LOS ARTISTAS DEL MAL

Stephen King invita a reflexionar sobre los hombres que sólo se sienten plenos cuando hacen daño

 

Puede sonar raro, pero yo creo que Stephen King es un escritor realista.

¿King, el autor de clásicos del terror como Carrie, El resplandor y Cementerio de animales? ¿El creador de sagas fantásticas como La torre oscura? Sí, ese mismo.

Sus relatos funcionan aceitadamente —y enganchan hasta a lectores que no comulgan con los géneros más delirantes— porque se toman todas las páginas que haga falta para anclar la historia en el mundo real. «El rasgo definitorio de Stephen King —escribió Jonathan Barnes en el Times Literary Supplement— es la paciencia». Si bien reconoció muchas veces su deuda con narradores realistas como Theorore Dreiser, en el ensayo Danse Macabre (1981) confiesa su admiración por Frank Norris (1870-1902), autor de una de sus novelas favoritas: McTeague (1899). Norris escribió ficción, pero bajo la influencia de las tesis del naturalista Charles Darwin, lo cual incluye parte de su determinismo biológico. En El resplandor (1977), King describe así a la familia Torrance, atrapada por el Overlook Hotel: «Dentro de su caparazón, los tres retomaron su rutina vespertina, como microbios atrapados en el intestino de un monstruo». En la literatura de King hay algo de la paciencia y la atención al detalle del naturalista de profesión.

 

 

Stephen King.

 

 

Esa es una de las razones por las cuales, a pesar de ser uno de los autores más codiciados por el cine y la TV, muy pocas de las adaptaciones de sus obras están a la altura del original. Por la compresión a que obliga su formato, el cine se ve obligado a desechar los detalles que construyen el verosímil literario con preciosismo de calígrafo chino y opta por el trazo grueso. (Eso también explica que dos de las mejores adaptaciones hayan tomado como base relatos cortos de King: Stand By Me —de Rob Reiner, basada en The Body— y The Shawshank Redemption.) Como ocurre con los decimonónicos al estilo Dickens, que escriben largo y nos hacen sentir, a través de la cadencia de su estilo, que pasamos décadas en compañía de sus protagonistas, las novelas de King se prestan mejor al formato largo de las miniseries. (Como la flamante The Outsider, que produjo HBO y generó la chispa que encendió este artículo.)

King es un narrador populista, de acá a la China. Para empezar, tiene un oído sensible a la música del habla popular. (Eso sí, excluyendo a la minoría negra que obviamente no frecuentó durante sus 72 años vividos en la predominantemente blancos pueblitos de Maine, Nueva Inglaterra, escenario de la mayoría de sus historias. Las veces que ha querido reproducir el slang del morochaje, patinó a lo loco.) También es dueño de un ojo atento a los detalles de la vida de la gente común, que revela que a pesar de la inmensa fortuna que amasó, nunca se aisló del mundo. En su ensayo On Writing (2000), recomienda a los aspirantes a escritores ser siempre específicos en vez de genéricos: sus personajes nunca encienden un cigarrillo — encienden Marlboros, Newport o Camel. La justificación es que eso ayuda al lector a meterse en la escena, a verla en términos reconocibles, familiares. El recurso le resulta natural porque, estoy seguro, deriva de su forma de vincularse con la realidad. Su fama y su cuenta bancaria ya no son las mismas que tenía a los 20, pero sigue vistiéndose igual que entonces y usando el mismo, anticuado tipo de anteojos. King es de esas celebridades que a nadie le sorprendería encontrar en el super, con su gorra de los Toronto Maple Leafs —un equipo de hockey sobre hielo— y un pack de cervezas Miller colgando del dedo índice. (Esto último es un ejemplo, nomás. King está sobrio desde fines de los ’80, cuando se sobrepuso a la adicción al alcohol y drogas como la cocaína, el Xanax y el Valium. Llegó a estar tan colgado, que dice no recordar haber escrito la novela Cujo.)

