Los presos con el martillo

Simulacro de Juicio por Jurado en la cárcel de San Martín

 

Señoras y señores del jurado, quiero que piensen qué van a votar. ¿Ustedes saben cuál es la condena por un homicidio agravado? —pregunta la defensora. Y por un momento esa especie de juego de simulacros parece desaparecer—. Es una prisión perpetua. ¿Saben lo que significa eso?

Dice. Y agrega:

—La muerte en vida adentro de un establecimiento carcelario.

—¡La cajita!

Se escucha desde el fondo.

Allí, en el lugar destinado al público, hay un grupo de detenidos de la Unidad 48 de la cárcel de San Martín que asiste a un ensayo del Juicio por Jurados. La actividad fue organizada por la Asociación de Pensamiento Penal, la Defensoría General del Departamento Judicial de San Martín y el CUSAM, el Centro Universitario en cárceles de la Universidad General San Martín. Tuvo por objeto dar a conocer el sistema de juicios populares a la población penitenciaria. El juez Mario Juliano del Tribunal Criminal No. 1 de Necochea viene recorriendo la Provincia con un programa ya vigente en la jurisdicción, que puede ponerse en marcha a partir del pedido de un acusado. Una herramienta pensada para la construcción de ciudadanía que atraviesa la fisonomía de un mundo desarmado.

 

El Juez Juliano explica al jurado las reglas de juego.

 

Es la segunda experiencia con personas en situación de detención después de un ensayo en la cárcel de Batán. Pero el Complejo Norte de San Martín es una cárcel estallada, con 2.430 detenidos alojados en tres unidades preparadas para albergar a menos de la mitad, un número que creció exponencialmente en los dos últimos años. Por primera vez el ensayo prueba la mixtura de integrar a un jurado de doce personas, dos de ellas penitenciarios y diez detenidos, entre ellos a Miguel Angel Recuzzo, un joven de 29 años que sólo ve sombras del único ojo con el que todavía funciona y arrastra el cuerpo adelgazado de fiebre reumática con la misma fuerza con la que decidió hace tiempo hincarse a la vida.

Soy estudiante de sociología, es lo primero que dice Miguel, y enseguida empieza de nuevo, como si algo de eso no fuera así. En realidad primero soy detenido, explica, pero también es cierto que la universidad me sacó de la cárcel.

El ensayo se hace en la escuela de la Unidad 48, parte de un espacio geográfico que más atrás alberga el edificio gestionado por la Universidad de San Martín desde hace diez años. Miguel lleva un año y siete meses detenido, según sus cálculos meticulosos. Primero estuvo alojado en una celda con once personas y como fue el último en llegar le tocó dormir con fiebre reumática y todo en medio del piso. Después pasó al pabellón universitario aunque nadie sabía cómo iba a hacer para leer. Desde entonces duerme en una celda de tres cuchetas. Aprendió Braille. Cursa materias del ingreso. Y hace lo que puede para saberse los textos con la lectura de a dos páginas en voz alta de alguno de sus compañeros. Por el CUSAM transitan unos cien detenidos, estudiantes de sociología, trabajo social o preuniversitarios. Otras cincuenta personas asisten a todo tipo de talleres. Hasta hace dos años los estudiantes tenían acceso libre, sin restricciones, para cruzar el pasillo que une el pabellón con el centro de estudios. Pero eso fue cambiando en los últimos meses cuando las rejas comenzaron a cerrarse a cierta hora de la tarde. El lugar aún no perdió el estatus universitario según el cual el predio funciona como cualquier universidad, como espacio de autonomía para estudiantes, donde está prohibido el ingreso de las fuerzas de seguridad. Sólo pueden entrar los penitenciarios en calidad de estudiantes. Por eso se entiende mejor lo que dice Miguel, la universidad tiene algo de desconexión con la vida sin vida de la cajita de la cárcel.

Y si ahora cierran la puerta a las cinco de la tarde, ¿donde estudian los pibes? ¿En las celdas? Raro.

 

Sala de usos múltiples del Centro Universitario de San Martín (CUSAM).

 

El juez Juliano está parado en el centro de un salón de la escuela. «Son ustedes los únicos que deben determinar si el acusado es culpable o inocente», les dice a los jurados. Deben discutir el caso hasta llegar a un veredicto consensuado. No deben conversar hasta que no termine la recepción de la prueba. Y tengan en cuenta que nada de lo que yo diga debe ser considerarlo como prueba. Tampoco lo que diga la defensa o lo que diga el fiscal. Sólo deben analizar la palabra de los testigos que comenzarán a ser convocados, les dice en el contexto de un ensayo donde queda a cargo de dar la palabra.

