LOBO ATADO, CORDERO SUELTO

Un clásico de 1993 nos cuenta (lobo, ¿estás?) el presente de 2021

 

¿Qué era de nuestras vidas —quiénes éramos, si ya éramos— hace 28 años?

Cuando repaso qué ocurrió en el planeta durante un año específico (el ’93, en este caso), pienso que lo que tuvo lugar fue más de lo mismo; el mismo tipo de popurrí vital, mezcla de lo excelso, lo banal y lo terrible, que caracteriza cada giro alrededor del sol de la roca ígnea que habitamos. Asumió Clinton. Murió Cantinflas. Luis Miguel lanzó el disco Aries. Hubo un tsunami en Japón. El Papa sacó otra encíclica. Debutó MTV Latinoamérica. Mataron a Pablo Escobar.

Sin embargo, cuando hago foco en la realidad argentina, todo me parece (siempre) corrido de eje, más desquiciado. Ese fue el año en que supimos de Miguel Bru, nuestro primer desaparecido en democracia. El año en que una seguidilla de tornados azotó el sur bonaerense. El año en que diecisiete pibes murieron en el incendio del boliche Kheyvis de Olivos, que a pesar de estar habilitado para 150 personas albergaba a 600. El año en que las familias argentinas se encadenaron delante del televisor para ver Mi cuñado, con Brandoni y Darín. El año en que el Poder Judicial estaba en manos de una mayoría menemista, el peso cotizaba a un dólar, nos comimos cinco pepinos colombianos en el Monumental y Pappo, el rocker abrasivo, le cantaba a su mamá.

 

 

 

 

Por supuesto, también pasaban otras cosas en aquel ’93, por detrás de los decorados y de los reflectores. Ese —por ejemplo— fue el año en que la banda más popular del rock argentino grabó su primer y único álbum doble. Aquel que empezaba invocando a un lobo y con una canción que expresaba el deseo de ver a cierto tipo «huir como un ladrón / al que nunca pueden atrapar».

Como otros tantos ladrones de hoy, a los que nunca les entra la bala de nada que se parezca (¡ni de lejos!) a justicia.

 

 

 

 

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Lobo suelto, cordero atado fue el sexto opus de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota. Algunos registros dicen que salió al mundo en noviembre del ’93, otros que fue el 4 de octubre del ’93 — o sea, hace 28 años, día más o menos. No había sido concebido como una obra conceptual. Era apenas una colección grande de canciones, de las cuales el Indio y Skay no se decidían a sacrificar ninguna. Y a la que sobre el final (como solía y suele hacer, cuando llega la hora de bordar las letras que faltan) el Indio le puso un moño narrativo. Lo enmarcó todo como parte del ida y vuelta entre el lobo y el cordero, aquellos «socios en el drama de la humanidad» a quienes identificamos con la oposición víctima / victimario.

Tratándose del rey de la ambigüedad, las cosas no podían ser tan simples.

 

 

 

 

Para empezar, se trataba de una obra doble cuyos discos… ¡se vendían por separado! La explicación dice que esa decisión se tomó atendiendo a las magras fortunas del público promedio de los Redondos. («Preferimos —me dijo el Indio— darle tiempo a la gente para que robase a otro ciego, como decían los Stones».) Pero el hecho ponía los fans en una disyuntiva. ¿Cuál comprar primero: el que tenía en la tapa al lobo o el que llevaba el dibujo del cordero? Como en la vida, no quedaba otra que elegir.

Y el que abandonaba, no tendría premio.

 

 

 

 

 

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Cada disco era presentado por una carta de su personaje principal.

