Diversos informes publicados en 2025 han revelado datos sobre la preocupante situación psicológica de los argentinos. Por ejemplo, una investigación del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina halló que el 28,6% de las personas entre 18 y 75 años que viven en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires sufrieron de malestar psicológico en 2024; cifra que se había incrementado particularmente entre 2022 y 2024. El Informe también señala que “las desigualdades sociales y económicas muestran un peso determinante: el malestar es más frecuente entre quienes tienen menor nivel educativo, bajo nivel socioeconómico o están desocupados, especialmente en sus formas moderada y severa”. Por último, la investigación también destaca que “la salud mental es un fenómeno multidimensional y dinámico, cuya comprensión debe considerar las condiciones estructurales de vida de las personas. En contextos como el argentino, la pobreza, la precariedad y las desigualdades persistentes son factores que erosionan el bienestar subjetivo y amplifican el malestar psicológico”.
En segundo lugar, un relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Universidad de Buenos Aires sostiene que “los niveles de riesgo suicida son mayores en personas más jóvenes y con un estatus socioeconómico autopercibido menor”. Asimismo destaca que seis de cada diez participantes reportaron alteraciones del sueño y el 52% sostuvo que estaba atravesando una crisis vital. Por último, resalta que “los participantes más jóvenes y los de sectores socioeconómicos más bajos obtuvieron puntajes más altos en las escalas de ansiedad y depresión. Es decir, a menor nivel socioeconómico y menor edad, mayor ansiedad y depresión”.
En tercer lugar, un informe de la Universidad Siglo XXI, correspondiente al primer semestre de 2026, muestra que el 46,8% de los argentinos dice sentirse feliz, lo cual representa una caída del 1,5% con respecto a 2025; manteniendo la tendencia observada desde el año 2020. Asimismo, resalta los siguientes hallazgos:
- “El 23,8% de las personas encuestadas manifestaron síntomas asociados al burnout.
- Este valor representa un incremento del 3,9% respecto de la última medición (el último trimestre de 2025).
- El aumento se observa tanto en varones como en mujeres (4,4% y 3,6%, respectivamente, en comparación con la última medición). En ambos casos, los niveles son similares.
- Los niveles de burnout subieron en todos los grupos de edad, principalmente en los de 40-49 y 50-59 años.
- Las personas con menor nivel educativo (primario y secundario) presentan los valores más elevados.
- El 46,8% manifestó sentirse nervioso, angustiado o muy tenso varios días de la semana.
- El 36,5% indicó dificultades para controlar sus preocupaciones varios días de la semana.
- El 33,7% manifestó poco interés o placer en sus actividades.
- El 31% señaló sentirse triste, deprimido o sin esperanzas varios días de la semana”.
Por último, el criminólogo Ariel Larroude muestra que “entre 2017 y 2025, la cantidad de suicidios registrados aumentó de 3.304 a 5.209 casos, lo que representa un incremento del 57,7%. En el mismo período, la tasa pasó de 8,2 a 11,8 suicidios cada 100.000 habitantes, equivalente a una suba del 43,9%”. El experto concluye que:
- “El suicidio comprende hoy en día la principal causa de muerte en jóvenes adultos del país (15 a 34 años).
- Ni en la crisis del 2001, ni durante la dictadura cívico/militar, se llegó a una tasa de suicidios tan elevada.
- Hoy la tasa de suicidios cuadruplica la de homicidios dolosos (11,8 vs 3,6)”.
Finalmente, los datos globales muestran casi el mismo contraste entre regiones que pueden hallarse en otras temáticas. Mientras a nivel global el suicidio ha disminuido desde los años ’90, el continente americano es el único que muestra cifras en alza. En efecto, a nivel global el pico de 15 cada 100.000 habitantes se alcanzó en 1995 y descendió en un 40% hasta los 9 suicidios cada 100.000 habitantes en 2023. Sin embargo, en nuestro continente y de acuerdo a un informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Guyana encabezó la Tasa de Mortalidad de Suicidio, seguida por Surinam, Uruguay en tercer lugar, Estados Unidos en el cuarto y la Argentina en la 11º posición.