Sus personajes suelen ser gente de su extracción social: clase media o media baja, laburante, con las preocupaciones y debilidades (¡y con los temores!) que tenemos todos. Antes que una novela de terror, Carrie tematiza lo que hoy llamamos bullying y sus consecuencias. Antes que la historia de una mansión embrujada —bah, un hotel—, El resplandor es la proyección oscura de los miedos de un hombre que teme ser un padre horrible. En Cementerio de animales relée el cuento La pata de mono de W. W. Jacobs, pero no tanto por el deseo de retomar su mecanismo fantástico —el talismán, o en este caso terreno, que permite resucitar a un muerto—, sino ante todo desde el terror que sentimos madres y padres ante la perspectiva de perder a alguno de nuestros hijos — y la convicción de que estaríamos dispuestos a cualquier cosa, pero cualquier cosa, para revertir esa desgracia. (Si en algo coincido con King, es que Cementerio es su novela más terrorífica.)

 

 

 

 

Por eso creo que, si King es un realista, se debe ante todo a que entiende como pocos los miedos de la gente. Lo que detona esos pánicos puede ser un elemento fantástico, pero lo que se teme es algo verdadero, que puede determinar nuestro destino: perder el control, ser humillados, fracasar. En 2003, cuando la National Book Foundation le dio una medalla, el escritor Walter Mosley —otro realista— elogió «su comprensión instintiva de los miedos que conforman la psique de la clase trabajadora. Él conoce el miedo, y no sólo el miedo de las fuerzas demoníacas, sino ante todo el de la soledad y la pobreza, del hambre y de lo desconocido».

Sus detractores apuntan contra su estilo, porque es accesible. Y él mismo parece menospreciarse, cuando dice cosas como que leer sus libros es el equivalente de zamparse «un BigMac con papas fritas». Yo creo que esa definición tiene más que ver con su malicioso sentido del humor: porque King es consciente de que cuando quiere escribe muy bien, y también sabe que nadie valora más un BigMac que aquellos que, como sus lectores —a quienes suele llamar constant readers, mis lectores constantes—, han estado cerca del hambre real o de la posibilidad certera de sentirlo.

(Cuando King se tira abajo a sí mismo mediante un chiste, suele estar escondiendo un puñal debajo de la humorada. En On Writing, que arranca con un esbozo autobiográfico —fue criado por una madre sola porque su padre los abandonó cuando él tenía apenas dos años, lo mismo que le pasó a mi padre en su infancia—, cuenta de una babysitter cuyo nombre no recuerda bien si era Eula o Beulah, y a la que por eso llama, razonablemente, Eula-Beulah. «Eula-Beulah era proclive a los pedos… A veces, cuando le sobrevenía esa aflicción, me tiraba en el sofá, ponía su traste envuelto en faldas de lana sobre mi cara, y se dejaba ir. ¡Pow!, gritaba con enorme placer… Mientras ocurría eso era medio horrible, pero también era un poco divertido. En muchos sentidos, Eula-Beulah me preparó para la crítica literaria».)

A veces siento que King habla de las cosas que importan con mayor profundidad que la mayoría de los escritores «serios». Como por ejemplo en la novela reciente, y en la serie nueva, llamadas The Outsider.

 

 

 

King y Price, dos potencias se saludan

The Outsider intenta un cruce entre los policiales con los que experimenta desde hace poco —desde la saga iniciada por Mr. Mercedes (2014)— y el elemento sobrenatural, o terrorífico, que es parte de su paleta narrativa desde siempre. Un hombre llamado Terry Maitland (que en la serie interpreta Jason Bateman, también productor y director) es arrestado por el asesinato y violación de un niño. Esto sacude a la comunidad de Flint, Oklahoma, porque Maitland es un hombre querido y respetado, padre de dos niñas, docente de literatura —como King lo fue en su juventud— y entrenador del equipo de la Little League local. Pero la evidencia en su contra es abrumadora: testigos, ADN, videos. Lo desconcertante es que Maitland también puede probar que a la hora del crimen estaba lejos del pueblo, en una convención literaria, y a través de evidencia igualmente contundente. ¿Cuántas posibilidades existen de que un hombre esté en dos sitios al mismo tiempo?

 

 

El inocente Terry Maitland. (Jason Bateman.)

