Los subsidios del pescador

Los caros productos de mar en Semana Santa y las políticas de demanda y de oferta

 

La pura sensatez del criterio oficial que de la pobreza se vuelve pero de la muerte no, parece imponerse sin atenuantes en la cultura ciudadana. Establecida con toda lógica la prioridad, los visibles indicios que va dejando la crisis desatada por la pandemia apuntan inequívocos a que no hay un destino fatal al cual abandonarse con relación a las consecuencias sobre la vida material. Serán más o menos densas de acuerdo a la factibilidad y efectividad de las políticas que se pongan en marcha para contrarrestarlas.

La causa de la pandemia es inédita pero la forma de encarar la reversa ascendente es un viejo debate, uno de los de siempre. Se resume en las posturas de encarar la salida por el lado de la demanda o por el lado de la oferta. La primera reconoce su identidad en la expresión: ponerle plata en el bolsillo a la gente. La segunda  en incentivar a las empresas para que produzcan más bienes y servicios. La primera normalmente es resistida por miedo a la inflación y el agravamiento de las cuentas externas de la Nación. La segunda es común que no ofrezca reparos. Al contrario, se la considera uno de los epitomes de la racionalidad política.

A decir verdad, los heraldos del lado de la oferta llevan adelante su causa con flor de cinismo en vista de que la hipótesis de máxima de su prédica es que se mejore lo menos posible la distribución del ingreso a favor de los que menos tienen. Ese es el origen del problema político de las medidas para promover el crecimiento económico, centradas en el lado de la demanda. Como su norte es rehacer el consumo, siempre suponen una mejora en la distribución del ingreso. El problema político del lado de la oferta es que como se articula alrededor de subsidios a la actividad productiva, las empresas tratan de capturarlos para sí y evitar que los rivales lo hagan a fin de hundirlos. Un subsidio a la demanda deja a todas las empresas en igual condición frente al mercado que se trate. Pocas cosas como esa contrarían más a los que tienen la sartén por el mango y el mango también.

Como se trata de decisiones políticas, los que mandan intentan que esas decisiones a través de su poder e influencia inclinen la cancha a su favor. La burguesía es cualquier cosa menos una cooperativa de socorros mutuos. La Argentina tiene sobrada historia y experiencia de funcionarios que exclamaban estar muy preocupados por sostener la actividad económica, lo cual no hay porque poner en duda que, sin embargo, por su penosa aproximación conceptual a la cuestión particular del ciclo y general del desarrollo, en los hechos, lo único que hacían era repartir subsidios a la oferta. Después de la tormenta quedaban dos o tres empresas por mercado que eran justamente las que habían capturado los subsidios. Al finalizar ese proceso los argentinos en promedio, por supuesto, estaban mucho más pobres. De manera que ante la debilidad del mercado, el subsidio a la oferta encontraba la forma de recrearse y justificarse así mismo.

 

 

Pescado rabioso

En vísperas de Semana Santa el precio del pescado monta fuerte porque es una sociedad muy demandante de carne vacuna que consume poco pescado. Año a año, la queja de los consumidores se hace sentir. Pasado esos cuatro días el asunto se olvida. El atavismo es una punta del ovillo para ir desenrollando la actividad pesquera en la Argentina y palpar no solo la importancia en términos de superar el marasmo actual sino además del lugar que deberían ocupar las políticas por el lado de la oferta para tornarse realmente eficaces en términos estructurales. En otras palabras, a partir de los datos sectoriales la traza de un escenario hipotético hace posible observar cómo debería ir acompañando en concreto a la política del lado de la demanda la política del lado de la oferta, para que entre los argentinos el consumo de pescado evolucione al alza. La movida redunda en una dieta más saludable y aumenta los saldos exportables de carne vacuna.

Un primer dato a considerar es que del total de la oferta mundial de pescado la mitad es provista por la acuicultura y la otra mitad por la captura. El consumo per capita promedio mundial anda en los 20 kilos anuales, unos kilos más que en 1974, y poco más del doble que en 1961 con 9 kilogramos. Entre 1974 y 2015 las capturas prácticamente se duplicaron. Sucede que en 1974 éramos 4.000 millones los que habitábamos el planeta y en 2015 7.300 millones de seres humanos. En 1974 el 10% de todo el pescado que se capturaba caía en la categoría de insustentable. En 2015 el 33% de las capturas eran insustentables. Desde otro ángulo para la misma realidad, la FAO subraya que “la proporción de las poblaciones de peces que se encuentran dentro de niveles de captura biológicamente sostenibles ha mostrado una tendencia a la baja del 90% en 1974 al 66,9% en 2015”. El año 2015 viene a cuento, porque en la ONU y otros foros internacionales, G-20 incluido, se ratificó la necesidad de comprometerse en el objetivo del desarrollo sustentable, lo que en el sector pesca significa frenar los subsidios gubernamentales a la captura.