Asimismo, este informe muestra que “la tasa de mortalidad por suicidio estandarizada según la edad aumentó un 17,4% (…) en [nuestro continente] del 2000 al 2021. Por último, se observa que “los siguientes factores contextuales contribuyeron a producir las tasas de mortalidad por suicidio en [el continente americano]: consumo de alcohol, desigualdad en la educación, gasto en salud, tasa de homicidios, consumo de drogas intravenosas, número de personal médico empleado, densidad de población y tasa de desempleo”.
En resumen, la tasa de 11,8 de la Argentina está por encima del 9,2 que se registró en el continente.
Si bien estos problemas son multicausales, la falta del trabajo y el endeudamiento son algunas de las causas del suicidio; es decir, problemas socioeconómicos. Por ello, queremos abordar esta delicada y trágica nueva problemática en nuestro país a partir de la lectura de dos autores: La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, de la socióloga Eva Illouz, y La sociedad del cansancio y Psicopolítica del filósofo Byung Chul-Han.
Capitalismo y autoayuda
En las últimas décadas, el discurso terapéutico ha colonizado amplias zonas de la vida social. Por ello, antes de seguir avanzando es importante entender cómo lo define Eva Illouz: el discurso terapéutico no es el psicoanálisis, sino su domesticación y traducción en un bien de consumo masivo funcional al capitalismo. No es el momento de explicar cómo se produjo ese proceso a lo largo de varias décadas en Estados Unidos, pero sí señalar que permitió que conceptos como autoestima, trauma, bienestar, resiliencia, límites emocionales o autorrealización ya no quedarán resguardados al ámbito clínico, permitiendo que los individuos interpreten sus relaciones, su trabajo, sus fracasos y su sufrimiento por fuera de dicho espacio. De esta manera, el discurso terapéutico se convirtió en una herramienta que moldea tanto el entorno laboral bajo la lógica del capitalismo tardío.
En el ámbito laboral, Eva Illouz [1] sostiene que “el mandato del control de uno mismo es un motivo que ha acompañado el desarrollo de lo que se denomina convencionalmente ‘civilización occidental’”. El desarrollo del capitalismo a lo largo del siglo XX y la necesidad de contar cada vez con más trabajadores, planteó la necesidad de su disciplinamiento. De este proceso surgió la “clase gerencial”, que se consideró “investida de la misión social de incrementar la producción mediante la dirección de los trabajadores, que eran vistos básicamente como estúpidos, inmorales, dependientes y como origen principal de las enfermedades de la sociedad”. En este contexto, el discurso terapéutico, que había sido “exitoso” en el Ejército de Estados Unidos a posteriori de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), fue introducido en las empresas. Puntualmente, la autora señala que las teorías del psicólogo Elton Mayo actuaron “como conductos para las críticas de las condiciones laborales por parte de los trabajadores. Pero también ofrecían técnicas [a los gerentes] para acallar esas críticas”. De esta manera, “los conflictos en el trabajo fueron reconceptualizados como elementos provenientes de los problemas de personalidad y de una niñez conflictiva, y no de la organización estructural defectuosa del capitalismo”.
El discurso terapéutico introdujo las emociones dentro del ámbito laboral, transformando el enfoque tradicional del poder. Esto permitió “deslegitimizar la expresión del enojo de los trabajadores respecto de otros abusos de poder que pueden estar dirigidos contra ellos”. Asimismo, se naturalizó que mostrar emociones, como enojarse con la situación de la empresa o con el maltrato de un jefe, “es carecer de confianza en uno mismo, y carecer por lo tanto de un poder social real”. De esta manera, se ha redefinido “el poder en términos emocionales como la capacidad de mantener bajo control las emociones”. En definitiva, el control emocional es un sinónimo de fuerza, de superioridad profesional y, por lo tanto, de superioridad social.
Como consecuencia, el discurso terapéutico en el mundo del trabajo opera, al menos, a través de tres mecanismos:
- La emocionalización de la jerarquía: un buen líder ya no es quien da órdenes de forma impositiva, sino quien sabe escuchar, empatizar y motivar a su equipo.
