“El nuevo poder avanzó de dos maneras: ocupando directamente el Estado –como en los gobiernos de Milei o Donald Trump– o condicionándolo desde afuera, con un peso específico mayor que el de muchos gobiernos. En la Argentina, esa mutación también se expresa en el recambio de élites: empresarios como Marcos Galperin disputan centralidad a figuras tradicionales como Paolo Rocca, con una diferencia clave: su pretensión de autonomía respecto del Estado”. En el reciente libro Jefes, cómo la élite empresaria argentina se convirtió en el verdadero poder, el periodista especializado en economía Leandro Renou describe una élite sin anclaje nacional claro, con negocios globalizados y sin las obligaciones que históricamente estructuraban la relación entre empresarios y Estado. Sin ir más lejos, el grueso de las ganancias de Mercado Libre está en Brasil y México, por lo que, si realmente quisiera, Galperin no necesita hacer negocios ni política en la Argentina.

No casualmente Renou identifica en la dictadura cívico-militar un punto de inflexión en la crisis no sólo del Estado como organización, sino también de un modelo de economía y de burguesía que se mantiene, hoy, casi con las mismas características. El ministro de Economía de la dictadura, José Alfredo Martínez de Hoz, venía además del ámbito corporativo. Había sido presidente de Acindar, una de las grandes firmas metalúrgicas nacionales. El fomento hiperbólico de la apertura económica y de las importaciones, en efecto, con la estatización de la deuda privada como medida esencial, se construyó en aquellos años de plomo, con una complicidad empresarial que tuvo en Ledesma y el “apagón” en el ingenio azucarero uno de los casos más conocidos.
En La educación presidencial, de la derrota del '70 al desguace del Estado, publicado en los '90 y ahora reeditado por El Cohete a la Luna, Horacio Verbitsky planteaba, en rigor, esa hipótesis: el golpe militar fue el puntapié de la subordinación del sistema político a los grandes intereses económicos. “El nuevo proyecto dominante impuesto a sangre y fuego erradicó las bases estructurales sobre las cuales los sectores sociales anudaron sus alianzas sociales y cuestionaron el poder en los años '70”, escribió Eduardo Basualdo en el prólogo, dando cuenta de “la mayor derrota de los sectores populares en el siglo XX”. Verbitsky agregó como factor crucial el endeudamiento externo alentado desde Estados Unidos, y el tránsito de una sociedad cuya industrialización se vinculó con el abastecimiento del mercado interno a otra sustentada en la valorización financiera y la fuga de capitales. Esto “acentuó las desigualdades sociales entre un sector asalariado con escasa participación en el ingreso, desplazado de la actividad productiva y con un profundo deterioro de sus condiciones de vida, y un reducido número de grupos económicos, empresas extranjeras y bancos acreedores que subordinan al Estado y determinan el rumbo del proceso económico y social”.

En Jefes, Renou retoma esa idea y amplía el análisis exponiendo que la segunda etapa de la concentración del poder económico llegó durante el menemismo, con el mega-combo de las privatizaciones, la fuga de capitales, la especulación financiera y la liberalización económica. Es decir, buena parte de la tarea de asiento del poder económico se hizo a sangre y fuego. Menem sobre esa base le dio la impunidad y los negocios. El proceso de aprendizaje social de la burguesía se cristalizó así con un Presidente carismático, frívolo, permisivo, pero líder, que garantizó la gobernabilidad con la frase “achicar el Estado es agrandar la Nación” junto al “Mingo”, un ministro de Economía superpoderoso. Con la convertibilidad, la industria se destruyó –junto al consiguiente debilitamiento de los sindicatos– y la importación detonó el comercio.
“Aunque Menem, a diferencia de modelos similares, como el de Milei, tuvo salarios que competían con el precio de los alimentos”, desliza Renou, que luego analizó al kirchnerismo como “la expresión más marcada de la contradicción del poder económico”; la llegada de Mauricio Macri como el “ángel fallido del sector privado”; el desborde político del gobierno de Alberto Fernández que “dejó una foto muy favorable para el poder económico más concentrado”, y finalmente a Javier Milei, “la primera CEOcracia, cuando el poder tomó el poder”. El cambio de época y la matriz de trabajo en la Argentina y el mundo ayudaron a que penetraran los mensajes que parecían alucinados de un por entonces desconocido columnista, y así, entonces, la burguesía convencional que “ahora tenía en los primeros puestos a empresarios argentinos con mayoría de negocios en exterior, radicados en paraísos fiscales y con un sentido de la patria y la nación bastante menos tradicional”.
A la hora de hablar del poder económico, sin embargo, nada parece tan nuevo ni tan viejo. En ambos libros se disecciona la consolidación de una oligarquía agropecuaria en los '80, '90, la acumulación de ciertos sectores corporativos –en aquel tiempo, con Aluar, Acindar y Loma Negra a la cabeza– y conglomerados multinacionales –como Techint y los Macri– en la transición democrática, y el desmantelamiento del Estado benefactor. Este proceso Verbitsky lo focaliza desde la crisis energética de fines de 1988 y los hechos de La Tablada, mientras el Ejército se reposicionaba en la sociedad, el alfonsinismo agonizaba ante la deuda externa, el brutal ajuste sobre el salario y la estampida del dólar, y “la burguesía se pintaba la cara para recibir a las visitas, con una lección de buenos modales”. Lo que se daba con Bunge y Born en la vanguardia y un nivel de protagonismo del FMI sin precedentes. Es el recorrido de cómo Menem pasó de prometer “revolución productiva y salariazo” a implementar un modelo de “desguace” del Estado.