Firmada por Lupus El Lobo, la primera empezaba diciendo: «En el principio fue la compasión y el principio es la mitad de todo». Allí Lupus reescribe el génesis de la vida sobre esta bola de bowling («A partir de entonces —dice— ciertas mentiras dieron vergüenza») y se asume como nuevo diablo. Pero eso no implica que el lobo sea el malo de esta película. Se trata de máscaras, nomás; de pieles que cualquiera puede adoptar a conveniencia, en este juego de rol que es la vida aquí. Uno puede calzarse el sayo del lobo o echarse encima aquel del «gemelo enrulado». Pero toda máscara es ambivalente. Algunas sirven para asumir la verdadera identidad y otras para ocultarla. Este Lupus, a quien la castinera de la película terrestre contrató para el papel del malo, sabe que hay alguien mucho más jodido en este planeta.

«Vos, corderito —dice—, multiplicaste la crueldad durante milenios. No tuviste compasión. No hiciste uso del movimiento del alma que nos hace sensibles al mal que padecen los demás». Este cordero a quien Lupus interpela es la criatura que creció sintiendo miedo ante las fauces del predador —como la mismísima especie humana—, pero que terminó capitalizando esa descarga de adrenalina y la usó para darse valor e impulsarse hacia la consagración como el más despiadado. Es, por extensión, el becerro de oro, ese «ídolo adorado», el epicentro de un culto equívoco y sacrificial que sigue rigiendo nuestra cultura, la expresión de la devoción a la riqueza por encima de todo — sin la cual, admitámoslo, la vida de tantos no se entendería un pomo.

Ese es el tiempo que nos tocó vivir. El del cordero suelto que se asocia en manada para acosar al lobo. El de las bandas de bichos lanudos que se pretenden inocentes y por eso evitan sonreír: para que no se les vean los dientes manchados de sangre.

 

 

 

 

 

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Desde que Lupus El Lobo estableció que el tema era la compasión, se entiende la pertinencia de una canción como Un ángel para tu soledad. Ahí la ternura del Indio por aquellos que seguían a Los Redondos donde fuesen es indisimulable. Está hablando con el cuore en la mano. Le canta a las legiones de pibes y pibas que se aventuraban a las rutas y arrastraban sus esqueletos hasta los conciertos; quienes aprovechaban la fiesta para liberarse de sus ataduras (el «doble cordel» de la simulación) y bailar sobre su eje como remolinos; quienes, en el frenesí dionisíaco del concierto, se animaban a practicar acrobacias de las que salían indemnes, gracias a la suerte del principiante. Claro, también había veces en las que se pasaban de rosca y se pegaban un palo, del que los rescataba ese espíritu al que el Indio llama ángel de la soledad / y de la desolación. El buen ánimo que nos recoge del suelo cuando creemos no contar con nadie, o nos sentimos más allá de toda ayuda humana; ese espíritu que —paradójicamente— fue el único en quedarse siempre afuera de las misas de Los Redondos y del Indio.

Porque si existía un lugar en este mundo donde era imposible, por definición, sentirse aislado, era en esos conciertos, donde todos bailábamos nuestras penas hasta que la soledad se disolvía y podíamos ser, por un rato, felices de verdad.

 

 

 

 

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El Indio puede querer a alguien pero no idealiza al pedo. No es casual que después del mimo de Un ángel para tu soledad venga la mirada fría, o al menos desapasionada, que Buenas noticias echa sobre el mismo fenómeno. Esa es la canción que habla sobre los seguidores de la banda en otros términos, más brutales.

Esa banda inconsolable de perros sin folleto

Brujas de alma sencilla, patéticos viajantes

Pobres tontos, pobres diablos, lunáticos diamantes

Prometidos de carne, lánguidos, impalpables

Son… mis amantes.

No es inusual que quien genera una comunión intensa —como las que suponían las misas ricoteras— sienta un vacío al concluir la experiencia. Una suerte de cold turkey, de mono que se presenta una vez que el efecto del cariño masivo se desvanece y te quedás solito otra vez con tu alma. En ese ida y vuelta que ocurre durante horas entre el escenario y la masa vibrante tiene que tener lugar un intercambio de energías que te la voglio dire. Por eso imagino (nunca se lo pregunté al Indio, me lo anoto para la semana que viene) que es posible que alguien se sienta drenado por completo, más mineral que animal, al cabo de un maratón como el que suponían los conciertos de Los Redondos; sumido en un estado de ánimo en el cual nada te conmueve / ni los tiroteos / de mis amantes.

