LOS ALIMENTOS Y LA DEUDA

Alimentos con precios muy altos por restricciones globales a las exportaciones agrícolas

 

En el aquí y ahora de la Argentina, la condición necesaria de acelerar la acumulación de capital para preservar la salud de la democracia y asimismo profundizar su calidad, debe aguardar el control planetario de la pandemia para retomar el camino pleno del crecimiento, el que además –y en lo primordial- está condicionado por el endeudamiento externo. De acuerdo a los especialistas uno de los requisitos –aunque decisivo, no el único- para controlar la infección es que 4.500 millones de los 6.000 millones de adultos de la población mundial reciban la vacuna. Suponiendo que este 75% de los adultos de la humanidad reciba sus dos dosis hacen falta para cumplir con el objetivo 9.000 millones de vacunas y rezar para que el virus no se ponga en creativo y mute lo suficiente para volver las cosas a fojas cero. Hasta el momento se suministraron 450 millones de vacunas o 6 dosis por cada 100 personas en todo el mundo. Luce que poner en caja a la pandemia se va a tomar un tiempo más largo del que intuye el deseoso fervor promedio.

Mientras tanto, los desangelados cuatro años de JxC ahondando las limitaciones coyunturales que arrastra la Argentina se hacen sentir a cada paso, achicando el margen de maniobra para responder a los variados desafíos de la coyuntura. Por caso, el precio global de los alimentos se estaba estabilizando en un nivel alto cuando un mastodonte portacontenedores se le ocurrió encallar en el Canal de Suez, impidiendo que sea navegado. Luego de una semana, el lunes 29 de marzo al Canal de Suez volvió el intenso tráfico marítimo mercantil tras ser desencallado el enorme buque. El 10 % del volumen de carga mundial de mercancías va por los barcos que cruzan el Canal de Suez. La mitad de los cincuenta barcos que surcan diariamente el Canal de Suez son portacontenedores. A ese promedio diario se fueron anclando embarcaciones en los dos extremos del Canal de Suez; que une el Mediterráneo con el Mar Rojo a través de Egipto.

Para la economía mundial un hecho así siempre es una mala noticia: una semana de demora en el arribo de la materia prima puede implicar un par de meses de retraso en la producción final del bien que la tiene como insumo. Costos arriba. En la pandemia empeora su impacto porque las redes de proveedores quedaron atascadas por las cuarentenas y los puertos lentamente se están volviendo operativos. Los cierto es que aproximadamente el 53% de los granos que se comercian en el mundo (maíz, soja, trigo y arroz) pasan por 4 estrechos. Por Suez el 9%. Estos cuellos de botella navales normalmente no se atoran. De todas formas el episodio Suez y el anuncio de los Saudíes de recortar vía OPEP la producción petrolera en mayo y subir el precio del barril, le agregan presión al proceso inflacionario argentino, al que el irracional endeudamiento externo de JxC le quita espacio para sofrenar.

Seguridad alimentaria global

No es que estemos como una hoja al viento, pero hay que remarla en gran forma. Para colmo y en vista de nuestra oferta exportable hay que registrar que la seguridad alimentaria mundial se ve amenazada por los efectos de COVID-19 en la red global de proveedores de materias primas agropecuarias y las langostas que destruyen cultivos y medios de vida en el Cuerno de África y el sur de Asia. En el sitio nature food Theresa Falkendal, Christian Otto, Jacob Schewe, Jonas Jägermeyr, Megan Konar, Matti Kummu, Ben Watkins y Michael J. Puma publicaron el trabajo que escribieron en conjunto titulado: “Las restricciones a la exportación de cereales durante COVID-19 ponen en riesgo la seguridad alimentaria en muchos países de ingresos bajos y medianos”, (13/01/2021). Los autores toman como punto de partida que “algunas de las principales naciones productoras de agricultura implementaron restricciones a la exportación en la primera mitad de 2020, luego de las incertidumbres del mercado provocadas por la pandemia”. Entonces procedieron a cuantificar el impacto de estas acciones “en las ofertas y precios mundiales del trigo, el maíz y el arroz, que forman la columna vertebral del comercio mundial de cultivos básicos, de gran importancia para la seguridad alimentaria; comprenden el 43% de las calorías y el 37% de las proteínas consumidas directamente por la población humana”.

