LOS (NUEVOS) AÑOS LOCOS

Estamos en la nueva Década del Veinte, que se parece a Los Años Locos... pero por razones distintas

 

 

Hasta no hace tanto, la expresión «los Años Veinte» disparaba en mi cabeza una explosión de contenidos. Música de charleston. Largos collares de perlas. Las flappers y sus vestidos cortos y sin mangas. La popularización del automóvil y de la aviación. El primer cine sonoro. La Ley Seca y los speakeasies donde se chupaba a lo beduino. El tableteo de las ametralladoras de los gangsters. El voto femenino en Estados Unidos y gran parte de Europa. La era dorada de Harlem. El tango deslumbrando por el mundo. Los cabarets de Weimar. La escuela de arte Bauhaus, el surrealismo y el Art Decó… Y todo esto, a través de un elenco insuperable: Charles Lindbergh, Al Jolson, Rodolfo Valentino, Chaplin, Buster Keaton, Greta Garbo, Josephine Baker, Duke Ellington, Louise Brooks, Hemingway, Gertrude Stein y F. Scott Fitzgerald, Félix el Gato y el primer Mickey Mouse, Duchamp, Picasso, Max Ernst…

 

 

 

Josephine Baker baila el charleston.

 

 

 

Pero días atrás me cayó la ficha. Ya no deberíamos decir «los Años Veinte» alegremente, dando por sentado que se habla de los que corresponden al siglo XX. Porque nosotros estamos viviendo los Nuevos Años Veinte, los que le tocan en suerte al siglo XXI. Y todavía no está claro si esta década nuestra será rugiente (que así se llama a ese período en los Estados Unidos, the roaring Twenties) o más bien loca (en Francia se recuerda a ese tiempo como les années folles) o merecerá un apelativo propio. Lo que sí parece una fija, a pesar de que la década despunta todavía, es que será tan intensa como aquella de la que nos separan cien años.

Rugientes o locos, los Años Veinte tuvieron su razón de ser. Uno de los motores más evidentes fue la Primera Guerra Mundial (1914-1919). En el caso puntual de Europa, acababan de dejar atrás una experiencia nefasta —por algo en tiempo real la llamaban la Gran Guerra— que se cobró las vidas de 9 millones de soldados y de 5 millones de civiles que sufrieron ocupación militar, hambre y enfermedades; que además redibujó el mapa del continente, desfiguró el rostro de las ciudades tradicionales y fundió a la mayoría de los países. (Especialmente a la vencida Alemania, que debió pagar los platos rotos. Recién a mediados de la década, merced a un plan de ayuda que provino de Estados Unidos, volvió la prosperidad. A esa ventana de alivio —lo que fue del fin de la hiperinflación al crash de los mercados mundiales en el ’29— se la bautizó allí Los Felices Años Veinte, Glückliche Zwanziger Jahre, y hasta Dorados, Goldener Zwanziger Jahre.)

 

 

Valentino baila el tango.

 

 

A la malaria de la guerra hay que sumarle la epidemia de gripe (mal) llamada Española, cuyo primer caso registrado tuvo lugar en Texas en el ’18 y se expandió por el mundo, produciendo un tendal de víctimas sobre el cual sigue sin haber acuerdo: algunos dicen 17 millones, otros 50 y otros hasta 100. Lo que nadie discute es que se trató de la segunda de la historia en términos de mortandad, apenas por detrás de la peste bubónica —llamada Black Death, la Muerte Negra— del siglo XIV.

El combo guerra-epidemia tornó predecible la explosión cultural. Aquellos que se salvaron del doble guadañazo tenían motivos para celebrar, hasta el descontrol y más allá. Por primera vez en años podían sentir algo que no fuese pérdida, dolor y miedo: ¿cómo no iban a sentirse eufóricos y gozar de los sentidos, después de haber comprendido que la vida podía ser todavía más efímera, más fugaz de lo que ya es naturalmente, a cuenta de la fecha de vencimiento con la cual salimos de fábrica?

 

 

Buster Keaton, los Años ’20 hechos comedia: el arte de casi hacerse mierda… pero no.