 

 

Como no quiero spoilear, diré apenas que el caso queda en manos del policía Ralph Anderson, a quien el enorme Ben Mendelsohn interpreta en la serie. Anderson es un hombre de mediana edad, que carga con un drama familiar y no consigue desactivar la contradicción que representa la simultánea presencia de Maitland en dos lugares distantes. Veterano del oficio, acostumbrado a los métodos laborales que con sarcasmo define como «la mierda habitual de los policías» (dumb cop shit), se resiste a considerar posibilidades que desafían su experiencia sensible. Es allí donde entra en el juego otra investigadora, que se presenta como su perfecta antítesis: Holly Gibney, un personaje de King que viene de arrastre de su reciente trilogía policial. (Mr. Mercedes, Finders Keepers y End of Watch.) En las novelas Holly es una mujer blanca, con una cabeza que funciona como una computadora y, en consecuencia, totalmente inadecuada para la interacción social. En la serie Holly sigue siendo brillante y antisocial, pero interpretada por Cynthia Erivo y por ende con la carga extra que supone ser una mujer negra en el mundo contemporáneo.

 

 

El atormentado policía Ralph Anderson. (Ben Mendelsohn.)

 

 

Esta diferencia tiene que ver con el rasgo que hace que la serie sea, a mi juicio, mucho más interesante que la novela. The Outsider la serie tiene el atractivo extra de que, en el fondo, es el diálogo entre dos escritores excepcionales: King y el productor y adaptador Richard Price. A simple vista, King y Price no podrían ser más diferentes: King mide 1,93 y Price es casi un enano. La experiencia de King es de vida en pueblos chicos, Price es el típico bicho neoyorquino. King es dueño de una imaginación infatigable y Price es el típico escritor realista de los Estados Unidos, cuyo sueño es escribir La Gran Novela y convertirse en el Dostoievski del Bronx. (Yo conversé con él dos veces: una cuando lo entrevisté en Buenos Aires, en ocasión de la presentación de su novela Clockers, traducida a nuestro idioma por Eduardo Hojman; y otra en Barcelona, durante una cena compartida con el también escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Esa vez terminamos hablando de Perón y de la historia apócrifa sobre las perlas de Eva en España, base de un guión que yo estaba escribiendo.)

Pero, cuando uno se concentra en ambos en simultáneo (¿es posible pensar en King y en Price a la vez?), empiezan a aparecer los elementos en común. Además de ser coetáneos —King tiene 72, Price 70— y formar parte de la misma clase social, los dos son populistas y amantes de los géneros. (Price nunca se aleja mucho del policial. Además de novelas maravillosas como Clockers y Lush Life hay que atribuirle coautoría de la mejor serie de la historia: The Wire, creada por David Simon, muchos de cuyos guiones escribió.) Y lo esencial: los dos son escritores realistas. Sólo que realistas de modos muy distintos, lo cual dota a la serie The Outsider de una tensión que en el libro no existe.

 

 

El escritor y adaptador Richard Price.

 

 

Dentro de los confines del relato, para King la distinción entre lo fantástico y lo real es nimia, por no decir inexistente — o mejor, extraliteraria: la diferencia entre una frase que cuenta algo imposible y algo posible no está en la escritura, sino en la cabeza del/la lector/a. A King le interesan ciertos fenómenos humanos, y su forma de encararlos requiere salir por la puerta del realismo y reingresar a ellos por la ventana de lo fantástico. Su método es la imaginación, apelar al clásico ¿Qué pasaría si…? pero sin aceptar las limitaciones que impondría el realismo como estilo; a la vez, lo que le interesa desmenuzar —su tema, el drama que está en el corazón de sus relatos— es cotidiano, una situación en la cual a les lectores no les cuesta ponerse porque ya han sentido, o temido, algo parecido. En King la circunstancia casi siempre es extraordinaria, pero el drama de fondo no podría ser más ordinario.

Por eso The Outsider la serie está construida sobre la tensión dialéctica entre los métodos de King —que, como Holly Gibney, sigue la historia allí donde la conduce, sin hacer distinciones entre lo que es posible e imposible— y el de Price, que como el policía Ralph Anderson trata compulsivamente de meter el cubo de lo ocurrido por el agujerito redondo de lo real.

Es fascinante ver actuar en equipo a dos escritores que en apariencia no podrían ser más disímiles, concidiendo en un mismo interés. Ver The Outsider es casi como escuchar a King y a Price deponiendo sus armas estilísticas para reflexionar a dúo sobre el tema que los obsesiona, una cuestión que les importa tanto, que les parece tan esencial, que terminó uniéndolos a pesar de todo.

