El pasado domingo, el escritor argentino Sergio Sinay publicó en el diario Perfil una columna de opinión con el siguiente titular: “El caso Harwicz y el wokismo fascista”. En la nota criticaba la decisión adoptada por los organizadores del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades CulturAlh de Granada que, atendiendo a una petición de la Red Universitaria por Palestina, habían decidido retirar la invitación cursada a la escritora argentina Ariana Harwicz. El motivo invocado por la Red Universitaria por Palestina ha sido las declaraciones públicas de Harwicz en redes sociales (como un tuit de septiembre de 2025 en X) en las que se oponía abiertamente al boicot cultural a Israel, afirmando lo siguiente: “Les angustia terriblemente que no haya genocidio. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel”. En defensa de Harwicz, más de 350 escritores, críticos y pensadores firmaron un manifiesto denunciando el veto ideológico y defendiendo la libertad de expresión. En respuesta, más de 500 autores y cineastas respaldaron la decisión del festival, argumentando que organizar un boicot pacífico no es censura, sino una postura ética legítima contra el negacionismo del genocidio palestino en espacios públicos.
Antisemitismo y antisionismo
Según la interpretación de Sinay, “Ariana Harwicz acaba de ser cancelada por presión de agrupaciones estudiantiles y de algunas pandillas de intelectuales presuntamente progresistas que esgrimieron dos motivos. Uno inconfesado: su condición de judía. Y otro falaz: se le atribuyeron declaraciones que avalan el genocidio de Gaza, algo que nunca dijo”. En declaraciones al diario El País, Ariana Harwicz atribuyó también la retirada de la invitación a su condición de judía. La nota de El País registra el siguiente diálogo: “P: La Red Universitaria por Palestina de Granada rechaza que la hayan señalado por judía. R: Si perteneciera a otra minoría nadie me hubiera hecho esto. En el ámbito de la cultura se justifica la cancelación a los judíos. P: Se habla de sionismo. R: Sionista es la forma diabolizada e instrumentalizada para discriminar a judíos. Y les gustan los judíos que quieren aniquilar al Estado de Israel”.
Sergio Sinay, en otra nota publicada en Perfil en diciembre de 2023, adopta una tesis similar al sostener que autodefinirse como “antisionista pero no antisemita” es un oxímoron, una contradicción en los términos: “El sionismo nació en 1898 para abogar por la creación de un Estado que permitiera a los judíos dejar de ser parias, y no para colonizar ni dominar el mundo. Eso se logró en 1948 en Sion, la tierra original del judaísmo, en la que nació Jesús. Cuando se niega la existencia de un Estado se niega la existencia de su pueblo. Otra cosa, plausible y lógica, es criticar su política. Mientras tanto, hoy antisemitismo y antisionismo son sinónimos que el correctismo no puede separar”.
Sergio Sinay y su padre
La mejor refutación a las tesis de que el antisionismo es una forma de antisemitismo proviene de Rubén Sinay, padre de Sergio, quien fue un intelectual judío argentino de orientación comunista y fuertemente antisionista. Rubén Sinay (1918-1990) fue un dirigente del Partido Comunista Argentino, vinculado al ICUF (Idisher Cultur Farband, Unión Cultural Judía), periodista y figura central de la prensa judía comunista argentina. Fue uno de los principales intelectuales de esa corriente y dirigió o impulsó publicaciones como Tribuna y, posteriormente, Tiempo. La literatura académica sobre el movimiento judeo-comunista argentino documenta extensamente la clara posición de Rubén Sinay contra el sionismo. No era simplemente un judío que personalmente no simpatizaba con el sionismo, sino que durante décadas desarrolló una posición intelectual y política contra el sionismo y contra la concepción que concibe a Israel como Estado nacional del pueblo judío. La corriente de la que Sinay era uno de los principales representantes sostenía que los judíos podían —y debían— desarrollar su identidad cultural en los países donde vivían y estaban arraigados. El ICUF reivindicaba particularmente el ídish y la cultura judía secular, en contraposición con el esquema sionista de emigración y construcción de un proyecto etnonacionalista en Palestina.