 

 

 

El desarrollo tecnológico contribuyó con la sensación de posibilidad redoblada. Los nuevos medios de transporte achicaron las distancias y diversificaron los consumos. Los medios de comunicación —ante todo la radio y el cine, pero la televisión, aunque tardó en difundirse, también fue creada durante los Años Veinte— articularon comunidades masivas y difundieron la producción cultural de un modo inédito. (El soporte físico de las grabaciones musicales permitió que el mundo entero bailase las mismas melodías y ritmos, casi en sincronía.) Si sobreviviste a las guerras y a la peste y si el futuro parecía al alcance de tus manos —durante los Años Veinte surgió la vertiente pulp, popular, de la ciencia-ficción, a partir de revistas como Amazing Stories y Weird Tales y películas como Metrópolis (1927) de Fritz Lang—, ¿cómo no ibas a entregarte al optimismo, al deseo de creer que todo sería posible?

 

 

 

 

 

Nosotros vamos por el ’22, recién. Estamos saliendo de una peste, con gran esfuerzo; pero la guerra acaba de comenzar. En los papeles enfrenta tan sólo a Rusia y Ucrania, pero en la realidad involucra ya a otros jugadores fundamentales como Estados Unidos y China, aunque de formas diferentes. El apoyo económico y bélico del gobierno estadounidense es grande, y la retórica violenta del Presidente Biden está fuera de control. Hace días, nomás, dijo que atacaría militarmente si China intentase apoderarse de Taiwán, lo cual equivale a confirmar que no dudará en detonar un holocausto nuclear. En los Años Veinte originales hubo que lidiar con la guerra que por primera vez llegaba desde los cielos y también con gases venenosos, como el mostaza. Pero aun así había forma de protegerse de esas bombas y de esas armas químicas. De una conflagración nuclear no escaparía nadie, más temprano o más tarde, y ningún punto del planeta quedaría a salvo.

O sea que todavía no sabemos si Nuestros Años Veinte serán Rugientes, o Dorados y Felices. (Esto último suena improbable, ya lo sé.) Lo que parece casi número puesto es que serán locos, pero muy locos.

Casi al punto de reclamar chaleco de fuerza.

 

 

 

Mañana nunca se sabe

Una de las características de los Años Veinte tradicionales fue la tendencia a vivir de manera despreocupada, como si no existiese (o no importase) el mañana. Y eso parece estar repitiéndose como fenómeno, aquí y en todas partes. Aunque por razones distintas. Durante la tercera década del siglo XX tiraron la casa por la ventana porque habían burlado a la muerte que parecía rampante, y ese era un gran aliciente para echarse a bailar. En la tercera década del siglo XXI hay gente que deja de lado la prudencia y los proyectos a largo plazo pero no porque quiera celebrar, sino porque empieza a creer que no hay nada más incierto que el futuro.

 

 

 

Bailando con Duke Elllington.

 

 

 

En su edición del 13 de mayo, el New York Times publicó un artículo titulado El mundo es un desastre, así que dejamos de ahorrar para el mañana. El texto de Anna Kambhampaty hilvana historias de gente de menos de 35 años que, a consecuencias de lo vivido —o más bien, dejado de vivir— durante la pandemia, y de lo que consideran sus magras perspectivas de progresar, han decidido encarar sus días de modo menos «cuidadoso y precavido». Según la periodista, esta juventud está reaccionando a la combinatoria de «las preocupaciones sobre el cambio climático, la inestabilidad política doméstica, la invasión de Ucrania por Rusia, la inflación galopante, los precios de las viviendas que perforan los techos y un mercado de valores que está patas para arriba».

Una de las entrevistadas es una comediante stand-up de Denver llamada Hannah Jones. «No voy a privarme de algunos de los placeres de la vida ahora —dice allí—, a causa de un futuro que puede serme arrebatado de las manos en cualquier momento». Una práctica acendrada en los Estados Unidos es la de depositar dinero desde que ingresás al mercado de trabajo, para construir un fondo que permita una vejez desahogada. «Poner dinero en una cuenta a la que no podré acceder hasta que tenga 60 años», reflexiona allí Danilo Jiménez: «¡…Eso significa 2056! Demasiadas cosas serán diferentes por entonces, a causa del cambio climático».

 

 

 

Lindbergh atravesó el Atlántico en avión.