El tema es la maldad humana.

 

 

La excéntrica investigadora Holly Gibney. (Cynthia Erivo.)

 

 

 

 

Gente de mal

Tratándose de una historia original de Stephen King, la respuesta al enigma de quién mató al niño —porque todos intuimos desde el comienzo que no fue el pobre Terry Maitland— es fantástica. Para decirlo de otro modo: el criminal no es lo que llamaríamos humano en sentido estricto. Y al obligar a Price a contemplar la posibilidad de una respuesta que se aleja de nuestra experiencia empírica y de los parámetros que presta la ciencia, nos obliga a todos a formular la pregunta que no habíamos considerado: ¿y si no hemos contemplado el fenómeno de la maldad humana a través del prisma correcto?

En tiempos antiguos, la maldad era considerada un fenómeno extrahumano, casi una posesión: no éramos del todo nosotros los que hacíamos algo malo, más bien habíamos dejado de ser quienes éramos para ceder a la tentación y permitirle al Mal —a Satán, Belcebú, Lucifer o como quieran llamarlo— apoderarse de nuestra humanidad, poseernos. La opción de la modernidad por lo racional corrigió esa noción: ahora cuando hacemos una cagada seguimos siendo nosotros, indefectiblemente, aunque por supuesto no en la más recomendable de nuestras versiones. Pero es aquí donde creo que The Outsider se vuelve más inquietante: en el punto en que las voces de King y Price coinciden y preguntan en armonía si esta visión racional de la maldad humana no deja de lado un aspecto crucial.

 

 

 

 

Cuando nos enfrentamos a un hecho al que consideramos teñido por la maldad —por ejemplo, el asesinato de Fernando Báez—, nuestra cabeza formateada por Descartes, Freud & Co. tiende a caer en la trampa racional: Esto —nos decimos— ocurrió por Equis motivo. Y ese motivo Equis siempre es decodificable en términos lógicos. Odio de clase o racismo. Venganza. Ambición desenfrenada. Machismo. Por cierto, esos componentes forman parte de la ecuación, no pretendo que no haya que tomarlos en cuenta. Lo que planteo —lo que creo que King y Prince plantean— es que no estamos mirando the big picture, el panorama completo; que a esa ecuación le falta un elemento, razón por la cual el resultado de la operación matemática siempre es erróneo, o cuanto menos inexplicable. Lo que habría que incorporar, el elemento faltante, es la respuesta a esta pregunta: ¿Y si —what if, diría King— ciertas maldades no dependiesen de una razón extra, de un motivo palpable, explicable, sino que fuesen el resultado de las demandas de la maldad per se? No enloquezcan, ahora lo pongo de otro modo —espero— más simple: ¿Y si cierta gente hace las cosas horribles que hace simplemente porque es feliz mientras las hace?

Pensemos en los asesinos de Fernando, en Bonadío, en Macri. (Para no ir más atrás y meternos con Videla, Massera y los banales homicidas que decían deberles obediencia.) Lo más probable es que justificasen sus propias acciones mediante razones palpables, comprensibles aun cuando no fuesen condonables. Un «juego» que se pasó de rosca por culpa del racismo que les inculcaron, ambición de poder, adicción al dinero, necesidad de autoafirmación ante la figura paterna. Estoy seguro de que todos esos elementos jugaron su parte. Pero hay algo más, sin lo cual —creo— sus acciones no se entienden del todo. Creo que existió goce cuando hicieron las cosas que hicieron. Creo que nunca se sintieron más plenos, más ellos mismos, que cuando hacían lo que hicieron. Creo que perpetraron cosas tan jodidas (ya los estoy viendo venir a los que dirán que comparo al finado juez y a un ex Presidente con presuntos homicidas; dejando de lado a los pibes que Bonadío mató a tiros, tanto el juez como el ex Presidente son responsables de acciones que tuvieron por consecuencia, sí, numerosas vidas perdidas y daños irreparables), porque les gustó hacerlas. Creo que gente como esta no necesita justificación para ciertos actos suyos, que para ellos la maldad es su propia recompensa. Creo que, llegado el momento, esta gente dejó de hacer lo que hacía para reafirmar su superioridad, o para ser más poderosa, o para demostrarle algo a alguien más, y pasó a hacer lo que hacía porque disfrutaba haciéndolo, y punto.