En 1956 publicó un libro profético titulado Sólo la paz salvará a Israel, en el que discutía explícitamente con el sionismo argentino a propósito de la situación de Medio Oriente. No existe una versión digitalizada del texto, de modo que no hemos tenido acceso directo a la fuente, pero el título ya indica claramente que Sinay no estaba proponiendo destruir Israel, sino que su preocupación declarada era precisamente salvarlo. La solución que proponía era que Israel abandonara el proyecto sionista, evitara convertirse en una pieza del enfrentamiento este-oeste, confiara menos en la militarización y buscara el entendimiento con los países árabes. El libro apareció justamente en un momento muy particular: antes de la crisis de Suez de octubre-noviembre de 1956. Pocos meses después de la publicación, Israel invadió Egipto junto con Francia y Reino Unido. El episodio confirmó, desde la perspectiva comunista, la interpretación de que Israel estaba funcionando como parte del dispositivo occidental en Medio Oriente. A partir de Suez, la posición del Partido Comunista Argentino pasó a ser marcadamente pro-árabe y anti-imperialista, presentando el conflicto dentro de ese marco.
Antisionismo no equivale a antisemitismo
El gobierno de Israel y sus partidarios intentan en forma recurrente tachar de antisemitas las críticas dirigidas a las políticas del Estado de Israel. El objetivo evidente es sofocar el debate y la discusión racional presentando al adversario como alguien execrable y así deslegitimar sus argumentos. De este modo se pretende eludir la crítica política al sionismo, es decir, a una ideología del siglo XIX que, según Benjamín Moser, “deriva de la escatología cristiana y del nacionalismo racial alemán” y que finalmente arraigó entre los judíos de Europa Central y Oriental que habían sufrido pogromos y persecuciones. Ese movimiento se inspiró en la aventura colonial europea para diseñar un proyecto de ingeniería social que buscaba un lugar en el mundo donde pudiera asentar a esa población y construir un Estado. Una de las alternativas barajadas por Theodor Herzl fue la Argentina, pero finalmente, renunciando al laicismo original, se prefirió situar el enclave colonial en Palestina, para legitimar la desposesión de los nativos acudiendo a interpretaciones enrevesadas del Antiguo Testamento.
Los sionistas generalmente atribuyen a los críticos del sionismo la intención de bregar por la desaparición del Estado de Israel, pero esta interpretación no se sostiene. Es probable que las poblaciones palestinas que sufren el acoso permanente de los colonos israelíes o han sido bombardeadas despiadadamente en Gaza experimenten el deseo íntimo de que desaparezca la causa de sus males. Pero cualquier evaluación razonable y pragmática de la realidad pasa por reconocer que Israel es un Estado consolidado, que alberga una población de diez millones de habitantes, de los cuales el 21%, es decir, 2,15 millones, son árabes. Nadie en su sano juicio desea la aniquilación de esa comunidad. Lo que se pretende es que Israel reconozca las especiales características que dieron lugar a su formación basada en la limpieza étnica. Además, que ponga fin al proceso de expansión continua de sus fronteras y que renuncie al sistema de apartheid. Y que conceda a los palestinos los derechos políticos como ciudadanos de un Estado binacional o, alternativamente, facilite la formación de un Estado palestino. En definitiva, los opositores al sionismo, incluyendo a numerosos activistas y grupos judíos, proponen alternativas razonables para favorecer la transición a un Estado igualitario y democrático, similar al cambio constitucional que tuvo lugar en Sudáfrica hace 30 años.
En abierta oposición al antisionismo, el antisemitismo es un tipo específico de discriminación racial basado en los prejuicios, hostilidad o violencia contra personas e instituciones judías por el hecho de serlo. Es decir, se trata de odio contra una identidad étnico-religiosa y no guarda la menor relación con el antisionismo, que es la crítica a una ideología política supremacista. Como no todos los judíos son sionistas, dado que existe una activa oposición al sionismo dentro de la comunidad judía mundial, y como sionistas no son sólo los casi ocho millones de judíos de Israel, sino también otros 50 millones de evangélicos cristianos, es evidente que la crítica al sionismo no está vinculada a la etnicidad de las personas que sustentan esa ideología. Paradójicamente, cuando los sionistas asimilan el antisionismo con el antisemitismo, incurren en un estereotipo racial, dado que atribuyen a todos los judíos una misma y uniforme condición sionista.
