Los elegidos

De una película de 1982 al genocidio de Gaza

Fotograma de "Los elegidos", película de Jeremy Kagan.

 

A principios de 1982 se estrenó en Estados Unidos Los elegidos (The Chosen en el original), dirigida por Jeremy Kagan. En la Argentina tuvo una difusión limitada a algunos festivales. Inspirada en la novela homónima de Chaim Potok publicada en 1967, la película trata de la improbable amistad entre dos adolescentes judíos —vecinos del barrio de Brooklyn, en Nueva York— a fines de la Segunda Guerra Mundial. Ambos descuellan en los deportes y se conocen en un partido de béisbol disputado entre sus escuelas, que termina en una batalla campal. Ese episodio penoso, sin embargo, da pie a la amistad. 

 

 

Reuven Malter es un judío de clase media, hijo de un profesor universitario, erudito talmúdico profundamente laico y sionista apasionado. Danny Saunders es hijo de un rabino jasídico (interpretado por Rod Steiger). El jasidismo es un movimiento de renovación espiritual y religiosa surgido dentro del judaísmo ortodoxo en el siglo XVIII. Este sugiere que es posible alcanzar una relación cercana con Dios —un éxtasis religioso comparable de alguna manera al piti budista— a través del canto y la alegría, en lugar de limitarse a las prácticas habituales. Al ser un movimiento místico, es minoritario dentro del judaísmo, que prefiere centrarse en la vida práctica, en los dilemas de este mundo y en el cumplimiento de los mandamientos de la Torá (mitzvot) más que en una eventual comunión con el Señor.

“No trata solo sobre judíos. Aborda ideas y conflictos comunes a todas las personas, y cómo se pueden construir puentes humanos incluso sobre las mayores diferencias ideológicas. La película trata sobre la capacidad de empatizar con otro ser humano”, afirmó el director durante el estreno de Los elegidos. Se trata, en realidad, del dilema propio de cualquier minoría frente a dos opciones opuestas: la asimilación de la cultura mayoritaria, lo que para algunos podría ser el preludio a una desaparición cultural y religiosa; o, al contrario, la defensa a ultranza de la diferencia, de aquello que distingue a esa minoría. Un dilema que, a lo largo de la historia, reflejó la preocupación de muchos judíos de la diáspora.

Los dos amigos asisten al final de la Segunda Guerra Mundial y a la confirmación del horror del Holocausto. Las noticias que llegan sobre los campos de concentración liberados por los aliados reavivan un debate dentro de la comunidad judía. Reuven menciona en casa de su amigo jasídico que para algunos ha llegado el momento de establecer un Estado judío, lo que provoca la reacción violenta del rabino Saunders, vehemente opositor al sionismo. Para los ultra-ortodoxos, un Estado judío secular establecido sin la llegada del Mesías contradice la voluntad de Dios; es una blasfemia.

Para Danny, Reuven es un “apikorsim”, palabra utilizada históricamente tanto en hebreo como en yiddish para describir a un judío que niega los principios básicos del judaísmo, es decir, casi un hereje. Pero más allá de ese rechazo hacia lo diferente, Danny padece una crisis que constituye el eje central tanto del libro de Potok como de la película de Kagan: ¿Debe permanecer en el mundo cerrado de los judíos jasídicos ultra-ortodoxos, defender una tradición de siglos, transformarse en el referente de su comunidad, siguiendo los pasos de su padre rabino (el liderazgo en la comunidad jasídica se transmite de padre a hijo)? ¿O tiene derecho a buscar su propio camino, respetando sus propias inquietudes intelectuales (en su caso, el estudio de la psicología)? Al final, los destinos se cruzan: fascinado por la obra de Sigmund Freud, Danny elige estudiar psicología en la Universidad de Columbia y se aparta de la estricta tradición jasídica; mientras Reuven planea ser rabino, alejándose del deseo de su padre de seguir la carrera de matemático.