 

 

 

 

 

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Cuando el alma está así, descarnada, se entiende que te sientas «contra las cuerdas», desafinando «canciones tristes, dueñas del corazón». En aquellos tiempos resultaba difícil pensar que las bandas que se agitaban como derviches en los conciertos podían tolerar algo tan parsimonioso, reflexivo y por qué no fúnebre como la canción Espejismo. Era como apelar al freno de mano cuando vas a 230 por la autopista: algo poco recomendable. Sin embargo la monada se bancó el parate, y aceptó la invitación a pensar cuánto de lo que estaba a la vista por entonces era real, y cuánto ilusión óptica, propia de quien arrastra los pies por el desierto con la cantimplora seca.

Entre lo que calificaba como ilusión estaba, sin dudas, lo que el Indio llamaba «la boutique del rock». En aquel ’93, me dijo, «aun tocando en un boliche de mierda vivíamos mejor que un oficinista y eso no era algo que te agradara, que te hiciese sentir cómodo, a gusto… Podía confundirte como esos espejismos a los que se llama fata morgana: no se trata de algo real, sino de una ilusión óptica que no puede durar. ¡No hay nada a lo que te acostumbres más rápido que a un status superior, que no necesariamente se sostendrá!» Por aquel entonces llevábamos apenas dos años de convertibilidad, ese pase de magia cavallística —no hablo de cábalas, hablo del ministro Cavallo— que nos había convertido en ciudadanos del mundo por el mero hecho de porfiar que cada mango nuestro era tan fuerte como un dólar. Pero el Indio ya describía el peligro que siete años más tarde estrellaría al país contra un muro de hormigón. Lo que vivíamos, lo que dábamos por bueno, por real y en consecuencia por duradero, era un espejismo. Y la prospección respecto de lo que ocurriría cuando nos diésemos cuenta de que lo habíamos apostado todo a una ilusión, justificaba la canción que sonaba a marcha fúnebre.

 

 

 

 

 

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Así como Lennon dudó en su momento del verso de la canción Revolution donde hablaba de violencia y destrucción (no estaba seguro de cantar «sabés que podés contar conmigo» o más bien lo contrario, «sabés que no podés contar conmigo»), el Indio vaciló en torno de los versos más bellos de la canción Espejismo: esos que dicen lo mejor de nuestra piel / es que no nos deja huir. «Pensé incluso —me contó— en decir una vez lo mejor y otra vez lo peor. Pero era más ‘desnudante’ así. Si no estuviésemos prisioneros de la piel, huiríamos inmediatamente de nuestra intimidad».

De algún modo, esa tensión dialéctica era otro eco de la que existía entre el lobo y el cordero, cuyas pieles fueron convertidas en mercancía de cambio durante la historia de la especie. (La del lobo como alfombra o trofeo de caza, la del cordero como elemento esencial de nuestro abrigo.) La cultura occidental tiende a identificar la piel como lo superficial, lo frívolo, el receptáculo de las sensaciones más efímeras. Del mismo modo es traicionera, porque te adjudica un color de fábrica que puede condicionarte —negro, marrón, amarillo— y contra el cual muchos quieren rebelarse, en un acto que inevitablemente conduce a la auto-traición. (Muy mal plan, ese. Ni Michael Jackson se lo bancó.)

Pero en último término la piel es el envase de todo lo demás, el container de lo que somos, y por eso la relación con el epitelio también es indicativa de la relación que tenemos con la parte más profunda de nuestro ser. Si te bancás estar dentro de tu piel, si no le escapás a la soledad que ese aislamiento supone, si encontrás el modo de asumir tus limitaciones y al mismo tiempo apostar por tu mejor parte, habrá oportunidad de conservar la dignidad, de vivir con elegancia. En cambio, si todo el tiempo tratás de cambiar de piel, de fingirte otra u otro (si te la jugás a una convertibilidad de tu persona, a ostentar un poder que no tenés cómo sustentar en metálico), lo más probable es que termines siendo un traidor de clase, alguien que reniega de las circunstancias que lo convirtieron en quien es; y que en segundo término te conviertas en un Judas de tu propia intimidad. Y si alguien sabe, o intuye, que está traicionándose a sí mismo, ¿qué le impide traicionar a todos los demás?