En la sala hay pañuelos de las Madres pintados en la pared. Entre el público hay penitenciarios, pibes detenidos, jueces y funcionarios bonaerenses. La defensora del juicio en realidad es una fiscal de Lomas de Zamora, Marcela Dimundo. El fiscal en realidad es el defensor General del Departamento de San Martín y vicepresidente de la Asociación de Juicio por Jurados, Andres Harfuch. El victimario es el subsecretario de protección de Derechos Humanos de la Provincia, Sebastián Pereiro. Y el co-defensor es asesor legal del Servicio Penitenciario, Esteban Barrionuevo. Entre todas las presencias, hay una más extraña. María del Carmen Melluso, una de las dos únicas juezas de Ejecución penal de San Martín, es decir, una de las únicas dos personas en el mundo de las que depende la libertad de los detenidos de este lugar. Melluso lleva el pelo rubio con corte carré, traje y zapatos. Y no es raro verla en la cárcel. A diferencia de la otra magistrada del distrito de San Martín, suele ser visita frecuentemente pero eso que parece una ventaja no lo es. Melluso es conocida como fervorosa devota de la Justicia Restaurativa, una dinámica que busca la reconciliación y el perdón en el país de los desaparecidos con el mantra del ho-oponopono. Cruza a las mujeres madres de jóvenes muertos con quienes entiende que fueron sus victimarios, obligados frente a la jueza de la que dependen sus libertades a mirar a esas mujeres para pedirles perdón, el ho-oponopono, con la promesa restaurativa de conseguir una libertad que jamás se digna a llegar.

Melluso alterna comentarios con unos y otros mientras aguarda el comienzo del simulacro. Sonríe. Se acerca a uno de los funcionarios de Provincia. Y dice que quiere saber cómo va a venir la cosa porque acaba de presenciar otro simulacro en la ciudad de La Plata. Así que está de lo más intrigada. En La Plata asistió a un juicio casi completo pero se fue veinte minutos antes del final convencida de todo estaba resuelto. Pero no. El jurado absolvió al acusado. Y eso no era lo que esperaba la magistrada.

—¿Y ahora que pasará?

Pregunta. Y sonríe.

—¡¿Y qué quieren que haga!? ¡Los jueces queremos condenas!

 

 

Silencio en la sala, pide el juez Juliano. Y el jurado lo escucha. Alguien explica las reglas del juego y las características de este caso, un caso basado en un hecho real con un supuesto acusado de nombre Belisario Roldán que en marzo de 2017 mató a su esposa María Magdalena dentro de una vivienda ubicada en el barrio de Villa Lynch, de San Martín. La pareja tenía tres hijos. Dos abandonaron la casa por las peleas. Belisario perdió el trabajo y a partir de entonces comenzó a beber y a ponerse cada vez más violento. El juicio arranca con un planteo de la fiscalía. Harfuch abre la hipótesis de un homicidio agravado por el vínculo y el femicidio. Y quiere demostrar que María Magdalena murió como consecuencia de un golpe en la cara, propinado por su marido. La defensora dice que no es así. Pide a los jurados que escuchen atentamente a los testigos, que no se dejen llevar por el fiscal, porque el caso tiene dos problemas. No hay testigos directos. Y el golpe que mató a María Magdalena pudo haberse producido por cualquier tipo de caída.

Para unos el caso era condena segura. Para otros no estaba tan claro. Para Juliano, el debate ponía en juego la evaluación de detenidos que por esa condición tal vez podían inclinarse por la inocencia. ¿Qué harán? Nadie lo sabía, los detenidos sí saben que ahí había algo de la lógica del martillo para aprender.

Ñoño está sentado entre el jurado. Tiene 40 años, es abuelo, padre de tres hijas mujeres, y marido. Lleva cinco años en prisión. Aprendió a leer y a escribir en la cárcel. Con la universidad aprendió muchas cosas: El hablar que tengo ahora, dice, no lo tenía antes. Aprendí a respetar a todos, me entiende, y entendí que soy un pibe de carne y hueso como todos. Ahora no me creo más que nadie. A mí me condenaron en 2008, entonces había un juicio escrito, no había juicios orales. Y me dejaron detenido. Ahora estoy acá porque supuestamente acá están los que tienen bajar el martillo, que ahora va a ser gente de la calle, y quiero ver cómo es ese tema.

 

Miguel, al fondo. Noño es el que asoma la cabeza.

 

Uno de los pibes del fondo trae termo y mate. El juicio arranca. Y arranca la ronda de mate. La defensora habla. Y los pibes la festejan. Dimundo tiene sentada frente a ella a la primera testigo, una oficial de policía que llegó a la casa de Belisario luego del aviso al 911.

