LOS ARTISTAS DEL MAL

Stephen King invita a reflexionar sobre los hombres que sólo se sienten plenos cuando hacen daño

 

Puede sonar raro, pero yo creo que Stephen King es un escritor realista.

¿King, el autor de clásicos del terror como Carrie, El resplandor y Cementerio de animales? ¿El creador de sagas fantásticas como La torre oscura? Sí, ese mismo.

Sus relatos funcionan aceitadamente —y enganchan hasta a lectores que no comulgan con los géneros más delirantes— porque se toman todas las páginas que haga falta para anclar la historia en el mundo real. «El rasgo definitorio de Stephen King —escribió Jonathan Barnes en el Times Literary Supplement— es la paciencia». Si bien reconoció muchas veces su deuda con narradores realistas como Theorore Dreiser, en el ensayo Danse Macabre (1981) confiesa su admiración por Frank Norris (1870-1902), autor de una de sus novelas favoritas: McTeague (1899). Norris escribió ficción, pero bajo la influencia de las tesis del naturalista Charles Darwin, lo cual incluye parte de su determinismo biológico. En El resplandor (1977), King describe así a la familia Torrance, atrapada por el Overlook Hotel: «Dentro de su caparazón, los tres retomaron su rutina vespertina, como microbios atrapados en el intestino de un monstruo». En la literatura de King hay algo de la paciencia y la atención al detalle del naturalista de profesión.

 

 

Stephen King.

 

 

Esa es una de las razones por las cuales, a pesar de ser uno de los autores más codiciados por el cine y la TV, muy pocas de las adaptaciones de sus obras están a la altura del original. Por la compresión a que obliga su formato, el cine se ve obligado a desechar los detalles que construyen el verosímil literario con preciosismo de calígrafo chino y opta por el trazo grueso. (Eso también explica que dos de las mejores adaptaciones hayan tomado como base relatos cortos de King: Stand By Me —de Rob Reiner, basada en The Body— y The Shawshank Redemption.) Como ocurre con los decimonónicos al estilo Dickens, que escriben largo y nos hacen sentir, a través de la cadencia de su estilo, que pasamos décadas en compañía de sus protagonistas, las novelas de King se prestan mejor al formato largo de las miniseries. (Como la flamante The Outsider, que produjo HBO y generó la chispa que encendió este artículo.)

King es un narrador populista, de acá a la China. Para empezar, tiene un oído sensible a la música del habla popular. (Eso sí, excluyendo a la minoría negra que obviamente no frecuentó durante sus 72 años vividos en la predominantemente blancos pueblitos de Maine, Nueva Inglaterra, escenario de la mayoría de sus historias. Las veces que ha querido reproducir el slang del morochaje, patinó a lo loco.) También es dueño de un ojo atento a los detalles de la vida de la gente común, que revela que a pesar de la inmensa fortuna que amasó, nunca se aisló del mundo. En su ensayo On Writing (2000), recomienda a los aspirantes a escritores ser siempre específicos en vez de genéricos: sus personajes nunca encienden un cigarrillo — encienden Marlboros, Newport o Camel. La justificación es que eso ayuda al lector a meterse en la escena, a verla en términos reconocibles, familiares. El recurso le resulta natural porque, estoy seguro, deriva de su forma de vincularse con la realidad. Su fama y su cuenta bancaria ya no son las mismas que tenía a los 20, pero sigue vistiéndose igual que entonces y usando el mismo, anticuado tipo de anteojos. King es de esas celebridades que a nadie le sorprendería encontrar en el super, con su gorra de los Toronto Maple Leafs —un equipo de hockey sobre hielo— y un pack de cervezas Miller colgando del dedo índice. (Esto último es un ejemplo, nomás. King está sobrio desde fines de los ’80, cuando se sobrepuso a la adicción al alcohol y drogas como la cocaína, el Xanax y el Valium. Llegó a estar tan colgado, que dice no recordar haber escrito la novela Cujo.)

Sus personajes suelen ser gente de su extracción social: clase media o media baja, laburante, con las preocupaciones y debilidades (¡y con los temores!) que tenemos todos. Antes que una novela de terror, Carrie tematiza lo que hoy llamamos bullying y sus consecuencias. Antes que la historia de una mansión embrujada —bah, un hotel—, El resplandor es la proyección oscura de los miedos de un hombre que teme ser un padre horrible. En Cementerio de animales relée el cuento La pata de mono de W. W. Jacobs, pero no tanto por el deseo de retomar su mecanismo fantástico —el talismán, o en este caso terreno, que permite resucitar a un muerto—, sino ante todo desde el terror que sentimos madres y padres ante la perspectiva de perder a alguno de nuestros hijos — y la convicción de que estaríamos dispuestos a cualquier cosa, pero cualquier cosa, para revertir esa desgracia. (Si en algo coincido con King, es que Cementerio es su novela más terrorífica.)