Acá es donde King le aportó a Price un recurso especulativo del que por las suyas no disponía. El elemento fantástico del relato le permitió a King «inventar» un asesino no del todo humano, que necesita duplicar a otro ser preexistente para seguir viviendo; que cuando ha logrado duplicarlo con éxito comete crímenes, porque sólo es quien es —sólo se siente pleno— cuando hace sufrir y mata; y que cuando no está haciendo sufrir y matando siente que su identidad se desdibuja, que deja de ser quien es — y por eso sus rasgos faciales empiezan a descomponerse. Las licencias poéticas que son la marca registrada de King le concedieron a Price una figura simbólica que, aunque no se corresponde con nada que exista físicamente en el universo conocido, representa una verdad universal — una realidad: el hecho de que existe gente cuyos actos no terminamos de explicarnos del todo, cuyos hechos son tan extremos que pasman y desconciertan, porque nos resistimos a asumir que no lo hicieron por esto o por aquello, sino porque sí; porque, si no los hacían, sentían que dejarían de ser quienes eran y que sus rasgos se desdibujarían como si sus rostros estuviesen hechos de plastilina.

Yo sé que tenemos problemas más urgentes. (¡Empezando por la deuda externa!) Pero estoy convencido de que necesitamos pensar más, y adaptar los instrumentos que rigen la vida de nuestras sociedades a este fenómeno que no hemos considerado del todo y mucho menos en términos contemporáneos. Porque cagadas y daño hacemos todos, a veces incluso cuando nuestras intenciones son buenas. Pero existe una distancia abisal entre los mocos que nos mandamos a diario y lo que hacen ciertas personas que se arrogan poder sobre vidas ajenas (a veces, sobre millones de vidas ajenas) y a las que no cabe otra que definir como Artistas del Mal. Gente —hombres, en su gran mayoría— a la que en algún momento hemos llamado inescrupulosa, psicópata y hasta loca, para terminar entendiendo que apilar adjetivos no sirve de nada porque la única palabra que los define, que los contiene enteros, es malvada.

King los llama outsiders pero están entre nosotros, y creo que Price coincide al respecto. Lo que no podemos hacer es seguir viviendo como si no existieran.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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38 Comentarios
  1. María Dolores Costa dice

