Los nadies

O esperamos que crezca la economía, o redistribuimos de modo que incorpore a los “nadies”

 

En mi adolescencia conocí al más famoso de los “nadies”, ese adjetivo que usó con maestría el gran Eduardo Galeano en aquella prosa poética que publicó en El libro de los abrazados, para identificar a los pobres de pobreza absoluta, esos que están totalmente invisibilizados. El famoso “nadie” al que me refiero no es otro que el Viejo Matías a quien maravillosamente Víctor Heredia retrató en una de sus canciones mas famosas y que miles de jóvenes, en aquellos tiempos, cantábamos como un signo de resistencia. Aún hoy, al escuchar esa canción, mi estómago acusa recibo de las emociones que me produce.

Luego de tantos años, como siempre pasa con los hechos tan lejanos, las imágenes se hacen difusas y se mezcla la realidad con la ficción. Si bien para el niño que era en ese entonces, el Viejo Matías parecía un hombre muy anciano, en realidad no creo que fuera tan viejo. Su descuido, su pobreza y su balbuceo extraño lo tornaban mayor. Seguramente, él tenía muchos menos años de los que yo tengo actualmente, e incluso dudo de que su nombre real fuera Matías, más bien imagino que algún transeúnte de la “vieja estación de chapas de Paso del Rey” así lo bautizó. Pero lo cierto es que, sin quererlo ni saberlo, producto de la genialidad artística, se transformó en bandera. Una bandera silenciosa, dolorosa y desgarradora de una realidad que resulta intolerable. Han pasado más de 55 años, y las cosas para los “nadies” no ha cambiado demasiado. Es más, pareciera que, lejos de transformarse en compatriotas y dejar de ser “esos” para ser “nosotros”, cada día nos encontramos con un número más creciente de “nadies”. ¡Qué falta nos hace otro “Viejo Matías”, para que nos golpee en el alma y nos dé voluntad colectiva de cambiar esta realidad!

Luego de haber terminado una magnífica negociación de la deuda externa argentina, definir cómo atacar de lleno la pobreza estructural debería formar parte de cualquier estrategia que se planee a futuro. Hace unas semanas, el Presidente dijo textualmente respecto del Ingreso Básico Universal: “Yo creo que ese ingreso universal sería bueno que nosotros se lo garanticemos a todos los argentinos”. Por su parte, el Ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo, hizo presentaciones y brindó varios reportajes en el mismo sentido. Salieron técnicos y pensadores de distintas vertientes ideológicas a dar su opinión, en general, positiva, con variantes y propuestas metodológicas. La CGT dejó traslucir algunos conceptos a favor de la idea, pero con matices, mientras la Corriente Federal tuvo expresiones más firmes aún. Sin embargo hace pocos días, en un reportaje televisivo, el Ministro de Economía, Martín Guzmán, dijo que no estaba en la idea del gabinete económico la implementación del Ingreso Básico Universal. Al día siguiente un vocero del gobierno dijo por Twitter que “la liviandad con la que se está tratando el tema del ingreso universal puede llevarnos a una nueva frustración… Hay que crear un consenso tan profundo como el que se dio con la AUH”. En el Parlamento también hay posiciones diversas, pero en general a favor. Todo esto demuestra que el gobierno está enfrascado en un muy interesante, alentador y refrescante debate que vale la pena seguir paso a paso para hacer los aportes necesarios que permitan viabilizar la propuesta de un Ingreso Básico Universal

Hace mucho tiempo que apoyo la idea de construir una sociedad sin excluidos, pero en esta oportunidad me gustaría mirar las políticas sociales desde otra perspectiva. Desde la mirada de los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada. Lo que particularmente me interesa resaltar es la cuestión relacionada con aquellas personas que, por cuestiones económicas, sociales, culturales o de cualquier otra índole, se encuentran en estado de pobreza estructural e imposibilitados de incorporarse a los programas sociales implementados por el gobierno.