Desde aquel momento, los grandes intereses económicos se enlazaron con los acreedores externos y los organismos transnacionales potenciarían sus posiciones de poder en la estructura social de la Argentina. Los dos grandes partidos democráticos y populares, el peronismo y el radicalismo, se disciplinaron a ellos y colonizaron sus voluntades políticas. Ese es el núcleo del libro de Verbitsky, que Renou amplía al análisis de la vieja y la nueva burguesía, familias como los Braun, Eurnekian y Elsztain que “transicionan” hacia los nuevos tiempos. Además de los mega millonarios de la tecnología que buscan exceder cualquier sistema democrático, como el sueño de un Peter Thiel argentinizado que piensa en la creación de comunidades autónomas y enclaves soberanos fuera del control de los Estados. En épocas de tecnomagnates que atienden desde el sillón presidencial, ya no son necesarios los golpes militares ni los Estados represivos. Ni siquiera alcanza con la gestación de partidos políticos de derecha, como explicaba Verbitsky cuando escribía que “la sucesión de golpes militares en el medio siglo que va de 1930 a 1976 obedeció a la incapacidad de las clases dominantes y sus aliados externos por crear un partido que defendiera en el sistema político sus intereses económicos y reprimiera a quienes se opusieran”.
¿Quiénes detentan hoy el poder real? ¿Quiénes son los jefes verdaderos de la Argentina? “Yo creo que en mi mejor momento, cuando gané con el 54%, llegué a tener el 25 por ciento del poder”, dijo Cristina Fernández de Kirchner en una entrevista, dando cuenta de que, por fuera de toda opacidad corporativa y de pretendido secretismo, el empresario es el actor político preponderante en la reestructuración del capitalismo local. “La sociedad es una sola, y el análisis de lo que ocurre en un sector es incompleto si desconoce lo que al mismo tiempo sucede en otro”, sugería Verbitsky en La educación presidencial. Y Renou habla de que el debilitamiento de la política tradicional empodera a los grupos económicos. La falta de dólares hace que, cuando ven débil al Estado, los empresarios avancen con firmeza. Así, diseñan una hegemonía donde logran que las clases populares piensen igual que ellos –cristalizado en el ejemplo del pibe de Rappi que apoya a Milei mientras se aprueba una reforma laboral que lo perjudica y favorece a sus explotadores–. Además, según consultoras internacionales, un empresario tiene 4000% más de chances de acceder al poder que un ciudadano común, algo incrementado exponencialmente desde la pandemia.
“Milei es el Presidente perfecto para la élite. Antes, el empresario golpeaba la puerta al Presidente. Hoy, Techint redacta las leyes”, resume Renou. Sin embargo, después de un par de años de experimento, también pareciera que Milei está dispuesto a arriesgarlo todo en una mano y ya ha acumulado tensiones con Paolo Rocca, Madanes Quintanilla o el propio Magnetto. “Es un esquema parecido a la dictadura y al menemismo, pero con más crisis”, agrega el periodista especializado en economía. ¿Están indecisas hoy las élites con Milei? ¿Hay un gataflorismo en apoyarle algunas cosas y otras no, cuando en realidad saben que el rumbo económico es ultra favorable a sus intereses? ¿El Círculo Rojo está viendo un proceso de deterioro y la crisis de los Milei es una suerte de noticia en desarrollo? ¿La inestabilidad es la regla del gobierno? ¿Esa imprevisibilidad, esa turbulencia de Milei, dan un marco de desconfianza que no se corresponde con sus expectativas tradicionales?
En el capítulo “Los apóstoles de Milei” aparecen los JP Morgan Boys, Globant y algunos más desconocidos como Eduardo Bastitta Harriet. Hay un notable perfil de Eduardo Eurnekian, precisando que el holding del empresario armenio fue la rueda sobre la que giró el ratón. Luego ausculta la Fundación Faro, con su batalla cultural y recaudación a manos de los Neuss y el ultra Agustín Laje, y una burguesía predominantemente masculina que conserva sus privilegios. El gobierno de Milei, para Renou, es el “período de mayor empoderamiento de los sectores del establishment”. Es un periodo de crecimiento económico centrado en los complejos extractivos –minería, hidrocarburos– y el campo, y un devastador efecto social, inflación alta pero controlada y un dólar bajo, desindustrialización rampante, el repliegue de las organizaciones sociales a los barrios y nuevos proyectos como el Súper RIGI, que busca promover la inversión en tecnología y data centers con el objetivo de multiplicar las alternativas de ingresos de dólares.
Con un sobreendeudamiento que asfixia a las familias, la insuficiencia de ingresos y una explosión de la informalidad económica, en un país que se “peruaniza” y pierde la existencia de su clase media, el mapa electoral no puede prescindir del avance regional de la derecha. Esta, en sus diferentes variantes, se impuso en 12 de las últimas 15 elecciones presidenciales latinoamericanas, exceptuando México, Guatemala y Uruguay. Aquellos fragmentos de Verbitsky en La educación presidencial como “es imposible entender la Argentina de los '90, mirando a los '40 y sin indagar por el significado del '76, en última frontera”, o “la construcción social de un proyecto nacional y popular que dé cuenta de la nueva conformación económica, social y política del país, es un requisito ineludible para volver a disputar algún día el poder en la Argentina”, vuelven a resonar en un nuevo retrato de los dueños del país. En este caso, en manos de Leandro Renou. Dos textos imprescindibles, en definitiva, para entender de qué hablamos cuando hablamos del verdadero poder.
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