LO QUE EL EXILIO ROMPE

Novela argenmex en la que Ana Negri perfora con su prosa el destierro, lo irreparable y sus parches

 

Argenmex es el eufemismo que designa a los argentinos exiliados en México a raíz de la dictadura cívico-eclesiástico-militar (1976-1983) autodenominada con otro eufemismo: “proceso” (de reorganización nacional, notable que alguien lo siga llamando así), que procuró encubrir desapariciones, asesinatos, tortura, robo de niños, etc., llamándolos “excesos”. (¡Otro eufemismo!) Suplantar un término incómodo por otro que alguna hipótesis caracteriza de mejor digestión política, sería la operación semántica capaz de describir el mecanismo. Más en criollo: llamar una cosa por otra.

 

 

 

 

Maniobra de sustitución destinada a ocultar una verdad, no necesariamente encubre propósitos abyectos. Como ocurre en los textos sagrados: el tetragrámaton Yahvéh translitera sin nombrarlo el nombre prohibido de dios. En otro extremo —el del patetismo grandilocuente—, un eufemismo se pisa el rabo al denominar “aliviador pluvial natural parquizado” a un vulgar cantero. Por evocar las ansias de un inexistente metal precioso de segundo orden, “Argentina” mismo podría considerarse un eufemismo. Aunque no todo es ridículo, fantasioso o denostable en ese rubro, especialmente cuando el eufemismo apunta a dar cuenta de aquello difícil de definir, cuando las palabras habituales no alcanzan a recortar la idea en forma clara.

Clara, precisa y nunca azarosamente, es la protagonista de Los eufemismos, novela publicada al mismo tiempo en Chile, México y España, que llega ahora a estas costas antes de una traducción francesa y otra al inglés. Ana Negri (México DF, 1983), su autora, es hija mexicana de exiliados argentinos, circunstancia que sirve de flejes sobre los que vibra una historia polimorfa. Sin ser la propia en forma puntual, no deja de serlo al contener interpuestas capas estratigráficas fluyendo en su interior, intercalándose en proximidades y lejanías. Las del lenguaje, en primer plano, tan semejante, tan distinto, requiere doble entrada: “Son casi cuarto para las siete, ‘siete menos cuarto’, diría Clara”. Claro: pues al haber nacido en México, hija de argentinos, criada dentro de un frasco de lenguaje argento, Clara al decir se des-habla, al hablar se des-piensa y en ese revoltijo se va encontrando como puede. Y lo logra aunque “requiere mucho tiempo para encontrar las palabras adecuadas y, en la mayoría de  los casos, apresura las pausas que incomodan a su interlocutor con un neologismo que condensa sus necesidades y le evita discernir entre una palabra y otra. Así ha llegado a formular engendros como caloroso (por calor y bochornoso) o extravolar (por extrapolar y  valorar)”.

 

 

La autora, Ana Negri.

 

 

En la infancia, la protagonista contaba con “una cantidad incomprensible de tíos que en nada se parecían a ella o a sus padres, muchos de los cuales ni hablaban como ellos ni habían pisado nunca la Argentina. Esas relaciones, entendería después de golpe —como casi siempre—, no respondían a líneas de filiación, sino a vínculos que sus papás establecían para reemplazar la familia que perdieron al irse”. Sumado al eufemismo genealógico, está siempre presente el que constituye una serie, sin establecerse en una sola palabra o frase: muertos, desparecidos, torturados, clandestinos, perseguidos, exiliados… que ningún término es capaz de abarcar, acaso contener la siniestra constancia de poder albergar alguna atrocidad más, de esas que el tiempo no logra diluir. En esta historia es “los rotos”. Ni quebrados, destruidos, fracasados, acabados, frustrados; nada de eso: una locura sin llegar al privilegio de la inconsciencia. Rotos. Como esas altas fortalezas cuyos muros centenarios se derrumban un día cualquiera por el leve impacto de una brisa breve, la vibración de una cabalgata aledaña, una abeja que se posa en el desequilibrio de una almena. Cualquier cosa hace colapsar la mole de piedra, cuyo mortero fue pulverizado por el calendario sin que nadie se percatara del todo. Hasta que ocurrió: “’Su mamá llegó hace un par de horas y… está muy nerviosa’, le dijeron. Ese día empezaron los eufemismos”. La historia pega un vuelco, sin “saber bien cómo, Clara estaba de pronto acorralada por la presa que esperaba ser encontrada en su escondite”.

La forma como suele tramitarse la relación de la madre con la hija mujer es la hostilidad. Cuando no, con una beatífica sumisión; más preocupante. “Su madre tiene una capacidad única para sacarla de quicio y luego tratarla como si estuviera del tomate –por decirlo a la argentina—, lo cual, en un nuevo revés, la vuelve loca”. Tal vez sin proponérselo —lo que en la lectura pasa de lo dudoso a la certeza y viceversa: ahí el misterio— el drama de la hija deshace el origami interno de la madre. Encuentro y a la vez desencuentro desplegable a un plano mayor: la paradoja del exilio mismo, del país expulsivo, de la tierra acogedora, del ayer hasta el hoy. Tiempos revueltos, extendidos, arcadas realistas que retuercen las tripas de la verdad: “La primera vez que su madre volvió a Argentina luego del exilio, en el ’89, se había topado con la sorpresa de que todas sus hermanas –desde la que entonces tenia quince hasta la que era dos años menor— pensaban que era narcotraficante. La abuela les había dicho que ésa era la razón por la que se había ido a México y la causa por la cual el abuelo había ido preso; todas se comieron esa historia muy a pesar de lo que ventilaban las protestas y noticias en Argentina, e incluso, sin considerar que la precariedad en la que vivía su hermana mayor en México no se ajustaba al perfil que la abuela había pintado”.

Cuidada tan al extremo que fluye como al pasar, la prosa de Ana Negri arrastra al lector por las retinas en tramas desdobladas, con personajes que representan más de lo que son y situaciones que abarcan más de lo que describen. Al deambular por entre el endemoniado tránsito de la capital mexicana hacia la no menos diabólica burocracia de la embajada argentina a fin de tramitar la reparación por exilio, se embotella la cuestión del valor de las vidas desterradas; la erótica distancia de un ex marido mexicano, la dificultad estética de un amante veleidoso. El habla de los dos países se cruza y atraviesa en las personas: “No alcanza a brincar del todo el arroyo que se ha formado al borde de la banqueta y cae con un pie dentro del agua lamosa: ‘la concha de la lora’”. Queda al lector dirimir, acaso elegir, la profundidad del arroyo; si es laguna, océano o del Plata; si el salto es textual o de hemisferio y así sucesivamente. Como la autora, Clara y su madre quedan en México, eso se sabe desde el primer momento. Lo que migra es el lenguaje, la memoria y los eufemismos de Los eufemismos cuando hacen un puente de doble mano entre distintos tiempos históricos que, al irse, permanecen.

 

 

 

FICHA TÉCNICA

Los eufemismos

Ana Negri

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, 2022

146 páginas

 

 

 

 

 

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