Una historia anónima pero desgarradora ocurrió hace pocos días en las calles frías, no sólo por las temperaturas invernales sino también por la falta de amor y empatía en esta mega urbe que es Buenos Aires. Esta publicada en Instagram por la asociación @amigosenelcamino, una entidad que asiste a las personas en situación de calle. La publicación muestra la foto de un muchacho con sus brazos cortajeados, donde puede leerse: “A veces uno no puede imaginar cuánto dolor atraviesa el alma de cada amigo en situación de calle. Él es Diego, tiene 35 años y parece muchísimos más. Anoche lo encontramos con los brazos cortados y tanta angustia que nos golpeaba muy fuerte. “Tengo tanto dolor que se me hace insoportable», nos decía. “Entonces, en vez de lastimar a alguien prefiero lastimarme yo, porque no aguanto más”, y la voz se le quebraba. Otra noche más de impotencia y de sentir una trompada en el pecho porque esta angustia no es de ahora pero sí, se ve agravada en el contexto que nos toca vivir y donde nuestros #amigosenelcamino siguen siendo invisibles para la mayoría de la sociedad».

Historias como esta se dan a diario en la ciudad más rica de nuestro país. Miles de “nadies” que duermen en medio de la pandemia, con temperaturas heladas, muchas veces bajo la lluvia, sobre cartones viejos y esperando que algún alma caritativa les dé algo que comer. A ellos, el brazo del Estado no les llega con eficiencia. Por un lado, para el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires esos “nadies” no existen o no son tantos o responden que “tienen paradores para albergarlos”, pero que aún así eligen estar en la calle. (Argumento no solo falso sino ridículo y cínico por donde se lo aborde.) Y por otro lado, respecto de los programas del Estado nacional, estos “nadies” no están en condiciones de acceder a ellos, no sólo porque en la calle no tienen computadora ni Internet, sino porque aunque consiguieran una, no sabrían cómo usarla para completar los formularios electrónicos para su solicitud y mucho menos hacer el seguimiento para saber o controlar si les fue reconocido el derecho o indagar acerca del cronograma de pago correspondiente. Además, hace falta tener un documento de identidad físico para poder cobrar (la gente que vive en la calle sufre robos y pérdidas recurrentes producto de su propia situación de vulnerabilidad), y en ocasiones saber leer. Pero nada de eso tiene un “nadie” que vive en la calle. Simplemente no tiene las condiciones necesarias para cumplimentar un proceso de estas características. Si esto ocurre a metros del poder y en la capital de la nación, imaginemos lo que pasa a lo largo y ancho del territorio nacional.

En nuestro país existen 1,8 millones de personas analfabetas que son, obviamente, los más “nadies” de todo el grupo. Por definición, no tienen ningún acceso a sistema informático alguno, y actualmente todo se hace por Internet. Entonces vale la pena preguntarse: ¿cómo hacen 1,8 millones de hermanos para ser parte del mundo? Quizás algún meritocrático argumentará que la culpa es de ellos, por no haber hecho lo suficiente para dejar de ser analfabetos. Sin embargo, creo que ellos son los menos culpables de esa situación. Los verdaderos culpables somos todos los argentinos que, por acción u omisión, permitimos que esto ocurra y simplemente convivimos con esa situación.

Hay algunos números que dan escalofríos. A diciembre de 2019, más de 400.000 chicos que se encuentran incorporados en las bases de ANSES no cobran la AUH (por no constar en las bases la relación con sus padres), y aun quedan otros 470.000 que no han pedido el beneficio. Pienso en la relación que existe entre este número y el 1,8 millón de analfabetos descripto más arriba. Es decir, tenemos casi un millón de “nadies niños” que no perciben lo que por derecho les corresponde, ya sea por cuestiones que tienen que ver con problemas culturales de unos o de otros, o directamente por ser pobres y no acceder a la información sobre sus derechos. Pero lo que resulta claro es que el Estado tiene responsabilidad en esa situación, por no haber tenido la capacidad para identificarlos, ni la flexibilidad para incorporarlos mas allá de los procesos implementados para esa prestación, que si bien han sido exitosos para la mayoría aún está en deuda con, significativamente, los que más la necesitan. Una razón de humanidad que va mas allá de lo administrativo y procedimental debería conducirnos a promover un Estado más amigable, que implemente las políticas sociales con procedimientos diferenciados según el universo de personas de que se trate y salir a buscar a “los nadies” donde sea que estén.