 

 

 

Otro artículo del 22 de mayo —esta vez local, de Delfina Torres Cabreros en eldiario.ar— pone en foco el fenómeno del consumo alocado en nuestro país. Allí se cita a la economista Marina Dal Pogetto, diciendo que «como no hay mecanismos para trasladar el ahorro hacia adelante, para canalizarlo a través de inversiones en el mercado de capitales o en los bancos, se está consumiendo». Cualquiera que circule por polos gastronómicos trendy advertirá que tienden a estar llenos, y no sólo durante los fines de semana. Si se le presta atención a la cartelera de artistas internacionales que vinieron o estar por llegar, hay que remontarse hasta tiempos del 1 a 1 para dar con una bonanza semejante. Esto suena insensato, en una época en que la escasez de dólares condiciona presente y futuro. Dudo que los cachets que se le están pagando a estas figuras sean en pesos, razón por la cual algo huele a mecanismo para fugar dólares más o menos legalmente.

Por cuatro días locos que vamos a vivir / Te tenés que divertir, cantaba Alberto Castillo. Por lo visto hay mucha gente que cree que sólo cuenta con el ahora, y por eso le estaría apostando todas sus fichas. Pero el artículo de Torres Cabreros tiene el tino de contrastar el dispendio explicable de los que conservamos poder adquisitivo de los estragos que viven otros, para quienes Los Juegos del Hambre no son una saga distópica escrita por Suzanne Collins sino una realidad cotidiana. Hay millones de ciudadanos que ya no encuentran cómo recortar gastos o seguir endeudándose, pero no para divertirse durante cuatros días locos, sino en pos de la épica de comer el mes entero. La divisoria entre los que pueden comprar cosas que exceden las necesidades elementales y aquellos a quienes no les da ni para el pan ya no es una grieta: es el Cañón del Colorado, una fractura insalvable, que desde una de sus orillas no alcanza a divisar la otra.

 

 

 

 

Al menos en el terreno de lo conceptual, porque en el terreno físico ambas poblaciones conviven, de forma cada vez más incómoda. Según el artículo de eldiario.ar, la Dirección General de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires dice que la clase media está desde 2017 por debajo del 50% del total de la población porteña, o sea que se contrajo 4 puntos en 4 años. El domingo pasado en El Cohete A La Luna, Jonatan Baldiviezo y María Eva Koutsovitis aseguraron que los barrios populares de esta ciudad no fueron debidamente censados, y no por errores en la organización sino por motivos políticos. Las cifras de la población precarizada en medio de una crisis habitacional galopante, dicen, irían «en contra de los intereses electorales de nuestro jefe de gobierno y sus ministros».

Y mientras tanto, el gobierno nacional vive una realidad paralela, convencido de que la Argentina es un país europeo donde rige la social-democracia. La iniciativa de cambiar la gráfica de los billetes revela una alarmante sordera ante la música que producen las calles. En otro contexto sería loable, sin duda. Pero en este momento, poner la maquinaria comunicacional del Estado a mostrar billetes tan bonitos como políticamente correctos a millones de criollos que no ven un peso ni a palos, parece más una provocación que motivo de aplauso.

 

 

En los Años Veinte también hubo cubrebocas.

 

 

El país que produce morfi para alimentar a una población más de diez veces superior, tiene a la mitad de su gente galgueando o sometida a dieta involuntaria o venenosa. Razón por la cual podríamos decir que Nuestros Nuevos Años Locos vienen siendo aquellos en los cuales el 49,5% canta por cuatro días locos que vamos a vivir, mientras el otro 49,5% canta el viejo tango de Pelay y Canaro:

¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?
Los han limpia’o con piedra pómez
Dónde hay un mango que yo lo he buscado
Con lupa y linterna y estoy afiebrado
Dónde hay un mango
Pa’ darle la cana si es que se la deja dar
Dónde hay un mango
Que si no se entrega lo podamos allanar
Dónde hay un mango
Que los financistas ni los periodistas
Ni perros ni gatos, noticias ni datos
De su paradero no me saben dar.