El esencialismo racista
No se puede abordar el tema del antisemitismo sin definir antes el racismo, dado que el antisemitismo no es más que uno de los tantos rostros del racismo. Como señala David Livingstone Smith en Sobre la inhumanidad, la deshumanización y cómo resistirla (Oxford University Press, 2020), el racismo es la creencia de que existen razas y de que algunas razas son intrínsecamente superiores a otras. No hay duda de que los nazis consideraban a los judíos como racialmente inferiores (sin percibir que, al atribuirles alambicadas ideas conspirativas, los consideraban diabólicamente inteligentes). La base del racismo descansa en considerar a las razas como categorías naturales. Esto da lugar al esencialismo, es decir, a la creencia de que cada grupo étnico, diferenciado en ocasiones por el color de la piel o el pliegue de los párpados, tiene algo profundo e inobservable que lo hace pertenecer a una categoría natural. Cuando una mayoría dominante señala a una minoría étnica o racial como una amenaza existencial, comienza por atribuirle ciertos rasgos de personalidad que rápidamente se difunden como estereotipos. El paso siguiente es segregarlos, humillarlos, someterlos a discriminación y abuso o caracterizarlos como terroristas. Según Livingstone Smith, este paso es crucial para el surgimiento de la violencia genocida en toda regla. Ya no ven ni tratan a las víctimas como seres humanos, sino como criaturas subhumanas que deben ser eliminadas. El genocidio es la manifestación más clara y evidente del racismo. Sólo se puede asumir la necesidad de exterminar al otro cuando se le niega su condición humana.
El sionismo, al defender la supremacía étnica judía en el Estado de Israel, “es una forma de racismo y discriminación racial”. Así lo estableció la resolución 3379/75 de la Asamblea General de Naciones Unidas aprobada el 10 de noviembre de 1975. En los considerandos, la resolución recordaba a la resolución 1904 de 20 de noviembre de 1963, por la que se proclamó la Declaración de las Naciones Unidas sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial. En particular, su afirmación de que “toda doctrina de diferenciación o superioridad racial es científicamente falsa, moralmente condenable, socialmente injusta y peligrosa” y su expresión de alarma ante “las manifestaciones de discriminación racial que aún existen en algunas partes del mundo, algunas de las cuales son impuestas por ciertos gobiernos mediante medidas legislativas, administrativas o de otra índole”. La resolución 3379/75 fue luego revocada el 16 de diciembre de 1991 por la resolución 46/86, una resolución extraordinariamente corta que, sin brindar explicación alguna, dice: “La Asamblea General decide revocar la determinación contenida en su resolución 3379, de 10 de noviembre de 1975”. El motivo de la revocación obedecía a una demanda falaz de Israel, que condicionó su participación en el proceso de paz abierto por la Conferencia de Madrid en 1991 a la derogación de esa resolución.
Lo cierto es que desde sus inicios el sionismo abogó por una "mayoría judía" en el nuevo Estado de Israel y para lograrla no titubeó en hacer uso de la fuerza. En Israel, los miembros del colectivo judío gozan de una supremacía sobre los habitantes palestinos del territorio establecida en la Ley Básica. Esa supremacía, reivindicada sin ambages por el sionismo, es, como lo señalaba la derogada resolución 3379/75, una incuestionable forma de racismo y discriminación racial. La preservación de esa mayoría étnica judía en Israel es un objetivo público y abiertamente reivindicado por el sionismo, generalmente justificado por la necesidad de defenderse del antisemitismo. Pero, como advierte Judith Butler, ningún grupo humano puede pretender ocupar el lugar de víctima de forma permanente para quedar así exonerado de cualquier exceso.
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