LOS DESCONOCIDOS DE SIEMPRE

La expresión política del movimiento nacional frente al ajuste liberal dispone de alternativas

 

Las consecuencias del IPC (Índice de Precios al Consumidor) de abril del 6% se amplifican por el hecho de que la Argentina atraviesa un espléndido desacomodamiento, primero económico, inmediatamente político, con el 50% del total la población en la lona. La persistencia de la tasa de inflación soliviantada y la distribución del ingreso regresiva prueban que si el necesario debate a que fue llamada la clase dirigente para enderezar el rumbo económico del país no aconteció hasta ahora, se debe –en buena medida- a los obstáculos objetivos que inhiben de terciar a sus eventuales participantes de esa necesaria tenida.

En términos de enfrentar el subdesarrollo, para superarlo estamos como cuando vinimos de España. Y en la coyuntura, tal como viene la mano, más tarde o más temprano se pondrá en marcha un plan de estabilización. La experiencia muestra que los planes de estabilización, salvo raras excepciones, aparecen como el camino sin sucedáneos que ofrece el orden de la derecha para enderezar la situación patas para arriba.

Entre nosotros, los desconocidos de siempre cumplen la función precisa de armaduras del orden establecido, porque su objetivo es impedir que se siga razonando, de tan inasible que luce lo que sigue a continuación del primer convocante slogan. Sí a la segunda vez o tercera vez que explicaban el funcionamiento de un asunto económico no se entendía, el interlocutor estaba macaneando, advertía uno de los directores que tuvo la revista Qué de Rogelio Frigerio (el abuelo), semanario en el que antes y durante el gobierno de Arturo Frondizi se dieran a conocer planes de batallas claves para el movimiento nacional en la lucha por el aún hoy inalcanzado desarrollo.

 

 

 

Importaciones y canas

En el invariable menú de los planes supuestamente estabilizadores con el objetivo enunciado de frenar la inflación, son socios fundadores, entre otros, abrir la economía y cortar los gastos sociales. Por manidos que estén, conviene repasarlos aunque más no sea para curiosear las razones de su vigencia. Todo parece indicar que están en el vestuario aprontándose para entrar a la cancha. En el primer caso, porque la apertura es dañina y contraproducente para alcanzar la meta cuya puesta en vigencia persigue, como ha quedado demostrado una y otra vez. En el segundo, porque el desconcierto cunde cuando se los compara con los presupuestos de defensa. No se suele hacer esa comparación y francamente es intrigante porque se le da la bienvenida al gasto en humo y males, del que todo el mundo murmura que hay mucho para ganar, y una gran cantidad de ciudadanos convalida la recusación por ineficiente y dispendioso del gasto en mantener la vida (y la demanda agregada). Y resulta que como los planes de estabilización ahondan las causas del ciclo, es por eso que agravan todos los problemas en vez de solucionarlos. Esa es la razón de la lamentable tradición de, frente al desastre que hacen, excusarse reclamando por la falta de coraje y liderazgo político del gorila de turno que lo titulariza.

Los heraldos de la apertura la venden como anti-inflacionaria y acicate para la innovación tecnológica. La idea es la siguiente: para bajar los precios internos traemos de afuera productos que están más baratos. Una variante hace que se importe por encima del precio del segmento que es la crema de cualquier negocio. Es por el prestigio de consumir importado que la parte del mercado pudiente vuelca hacia ahí su demanda. Entonces, los empresarios argentinos observan una mejor calidad y un mejor precio y proceden a innovar e invertir, así no pierden el mercado. Por supuesto, nadie va a invertir si pierde mercado. Y eso es lo que sucede. Con la mejor calidad y más baratos producto del extranjero, en realidad, lo que estamos importando es desempleo. El caballo de Troya esconde un instrumento para des-industrializar, conforme los sabios preceptos de las ventajas comparativas sobre nuestra especialización agropecuaria. La meta verdadera es involucionar hacia una estancia ordenada.

Ya es un misterio misterioso entender cómo en un comercio internacional vigilado para no poblarse de subsidios a la manufactura —que de todos modos ocurren—, se supone que no habrá dumping. El dumping consiste en vender por debajo del costo en un mercado externo para eliminar a los competidores y una vez que se consigue, los precios (subsidiado por su respectivos gobiernos, las más de las veces) aumentan hasta eliminar la necesidad de ser subsidiados. Siempre de estas malas artes hay que andar cuidándose, más todavía en una coyuntura en el que estamos atravesando un entorno mundial estanflacionario. En este contexto la tendencia es a deshacerse de los stocks no vendidos internamente a precio de remate; y eso pese a los agudos problemas actuales de logística y proveedores. Para colmo, la Organización Mundial del Comercio sigue tan o más trabada y sin funcionar con Joe Biden que con Donald Trump. O sea, de momento no hay cómo saldar las disputas entre países en el comercio exterior, que es de lo principal que se encarga la OMC.

Pero si es por vender gato por liebre, los liberales no se privan de nada. En 1976 el mundo estaba bailando con la más fea estanflación y los civiles de la dictadura genocida abrieron la economía con la excusa de menor precio-mayor calidad. En 1986, la inflación norteamericana estaba aflojando pero la global no y la argentina ya se iba empinando de nuevo, después del sosegate del plan Austral de junio de 1985. Otra vez la sopa de calidad-precio para la apertura. Con la convertibilidad, en un mundo con clima recesivo por la fuerte revaluación del dólar global, el espectáculo mentiroso de apertura-calidad-precio, llegó al paroxismo y la tasa de desempleo batió récords nunca vistos. El que crea que se aprende de la experiencia está confundido del tipo de experiencia en la que se referencian los liberales a cara descubierta o embozados. En estos últimos el hilo de la careta se observa, sin inconvenientes, cuando machacan sobre la necesidad de aumentar las exportaciones sin ninguna referencia a la sustitución de importaciones. Para no dejar ningún cabo suelto, jamás señalan que de lo que se trata es de conseguir superávit comercial (exportaciones mayores a importaciones), sin los cuales no hay dólares para los pagos de deuda al extranjero, salvo que los provea la refinanciación, lo que agranda en vez de achicar el pasivo externo.