 

 

 

 

Por eso creo que, si King es un realista, se debe ante todo a que entiende como pocos los miedos de la gente. Lo que detona esos pánicos puede ser un elemento fantástico, pero lo que se teme es algo verdadero, que puede determinar nuestro destino: perder el control, ser humillados, fracasar. En 2003, cuando la National Book Foundation le dio una medalla, el escritor Walter Mosley —otro realista— elogió «su comprensión instintiva de los miedos que conforman la psique de la clase trabajadora. Él conoce el miedo, y no sólo el miedo de las fuerzas demoníacas, sino ante todo el de la soledad y la pobreza, del hambre y de lo desconocido».

Sus detractores apuntan contra su estilo, porque es accesible. Y él mismo parece menospreciarse, cuando dice cosas como que leer sus libros es el equivalente de zamparse «un BigMac con papas fritas». Yo creo que esa definición tiene más que ver con su malicioso sentido del humor: porque King es consciente de que cuando quiere escribe muy bien, y también sabe que nadie valora más un BigMac que aquellos que, como sus lectores —a quienes suele llamar constant readers, mis lectores constantes—, han estado cerca del hambre real o de la posibilidad certera de sentirlo.

(Cuando King se tira abajo a sí mismo mediante un chiste, suele estar escondiendo un puñal debajo de la humorada. En On Writing, que arranca con un esbozo autobiográfico —fue criado por una madre sola porque su padre los abandonó cuando él tenía apenas dos años, lo mismo que le pasó a mi padre en su infancia—, cuenta de una babysitter cuyo nombre no recuerda bien si era Eula o Beulah, y a la que por eso llama, razonablemente, Eula-Beulah. «Eula-Beulah era proclive a los pedos… A veces, cuando le sobrevenía esa aflicción, me tiraba en el sofá, ponía su traste envuelto en faldas de lana sobre mi cara, y se dejaba ir. ¡Pow!, gritaba con enorme placer… Mientras ocurría eso era medio horrible, pero también era un poco divertido. En muchos sentidos, Eula-Beulah me preparó para la crítica literaria».)

A veces siento que King habla de las cosas que importan con mayor profundidad que la mayoría de los escritores «serios». Como por ejemplo en la novela reciente, y en la serie nueva, llamadas The Outsider.

 

 

 

King y Price, dos potencias se saludan

The Outsider intenta un cruce entre los policiales con los que experimenta desde hace poco —desde la saga iniciada por Mr. Mercedes (2014)— y el elemento sobrenatural, o terrorífico, que es parte de su paleta narrativa desde siempre. Un hombre llamado Terry Maitland (que en la serie interpreta Jason Bateman, también productor y director) es arrestado por el asesinato y violación de un niño. Esto sacude a la comunidad de Flint, Oklahoma, porque Maitland es un hombre querido y respetado, padre de dos niñas, docente de literatura —como King lo fue en su juventud— y entrenador del equipo de la Little League local. Pero la evidencia en su contra es abrumadora: testigos, ADN, videos. Lo desconcertante es que Maitland también puede probar que a la hora del crimen estaba lejos del pueblo, en una convención literaria, y a través de evidencia igualmente contundente. ¿Cuántas posibilidades existen de que un hombre esté en dos sitios al mismo tiempo?

 

 

El inocente Terry Maitland. (Jason Bateman.)

 

 

Como no quiero spoilear, diré apenas que el caso queda en manos del policía Ralph Anderson, a quien el enorme Ben Mendelsohn interpreta en la serie. Anderson es un hombre de mediana edad, que carga con un drama familiar y no consigue desactivar la contradicción que representa la simultánea presencia de Maitland en dos lugares distantes. Veterano del oficio, acostumbrado a los métodos laborales que con sarcasmo define como «la mierda habitual de los policías» (dumb cop shit), se resiste a considerar posibilidades que desafían su experiencia sensible. Es allí donde entra en el juego otra investigadora, que se presenta como su perfecta antítesis: Holly Gibney, un personaje de King que viene de arrastre de su reciente trilogía policial. (Mr. Mercedes, Finders Keepers y End of Watch.) En las novelas Holly es una mujer blanca, con una cabeza que funciona como una computadora y, en consecuencia, totalmente inadecuada para la interacción social. En la serie Holly sigue siendo brillante y antisocial, pero interpretada por Cynthia Erivo y por ende con la carga extra que supone ser una mujer negra en el mundo contemporáneo.

 

 

El atormentado policía Ralph Anderson. (Ben Mendelsohn.)