Los autores usaron un modelo de simulación para un conjunto de escenarios estilizados en tres países exportadores principales para cada uno de los tres cultivos básicos principales (trigo: Rusia, Estados Unidos y Canadá; maíz: Brasil, Estados Unidos y Argentina; arroz: India, Tailandia y Vietnam).  “Juntas, estas naciones representan más del 13%, 16% y 33% de la producción mundial y 34%, 59% y 55% de las exportaciones mundiales de trigo, maíz y arroz, respectivamente”. Compararon estos escenarios con uno de referencia basado en las previsiones conjuntas de oferta y demanda de la OCDE y de la FAO para 2020/21, que establecen un escenario de producción normal.

“Las proporciones mundiales entre las reservas acopiadas y los consumos de arroz, trigo y maíz se encuentran en niveles históricamente altos […] Esta situación contrasta marcadamente con las recientes crisis alimentarias de 2007/08 y 2010/11, que estuvieron precedidas por escasas reservas acopiadas de cereales. Esto significa que el mundo tiene actualmente amortiguadores sustanciales para los déficits de producción […] Por lo tanto, los altos niveles de existencias actuales hacen poco probable una escasez de cultivos básicos en el año agrícola en curso, incluso si se produjeran déficits de producción del mismo tamaño que los anteriores a las crisis de 2007/08 y 2010/11”, sostienen. No obstante de ahora en más, “tres de los principales países exportadores de granos impusieron prohibiciones completas de exportación […] Estimamos que el precio del trigo aumentaría un 70% […] En el caso del maíz y el arroz, los precios subirían un 40% y un 60%, respectivamente”.

Falkendal y colegas bregan por la ayuda humanitaria tras reconocer que “prohibir las restricciones comerciales no es tan sencillo. Por ejemplo, Ucrania y Argentina son dos países exportadores de ingresos medios y son cruciales para el sistema alimentario mundial: en 2018/19 Ucrania fue el quinto exportador de trigo y el cuarto exportador de maíz, mientras que Argentina fue el sexto exportador de trigo y el tercer exportador de maíz. Además de la crisis de COVID-19, estos países están experimentando presiones políticas, económicas y de seguridad que pueden amenazar su capacidad para exportar. […] Estos países tienen pequeñas reservas en relación con su consumo interno; nuestros cálculos sugieren que no podrían amortiguar una disminución moderada de la producción [De suerte tal que] el impacto de las restricciones totales a la exportación en Ucrania y Argentina pondría en riesgo la estabilidad del sistema alimentario mundial”.

Estamos en deuda

No parece que fuera materia opinable sí este ingrediente geopolítico entra en la negociación de la deuda, en todo caso se puede discutir cómo entra. La reflexión sobre las alternativas tiene otro elemento a considerar que es la relación deuda / PIB mundial, la que aumentó 35% en 2020 respecto de 2019, según un nuevo informe del Instituto de Finanzas Internacionales, un centro de estudios que responde a las instituciones bancarias privadas más poderosas del planeta. «En 2008 y 2009, el incremento en el índice de deuda global se limitó a 10 y 15% respectivamente» dijeron los economistas del IIF en el informe para establecer el marcado contraste con la actualidad. Por las cuarentenas los países experimentaron las contracciones de sus economías y para contrarrestarlas emitieron deuda duro y parejo . La relación deuda / PIB mundial llegó a 356% en 2020. Hablando en plata estos son 281 billones de dólares. Quizás lo descomunal de la cifra se perciba mejor teniendo en cuenta que equivale a la producción anual de 562 Argentinas.

En 2020 la deuda total del sector público y privado creció 24 billones de dólares en los 61 países que sigue el IIF, entre ellos el nuestro. Ese aumento representa más de una cuarta parte del alza de 88 billones de dólares en deuda que se ha acumulado durante la última década. La deuda del sector privado no financiero representa el 165% de la producción económica mundial. La deuda pública equivale a 105% del PIB mundial, frente al 88% en 2019, con un aditamento de 12 billones de dólares en 2020 o casi el triple de su aumento de 4,3 billones de dólares en 2019. La deuda en el sector financiero subió en más de 5 % hasta el 86% del PIB en 2020. Este fue el mayor aumento desde 2007 y la fue la primera vez que se elevó desde 2016.