Un lobo no entrega su piel, sólo se la sacan cuando ha muerto. En cambio, las ovejas entregan la suya todos los años, y por guita.

 

 

 

 

 

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«Es como una fotonovela», me dijo el Indio sobre La hija del fletero, «la historia de un desengaño amoroso». Del mismo modo podríamos decir que es un melodrama costumbrista, o una telenovela comprimida en un único capítulo sonoro, o un tango en la tradicional vena de la percanta que te amuró, que te colgó la galleta: todos géneros, o subgéneros, que uno no suele asociar a la escritura del Indio. Sorpresa que se agranda cuando uno revisa la canción —linda, infinita— a la luz de la evolución social que tuvo lugar en los últimos treinta años. El tipo que narra es el macho típico, que no termina de entender por qué lo han dejado. Alguien que estaba seguro de que las traiciones constantes a que sometía a su compañera (no calentás la misma cama por dos noches / me reclamaba y no la quise oír) debían estar compensadas por sus otros esfuerzos. Hice de todo por impresionarla, avisa, nunca tuvo el higo seco junto a mí. Pero sus cálculos de almacenero no cuadraron con las matemáticas que ella manejaba. Cuando entendió que al final del día las cuentas no le cerraban, la fleterita —con toda justicia— lo fletó.

La dignidad con que ella manejó esa separación despoja al narrador de sus ínfulas de macho lobo. Entiende que la chica lo mandó al descenso limpiamente. Por eso ahora confiesa: Sopa de almejas es todo lo que como / Siempre fui menos que mi reputación. Si hasta tiene un par de cartas suyas en el buzón, que no se anima a leer porque le falta coraje. A esa altura, la cotización de sus pretensiones ha caído tanto que se contentaría con saber que ella puede recordarlo sin rencor. El final, de algún modo, es abierto: existe la posibilidad de que haya aprendido de la experiencia, y que de allí en adelante se comporte como debe con la mujer de quien vaya a enamorarse… o de que persista en sus fullerías, con la excusa del dolor traumático que le produjo el abandono. Eso es lo que sugiere el verso: Un corazón no se endurece porque sí.

Lo peor de nuestros defectos es que, a veces, no nos dejan huir.

 

 

 

 

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La carta que Rulo El Cordero le manda a Lupus El Lobo es, como su personaje, más bien engañosa. Por empezar, llama al lobo «viejo amigo» cuando todos sabemos —la historia lo demuestra— que Rulo no tiene amigos. Ni siquiera la familia se salva de sus chanchullos: es capaz de empernar a su mamá, a sus hermanos y hasta a sus hijos. El Rulo arranca en términos amorosos, porque es un engatusador nato, y hasta le reconoce méritos al lobo: «Auguraste que mi estrella se volvería un lugar inhabitable», le dice. Pero todo lo que Rulo quiere es recordarle a Lupus que, en lo que llama El Gran Restaurante de la Naturaleza —ese manyatorio donde algunos comemos y otros somos comidos—, las reglas han cambiado. Por eso le recuerda la noche en que su dios se impuso al dios de Lupus y «el Cordero fue lobo del lobo».