 

 

Esta diferencia tiene que ver con el rasgo que hace que la serie sea, a mi juicio, mucho más interesante que la novela. The Outsider la serie tiene el atractivo extra de que, en el fondo, es el diálogo entre dos escritores excepcionales: King y el productor y adaptador Richard Price. A simple vista, King y Price no podrían ser más diferentes: King mide 1,93 y Price es casi un enano. La experiencia de King es de vida en pueblos chicos, Price es el típico bicho neoyorquino. King es dueño de una imaginación infatigable y Price es el típico escritor realista de los Estados Unidos, cuyo sueño es escribir La Gran Novela y convertirse en el Dostoievski del Bronx. (Yo conversé con él dos veces: una cuando lo entrevisté en Buenos Aires, en ocasión de la presentación de su novela Clockers, traducida a nuestro idioma por Eduardo Hojman; y otra en Barcelona, durante una cena compartida con el también escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Esa vez terminamos hablando de Perón y de la historia apócrifa sobre las perlas de Eva en España, base de un guión que yo estaba escribiendo.)

Pero, cuando uno se concentra en ambos en simultáneo (¿es posible pensar en King y en Price a la vez?), empiezan a aparecer los elementos en común. Además de ser coetáneos —King tiene 72, Price 70— y formar parte de la misma clase social, los dos son populistas y amantes de los géneros. (Price nunca se aleja mucho del policial. Además de novelas maravillosas como Clockers y Lush Life hay que atribuirle coautoría de la mejor serie de la historia: The Wire, creada por David Simon, muchos de cuyos guiones escribió.) Y lo esencial: los dos son escritores realistas. Sólo que realistas de modos muy distintos, lo cual dota a la serie The Outsider de una tensión que en el libro no existe.

 

 

El escritor y adaptador Richard Price.

 

 

Dentro de los confines del relato, para King la distinción entre lo fantástico y lo real es nimia, por no decir inexistente — o mejor, extraliteraria: la diferencia entre una frase que cuenta algo imposible y algo posible no está en la escritura, sino en la cabeza del/la lector/a. A King le interesan ciertos fenómenos humanos, y su forma de encararlos requiere salir por la puerta del realismo y reingresar a ellos por la ventana de lo fantástico. Su método es la imaginación, apelar al clásico ¿Qué pasaría si…? pero sin aceptar las limitaciones que impondría el realismo como estilo; a la vez, lo que le interesa desmenuzar —su tema, el drama que está en el corazón de sus relatos— es cotidiano, una situación en la cual a les lectores no les cuesta ponerse porque ya han sentido, o temido, algo parecido. En King la circunstancia casi siempre es extraordinaria, pero el drama de fondo no podría ser más ordinario.

Por eso The Outsider la serie está construida sobre la tensión dialéctica entre los métodos de King —que, como Holly Gibney, sigue la historia allí donde la conduce, sin hacer distinciones entre lo que es posible e imposible— y el de Price, que como el policía Ralph Anderson trata compulsivamente de meter el cubo de lo ocurrido por el agujerito redondo de lo real.

Es fascinante ver actuar en equipo a dos escritores que en apariencia no podrían ser más disímiles, concidiendo en un mismo interés. Ver The Outsider es casi como escuchar a King y a Price deponiendo sus armas estilísticas para reflexionar a dúo sobre el tema que los obsesiona, una cuestión que les importa tanto, que les parece tan esencial, que terminó uniéndolos a pesar de todo.

El tema es la maldad humana.

 

 

La excéntrica investigadora Holly Gibney. (Cynthia Erivo.)

 

 

 

 

Gente de mal

Tratándose de una historia original de Stephen King, la respuesta al enigma de quién mató al niño —porque todos intuimos desde el comienzo que no fue el pobre Terry Maitland— es fantástica. Para decirlo de otro modo: el criminal no es lo que llamaríamos humano en sentido estricto. Y al obligar a Price a contemplar la posibilidad de una respuesta que se aleja de nuestra experiencia empírica y de los parámetros que presta la ciencia, nos obliga a todos a formular la pregunta que no habíamos considerado: ¿y si no hemos contemplado el fenómeno de la maldad humana a través del prisma correcto?

En tiempos antiguos, la maldad era considerada un fenómeno extrahumano, casi una posesión: no éramos del todo nosotros los que hacíamos algo malo, más bien habíamos dejado de ser quienes éramos para ceder a la tentación y permitirle al Mal —a Satán, Belcebú, Lucifer o como quieran llamarlo— apoderarse de nuestra humanidad, poseernos. La opción de la modernidad por lo racional corrigió esa noción: ahora cuando hacemos una cagada seguimos siendo nosotros, indefectiblemente, aunque por supuesto no en la más recomendable de nuestras versiones. Pero es aquí donde creo que The Outsider se vuelve más inquietante: en el punto en que las voces de King y Price coinciden y preguntan en armonía si esta visión racional de la maldad humana no deja de lado un aspecto crucial.