 

 

 

 

 

 

 

El blanco equivocado

Mientras algunos gastan los cartuchos de que todavía disponen, apostando a un carpe diem con más de resignación que de sabiduría, en estos Nuevos Años Veinte los de más abajo juntan bronca. Debe ser la única riqueza de la que pueden ufanarse: las cantidades industriales que fabrican del combustible que resulta de mezclar frustración e indignación. Y lo más terrible es que el blanco de todas sus puteadas y maldiciones no sería el indicado, o por lo menos el principal. A la maquinaria comunicacional de la derecha le está costando poco y nada convencer al pobrerío de que su situación se debe a los políticos que se hacen elegir para sarasear, mientras cobran un sueldo y hacen negocios. Y les cuesta poco y nada, porque la ineficacia del Estado nacional a la hora de aliviar las penurias del pueblo —mientras promete más debates, y procrastina— es escandalosa.

 

 

El Crash del ’29.

 

 

El gobierno debería haber recibido un Estado que funciona como una Maserati pero recibió un karting a pedal: esto es algo que entendemos unos pocos. Pero dentro de esos pocos, somos muchos los que no entendemos por qué el gobierno actual anda regalando o malvendiendo las ruedas del karting, como si la competencia no fuese ya espantosamente despareja. (Hay veces en las que parece estar en marcha un plan maquiavélico para destruir al campo popular desde adentro. Aun desde la conciencia de las dificultades heredadas y del cisne negro de la pandemia, la sucesión de traspiés es tan sistemática que se vuelve difícil no ceder a la conspiranoia.)

En las condiciones actuales, no se le puede pedir al pueblo que tolere explicaciones sobre la letra chica de la realidad. Difícil que escuche, cuando lo ensordece el ruido de sus tripas. El pobrerío está cansado y justamente cabreado. No quiere explicaciones: quiere resultados, o bien un chivo expiatorio que le permita sublimar la rabia.

 

 

De aquellos Años ’20 a estos Años ’20: «¿Por qué no le dan trabajo a mi papá?»

 

 

La indignación popular podría ser motor de una revuelta contra los verdaderos responsables de la situación: la presión geopolítica que viene desde el Norte, los monopolios locales, la maquinaria bancario-financiera que habilita la vía de la fuga. Esa es la gente responsable de las jibarización de los sueldos, de la precarización laboral, del hambre que cunde en el país fértil. Sin embargo, si la bronca explota, no apuntará contra los que se enriquecieron estafando al pueblo sino contra los políticos —¡la casta!— que no supieron o no quisieron hacer aquello que se les pidió mediante el voto; y tal vez apunte incluso —injustamente— contra aquellos que nunca dejaron de decir lo que pensaban

Este fenómeno no es local, claro, porque la codicia es ciega a las banderas. ¿Cuál es el principal capital político de un Trump, que hoy parece número puesto para retornar a la Casa Blanca en las próximas elecciones? El hecho de presentarse ante el mundo como un no-político. Lo mismo puede decirse de Milei, y hasta de Macri. Concitan adhesión porque dicen de todas las maneras posibles: Yo no soy como esos. Claro que no: son infinitamente peores, y encima son tan políticos como cualquier otro, porque si te dedicás a la política no podés ser no-político, del mismo modo en que quien se arroja al mar y patalea para flotar no puede reclamar la condición de no-nadador. Pero de todos modos, presentarse como otra cosa viene dándoles rédito. Tanta es la inquina que recolectan los políticos tradicionales, por el simple hecho de no cumplir con aquello para lo cual se los votó, que basta diferenciarse para parecer digno de simpatías.

La emergencia es tan apremiante, que si a uno que come salteado se le diese a elegir entre integrarse a un incipiente proceso revolucionario o echar a la hoguera a un funcionario, es probable que elija la hoguera. La cosa está tan fiera, que un polvo rápido garpa más que un amor eterno. (Esta es la lógica de los Años Locos, como espero haber explicado.) El pueblo no quiere saber de qué se trata: quiere catarsis. Y de momento, la única catarsis que está al alcance de su mano es condenar a quienes lo defraudan hoy, mezquinándoles el voto y empujándolos a la derrota.

 

 

Los Años ’20, la (primera) época de los grandes comedores populares.

 

 

Por eso habría que espabilar, y asumir que sería incierto apostar al long game —el juego ajedrecístico de la Historia grande, aquel que no considera sólo el día de mañana, sino los cien años por venir— sin intentar un mínimo control sobre el short game, el juego inmediato, que determina si seguís en carrera o te vas a Siberia. En este contexto, explicarle al pueblo el proceso histórico se vuelve cuesta arriba, así como se dificulta explicar la tabla del dos a un pibe que no puede concentrarse a causa del hambre. Lo que tal vez ayudaría sería contarle que su bronca está descarrilada, porque el responsable último de su malaria no es el político chapucero sino el megamillonario al que nada le alcanza y por ende no suelta una moneda, ni aunque te vea desfallecer de hambre.