Es tan falluto, el Rulo, que no puede aceptar públicamente que en realidad odia al otro y que quiere verlo muerto. «No es que vos no me gustes —le miente—, no me gusta tu trabajo». Pero de todos modos le anuncia a qué atenerse, cuando le cuenta cuál es su forma esencial de pensar: «Pienso para mí… Total, el oficio de Dios es perdonar. Y me coloco mi virgo de descarne». Que, en solariano básico, viene a ser una suerte de himen artificial: un dispositivo con el cual fingir una inocencia que ya no se tiene. Pero aun así se victimiza, se pretende «amargado como el culo de un pepino, envidiando el quilombete que vos estelarizás. No quisiera que sufrieras mi pasión ni por una sola noche». En esto último, al menos, estamos de acuerdo con el Rulo. Ninguno de nosotros querría sufrir la pasión oscura y helada que rige sus días y que impulsa sus repugnantes victorias.

Cuando releí esta carta en voz alta para que conversáramos de ella, lo primero que el Indio me dijo fue: «¿Ves que Rulo es un psicópata?»

Y cuando hablamos de psicópatas, a mí se me aparece la cara de cierta gente a la que conocemos bien.

 

 

 

 

 

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¡Es hora de levantarse, querido! es uno de los típicos pases de facturas solarianos. Allí hay alusiones a un personaje en particular, que la iba de cordero de pesebre hasta que te dabas vuelta y te clavaba a la cruz con el culo hacia afuera. Pero en términos generales es una invectiva contra ciertos periodistas a quien el Indio conocía y, por extensión contra todos los de su calaña. Los mismos «chicos de las columnas» a los que ya había eviscerado en un tema del primer disco, Lobo caído:

Los chicos de las columnas, dije

gustarían tener mucha manteca

y la miel de toda telita cruel.

«Gente que ganaba monedas y abusaba del poco poder de que disponía», me dijo el Indio. De estos hay todavía más, hoy en día (en el periodismo general, al menos), y unos cuantos de ellos ganan bastante más que monedas. Pero la pintura sigue siendo válida, porque el sayo sigue cabiéndoles. Son ellos los que tienen y hacen uso y abuso de la licencia para envenenarnos. Ocurre que «mienten descaradamente», insiste Solari. «Y eso que nunca pensé que, con el tiempo, los periodistas iban a llegar a desnudarse tanto. Se fueron al carajo, son un disparate».

Corderos que presumen de nívea lana, cuando viven en la mugre. Gente que lucra con un negocio muy difícil de explicar. Traidores a su clase que se convencen de haber sido aceptados en el escalón superior, y que por eso viven haciéndose los capos cuando desde arriba no se los considera más que kapos con ka —qué karma (también con ka), el de esta gente—, como los internados en los campos de concentración que colaboraban con los carceleros en la opresión a su propia gente. Tipos que serrucharon la rama en la cual maduró su fruta. Por supuesto, de inmediato la recauchutaron como pudieron —la «soldaron con primor», ironiza el Indio—, pero siguen sin poder dormir tranquilos porque el carozo del asunto es el temor en el que viven.

El psicópata millonario hecho y derecho duerme como un lirón, porque no cuenta con nada parecido a una conciencia. En cambio, a los renegados que lo traicionaron todo en pos de su primer millón, no hay valeriana que los ayude a pegar el ojo.

 

 

 

 

 

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Perdiendo el tiempo es la crónica de otro romance fallido. Aquí también, como en La hija del fletero, hay una mujer que pone distancia en busca de un futuro más amable.

Le tengo cariño porque es la canción de la cual el Indio extrajo el verso con que tituló su biografía, en la que colaboramos: Recuerdos que mienten un poco. Y también porque su protagonista, el hombre que narra, se permite mostrarse vulnerable: Por primera vez tengo miedo / de no hacer bien mi papel, dice. Los versos pueden ser interpretados de muchas maneras: desde la expresión del temor a no rendir sexualmente a la consciencia de que uno ocupa un espacio descomunal en el imaginario de la gente, a cuya altura no puede estar —ni sostenerse— ningún ser de carne y hueso.

«Son chalecos que siempre te quedan mal de sisa», me dijo el Indio. «Uno no nació en un pesebre… Y empiezan a esperar que te comportes como un superhéroe, cuando no lo sos… Me sé privilegiado por el hecho de que hayan proyectado sobre mí cosas fastas, bienhechoras. Pero nunca en mi vida se me ocurrió que esta cosa podía cobrar semejante dimensión».