- La resolución de conflictos como patología: los problemas laborales dentro de una empresa (como la explotación o los bajos salarios) se despolitizan. Al aplicar el discurso terapéutico, un conflicto laboral se redefine como un problema de comunicación, falta de asertividad o mala gestión del estrés por parte del empleado.
- La autogestión y el rendimiento: el trabajador moderno debe vigilarse y regularse a sí mismo. Por ello, conceptos como el mindfulness corporativo o los talleres de resiliencia transfieren la responsabilidad del bienestar de la empresa al individuo; es decir, si sufres burnout, el problema es tu falta de herramientas emocionales, no la sobrecarga laboral.
En este sentido, los textos, medios audiovisuales tradicionales, streaming —entre otras plataformas— de autoayuda son la manifestación más pura, masiva y comercial del discurso terapéutico en la sociedad contemporánea. Han sido el vehículo principal que ha permitido que este discurso saliera de las clínicas y los consultorios, y colonizara la cultura popular. De esta manera, se privatiza el malestar: si un trabajador se siente alienado en el trabajo o angustiado por el futuro, la solución no es cambiar sus condiciones materiales de vida, sino su actitud, sus pensamientos, o sanar a su “niño interior”.
En síntesis, el discurso terapéutico ha sido funcional al capitalismo contemporáneo para construir el empleado ideal: su sufrimiento generado por la precarización o la competencia laboral se consume de forma privada en el living de la casa, leyendo cómo ser “la mejor versión de uno mismo”. En palabras de Eva Illouz, “nos ha hecho abandonar los grandes mundos de la ciudadanía y la política, y no puede proporcionarnos un modo inteligible de conectar el yo privado con la esfera pública, porque ha vaciado al yo de su contenido comunitario y político”. En consecuencia, la autora concluye que “la pertubadora pregunta en relación a la distribución del sufrimiento (…) (¿Por qué los inocentes sufren y los malos prosperan?), que ha obsesionado a las religiones y a las utopías (…), ha sido reducida a una banalidad sin precedentes por un discurso que entiende el sufrimiento como el efecto de emociones mal manejadas o de una psiquis disfuncional”.
Capitalismo y autoexplotación
Según el filósofo Byung-Chul Han, la sociedad del cansancio describe una condición contemporánea donde el individuo moderno se autoexplota de forma voluntaria bajo la ilusión de la libertad y el rendimiento constante. A diferencia de las épocas pasadas que estuvieron basadas en la disciplina, la prohibición y el control externo, el mundo contemporáneo funciona bajo el lema del “sí se puede”, transformando a las personas en dueñas de su propia explotación. Sus rasgos principales son:
- El sujeto del rendimiento que compite consigo mismo para ser más eficiente y productivo.
- La autoexplotación voluntaria, donde la presión no proviene de un jefe, sino del propio individuo que se atormenta y se exige trabajar hasta el colapso, creyendo en la realización personal.
- El exceso de positividad que rechaza todo lo negativo y donde la hiperconectividad digital anula los espacios para el aburrimiento.
- El costo de esta autoexplotación son la depresión y el burnout, entre otros. Han sostiene que “uno ejerce violencia contra sí mismo (…), la violencia a cargo de otros es reemplazada por una violencia autogenerada, la cual resulta más fatal que aquella, porque la víctima de esta violencia” cree que es libre [2].
A consideración del autor, este nuevo sujeto del rendimiento “se encuentra en guerra consigo mismo y el depresivo es el inválido de esta guerra interiorizada”. Además, cree que vive en libertad, “que no está sometido a nadie, mejor dicho, sólo a sí mismo. [Pero] la supresión de un dominio externo no conduce hacia la libertad; más bien hace que libertad y coacción coincidan”.

En otras de sus obras más conocidas, Byung-Chul Han reitera que este sujeto del rendimiento es un “esclavo absoluto”, en tanto que sin jefes se explota a sí mismo de “forma voluntaria” [3]. Por ello, este autor sostiene que “quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace a sí mismo responsable y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la especial inteligencia del régimen neoliberal. No deja que surja resistencia alguna contra el sistema. [Por eso], en el régimen neoliberal de la autoexplotación uno dirige la agresión hacía sí mismo. Esta autoagresividad no convierte al explotado en revolucionario, sino en depresivo (…) Ya no trabajamos para nuestras necesidades, sino para el capital [que genera] sus propias necesidades, que nosotros, de forma errónea, percibimos como propias”.