—¿Usted cuántos femicidios presenció? —dice y la fulmina a preguntas:

—¿Y cómo sabe que el hombre la mató?

—¿Por qué dice que vio todo desordenado?

—¿Usted no acaba de decir que era una casa chica?

-—Y si era una casa chica, con falta de espacio, ¿no le parece posible que esté desordenada porque justamente en las casas chicas no hay lugar para poner las cosas?

—Pero además dice que, cuando llegó, el marido dormía. ¿En qué escena del crimen el victimario no huye y se queda durmiendo?

La mujer policía en la vida real se llama Natalia Ojeda, y es la directora del Centro Universitario de San Martín, doctora en antropología, ametrallada por las preguntas y a esa altura estremecida por el juego de roles entre ficción y no ficción. Entonces de nuevo se oye la voz de Melluso, sentada entre el público, ella, su carré, el traje y los zapatos. Y sí, dice ahora, así son las cosas, y vuelve a sonreir: ¡los defensores son todos iguales!

Pelu es el único detenido que aceptó jugar en zonas de más exposición. Ahora está sentando en la silla de testigos. En el juego representa al hijo de Belisario.

—Mis padres tenían problemas todos los días —dice—. Y varias veces me tuve que meter para que mi padre no le siga pegando a mi madre. No era muy fácil vivir en esa situación.

—¿Era muy violento su papá? —pregunta el fiscal. Pero no avanza: la defensora se opone y dice que la pregunta es completamente indicativa.

—Reformule —dice el juez.

 

 

El Pelu, representa al hijo de Belisario y María Magdalena. Sentado en la silla del testigo. En el fondo sentada, el pelo de María el Carmen Melluso.

 

A El Pelu no le gusta hablar de las cosas que lo trajeron a la cárcel. Ni a él ni a otros. Dice que de esos temas acá no se habla. Nadie pregunta. Que son cosas que se saben. Y yo pienso en esa cosa que trae el problema del recuerdo. De activar datos de otro tiempo. En los juicios de lesa. El Pelu es uno de los tipos mas queridos del CUSAM. Hace más de quince años que está detenido, y probablemente tenga para varios más, me dice ahora una docente de esta universidad. El Pelu pasó por diversas cárceles de la Provincia, lleva nueve años en San Martín, cuatro en la carrera de sociología con más de la mitad de las materias aprobadas en un espacio donde canalizó para el bien lo malo del mundo tumbero. El CUSAM tiene varios espacios. Un salón de usos múltiples con una pintura del Eternauta. Y una imagen de Rodolfo Walsh. Hay un estudio de radio. Y por el pasillo se accede a una serie de aulas. De un costado emerge la biblioteca abastecida de poesías, clásicos latinoamericanos y libros penales. De otro, una sala de ensayo a todo volumen concentra el ensayo de una banda de rock. Y a la vuelta, hay acceso a una gran cocina con hornos para cerámica y para pan y cajones donde se acumulan una serie de libros de colores, fabricados durante el taller de encuadernado. Esa cocina es el espacio de El Pelu. Sabe muchísimo de hardware, dice la misma docente, arregla computadoras, celulares, hace tareas de mantenimiento, sabe mucho de tecnología y de todo tipo de artefactos. Arregla las cosas que se rompen, desde las impresora y la instalación de antivirus para las máquinas o cualquier cosa del predio. Como consecuencia de una requisa en el pabellón universitario, una requisa dudosa, dicen acá, al Pelu decidieron trasladarlo a la Unidad 46. El lugar está alejado de la Unidad 48 y del centro universitario no tanto por los mil metros de distancia. Sino por la burocracia de la cárcel: El Pelu continúa yendo al centro de estudios, pero para entrar y salir tiene que esperar el traslado en una celda que parece una jaula.

—Mis hermanos se fueron de mi casa porque no soportaban más la situación —dice El Pelu, ahora a la defensora—. Mi padre siempre fue violento, pero se agravó cuando perdió el trabajo.

—¿Y por qué usted no se fue de su casa?

—Me quedé por mi mamá.

—Sin embargo, ese día usted siguió chateando con su novia, ¿no es cierto? No intervino en la discusión de sus padres como lo hizo otras veces. ¿Es así?

—Si.

— ¿Y por qué no intervino? ¿Acaso habrá pensado que en realidad era una pelea más entre sus padres?

 

La fiscal Marcela Dimundo en el rol de defensora.

 

Pasó a declarar un supuesto perito. Y luego un supuesto vecino. Alegó fiscal como defensora. ¿Les parece que esta persona merece vivir de por vida en una cárcel por un hecho no querido?, dijo ella. Pidió que no lo declaren culpable. Y en todo caso que lo condenen por homicidio preterintencional, es decir, el que mata sin voluntad de hacerlo. Juliano dice a los jurados que se retiren a discutirlo. Miguel se va con ellos. Y en ese movimiento levanta cuerpo y muletas.