 

 

 

 

 

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Cuando hablamos de Sorpresa de Shanghai —esa canción que incluye los versos: ¿A quién le importa / toda esa guinda / si te sofoca?—, le pregunté si ya por entonces le sofocaba la guinda de ser el Indio Solari. Tuve miedo entonces de que disparase por el lado de tantos artistas, a quienes no les cuesta nada el papo ese de lo duro que es ser una estrella. (Duro es limpiar casas, hombrear bolsas o no tener trabajo, eso lo sabemos.) Pero por supuesto, Solari fue a lo hondo. Arrancó por el padecimiento de la inadecuación inicial: «Cuando me echaban de todos los colegios, yo no me ponía contento. Uno no se jactaba de algo así, porque dolía. Además había que bancarse a los padres remachando eso de que con la guitarrita y con la escritura me iba a cagar de hambre. Y la realidad parecía darles la razón: tus compañeros ya se habían recibido y vos seguías amurado en un cuartucho, escribiendo, pintando con pintura regalada… Y mientras tanto, mirabas al cielo y te rebelabas, pensando: ¿Por qué me despertás esta ambición, si no tengo posibilidades?»

«Pero igual perseverabas —siguió diciéndome—, porque aquel que escribe, o pinta, o compone, no lo hace porque sí. Lo hace porque siente una necesidad que si no  desarrolla, si no libera, va a explotar por otro lado. Por eso uno se obsesiona por lo que hace, al punto de poner en riesgo todo por su vocación: la familia, la salud, la vida misma cuando tocan tiempos de peligros políticos».

«Decí que me fue bien —concluyó—, aun cuando hubo momentos en que mi única posesión sobre la Tierra era un pantalón de tela italiana con el que apenas me tapaba el rabo. Pero si me iba mal, ¿me habría dedicado a otra cosa? ¡Si no sé ni quiero hacer otra cosa! La pasión por lo que uno hace es muy grande. Por eso te toca esa de mirar la vida desde un ángulo… obtuso».

 

 

 

 

 

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Lavi-rap es una canción que tiene sus complejidades. Por un lado es una historia picaresca, a partir de tres gangsters con los que el Indio se había cruzado tiempo atrás en un baño turco, y a quienes bautizó el Morta, Huesito y Mr. Ed, como el caballo parlante de la vieja serie. De ahí la mención al café Tortoni y al Castelar, que era un hotel tradicional sobre Avenida de Mayo: una belleza que tenía sauna y duchas escocesas, que en su momento de oro frecuentaron García Lorca, Girondo y Alfonsina Storni pero que cerró el año pasado, en plena pandemia. Los pistoleros estos que llamaron la atención del Indio llegaban, dejaban la pilcha y los fierros dentro del locker e iban a darse masajes y también a sudar, mientras charloteaban de boludeces: Sólo saben llorar por minas y por guita / no más bohemia, todo es chusmear.

 

 

 

 

En el final de la canción irrumpe la realidad de Los Redonditos de Ricota. Con la misma perspectiva desapegada, casi cínica de Buenas noticias, el Indio reflexiona: El último show no murió casi nadie / se fue vacío el furgón de los fiambres. Era una alusión insoslayable a los quilombos que seguían a la banda en cada concierto. «Durante mucho pero mucho tiempo —me dijo el Indio—, el único lugar que los grandes medios destinaban a hablar de Los Redondos era la sección Policiales». Pero los versos de la estrofa se completan de esta manera, redondeando así la idea central del relato: Cubrieron la mierda de azúcar negra / en el Lavi-rap.