En una de las escenas más potentes de la película, unos jóvenes ultra-ortodoxos agreden a un grupo de militantes sionistas con el mismo argumento esgrimido por el rabino Saunders. Quien debe conducirlos a la Tierra Prometida es el Mesías, no David Ben-Gurión (líder sionista, primero en ocupar el cargo de Primer Ministro de Israel y considerado uno de los padres fundadores de dicho Estado). En el altercado, los ultra-ortodoxos insultan a los otros jóvenes considerándolos “peores que Hitler”, ya que “Hitler mató el cuerpo de los judíos, mientras que ustedes asesinan su alma”. Intentar forzar el fin del exilio (la diáspora) mediante un movimiento político secular (el sionismo) es considerado aún hoy por algunos judíos ultra-ortodoxos como un acto de desobediencia a los mandatos divinos. 

El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU votó la resolución 181, que estableció el plan para dividir el territorio de Palestina —que se encontraba bajo mandato británico— en dos Estados independientes: uno judío y otro árabe. Las potencias del momento, Estados Unidos y la Unión Soviética, votaron a favor, mientras que los países miembros de la Liga Árabe y otras naciones aliadas de la región rechazaron la partición. La Argentina se abstuvo. Menájem Beguin, futuro Primer Ministro israelí y por entonces líder del Irgún —una de las organizaciones armadas sionistas que luchó contra el mandato británico— rechazó la resolución de la ONU: “La bisección de nuestra patria es ilegal. Nunca será reconocida”. La patria era Palestina. Por su lado, los palestinos rechazaron la partición. 

El 14 de mayo de 1948, pocas horas antes de que venciera el mandato británico, David Ben-Gurión proclamó el establecimiento del Estado de Israel. Estados Unidos lo reconoció de inmediato. La Unión Soviética tardó apenas unos días más, seguida por otros países. En febrero de 1949 se sumó la Argentina. La Liga Árabe sigue hasta hoy rechazando la noción de “Estado judío”, aunque algunos de sus miembros mantienen relaciones diplomáticas con Israel.

Apenas fue proclamado el Estado de Israel, Egipto, Siria, Transjordania (la futura Jordania), Irak y el Líbano invadieron el nuevo país. Las fuerzas israelíes pudieron, sin embargo, rechazar el ataque e incluso tomar nuevos territorios. Sería el primer conflicto armado entre Israel y sus vecinos, aunque no el último. La llamada guerra árabe-israelí impulsó el éxodo masivo de palestinos: más de 700.000 personas sufrieron el desplazamiento forzoso de sus tierras. Fue la “Nakba”, palabra árabe que significa “catástrofe”. Un acontecimiento histórico que marcó un antes y un después para el pueblo palestino y que se conmemora cada 15 de mayo. En paralelo, las comunidades judías de varios países árabes, integradas allí desde varias generaciones, fueron expulsadas como consecuencia del conflicto. Más de 800.000 personas migraron en su mayor parte hacia Israel, pero también hacia Estados Unidos y Francia, entre otros países de Occidente.

La creación del Estado de Israel, un viejo anhelo del movimiento sionista, fue también la solución que eligieron las potencias coloniales en decadencia (Francia y Reino Unido en particular) y las potencias emergentes luego de la Segunda Guerra Mundial (Estados Unidos y la Unión Soviética) para resolver el obstinado antisemitismo europeo, que pasó de los pogroms zaristas y las persecuciones de la extrema derecha continental a la Solución Final nazi. Dichas potencias cedieron un territorio que no les pertenecía para resolver un drama del que eran responsables. Es bueno recordar que, para Theodor Herzl, fundador del sionismo moderno, Palestina no era la única opción. Como lo señaló Yossi Goldstein, investigador del Centro Melton de la Universidad Hebrea de Jerusalén: “En su libro Der Judenstaat, Herzl (1860-1904) evaluó las diferentes alternativas para el establecimiento de un 'hogar nacional' para el pueblo judío y reflexionó: '¿Es preferible Palestina o la Argentina? (...) La Argentina es uno de los países naturalmente más ricos del mundo, con una superficie inmensa, escasa población y un clima moderado'. E incluso agregó que 'la República Argentina tendría el mayor interés en cedernos un pedazo de territorio'".

El barón Maurice de Hirsch, fundador de la Jewish Colonization Association (J.C.A.) que impulsó las colonias agrícolas en la Argentina —esas que nos regalaron los gauchos judíos— no acordó con esa visión. Según Goldstein: “De Hirsch no fue un sionista sino un filántropo. No impulsaba la creación de un Estado judío. De hecho, Herzl quiso canalizar ese esfuerzo filantrópico hacia una meta nacional, pero el barón von Hirsch no apoyó esa iniciativa”.