Miguel siempre se movió por Olivos. Vivió la mayor parte de la vida en la calle. Hubo padres. No estuvieron. Hubo un abuelo que lo sacó de la casa. Y luego un Estado con la única cara accesible en forma de comisaría. Cierta vez decidió que no quería pasarla así, y con la ayuda de un padre de tránsito en cárceles pero re-aparecido, construyó un carro con ruedas de motocicleta para acoplarle a una moto. Con el carro empezó a pararse a la mañana temprano abajo del puente de la Panamericana con café y tortas fritas. Vendía todos los días. Le fue bien. Luego también se puso a lavar autos en la calle. El carro tenía un gancho perfecto que soportaba todo tipo de peso. Compró una hidrolavadora, una manguera, alargue, champú para autos y un alargue. Tocaba timbre en Olivos. Ofrecía el servicio. A veces solo, pero cuando le iba muy bien con un amigo. Cobraba menos que los lavaderos. Y con eso pasó 2015. Pasó 2016. Y llegó febrero de 2017 cuando la Policía de tránsito de Vicente Lopez le pidió los papeles de la moto.

Miguel no tenía los papeles.

Por eso le sacaron la moto.

Y entonces empezó a volver a la cárcel.

Veinte minutos después el juicio termina. Los jurados salen de la sala. Uno de ellos actúa como presidente y lee el veredicto. Llegaron a un acuerdo con 11 votos a favor. El resultado es que Belisario Roldán es condenado, pero por homicidio preteritencional. Juliano dice que el resultado es salomónico. Harfuch está emocionado. Explica que esto es construcción de ciudadanía. Y retoma las palabras del juez. Los pibes del fondo cerraron la rueda de mate. Miguel pide la palabra. Y dice que el juicio le pareció muy piola. Juliano le pregunta si pudo seguir el procedimiento aún sin poder mirarlo. Miguel les dice que sí, que se fue imaginando todo como en una película. Y que las personas que no ven agudizan otros sentidos, que eso sucede con él. Entonces habla Marcelo Grogioni, otro de los detenidos. Y habla. Y habla. Largo. Bello.

«Se notó que el hijo de Belisario tenía internalizada esa situación de violencia», dice. Habló del caso. Pero también de los que estaban ahí. «Este es un quiebre en el sistema que mete pibes en cana con pericias que nunca llegan y testigos que no conocen el caso. Los juicios por jurados, con todo a la vista, es lo que necesitamos para terminar con la corrupción del Poder Judicial y la Policía, es la prueba en la mano, sin papeles, sin notificaciones», dijo y le pide a los funcionarios que tengan en cuenta lo que ocurrió, porque eso demuestra que es el momento de oralizar la ejecución de la pena en la provincia de Buenos Aires. Que todos los que están ahí y lo escuchan lo saben. Que saben que es lo que viene pidiendo hace tiempo.

Y, entonces, la sala lo aplaude.

Los pibes del fondo levantan la mano.

—¿¡Y por qué lo consideraron culpable!? —dice uno—. Si para mí era inocente. Si para mí la mujer se resbaló, que es lo que también dijo la defensora.

Habla Juliano. «Me parece que para algunos puede ser curioso o significativo, que cualquiera tendería a pensar, que siendo el jurado personas privadas de la libertad, podría haber una tendencia a considerar inocente a la persona imputada. Y, sin embargo, acá se arribo a una solución salomónica, no tuvo la gravedad de una perpetua, acá hubo un valor adicional».

La sala se levanta. El juicio ha terminado. El Pelu deja la silla para recorrer el camino a la salida. Miguel se levanta con los bastones. Y alguien se va diciendo que Marcelo, el último que habló, no es tan viejo de edad como de años en la cárcel, que pasó por distintos penales en los que fue estudiando, que hace tres meses estudia acá sociología, que entró a la carrera directo porque a lo largo de estos años tiene varias carreras iniciadas.

 

 

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2 Comentarios
  1. Alejandra Dandan dice

    Es cierto Ana Lía.

    Profesores, abogados, enfermeros, urbanistas. Creadores.

    Esta transformador estar con ellas y ellas, ahí.

  2. Ana Lía Pujato dice

    todos deberían/mos leer esto.
    y una vez superada la emoción empezar a involucrarnos.
    para que lleguen menos personas a esas cárceles.
    y sean más los que salgan.
    y se vuelva a los avances que están cortando e intentando cortar aun más.
    y que se formen también profesores, abogados, enfermeros, urbanistas… lo que ellos elijan intentar.
    por que se merecen elegir, como los que están afuera.

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