    Buenos días Marcelo
    Es de hace 3 semanas, pero yo recien ayer pude terminar de ver la serie The Outsider. Quería comentarte una situación que me resultó familiar y tétrica a a vez y quizás vos puedas ayudarme a espantar a estos recuerdos que son, en mi caso heredados de la familia, tanto española (más de la española) como la italiana.
    Mi abuela paterna era una mujer muy ruda que cultivaba un tipo de manipulación muy específico vinculado a algo de lo que habla Dady en sus monólogos, el terrorismo familiar, te suena? Falleció con 104 años, es decir que aprendió muchas cosas sobre esta vida.
    Ella contaba en sus historias la presencia del Coco y el mal «encarnado», hablaba a tono de cuento de niños del «Carlanco, que hasta las piedras arranco». Hasta aquí todas frases hechas, que en mi casa, mi padre restaba todo tipo de importancia y argumentaba que era ignorancia, que era lo que habían vivido huyendo de la guerra. Todo se complicaba los martes y jueves que eran los días de brujas, entonces si alguien (recuerdo esto especialmente vinculado a mi abuela materna, que nada que ver con esto) llegaba en esos días, era un enviada del mal y sinónimo de algún trabajo para perjudicar a la familia. Lo cuento hoy, así y me parece una cursilería mal, me siento como Dady ayer hablando con su equipo de mujeres de 21 y 36 años de vida, respecto de él y sus 30 años de carrera. Cómo que no me vas a entender.
    Pero ayer, en el capítulo 8 de la serie se dieron dos situaciones que yo he vivido, de pequeña, sin saber bien a que respondían, más luego educada por mi papá a no creer en eso, a creer en Dios y ser fuerte en mis convicciones como forma de no ser alcanzada por el mal o algo así. En esto no he madurado, porque te lo estoy contando como lo recibí cuando tenía 7 a 10 años y en casa «pasaron cosas».
    En un momento el protagonista cuenta su vivencia con la muerte de su madre y la coincidencia de una canción al momento de pensar en ella y nacer su hijito, 16 años después. Luego, un excombatiente en la guerra da su mirada sobre el gusto en su boca cuando le tocaba salir al combate, en una metáfora de gusto a cobre, monedas de cobre en su boca, también pidiendo que digiera de a poco lo que pasa y cuenta que ya hace 14 años de su regreso de la guerra y volvió a sentir lo mismo. Hablo del protagonista que siente miedo, que no quiere ir porque es consciente que la muerte estará rodeándolo todo.
    Holly, a su vez, como vidente, demuestra cuan ignorantes podemos ser de todo lo que sucede a nuestro alrededor.
    Voy a hacer un paréntesis y a contarte porque me afectó y subyugó este capítulo. Obediente como soy, fui y a esta altura creo que seré, siempre dí por terminado esto con las palabras de mi papá. El dijo listo y ya. Pero después sufrí como niña…acoso de un cura que ni siquiera se el apellido, es decir, tan cubiertos de lo que hacía, que de ese «padrecito» solo se su nombre.
    Mirá, me han pasado muchas cosas buenas y malas en estos 52 años. Las buenas tuvieron siempre alguien inexistente que me dio una mano y colaboró conmigo y cuando quise en mi razocinio volver a agradecer, en mi lógica de «todo existe» no eran reales. Un solo caso te cuento que es el que más me unió a mi compañero: mi exnovio en aquel momento, novio, marido y hoy más de la mitad de mi vida con él (pese al capitalismo que nos ha alejado, arruinado, distanciado, juntado, peleado, y vuelto a distanciar por mantener una trabajo digno, una familia unida con nuestros dos hijos que ya son grandes, pero todavía ninguno de los dos voló con vuelo propio, mientras nosotros envejecemos y las distancias que nos impone el trabajo no dejan de ser un reto para nuestro vínculo):
    * Marcelo se accidenta cuando teníamos 20/21 años, un auto se lo lleva puesto en un ciclomotor que con mucho esfuerzo habíamos comprado, yo recién me recibía, ambos teníamos situaciones complejas en nuestras casas y éramos un mutuo refugio que se acababa de romper, porque yo corte. Él internado, grave con un hombro molido por el golpe esperaba la asistencia de la obra social de los empleados públicos en Mendoza, de donde somo nacidos. Mi familia política vivía muy lejos del hospital, muy humildes. La moto era una adquisición conmigo cosa que fragmentó para siempre mi vínculo con ellos porque pase a ser la culpable. La cosa es que el diagnóstico era jodido, había que hacer trámites que necesitaban tiempo y dedicación para llegar a una cirugía y que no perdiera el brazo con 22 años. Los trámites no se hicieron, yo no tenía vinculo familiar con el. Ante la urgencia el médico de cabecera me encierra en un consultorio me pega un reto histórico, no el único que he recibido y me sentencia: usted lo quiere, le tiene afecto, respeto, piensa en él en un futuro con un brazo menos? bueno, entonces MUÉVASE, diga que es su concubina y haga todo lo que le pido sino para mi, usted será responsable de la incapacidad de un indefenso que no puede hacer sus propios trámites…