Además de la Argentina, Herzl propuso otros territorios. En 1903 presentó el Programa para la Uganda Británica, un proyecto del gobierno británico para crear un refugio temporal para el pueblo judío en una zona de África Oriental situada en el actual territorio de Kenia. La propuesta generó grandes debates, y finalmente fue aprobada, aunque nunca implementada (a pesar de todo, algunos inmigrantes judíos que escapaban de las persecuciones en Europa se instalaron allí y aún hoy existe una congregación hebrea en Nairobi, la capital). Ese año surgió la Organización Territorial Judía, que buscó alternativas a Palestina, desde la isla de Galveston, en Texas, hasta Australia, pasando por Alaska, Canadá e incluso Angola. Ninguna opción tuvo éxito. 

Hace dos años, Martín Caparrós escribió en El País: “¿Qué significa ser judío? Yo debo serlo: mi madre lo es porque su madre lo fue porque su madre lo fue. Así que soy judío, aun si no termino de saber qué es eso. Ser judío, dijo algún judío, es preguntarse qué significa ser judío”. En referencia a la creación del Estado de Israel, agregó: “Fue una pena: a mediados del siglo pasado, cuando la masacre superó todo lo previsible, la respuesta de algunos judíos consistió en perder su diferencia, armar un Estado, armarlo, parecerse a los otros. Yo lamento que se haya creado ese país: hubiera sido mejor seguir mezclándonos, moviéndonos, descreyendo de ejércitos y jefes. Pero entonces no parecía posible, y ahora somos muchos los que lamentamos que Israel —como Irán, Arabia, El Salvador— haya sido secuestrado por una camarilla de extrema derecha y que, so pretexto de haber sido víctimas, haga víctimas a otros”. 

El 7 de octubre de 2023, la organización armada palestina Hamás lanzó un ataque masivo contra Israel, que dejó cerca de 1.200 personas asesinadas (la mayoría civiles) y 251 rehenes secuestrados. “Decidimos poner fin a todos los crímenes de la ocupación (de Israel), su tiempo de arrasar sin rendir cuentas terminó”, declaró Hamás a través de las redes sociales. Ningún país reivindicó el atentado, que fue repudiado de forma generalizada. Ese mismo día, el Primer Ministro israelí, Benjamín Netanyahu, declaró: “Israel está en guerra” y ordenó que las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) iniciaran de inmediato una campaña militar para lograr la liberación de los rehenes y derrotar a Hamás. Netanyahu repitió que Israel “tiene derecho a defenderse”.

Desde ese día y según cifras oficiales del Ministerio de Salud de Gaza y de las autoridades israelíes, hasta mayo de 2026, más de 73.000 personas fueron abatidas por los bombardeos israelíes. Un estudio de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), que verificó las muertes de tres fuentes independientes, encontró que el 70% de los palestinos muertos en edificios residenciales o viviendas eran mujeres y niños. Entre las víctimas se encuentran 390 trabajadores de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) —el mayor número de muertos en la historia de la ONU— y más de 259 periodistas. La “guerra” ha provocado el desplazamiento forzado de 1,9 millones de gazatíes, más del 75 % de la población. 

Nissim Vaturi, diputado y vicepresidente del Parlamento israelí, además de miembro del Likud, el partido que lidera Netanyahu, llamó a “borrar Gaza de la faz de la tierra (...) No hay inocentes allá”. Bezalel Smotrich, el ministro de Finanzas, sostuvo que dejar morir de hambre a los dos millones de palestinos en Gaza sería “justificado y moral”. Por su lado, Itamar Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional y energúmeno supremacista, aseguró que la salida de los palestinos de Gaza y el restablecimiento de asentamientos israelíes en el territorio es “una solución correcta, justa, moral y humana”. Sobre todo humana. 