Pero para que eso ocurra, deberían identificarlos y denunciarlos las más altas autoridades republicanas. Y esto, ay, se perfila complicado. Joe Biden no hará nada contra la industria que vende las armas con que masacran nenes, porque la necesita para que le provea los arsenales que envía a Ucrania. Y acá, en vez de identificar como abusador de posición monopólica a quien aumenta los precios porque sí y retacea stock para especular, se lo invita a cenar y se lo agasaja.

Al caníbal no se lo sienta nunca en tu mesa.

 

 

«Queremos cerveza»: postales de la Ley Seca.

 

 

 

 

El discurso del método (del odio)

Nadie pretende que dos épocas vayan a repetirse de manera idéntica. Pero en el espejo deformante de otros procesos se identifican rasgos que llaman la atención y a los que habría que atender, para no correr una suerte similar. Porque los Años Veinte tradicionales son lo que se llama un cautionary tale, un cuento con moraleja

Mientras celebraban que estaban vivos y que merced a la tecnología todo sería cada vez más cómodo, perdieron de vista que bailaban en la cubierta del Titanic. (Y eso que tenían la analogía al alcance de la mano, el transatlántico se había hundido en 1912.) El optimismo mediante el cual asumieron que de ahí en más todo sería mejor condujo a la burbuja especulativa que estalló en el ’29, porque muchos creyeron que era más tentador hacer fortuna apostando que trabajando. (La tentación de la plata fácil, dulce, que alientan los Cositortos de este mundo.) Pero el Crash de Wall Street produjo la Gran Depresión de los Años ’30. Y a consecuencia del sufrimiento de las masas desocupadas, el caldo se puso a punto para los aventureros dispuestos a sacar rédito de la situación.

 

 

La desocupación durante la Gran Depresión que sucedió al Crash del ’29.

 

 

En Alemania el nacional-socialismo interpretó el sentir popular —la humillación ante los términos que los ganadores de la Gran Guerra habían impuesto, el hartazgo ante tanto sufrimiento y el malvivir constante— y eligió un chivo expiatorio al que responsabilizar por todas sus desgracias: la población judía. Porque Hitler tampoco era un político: era un milico de cuarta pero con mucha labia a quien le encargaron infiltrarse en un partido populista de ultra-derecha, el DAP (Deutsche Arbeitpartei, Partido Alemán de los Trabajadores) y descubrió allí un filón que pasó a explotar en su beneficio. O sea, fue un espía que empezó a sobreactuar su papel y terminó creyéndoselo. Y aprovechó que el pueblo irritado prefería una respuesta simple a su drama —aunque fuese la respuesta equivocada— y lo arreó en la dirección de sus intereses personales.

No olvidemos que el nacional-socialismo también floreció en otras latitudes, incluyendo los Estados Unidos, donde contaba con figuras tan populares como el aviador Lindbergh, que conocía a Hitler en persona y era abiertamente anti-semita. Si no prendió con más fuerza fue porque ya había llegado a la presidencia Franklin Roosevelt, a quien podríamos definir como un proto-Perón (exagero para fijar imágenes, diría un amigo) cuyas políticas socio-económicas curaron muchas de las heridas producidas por la Gran Depresión y le restaron público a los discursos del odio.

 

 

 

Lindbergh, el aviador estrella de los Estados Unidos, era anti-semita y filo-nazi.

 

 

 

Pero aun así sobrevino lo peor. La única razón por la cual la humanidad sobrevivió a ese uno-dos de knock-out (el Crash del ’29, la Segunda Guerra) fue porque las armas en juego tenían un poder limitado, hasta que el infame Presidente Truman jugó el as de espadas de la bomba de hidrógeno. Dirán ustedes: la Historia nunca se repite. Diré yo: no somos tan originales, siempre contamos las mismas historias con las variaciones du jour. Y esta vez no están dadas las condiciones para sobrevivir al uno-dos de otra crisis económica y de otra guerra generalizada, porque hoy en día no existe un sólo jugador en posesión del as de espadas, sino muchos.

