurrentes crisis del capitalismo y de una salvaje redistribución regresiva del ingreso, más pronunciadas en países dependientes, y muy particularmente allí donde se han conocido importantes niveles relativos de igualdad y la integración social mediante la conformación de amplias capas medias: sí, como en nuestro país. El fascismo busca saldar estas frustraciones y descontentos atribuyéndolas a inmigrantes, beneficiarios de planes sociales, miembros de distintas minorías culturales o de identidad sexual, pueblos originarios; grupos que pueden haber estado estigmatizados previamente o en proceso de ser infamados: resulta más fácil agredir a determinadas minorías —en general con pocas posibilidades de confrontar con estas modalidades de agresión— que a los verdaderos responsables de la situación, quienes cuentan con el apoyo de la maquinaria de (in)seguridad estatal y de agencias de “seguridad privada”.

Lo central en esta concepción del fascismo no tiene que ver con los objetivos declamados sino con la forma específica de utilización de la violencia que promueve, apelando a la movilización social. Es así como ha ido ganando la calle nuestra derecha: aquí está lo novedoso de la “nueva derecha” argentina, no en su inexistente vocación democrática porque, como destaca Feierstein, las dictaduras que asolaron el país desde 1955 no buscaban movilizar a la sociedad sino paralizarla, incluso —y sobre todo— la genocida de 1976.

Cabe agregar que para identificar un conjunto de prácticas sociales fascistas no alcanza con el discurso violento, es necesario que ese discurso, proveniente de personajes que ejercen responsabilidades públicas relevantes, se materialice en agresiones concretas: instigaciones a la delación —como cuando se habilitó una línea telefónica para denunciar a docentes que intentaran tratar en clase la preocupación por la desaparición de Santiago Maldonado, porque “con mis hijos no”—, incremento de ataques a movimientos sociales y pueblos originarios —de fuerzas estatales y paraestatales como mercenarios a sueldo de terratenientes en Neuquén o Salta, por ejemplo—, limitaciones al ejercicio del periodismo, distintas modalidades de persecución a la oposición política, etc. En síntesis, lo que hemos visto con el macrismo en el gobierno y estamos viendo ahora que es oposición, es una suerte de protofascismo. Las Bullrich y los Pichetto son impulsores del enano fascista, que no está en ningún ADN, se construye en todos y todas con paciencia y perseverancia.

 

¿Por qué usar el concepto aquí y ahora?

El fascismo surgió como respuesta del gran capital ante la amenaza revolucionaria europea, y se desmoronó a partir de la derrota del nazismo en la llamada Segunda Guerra Mundial y de las configuraciones ideológicas que emergieron durante la Guerra Fría.

Los cambios en las relaciones de poder en la arena internacional, la aparición de nuevos conflictos de origen colonial por la apropiación de mercados y recursos, la transformación de la dinámica migratoria, etc., han generado condiciones muy distintas.

Sin desestimar las investigaciones y reflexiones que sugieren evitar el uso del concepto en la actualidad, la realidad política regional —para no ir más lejos— sugiere que hoy la aparición de prácticas fascistas podría constituir una forma de rearmar una hegemonía difícil de sostener por parte de las grandes corporaciones, manteniendo apoyos políticos masivos en el marco de un régimen representativo y sin recurrir al fraude. Seguramente esta eventual resolución de la crisis de hegemonía instalaría un capitalismo más feroz todavía que el realmente existente, con intervención estatal muy distinta a la de los fascismos históricos; pero tal diferencia podría no ser suficiente para desechar la caracterización de los regímenes conducidos por la “nueva derecha” como fascistas o neofascistas, justamente porque aquello que comparten con las experiencias del siglo pasado es más importante que lo que los diferencia.

En política, el sentido de los conceptos del pasado y su utilización en el presente adquieren relevancia en la medida en que sirven como instrumentos para la acción. La calificación de fascismo o neofascismo para ciertas lógicas políticas contemporáneas no debe ser concebida como insulto ni como simple ejercicio abstracto de desarrollos académicos. Tengo la convicción de que las experiencias fascistas pasadas y la lucha política que se libró para combatirlas tienen mucho para enseñarnos en relación con nuestra realidad.

En efecto, licuadas las responsabilidades por el cuatrienio infame 2015-2019, sus artífices podrían recuperar la conducción del Estado: quienes no tuvieron escrúpulos para degradar la república y el Estado de Derecho, someter al hambre a millones de compatriotas al compás de sus negocios y jugar ahora al “cuanto peor, mejor” —apéndices del poder real que ejerce el veto que ninguna norma le reconoce sobre políticas socialmente progresivas—, tampoco van a tener reparos si sus intereses exigen terminar con lo que queda de democracia.

Las especulaciones en cuanto a que la “radicalización” del discurso de la derecha responde a un mero cálculo electoral prueban que el dispositivo aquí descripto funciona, razón por la cual sería suicida quedarse en la apreciación superficial del fenómeno. Cuando más arriba mencioné la posibilidad de un diálogo con liberales de verdad sobre estos problemas, pensaba en algo parecido a un frente, una herramienta para contrarrestar el embate reaccionario, que por definición sería más amplio que cualquiera de las coaliciones políticas actuales y debería incluir a las distintas expresiones de la izquierda. Asimismo, frente a la creciente agresividad de los sectores dominantes y su potencial destructivo, es indispensable que el gobierno popular asuma sin vacilaciones sus proyectos y, además de criticar lo que es visible, esto es, el discurso del odio, implemente mecanismos de esclarecimiento a través de los cuales se revele lo que se oculta detrás de tal hostigamiento, en defensa de la sociedad y en defensa propia.

 

 

 

 

 

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