    Ahí salí, con todo mi power y di con un edificio burocrático que me tuvo casi 5 horas subiendo y bajando de un piso al otro sin que nadie pudiera darme una respuesta. En un momento de miedo, temblor, casi me desmayo, me apoyé en una baranda y se acercó hasta mí un varón saco azul, pantalones blancos, morocho de rulos, bogotes, muy amable a preguntarme que es lo que me hacía deambular por todas las oficinas. Me escuchó y tomó mis papeles, ingresó a una recepción, tomo sellos, firmó y anotó en libros, se comunicó con las mismas personas que yo había sido recibida con la negativa y me entregó el trámite terminado. De ahí a la ortopedia, de la ortopedia al hospital, la cirugía y una larga recuperación hasta el alta. Pasado esto, nobleza obliga le pido a Marcelo que vamos al edificio a agradecer a esta persona y mostrarle que aún con toda la dificultad, su gestión había salvado el brazo. Contextualizo: yo me estaba recibiendo en la Universidad, primer generación en obtener un título en la familia, cosa por la que todavía siento orgullo. Su accidente me atravezaba la vida y me generaba mucho dolor. En el edificio, en todo el edificio, nadie lo conocía, nunca había trabajado ahí y en el expediente que se me autorizó, no había ninguna firma de un varón…coincidencia? no, no creo en las coincidencias como dice el Detective en la serie. De esto pasaron más de 30 años.
    * Luego en 2010, mi papá enfermo, más enfermedad por depresión de vida que otra cosa, necesita estudios médicos complejos, muy complejos para un adulto mayor con obesidad soriasis, una colonoscopia era muy invasivo. Si además nadie podía acompañarlo, era peor aún. Mi hijo mayor, en aquel momento con una recaída de su problema histórico (un tumor en la cabeza) me hacía no estar disponible. Era grave lo de mi papá, decidía el mal, un médico de la familia a quien siempre le importamos muy poco, cae a terapia intensiva y me dice esto que ayer dice el ex militar, aquello que sentía en la guerra, sabor amargo en la boca, un sabor que me quema el cuerpo decía el. Se estaba muriendo y no encontraba forma de ponerlo en palabras. Mi papá, mecánico y poeta, no encontraba como asumir que su cuerpo lo estaba abandonando o quizás al revés, el quería abondonar ese cuerpo con tantas dolencias. La vida me dio la posibilidad de hablar largo y tendido con el sobre estas cosas. El mal no había desaparecido, muchos menos el lo había erradicado. El quería creer que con la fe el mal no prospera. Y, obviamente quería que yo siguiera ese camino, siempre generoso, sano, bueno, solidario, etc.
    Ayer, cuando la mujer del Detective quema la silla me vinieron a la mente muchas cosas, una: esa del mal encarnado, nada alcanza…abré quemado cosas. Y también creo que hay una protección. Holly necesitó ver muerto a quien la amaba para reaccionar y exponerse, y si se hubiera expuesto antes? no me gusta llorar sobre la leche derramada.
    Todo esto a colación de lo que nos pasa hoy como país. Creemos que ya fue el gato y su pandilla. Que las elecciones nos dieron la chance de no caer en el caos de todo lo que vamos sabiendo de a poco y según los comunicadores nos informan.
    Creemos que ya fue el golpe militar, que ya lo comprendimos, que no se va a repetir. Le asignamos valores culturales.
    Creemos que ya fue lo que nos desune. Poco optimismo a estos razonamientos y sobre todo si no van de la mano de procesos de memoria, de construcción colectiva de aprendizajes de por qué nos pasó? cómo la democracia eligió la bicicleta financiera, la patria contratista? cómo repetimos los procesos históricos si antes los hemos vivido y nos has arrasado social, política y económicamente? Basta con mirar Bolivia para encontrar una referencia cercana, pero Chile, Ecuador, Paraguay, Brasil, Venezuela. Mientras no nos involucremos en la educación de nuestros vecinos, amigos, la sociedad en su conjunto, estaremos en problemas. El imperialismo en el cual una parte de la sociedad se ve reflejada es muy poderoso y ha reseteado el pensamiento crítico de muchos de nosotres.
    Todo lleva su tiempo, su elaboración. Nada se va porque cerremos los ojos a lo que pasa. Nada termina porque lo decretemos como se usa hoy en las costelaciones familiares y todas esas nuevas tendencias, que no dejan de ser un tipo de tarot rápido para que no sufras.
    Hay que gestionar y revivir y poner en palabras las cosas que nos pasan. Todo el daño que nos hicieron como país en este último ciclo del neoliberalismo tiene componentes buitres locales, ajenos, y mucha maldad política, ejecutiva y judicial. Una coordinación para hacer el mal. Un objetivo común demonizar todo, hasta la cultura popular. Y te voy a mencionar algo que es polémico, pero para que vos me digas si no es para pensarlo: es casual que a Cordera lo silencien, sean cuales sean sus declaraciones? o es que Cordera y su exgrupo fueron los primeros en detectar el clima social que se palpaba en 1999? y que justamente los destinatarios eran quienes ostentaron el poder desde 2015?
    Es casual que políticos/periodistas/personalidades del espectáculo se vendieran al mejor postor o es un plan para eliminar/silenciar/perseguir un modelo de país donde todos tengamos un lugar? Víctor Hugo dice los medios diabólicos, tranquilamente podríamos decir que los medios son el boogeyman que rasguña y lleva para devorarse todo a su paso. No hay ingenuidad en los conductores/periodistas/comunicadores, lo que hay es ignorancia volcada para un solo lado, el que seguramente paga para que así sea.
    En definitiva, es una lucha. Batalla cultural. Desigual, injusta pero que hay que enfrentar con conocimiento de que estas cosas pasan. Más humillados nos sintamos más chances de terminar siendo una calamidad de personas como muestra la serie al policía, destacado en tiro pero humillado por la vida y la profesión. Puede redimirse, arrepentirse, pero primero los mató. Es decir, no alcanzan los buenos deseos, hay que hacer el bien e informarse, para no ser uno más en esa cadena de atrocidades.
    Si llegaste hasta acá, muchas gracias, me gustaría saberlo y que puedas compartirlo conmigo.