Los lavaderos automáticos eran una de las tantas novedades del menemismo: negocios donde dejabas la ropa mugrienta (en 1985 había brillado una peli de Stephen Frears, con un jovencísimo Daniel Day-Lewis, a la que acá le pusieron Ropa limpia, negocios sucios) y te la devolvían limpia y dobladita. Esto suponía un desplazamiento social y simbólico: la pilcha sucia ya no se lavaba en casa, en el tradicional lavarropas, sino que se la entregabas a una firma anónima que se encargaba del asunto. Mientras la ciudadanía que disfrutaba del uno a uno jugaba a lavar la ropa como en New York, los ricos de este país se entregaban abiertamente a su deporte favorito, el lavado de dinero a espaldas de la ley.

Con su sintonía fina el Indio pescó la conexión oculta entre el boom de aquellos tinglados —la canción, con sus estrofas prácticamente habladas, era una suerte de rap del lavadero— y la tendencia argentina a disimular sus suciedades como si vistiese ropas impecables. Que llegaría a su climax recién en este siglo, cuando habilitamos la llegada a la Rosada de una famiglia especializada en lavado de dinero — o, para decirlo como en la canción, ducha en el arte de cubrir su mierda de azúcar negra.

 

 

 

 

 

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El arte del buen comer es un tangazo de fines del siglo XX. Tal vez la más acabada pintura del nouveau riche que pululaba por los suburbios de la corte de los milagros menemista. Esa gente que se detenía ante cada estante lleno de tilinguerías que eran signo de prosperidad aparente y se las compraba de a dos: toallones con monogramas, marfiles del Congo, champagne. «Si hacés semejante cosa —me dijo el Indio— es porque entraste en un mambo aristocrático absurdo, porque ni son aristócratas ni pueden mantener ese tren de vida». Pero cuando intentabas explicarle a algún amigo o pariente que la convertibilidad no podía durar, y que cuanto más durase más arduo sería recuperarse del despilfarro, te miraban como si fueses un desquiciado y tarjeteaban otra cosa importada en 24 cuotas.

La riqueza del retrato está en la tensión entre lo que se es y lo que se parece, otro tironeo como el existente entre Lupus y el Rulo. Porque Pituca, el protagonista, se da ahora el gran dique, pero hasta hace poco era un rufián que no enceraba nunca el bastón / su boca olía como un cenicero. Pero ahora que se le dio «un golpe de audacia», está convencido de que «su chance es gorda».

Y así Pituca se la creyó entonces y se la creen hoy los Pitucas actuales. De algún modo, la perfecta culminación de El arte del buen comer es la canción del último disco del Indio que se llama El callejón de los milagros: esa en la que el tipo que exhibía su relativo éxito económico mientras soñaba con mucamos filipinos termina atado en el piso del baño y muerto por un chorro de quince años, de esos que no sienten nada / no sienten que se pueden morir / y nada por vos.

Muertos coquetos, bang bang bang.

 

 

 

 

 

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Botija rapado salta de los Pitucas de este mundo a los pendejos a quienes no se les ofrece más que un menú fijo de carencias, palos y desprecio. En este caso, un uruguayito que está preso por un crimen de sangre y que finalmente fuga, se sube a un ferry y cruza «el charco a tiempo». Otra escena del Gran Restaurante de la Naturaleza, cuyo orden de predadores —los señorones con los bolsillos llenos de jueces y de policías, que se devoran al resto de la sociedad y escupen los huesitos— se lleva la ocasional sorpresa, siendo devorado por sus presas designadas.

«Yo —me dijo el Indio, como si ya no lo supiésemos— me dedico a los desangelados».

 

 

 

 

 

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Etiqueta negra es, apropiadamente, el cierre y un réquiem.

El protagonista es otro de los que sacó distancia al resto durante la carrera darwinista que propició el menemismo.

Venía rápido, muy rápido
Y se le soltó un patín
A él, que era el rey de esta jungla
Se le soltó un patín…

Sin embargo el tono no es de befa, no se burla del finadito. La canción es más bien melancólica, no tanto porque el protagonista se lo merezca sino porque ese, el de la contemplación triste, es el ánimo que inspira el espectáculo de la vida malgastada.