La llegada de internet fue celebrada como el momentum de la libertad ilimitada. Sin embargo, hemos pasado de la sociedad con control y vigilancia total a un mundo donde nos desnudamos en las redes sociales voluntariamente, contribuyendo a la construcción de este nuevo panóptico digital. En efecto, “hoy nos ponemos al desnudo sin ningún tipo de coacción ni de prescripción. Subimos a la red todo tipo de datos e informaciones sin saber quién, ni qué, ni cuándo, ni en qué lugar se sabe de nosotros”. En este contexto, el poder no se manifiesta de manera violenta. De hecho, el poder que actualmente recurre a la violencia es un poder débil. En cambio, “cuánto mayor es el poder, más silenciosamente actúa” en esta sociedad del cansancio. En efecto, el poder contemporáneo no suprime la voluntad; va más allá: la máxima expresión de poder es cuándo el dominado “quiere expresamente”, por sí mismo, lo que quiere el dominador. Parafraseando a nuestro autor: cuando el trabajador obedece a la voluntad del empresario como “si fuera la suya (…) y quien quiere ejercer el poder absoluto no tendrá que hacer uso de la violencia, sino de la libertad del otro. Ese poder absoluto se habrá alcanzado en el momento en que la libertad y el sometimiento coincidan del todo” [4]. No nos convierte en seres humanos sumisos, sino en dependientes.
El modelo neoliberal explota la psique. Por ello, considera Han, ha explotado la depresión y el burnout, y para hacerles frente el propio capitalismo neoliberal nos vende las fórmulas mágicas para ser felices. De esta manera, los antidepresivos, los gurús espirituales, los predicadores evangélicos, el coaching y la literatura de autoayuda, entre otros, buscan “la optimización personal que ha de eliminar temporalmente toda debilidad funcional; todo bloqueo mental”. Sin embargo, esta permanente optimización personal, que “coincide con la optimización del sistema [que] es destructiva” porque a la larga nos conduce al colapso total; es decir, a la auto destrucción.
Otro ladrillo en la pared
La película The Wall, de Alan Parker, tiene muchas interpretaciones y una de ellas es cómo la sociedad nos moldea y nos dice cómo debemos actuar y qué debemos ser para ser funcionales en el sistema. Pink tenía que seguir generando dinero a su manager y a la discográfica y, para ello, había que mantenerlo “activo”; en cierta manera, vivo. Por ello, las drogas que consume y que le inyecten permiten que el show siga funcionando. Tal como estudiaba Michel Foucault, la escuela, el psiquiátrico y la cárcel buscan controlarnos y vigilarnos para que cumplamos con esa misión que nos asigna el capitalismo. De ahí que la película nos muestre cómo los estudiantes son uniformados para ser otro ladrillo en la pared. Tal vez, la analogía actual sea cómo cada día subimos las escaleras del tren, de los colectivos, del subte, de los edificios de oficina o quedándonos en nuestros casas haciendo homeworking —palabra de por sí contradictoria— y creyendo que manejamos nuestro tiempo, cuando en realidad nos colocamos voluntariamente en la pared. De ahí solo se sale de dos maneras —como muestra la película—: explotando individualmente o de manera colectiva.
[1] Illouz, Eva (2010). La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda. Madrid: Katz, p. 87. Para facilitar la lectura, todas las citas de este apartado corresponden a este libro y han sido extraídas de las páginas 89, 99, 115, 135, 13 y 308.
[2] Han, Byung-Chul (2017). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, p. 97. Para facilitar la lectura, todas las citas de este apartado corresponden a este libro y han sido extraídas de las páginas 30-31.
[3] Han, Byung-Chul (2014). Psicopolítica. Buenos Aires: Herder, p. 12. Para facilitar la lectura, todas las citas de este apartado corresponden a este libro y han sido extraídas de las páginas 18, 21, 25, 27, 29 y 49.
[4] Han, Byung-Chul (2017). Sobre el poder. Buenos Aires: Herder, p. 17.
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