Hay infinidad de “nadies” más. Cada uno de ellos es una cuchillada en nuestra conciencia. Quizás el peor de los argumentos para justificar esta desgarradora situación sea que “en todo el mundo hay pobres”. Eso me suena a alguien que tiene un hijo enfermo y lo deja tirado en un rincón de la casa, total, todos los chicos se enferman. Cada pobre, cada “nadie” es un hermano, un padre o un hijo de cada uno de nosotros.

Pienso que la salida de la pandemia nos impone una disyuntiva de hierro: o esperamos que crezca la economía y de esta forma tener recursos con que afrontar el gasto, o empezamos un proceso de distribución del ingreso nacional que incorpore a los millones de “nadies” que nos rodean, adecuando la llegada de la ayuda a las posibilidades reales de cada destinatario. El peor escenario es aquel donde elegimos no hacer nada, de forma de  dejar pasar, una vez más, la oportunidad de enfrentar el mayor problema estructural de la Argentina. En lo personal, tomo partida por lo que dijo el Presidente Fernández: “Tenemos que empezar por los de abajo”.

Luego de seis meses se acordó la refinanciación de la deuda externa con los grandes fondos de inversión BlackRock y compañía. Ahora llega el tiempo de negociar con el FMI y se esperan varios meses de discusión al respecto. La pregunta del millón es cuándo tocará negociar con los pobres, para que dejen de ser “nadies”.

Les dejo un fragmento esclarecedor de Eduardo Galeano

 

Los Nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro.

Y sueñan los nadies con salir de pobres.

Que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte;

Pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznitas cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies, los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados,

corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son seres humanos, sino recursos humanos,

Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen cara, sino número.

Los nadies que cuestan menos que la bala que los mata.

 

 

 

 

4 Comentarios
  1. Luis Juan dice

    Estimado Miguel:
    Excelente y sensible análisis.
    Una humilde digresión, si me permite:
    Dado que mencionó a un maestro de la palabra, a través de las palabras de ese gran decidor, pretendo resultar complementario a lo que usted manifiesta.
    Del libro “Bocas del tiempo”:
    Mirando a Miró
    Almir D’Avila entró de niño, lo declararon demente y nunca más salió. Nunca nadie le ha escrito una carta, ni ha sido nunca visitado por nadie. Aunque pudiera irse, no tiene adónde; aunque quisiera hablar, no tiene con quién.
    Desde hace más de cuarenta años, pasa sus días en el manicomio de San Pablo, deambulando en círculos, con una radio pegada a la oreja, y en su camino se cruza siempre con los mismos hombres que deambulan en círculos con una radio pegada a la oreja.
    Uno de los médicos organizó la visita a una exposición de pinturas de Joan Miró.
    Almir se puso su traje único, viejito pero bien planchado bajo el colchón, se metió hasta los
    ojos su sombrero de almirante y marchó con los demás rumbo al museo. Y vio. Vio los colores que estallaban, el tomate que tenía bigotes y el tenedor que bailaba, el pájaro que era mujer desnuda, los cielos con ojos y las caras con estrellas.
    Anduvo, de cuadro en cuadro, con el ceño fruncido. Era evidente que Miró lo había defraudado, pero el médico quiso conocer su opinión:
    –Demasiada –dijo Almir. –
    –¿Demasiada qué?
    –Demasiada locura.
    Los nadies, como nos verán Miguel.

  2. Néstor Raffo dice

    Dolor e impotencia no alcanzan para describir los sentimientos que generan estas desigualdades eternas, repetidas y reafirmadas en cada nuevo acto por el Gobierno de la CABA. Confiado en la esperanza por una pronta respuesta activa del gobierno nacional, quisiera saber canalizar mi rabia e indignación que me genera esta situación, en acciones positivas para ayudar a mitigarla desde donde me sea posible.
    Las palabras de Galeano pintan esta inujsticia cabalmente y en su denuncia muestran un camino posible para sumar nuestras voces en palabras inspiradoras, antes que en reacciones emocionales surgidas frente a tanta injusticia.

  3. Fernando Montero dice

    Impotencia enorme para resolverlo, si no encaramos con fuerza y decisión el IBU. TODES.

  4. Alejandra Naman dice

    Dolor profundo dolor,

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