Estamos ante la puesta en escena pedorra de un drama muy conocido. Por un lado, la situación límite; en este caso, la emergencia alimentaria a escala mundial que deriva de la combineta entre la pandemia y la guerra. Por otro lado, el surgimiento de los outsiders que denuncian que el sistema tradicional ya no sirve y cosechan a manos llenas entre un público desencantado, a quien le sobra evidencia de que las democracias no garpan. (Trump fue el primero en denunciar al partido Demócrata como una casta. Y el flan Biden parece estar puesto ahí para demostrar que Trump tiene razón, a pesar de que entre los Demócratas están también Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez.) Por supuesto, lo de outsiders es relativo ya que cuentan con el apoyo de los insiders más poderosos del sistema: corporaciones y jueces. Miren la Corte Suprema de los Estados Unidos y miren la nuestra: dos gotas de agua. Más sesgadas hacia la derecha, imposible. Durante el Festival de Cannes le preguntaron al cineasta David Cronenberg qué opinaba de la posibilidad de que la Corte con sede en Washington prohibiese el aborto que lleva décadas legalizado, y Cronenberg dijo: «Están completamente locos».

 

 

Los jóvenes Cagney y Bogart: estampas de los Años ’20.

 

 

Suena casi a sobrio diagnóstico. La semana pasada mencioné a Payton Gendron, el pibe de 18 que fusiló a 10 afro-americanos indefensos. Hoy no puedo ignorar a Salvador Ramos, el otro pibe de 18 que el 24 de mayo entró a la escuela de Texas de la que era ex alumno y masacró a 19 criaturas y a dos maestras. Ya sé que es un absurdo comparar la gravedad de hechos semejantes, pero al contemplar las fotos de los piojitos muertos —enanitos de sonrisa esplendente, pura ingenuidad— te preguntás cómo es posible que Ramos siguiese adelante cuando los vio transfigurarse de horror y gritar como desaforados. Uno de los sobrevivientes dijo que Ramos les anunció además que era «tiempo de morir». No voy a caer en la trampa de considerarlo un monstruo, pero queda claro que ese pibe había perdido toda sensibilidad ante lo humano; que donde debía tener un alma le quedaba apenas el cáncer del resentimiento hecho metástasis.

Para que un pendejo de esa edad no sienta nada de nada y abrace la muerte sin pestañear, tienen que haberlo apretado durante mucho tiempo, y no sólo en el marco de su mundo individual. Los 18 años no son edad para morir. Los Gendron y los Ramos no son excepción a la regla, sino la resultante de una prédica de odio sostenida a través de las redes y los medios, las 24 horas de los 7 días de cada semana del año. Han crecido escuchando esas barbaridades de infinidad de bocas y plataformas, desde que empezaron a estar en condición de razonar. Por eso no alcanzaría con instaurar la prohibición más draconiana en materia de armas.

Lo que habría que desactivar primero sería el discurso del odio, aquel que dice que la culpa de todo la tienen los negros, los latinos, los musulmanes y los inmigrantes, y que matarlos (o al menos someterlos y humillarlos) lo solucionaría todo como por arte de magia. El problema no es sólo que tengan fácil acceso a armas de guerra: el drama de fondo es que convencieron a muchos de que cuentan con buenas razones para usarlas.

 

 

 

 

En nuestro país la cosa no es tan grave porque no podés comprar una Uzi en el chino, pero en materia de discurso de odio nuestros desmelenados acortan distancias a pasos agigantados. Aquí quieren ponerle la diana en la espalda a la casta pero ante todo a los negros, a los peronchos, a quienes hay que «erradicar», a los que habría que entrarles «con metra». ¿Alguien vio lo que un par de policías le hicieron en Brasil a este hombre llamado Genivaldo de Jesús? El tipo era negro y padecía de problemas mentales. Los canas lo frenaron porque andaba en moto sin casco —como hace Bolsonaro frecuentemente, digamos todo—, lo metieron dentro del baúl del vehículo oficial y tiraron adentro una granada de humo: o sea que improvisaron una cámara de gas móvil, ¡un mini Auschwitz!, a consecuencia de lo cual Genivaldo murió asfixiado. Lo cual es execrable per se, pero debe haber motivado aplausos y risas de muchos de allí y de acá, que lo habrán considerado tratamiento recomendable a la hora de lidiar con la negrada.