En el notable Museo del Holocausto de Buenos Aires existe un sector, en el inicio de la muestra permanente, que ilustra la deshumanización padecida por los judíos a través de los medios y la tenaz prédica antisemita. El truco consiste en quitarles la humanidad, transformar a millones de personas en algo ajeno, un grupo sin alma cuyo destino es irrelevante. Cuesta mirar esos afiches, esas tapas de diarios o revistas, sin sentir un escalofrío y preguntarse cómo fue posible algo así. La deshumanización es el paso previo al exterminio. 

Israel se ha convertido en uno de los matones del barrio global. Con el gobierno de extrema derecha de Netanyahu, esa condición se ha potenciado, volviéndose explícita. Sus ministros se vanaglorian de su poderío militar y de las acciones implacables de sus Fuerzas de Defensa. Un conflicto político y territorial es presentado como la lucha entre el bien y el mal. Una visión maniquea que comparten los pocos socios de Israel, desde Trump a Javier Milei, el Presidente de los Pies de Ninfa, quien sostiene que “Israel es un faro que ilumina el camino de la libertad” y “un bastión de los valores de Occidente”, y que felicitó a Netanyahu por “la gestión de la guerra”. Una “gestión” que le valió la orden de arresto de parte de la Corte Penal Internacional (CPI) por ser “presuntamente responsable de los crímenes de guerra, de inanición como método de guerra y de dirigir intencionalmente un ataque contra la población civil; y de los crímenes de lesa humanidad de asesinato, persecución y otros actos inhumanos”. Como las cambiantes amenazas de Donald Trump, los gruñidos del Primer Ministro de Israel no parecen necesariamente pruebas de fortaleza política.

En su ensayo En torno a lo político, escrito hace más de 20 años, la filósofa y politóloga belga Chantal Mouffe advierte: “Actualmente lo político se expresa en un registro moral. En otras palabras, aún consiste en una discriminación nosotros/ellos, pero el nosotros/ellos en lugar de ser definido por categorías políticas, se establece ahora en términos morales. En lugar de una lucha entre 'izquierda y derecha' nos enfrentemos a una lucha entre 'el bien y el mal'”. El dilema es que, si se trata de una lucha moral, no hay negociación posible. Nadie puede acordar con el mal. Y ese es el dilema que nos plantea la visión maniquea de los matones del barrio global. Según su visión, los palestinos —como los judíos en los afiches del Museo del Holocausto de Buenos Aires— son seres desprovistos de humanidad y, accesoriamente, terroristas por naturaleza. Frente a esos entusiastas del moralismo selectivo, de nada sirve recordar que las organizaciones armadas sionistas practicaron el terrorismo en contra del Mandato Británico de Palestina para lograr el objetivo político de un Estado judío. El atentado al Hotel Rey David de Jerusalén —que dejó 91 muertos y más de 40 heridos— fue llevado a cabo por el Irgún, liderado por Menájem Beguin. Eso no le impidió, tres décadas más tarde, ser Primer Ministro y recibir junto al Presidente egipcio Anwar el-Sadat el Premio Nobel de la Paz por los Acuerdos de Camp David. Y es virtuoso que eso haya ocurrido, ya que el rol de la política no consiste en atrincherarse en absolutos morales o consignas celestiales, sino en resolver los inevitables conflictos del reino de este mundo. 

Hoy, el oficialismo israelí e incluso parte de la supuesta oposición, eligieron atrincherarse en las certezas del moralismo selectivo, esas que consisten en deshumanizar a los palestinos y proponer un debate talmúdico sobre si el asesinato de más de 70.000 gazatíes y la destrucción de su infraestructura constituyen realmente un genocidio. Cualquier crítica hacia las políticas de Israel es asimilada al antisemitismo y cualquier crimen de guerra es descripto como legítima defensa. Asoma detrás de esas afirmaciones el sueño del exterminio, el de arrojar al mar a esa mitad molesta, a ese pueblo que no debía estar ahí, pero ahí estaba: los palestinos. Eso no va a ocurrir, y por lo tanto, la única solución, la única posibilidad de salir de la espiral de odio explícito está en la tan deslegitimada política. 

Parafraseando a Jeremy Kagan, el director de Los elegidos: esta película debería tratar sobre la capacidad de empatizar con otro ser humano.

 

--------------------------------

Para suscribirte con $ 8.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 10.000/mes al Cohete hace click aquí

Para suscribirte con $ 15.000/mes al Cohete hace click aquí