Los datos reseñados sugieren que la Argentina tiene un problema de deuda en un mundo recontra endeudado. ¿Cómo actuará también esto en la renegociación de nuestro pasivo externo? Clemens Graf von Luckner, Josefin Meyer, Carmen Reinhart y Christoph Trebesch en su nota en el sitio Voxeu: “Reestructuraciones de Deuda Soberana Externa: Demora y Repetición” (30/03/2021) observan que “durante la crisis mundial de COVID-19, los déficits fiscales se han ampliado y las deudas gubernamentales se han disparado en las economías avanzadas y en desarrollo. Además, los países con la menor cantidad de recursos a su disposición han tenido los peores resultados en muchos frentes, incluida la percepción de riesgo soberano”. Constatan que  varios mercados emergentes se han reestructurado recientemente o siguen en default, en tanto más de la mitad de los países de bajos ingresos que pueden recibir alivio en el marco de la Iniciativa de suspensión del servicio de la deuda se encuentran en problemas de endeudamiento o en alto riesgo. El cuarteto sostiene que las preocupaciones sobre la sostenibilidad de la deuda soberana de los emergentes y los países pobres estaban aumentando antes de la pandemia, situación que los lleva a revisar con sentido de anticipación “algunas de las características de los episodios pasados de incumplimiento y reestructuración de la deuda externa soberana, con un enfoque en los años ochenta y treinta. Estas dos memorables oleadas de defaults soberanos son de interés, ya que se produjeron inmediatamente después de una contracción profunda, generalizada y sincrónica de la actividad económica que abarcó a decenas de países”.

El cuarteto considera “279 períodos de incumplimiento externo (excluidos los casos de repudio) en 113 países entre 1800-2020”. Desde esta masa de datos calculan que “El período promedio […] duró diez años, mientras que la mediana es de siete años […] durante las crisis de incumplimiento sincrónico de las décadas de 1930 y 1980, la duración promedio de incumplimiento fue de 13,9 y 11 años, respectivamente […] Durante la ‘década perdida’ de 1980, más de un tercio de todos los períodos de incumplimiento duraron más de diez años y las tres cuartas partes duraron cinco años o más”. De acuerdo al análisis de los autores “en promedio, se necesitaron dos reestructuraciones antes de que un incumplimiento soberano se salde de manera ‘sostenible’». Explican que las crisis de deuda suelen tardar tanto en resolverse porque “los términos iniciales de la reestructuración (’recortes’) no alcanzan lo necesario para lograr la sostenibilidad de la deuda. El Plan Baker de 1985 es un ejemplo. El esquema se basó en el alivio del flujo de efectivo y evitó recortes de valor nominal; un enfoque que resultó insuficiente para poner fin a la crisis de los años ochenta. Hay ejemplos comparables en las décadas de 1920 y 1930”.

Una explicación más realista sobre la tardanza en arreglar la apunta Arghiri Emmanuel, en un artículo sobre el endeudamiento externo de la periferia en un número de la revista Tiers-Monde de 1984 dedicado a ese tema, época en que a diferencia de hoy donde los acreedores son bonistas, los principales acreedores eran los grandes bancos. Dice Emmanuel que “si finalmente no pueden pedirles a sus deudores que paguen o que no paguen, lo único que les queda por hacer es fingir. Salvar la credibilidad del FMI para que los bancos puedan impunemente continuar con el engaño que es llamar ‘nuevos préstamos’ a lo que solo es la renovación de los antiguos y ‘reentrada de los intereses’ a lo que solo es su capitalización. Como señala muy bien el Financial Times del 8 de septiembre de 1983, el FMI dice en esencia a los países endeudados: acepte el engaño de la austeridad y cerraremos los ojos sobre su aplicación”. Obviamente, esto no excluía el caso tan argentino de que el gobierno utilizaba la presión del FMI para quedar a salvo de los costos de una política de austeridad que por sí mismo y cuenta propia está ansioso por imponer a sus trabajadores.

Ciertamente, de ahora en más es posible imaginar montajes que actualicen la pantomima de entonces. En otras palabras, que no mejorarían la situación real de los acreedores sino de sus balances. Así que si la historia es una guía, habrá que armarse de paciencia y astucia política. Esto va para largo, en medio del vendaval de la pandemia con cables pelados como el precio de los alimentos y el poco margen para atender las consecuencias de los normales desaguisados en la vida del planeta.

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