 

 

 

 

Cuando nos enfrentamos a un hecho al que consideramos teñido por la maldad —por ejemplo, el asesinato de Fernando Báez—, nuestra cabeza formateada por Descartes, Freud & Co. tiende a caer en la trampa racional: Esto —nos decimos— ocurrió por Equis motivo. Y ese motivo Equis siempre es decodificable en términos lógicos. Odio de clase o racismo. Venganza. Ambición desenfrenada. Machismo. Por cierto, esos componentes forman parte de la ecuación, no pretendo que no haya que tomarlos en cuenta. Lo que planteo —lo que creo que King y Prince plantean— es que no estamos mirando the big picture, el panorama completo; que a esa ecuación le falta un elemento, razón por la cual el resultado de la operación matemática siempre es erróneo, o cuanto menos inexplicable. Lo que habría que incorporar, el elemento faltante, es la respuesta a esta pregunta: ¿Y si —what if, diría King— ciertas maldades no dependiesen de una razón extra, de un motivo palpable, explicable, sino que fuesen el resultado de las demandas de la maldad per se? No enloquezcan, ahora lo pongo de otro modo —espero— más simple: ¿Y si cierta gente hace las cosas horribles que hace simplemente porque es feliz mientras las hace?

Pensemos en los asesinos de Fernando, en Bonadío, en Macri. (Para no ir más atrás y meternos con Videla, Massera y los banales homicidas que decían deberles obediencia.) Lo más probable es que justificasen sus propias acciones mediante razones palpables, comprensibles aun cuando no fuesen condonables. Un «juego» que se pasó de rosca por culpa del racismo que les inculcaron, ambición de poder, adicción al dinero, necesidad de autoafirmación ante la figura paterna. Estoy seguro de que todos esos elementos jugaron su parte. Pero hay algo más, sin lo cual —creo— sus acciones no se entienden del todo. Creo que existió goce cuando hicieron las cosas que hicieron. Creo que nunca se sintieron más plenos, más ellos mismos, que cuando hacían lo que hicieron. Creo que perpetraron cosas tan jodidas (ya los estoy viendo venir a los que dirán que comparo al finado juez y a un ex Presidente con presuntos homicidas; dejando de lado a los pibes que Bonadío mató a tiros, tanto el juez como el ex Presidente son responsables de acciones que tuvieron por consecuencia, sí, numerosas vidas perdidas y daños irreparables), porque les gustó hacerlas. Creo que gente como esta no necesita justificación para ciertos actos suyos, que para ellos la maldad es su propia recompensa. Creo que, llegado el momento, esta gente dejó de hacer lo que hacía para reafirmar su superioridad, o para ser más poderosa, o para demostrarle algo a alguien más, y pasó a hacer lo que hacía porque disfrutaba haciéndolo, y punto.

Acá es donde King le aportó a Price un recurso especulativo del que por las suyas no disponía. El elemento fantástico del relato le permitió a King «inventar» un asesino no del todo humano, que necesita duplicar a otro ser preexistente para seguir viviendo; que cuando ha logrado duplicarlo con éxito comete crímenes, porque sólo es quien es —sólo se siente pleno— cuando hace sufrir y mata; y que cuando no está haciendo sufrir y matando siente que su identidad se desdibuja, que deja de ser quien es — y por eso sus rasgos faciales empiezan a descomponerse. Las licencias poéticas que son la marca registrada de King le concedieron a Price una figura simbólica que, aunque no se corresponde con nada que exista físicamente en el universo conocido, representa una verdad universal — una realidad: el hecho de que existe gente cuyos actos no terminamos de explicarnos del todo, cuyos hechos son tan extremos que pasman y desconciertan, porque nos resistimos a asumir que no lo hicieron por esto o por aquello, sino porque sí; porque, si no los hacían, sentían que dejarían de ser quienes eran y que sus rasgos se desdibujarían como si sus rostros estuviesen hechos de plastilina.

Yo sé que tenemos problemas más urgentes. (¡Empezando por la deuda externa!) Pero estoy convencido de que necesitamos pensar más, y adaptar los instrumentos que rigen la vida de nuestras sociedades a este fenómeno que no hemos considerado del todo y mucho menos en términos contemporáneos. Porque cagadas y daño hacemos todos, a veces incluso cuando nuestras intenciones son buenas. Pero existe una distancia abisal entre los mocos que nos mandamos a diario y lo que hacen ciertas personas que se arrogan poder sobre vidas ajenas (a veces, sobre millones de vidas ajenas) y a las que no cabe otra que definir como Artistas del Mal. Gente —hombres, en su gran mayoría— a la que en algún momento hemos llamado inescrupulosa, psicópata y hasta loca, para terminar entendiendo que apilar adjetivos no sirve de nada porque la única palabra que los define, que los contiene enteros, es malvada.

King los llama outsiders pero están entre nosotros, y creo que Price coincide al respecto. Lo que no podemos hacer es seguir viviendo como si no existieran.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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