Los ricos no piden permiso

Por qué es posible comparar el escándalo de Dominic Cummings en Reino Unido con el de Susana

 

En los últimos días, la opinión pública británica se ocupó casi únicamente de un tema: Dominic Cummings. El asesor estrella del Primer Ministro Boris Johnson, representante del establishment más rancio al que allá llaman posh y acá cheto, incumplió al menos dos veces la cuarentena que él mismo ayudó a diseñar. El primer quiebre de las reglas se dio cuando su esposa y él, ambos con síntomas de coronavirus, manejaron cuatro horas hasta su pueblo natal, Durham, para dejar a sus hijos al cuidado de los abuelos. La segunda, cuando teniendo dificultades en la vista, fue manejando hasta el oftalmólogo.

Los y las periodistas que cubren política inglesa se sorprendieron al ver al ideólogo  de la campaña pro-Brexit Leave UK, a ese arrogante acostumbrado a apretar a todo el mundo que interpretó Benedict Cumberbatch en Brexit: The Uncivil War tambalear en sus propias palabras. En una conferencia de prensa en los jardines de Downing Street, Cummings no solo no mostró el más mínimo arrepentimiento sino que se aferró al cargo que su amigo Boris le dio. Ni disculpas ni renuncia.

 

 

El impresentable Dominic Cummings.

 

 

En la Argentina  tenemos a Susana Giménez, que esta semana se convirtió en la figura de la anticuarentena. Susana no es asesora ni funcionaria, tampoco es parte de la oligarquía criolla de la que proviene Dominic Cummings en el Reino Unido, ni viajó estando con síntomas de coronavirus. Susana es una celebridad, una conductora de televisión que, como le gusta remarcar, “se hizo a sí misma” y es una de las personas con mayor presencia en la vida pública argentina. Lo que Susana no entendió es que “haberse hecho a sí misma” no equivale a salvarse por sí sola.

Para los que no están en tema: Susana se subió el sábado de la semana pasada a un avión privado para viajar hasta su chacra de Punta del Este. El jueves dio una serie de notas complacientes en las que trató de esconder su egoísmo con su desenfado y esa falsa inocencia que se volvieron su marca de estilo. En esas notas, Giménez explicó que ella ya estaba aburrida de pasar su cuarentena en su mansión de Barrio Parque, que en todo caso  ya era “sesentena” porque había estado sesenta días encerrada y que ella “se sabe cuidar sola”, como si ser rica y famosa la dotara de anticuerpos que no tenemos el resto de los mortales. Por supuesto, no faltaron menciones al remanido slogan de que no quiere que el país se vuelva Venezuela. Y si no dijo nada sobre la tenebrosa infectadura en la que estamos sumergidos, fue solo porque los 300 “intelectuales” se pronunciaron un poquito después.

Al día siguiente tuvo que ir de urgencia a un hospital de Punta del Este por un accidente doméstico que le afectó el codo. Una residente de la ciudad con más casos de la Argentina en un centro de salud de Uruguay, uno de los países con menos contagios de la región.

 

 

Susana y el setting de su exilio uruguayo.

 

Pero eso no fue todo: en Intrusos, que es un programa periodístico más serio de lo que aparenta, dejaron entrever que detrás del viaje abrupto de Su se esconde otra razón. El trámite exprés para sacar la residencia uruguaya se explicaría en su reticencia a pagar el impuesto extraordinario a las grandes fortunas que todavía no se empezó a discutir en el Congreso. Susana sería la version Supón de Gerard Depardieu huyendo a Rusia en protesta por los impuestos a los ricos del gobierno socialista de Francois Hollande.

Cummings en Reino Unido y Susana en la Argentina, con sus respectivas torpezas y actos de egoísmo, son —más allá de sus diferencias— símbolos de la discusión que se está dando en simultáneo en distintas partes del mundo. Y por supuesto que no son los únicos privilegiados que creen estar por encima del resto en este contexto. También se supo que Nicky Caputo, “el hermano de la vida” del ex Presidente Macri, abandonó la Argentina con destino a Estados Unidos y que Adolfo Cambiaso se subió a un vuelo privado para irse con su equipo de polo a Inglaterra.

Esta pandemia nos expone a todos y a todas al dilema de la acción colectiva, estudiado tantas veces por la ciencia política: ¿cómo es posible garantizar la cooperación cuando hay algunos y algunas que se creen más vivos que el resto y pretenden burlar las normas? En circunstancias normales, la viveza criolla o el free rider podrían representar hasta un costo marginal. En medio de esta crisis, es un poco más jodido. Cuando hay personas que no pueden despedir a sus seres queridos, que directamente no pueden enterrar a  sus muertos, ¿cómo se les explica que hay algunos (los miembros del establishment, los ricos) que pueden hacer lo que quieren? Como dijo Will Smith al hablar de los crímenes raciales que están sacudiendo a Estados Unidos: no es que antes no sucedieran, es que ahora se están filmando.

La pandemia y las sucesivas extensiones de la cuarentena hacen que todos estemos más sensibles, más irritables. Y con un ojo más atento a la conducta del otro, no en modo policíaco como dicen algunos, sino entendiendo que sin cooperación y sin solidaridad no se va a salir de esta crisis. Y solidaridad de verdad, no de cartón como la que cantaba Susana en ese tema que se volvió un hit gay de la última parte de los ’90: “Todo se lo debo al amor de la gente / A ese público fiel”. El agradecimiento, como las disculpas, se deben poner en acto para que podamos tomarlas en serio.

Como dijo Horacio Verbitsky en El Cohete tras el anuncio de la cuarentena, esta crisis es como el alcoholismo; exacerba problemas previos. La enorme desigualdad de esta fase del capitalismo y la impudicia con la que siempre se manejaron los más poderosos siempre estuvo; somos nosotros los que lo vemos ahora con más claridad (y un poco menos de paciencia).

Estos reyes y reinas desnudos, estos poderosos y poderosas que se nos ríen en la cara mientras tratamos de sobrellevar esta crisis de la mejor, vienen a recordarnos que algo está podrido en Dinamarca. Y que tiene que cambiar cuando pase el temblor.

 

 

 

 

 

 

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