El tipo no deja de ser un ricachón marginal —el Indio se inspiró en un dealer a quien conoció—, pero la descripción de sus excesos se aplica a muchos de los mega-rich a quienes nosotros conocemos (y padecemos) hoy. La acumulación de una cantidad de guita totalmente desproporcionada e innecesaria. (Dejó un billete que pide a gritos que lo gasten.) La compulsión a la mentira como forma de vida. (Si su nariz crecía de tamaño, prometía más.) Su magnanimidad a la hora de estafar a Dios y María Santísima, del modo más democrático: en vez de haz el bien sin mirar a quién, practican el haz el mal sin mirar a cuál. (No le robaba nunca a nadie, dice la canción, para agregar de inmediato: a nadie en especial.) Pero toda esa viveza tan criolla se ve reducida a cenizas cuando interviene la verdadera fuerza democratizadora, que es la muerte. Y el tipo, que no pudo llevarse su fortuna al otro mundo, ahora mira crecer las flores desde abajo, como le tocó y le tocará al resto de los seres humanos.

Es un final un tanto sorprendente para el disco de una banda con bien ganados galones de rockera; pero apropiado, porque insta a la sobriedad existencial en medio de una fiesta irresponsable como la de aquellos años.

 

 

 

 

 

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Me enganché a escuchar el disco por enésima vez no por la efeméride, que en general me tiene sin cuidado. (El aniversario de este doble redondo no es una fecha redonda, siquiera.) Lo hice, más bien, porque me pareció un soundtrack adecuado a estos días. En primer lugar, porque pone precisión a la hora del quién es quién en este drama. Nosotros, los que nos sabemos parte del pueblo que lucha por sus derechos más elementales, no somos corderos: somos lobos, como el Lupus del disco.

«En la cultura humana —me dijo el Indio—, el lobo ha sido siempre el más maltratado. Lo que hacemos con el reino animal es una proyección de lo que creemos profundamente respecto de la condición humana. Por eso se desconfía, maltrata y persigue al lobo, con la excusa de que es peligroso. Y en la política, el peligroso es siempre el pueblo: los revolucionarios franceses, los rebeldes cubanos, el aluvión zoológico que mete las patas en la fuente, el aluvión ricotero…»

Pero además de aquella de los roles, estos días presentan otra inversión. A diferencia del título del álbum, hoy vivimos en tiempos de lobo atado y cordero suelto. Si hay aquí alguien acorralado, maniatado, condicionado (por la pobreza extrema, ante todo) es el pueblo, o sea Lupus. En cambio Rulo, a quien el Indio define como «un cagón» cuyo punto de vista presenta con ecuanimidad, para no incurrir en injusticia, está suelto y haciendo cualquiera sin pagar precio alguno. Lava guita, aumenta precios de forma desorbitada, esquiva juicios como un campeón, difunde fake news, insulta y discrimina públicamente, se indigna ante la pobreza como si no fuese responsable de ella y al mismo tiempo demuele e incendia casillas precarias como parte de su campaña. (Los focus groups le habrán sugerido que pegarle al pobre, especialmente ahora que está tan caído, suma votos.)

El lobo atado no tiene resto para confiar en un gobierno también atado. Necesita, por el contrario, de un gobierno alfa (no por macho sino por alfa, nomás), que lidere la manada en la hora de la angustia y de la escasez. Porque cuando al lobo individual no le queda otra que liberarse solo, se vuelve una criatura a quien nadie puede conducir, o que responde al primer grito que le promete una salida, sin tiempo de discernir si se trata de un engaño. Y en este tiempo de oídos sordos al clamor popular (hay sordera en los privilegiados de esta sociedad, pero también la hay en ciertos estamentos del Estado), esa rebeldía se convierte en una posibilidad cierta. De llegar el caso, nadie podrá decir que no ha sido advertido. La admonición que Lupus escribió hace casi tres décadas no ha envejecido, lamentablemente, ni una hora.

Corderito… no es bueno mantener al lobo hambriento.

Terminás con el corazón en la boca. Te lo digo yo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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