En cuando a los planes para atender a los desocupados y pobres, las encuestas sugieren que entre los ciudadanos se está extendiendo un consenso sobre su supresión. La gente de bien, disimula o cree disimular el talante racista hacia los desocupados, abrumadoramente morochos, argumentando que los planes fomentan la pereza y por eso no trabajan. Los más estúpidos hacen cuentas de lo mucho que se gana con los planes siendo pobre y desocupado. Los pequeños burgueses argentinos parece que están buscando a quién les saque a estos negros desangelados de encima sin ensuciarse las manos y sin máculas para su buen nombre y honor.

Para la Argentina y para las perspectivas de su desarrollo fue un gran avance que se masificara el seguro de desempleo. Era una salvajada que no lo hubiera. El equilibrio socio-político de una economía capitalista moderna es muy difícil que se mantenga sin seguro de desempleo. La principal distorsión no es que convierta en vagos y mal entretenidos a los cartoneros. La distorsión principal de las asignaciones por desempleo es la que les permite a los desocupados mantener su nivel de consumo sin producir. Y eso es lo interesante. Dado que esta rigidez relativa del consumo es, en las economías capitalistas modernas, uno de los antídotos más poderosos contra el proceso de reacción en cadena que, de otra forma, llevaría derecho a crisis de mayor magnitud. Para la sociedad (no para el desocupado) es más rendidor que reciba el subsidio al desempleo. De esa manera una gran parte de una producción adicional eventual puede ser operada sin creación proporcional de un nuevo poder de compra en los balances de las empresas.

Se invierte la relación de Phillips (relación directa de a más inflación más salario más nivel de empleo). Lejos de acrecentar la inflación, el avance del empleo compensa el excedente de demanda, y lejos de reducir los beneficios monetarios, el desempleo tiende más bien a aumentarlos; debido a que la oferta de mercaderías está reducida de la totalidad del valor agregado no producido (el producto bruto menos lo que cae), mientras que la demanda no es reducida más que por la diferencia entre salarios y las asignaciones por desempleo. Ahora, si se van a hacer ilusiones con la racionalidad del capitalismo, mejor que se enteren cómo funciona realmente. Con todo, ese no es el gran problema de la sociedad argentina. Uno que es del tamaño de una manada de elefantes, es el de la frustración pequeño-burguesa por los desatinos macroeconómicos, que pretende desquitarse con los morochos pobres, culpabilizándoles, y encuentra a unos demagogos de derecha y ultraderecha que en vez de calmar las aguas las agitan aún más todavía. Como si no se dieran cuenta de que las armas las carga el diablo y las descargan los boludos.

 

 

La salida

El proceso político que estamos viviendo transpira la fatalidad de llevarnos a un plan de estabilización clásico, con un par de primeros trimestres que funciona (a costa de dejar al costado del camino a otra porción importante de los argentinos que se suma al triste stock existente), y luego la realidad cobra la factura de una situación donde se pone todo el empeño en combatir los factores-demanda imaginarios. Como no hay absolutamente excedente sino más bien falta de demanda (como lo indica el sufijo de «estanflación»), el choque entre lo que se imagina la política económica que ocurre y lo que verdaderamente sucede, indefectiblemente conduce a efectos reales desastrosos sobre los costos y finalmente sobre los precios.

Los partidarios de la austeridad creen jugar sobre seguro: si el enfriamiento que propugna la política económica no hace bajar los precios por la compresión de la demanda, los hará bajar por la disminución del volumen de la producción y, por lo tanto, de los costos unitarios. Lo que impide ver los efectos perversos de las medidas deflacionistas, es el postulado de los costos crecientes que, en el campo neoclásico, aleja todos los sufrimientos, tanto los de los monetaristas como los de los otros. Costos crecientes significa: más produzco, más me cuesta. Por el contrario, la recuperación económica no es incompatible con una disminución de la tasa de inflación, en vista del potencial del reservorio de la capacidad instalada no utilizada dentro de las empresas y la baja de los costos unitarios consecutiva a su utilización. La inversa es cierta: menos produzco, más me cuesta, porque se elevan los costos por unidad al desaparecer las economías de escala por falta de demanda.

Entre los desconocidos de siempre, además de la apertura importadora o la crueldad con los desfavorecidos, en este muy incompleto inventario hay que anotar a la terquedad por temor a la derrota política. Cuando los responsable del plan de estabilización, ni bien recorre sus primeros tramos, ya palpan que los resultados van en sentido contrario del que esperaban, no hay que ilusionarse con que rectifiquen el rumbo. Convenciéndose y tratando de convencer de que las restricciones aplicadas hasta el momento no han sido lo suficientemente drásticas, por cuestiones atinentes a la credibilidad política, alientan reforzarlas. Mientras los defectos (o la falta) de crecimiento debido a los costos decrecientes impulsan la inflación, las medidas deflacionistas siguen ganando espacio. A menos que la expresión política del movimiento nacional ofrezca la alternativa de la que dispone, el mensaje del IPC de abril del 6% —puntual y como tendencia— sugiere que otra vez nos vamos a comer el garrón de los liberales a cara descubierta o embozados luchando a brazo partido por lograr el equilibrio por lo bajo.

 

 

 

 

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