Es cuestión de gradación, nomás, y por ende de tiempo, hasta que alguien muy quemado asuma que llegó el momento de pasar al acto y perpetre algo horrible de lo cual, por supuesto, los profetas del odio no se harán cargo. Ya hay signos por doquier de que cierta gente ni se molesta en disimular que los demás le importan nada o menos que nada. Me quedó dando vueltas la noticia de esta mujer santafesina que, para que demorar la partida del vuelo a Chile que su marido corría el riesgo de perder, llamó a Ezeiza y dijo que había puesto una bomba. Chapita chapita, sí, pero sintomática del nivel de los-demás-me-chupan-un-huevismo al que estamos arribando.

 

 

 

Louise Brooks en «La caja de Pandora».

 

 

 

El tiempo que todavía juega en nuestro favor es lo que debemos aprovechar. Sin desperdiciar un segundo, porque —como dijo el poeta César González, con quien intercambié mensajes hace un rato— los poderosos están en condiciones de esperar sin sobresaltos a que llegue la hora que soñaron, pero la inmensa mayoría vive apremiada por sus necesidades. La pandemia supuso una oportunidad para tomar decisiones políticas que se perdió, se dejó pasar como si cosas semejantes ocurriesen seguido. Inesperadamente, la Historia tardó nada en brindar un nuevo resquicio. Por eso convendría hacerse cargo de la emergencia mundial suscitada por la guerra y poner al Estado a garantizar la provisión alimenticia y su apropiada distribución

No seríamos el primer país en adoptar una política agresiva para preservar el morfi de los propios. India ya hizo punta y detrás de India una pila de otros: Turquía, Irán, Túnez, la misma Rusia. No es momento de liberalizar regulaciones, como pretende Federico Pinedo, que saliva cuando piensa en los negocios que podrían hacer su familia y sus amigos, sino de todo lo contrario: de proteccionismo, porque en estas circunstancias consentir que las corporaciones hagan lo que les conviene sería suicida para nosotros. El quilombo mundial abrió una puerta que no durará abierta para siempre. Pero para cruzar ese umbral hacen falta conducción y realismo.

 

 

La popularidad del cine durante los Años ’20.

 

 

Nuestro pueblo es modesto. Ya sé que abunda la gente con veleidades (los que quieren cagar más alto que el culo, diría mi Tía China), pero las mayorías no son de demandar gran cosa, nada desproporcionado. Cuando hay trabajo y comen todos los días, viven y dejan vivir. Esta vez no sería distinto. Dales algo sano que meter a diario en la panza y aflojará el resentimiento, se desactivará la bomba de las violencias que los aventureros quieren detonar. Y si ese mínimo bienestar se sostiene, capaz que recuperan la alegría de vivir y hasta las ganas de bailar.

¿Es demasiado pedir?

¿Es demasiado pedir?

¿Es demasiado pedir?

Ojalá estos Años Veinte se conviertan en nuestros Años Locos, pero en el mejor de los sentidos: Locos de Contentos, por haber tenido la fortuna de nacer en un país que no sólo produce mucho morfi en un mundo donde escasea, sino que cuida de los suyos, regulando el apetito de los piratas.

 

 

 

El gato se llama Félix, no Mauricio.

 

 

 

Porque la otra sería darle paso a los Años Maulladores (The Meowing Twenties) o a los Años Rubios, de Ojos Celestes y con Pene (The Dickie Twenties, pongámosles). Lo cual no pintaría bien para las mayorías, por más que hoy estén calientes con los propios. En circunstancias como estas hay que hacer oídos sordos a los cantos de sirena de los inescrupulosos.

Pero para que alguien comprenda la Historia y se avenga a jugar en ella el buen rol, en vez de uno equivocado y fatal, primero tiene que haber comido como Dios manda. ¿Con qué cara vas a pedir el voto de los millones a quienes descuidaste? Hasta Boris Johnson, que sacó de la galera un impuesto a la renta inesperada de las petroleras, hace gala de más peronismo en sangre que cierta gente que conozco. ¿Habrá que cantar en las marchas: «El que no regula es un inglés»?

Por cuatro años locos que vas a gobernar, deberías jugártela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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