  2. Vanina dice

    Sí, estás describiendo al psicópata por excelencia, al pervertido que sólo obtiene goce mediante el sufrimiento de otro. El paralelismo que me salta inmediatamente es el de la vieja película 8 mm donde al final, cuando Tom Welles (el personaje de Nicolas Cage) consigue dar con «el verdugo» y, al preguntarle entre trompadas «why? WHY!!» el tipo le responde, casi desconcertado por la obviedad de la respuesta: «because I CAN».

    Ídem con el torturador de Winston Smith en 1984, que lo atormenta hasta que al fin a éste le cae la ficha que lo que hacen no es ni por beneficio social, ni por una moral equis, ni nada por el estilo: simplemente… porque así lo quieren. «Because they can». Así lo quieren y lo disfrutan.
    Y… no, no son humanos. Podríamos llamarlos humanoides, yo prefiero llamarlos «reptilianos» (nada que ver con lo mitológico/delirante: simplemente están dos estadíos evolutivos detrás, nunca pasaron de la etapa reptiliana ni incorporaron la emoción en su bagaje biológico, visto desde el punto de vista Darwiniano, digamos).

    Por último: la diferencia entre las cagadas pequeñas y las grandes, es el nivel de INFLUENCIA. Si vos te mandás un moco, perjudicás a un radio de influencia más pequeño que si un gobernante ó empresario lo hace. El «arrastre» es mayor en éstos últimos sencillamente porque el nivel de influencia es mayor (es decir, su accionar afecta a más gente). La escencia es la misma.

    A ver, por ejemplo: el «moco» de gritarle ó violentar a una persona. Y luego no reparar el error doblemente ni mucho menos intentar desarticular el origen que llevó a cometer ese acto de violencia. Compará la diferencia de tal actitud entre una persona de a pié y Harvey Weinstein… Si la persona de a pié tuviera la posibilidad de acceder a la situación de poder de éste: no haría lo mismo? Cambiaría para bien por el solo hecho de tener más posibilidades de violentar gente y salir impune? Ó sencillamente aprovecharía tal situación para, justamente, satisfacer sus deseos perversos?

    Stephen King es un maestro en el estudio de, justamente, este tipo de situaciones. En «La Niebla», por ejemplo, donde personas de a pié sin poder de influencia (como la Sra. Carmody, impecable Marcia Gay Harden en la adaptación fílmica) e incluso ninguneadas por su entorno social, se convierten en líderes de masas porque encarnan algo oscuro que el resto, en situación normal (entendida como diaria, cotidiana) no se anima a expresar abiertamente, pero sí lo hacen cuando se sienten validados por el grupo social, es decir, cuando pasan de ser uno a muchos. La diferencia no está en la calidad sino en la cantidad.

    Esto ha sido probado desde los `60 con el experimento de Milgram (hay una película también, muy interesante, «Experimenter» – 2015, sobre este excepcional psicólogo Stanley Milgram y su teoría).

    Bueno, he aquí mi aporte 🙂
    Paz, Fuerza y alegría.

  3. Pelusa dice

    Cómo casi todas tus notas : magnética!!
    ¿ Cómo no pensar en Touch for Evil ; cuando ya en 1941 (42?) Orson Wells tambien nos desafia a pensar ese lado oscuro del ser humano?

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