En el ámbito de la OMC se hicieron eco de la proclama hacia el sector pesquero y en 2015 se comprometieron a que en 2020 los subsidios gubernamentales que soliviantaban la sobrepesca depredadora serían puestos en caja. A partir de Trump, la OMC devino en una cáscara vacía y eso quedó muy evidente en la reunión de ministros de comercio de la OMC en Kazajistán en diciembre último. Respecto del tema pesquero la fecha límite de 2020 parece muy difícil sino imposible de alcanzar porque en el país de Asia Central se decidió, y no sin vaguedades, posponer hasta junio próximo cualquier acuerdo.

Hay que tener en cuenta que estudio tras estudio muestra que sin los 22.000 millones de dólares anuales que los países erogan en subsidios a la actividad, la captura pesquera sería económicamente inviable. Un dato de la FAO pinta la perspectiva poco capitalista del sector. Dice el organismo de la ONU que “a nivel mundial, el número de embarcaciones que funcionaban con motor se estimó en 2,8 millones en 2016, una cifra que ha permanecido estable desde 2014. Las embarcaciones motorizadas representaban el 61% de todas las embarcaciones de pesca en 2016, un porcentaje inferior al 64% registrado en 2014, ya que el número de embarcaciones sin motor aumentó, probablemente debido a la mejora de las estimaciones. En 2016, aproximadamente el 86% de las embarcaciones pesqueras con motor en el mundo se incluían en la categoría de menos de 12 metros de eslora, la mayoría de las cuales no tenía cubierta, y estas pequeñas embarcaciones eran las predominantes en todas las regiones […] solo alrededor del 2% de todas las embarcaciones pesqueras con motor medían 24 metros o más de eslora”.

Es bastante obvio que al no haber concentración ni aumento de escala la rentabilidad sectorial brilla por su ausencia. De todas formas, lo que hace prever que un acuerdo para limitar subsidios es de momento utópico es que China el principal productor y exportador de pescado y productos pesqueros y el país que más subsidia ha propuesto que el límite a los subsidios sea en proporción al número de trabajadores del sector en cada país. Los Estados Unidos no están para mirar al costado en un tema que dejaría en manos de los chinos el negocio. Europeos e ingleses que han hecho del tema pesca una de las claves del divorcio, tampoco. En los próximos 10 años, si todo sigue como hasta ahora, la FAO proyecta que la media mundial aumentará 2 kilos, o sea no es un mercado muy atractivo. A río revuelto, la Argentina podría subsidiar sin problemas a puro pesos y planificar que su consumo anual aumente desde los 8 kilos por cabeza actuales, digamos en una década vista, hasta la media europea de 25 kilos anuales sin mayores inconvenientes. Los dólares que insume la actividad los proporcionaría el saldo creciente de carne vacuna que quedaría por efectos del aumento del consumo de pescado. La apuesta no abarcaría solo captura y agua salada sino también criaderos y agua dulce.

Ahí aparece el dilema. Subsidiar ¿oferta o demanda? Sin un fondo estatal que posibilite que los consumidores adquieran el kilo de pescado en promedio a 100 pesos, uno puede subsidiar hielo, combustible y barcos que sin ese fondo y sin ese precio de venta final la política de oferta se convierte en un festival para manotear subsidios que no le sirve al conjunto de la sociedad. Ese argumento de que no se consume pescado por cuestiones culturales se termina rápido frente a los 100 pesos el kilo. Ahora, que además se cuenta con la tarjeta alimentaria, un instituto que debe preservarse más allá de la emergencia, pues siempre hay un 2 o 3% de la población que por diversas razones debe ser atendida con fondos públicos, el poder de fuego del Estado se incrementa. Adicionalmente, hay que contabilizar que está fuera del alcance de la OMC, el grado en que se impongan a las cláusulas de compre nacional.

A partir de que la salida está creada, los subsidios a la oferta tienen sentido porque van rompiendo los cuellos de botella que van apareciendo. También para los que suponían que no había diversificación exportadora por razones metafísicas un vez más comprobarán que salvo muy raras excepciones uno exporta lo que consume. Esto incluye a la soja porque es un cereal y sobre eso hay sobrada experiencia.

Asimismo, una iniciativa política de esta naturaleza daría una base material, un mercado que proteger en el Mar Austral que evidentemente las invocaciones abstractas al patriotismo lo único que hacen es una enorme superficie para la depredación de la pesca ilegal. Por otra parte, a los que se interrogan porque estas cosas no se han hecho antes, sería recomendable que amplíen sus inquietudes hasta el 29 de marzo de 1962, día que derrocaron y encarcelaron a Arturo Frondizi, y se pregunten por qué debemos seguir siendo desarrollistas 58 años después.

 

 

Das Kapital

La explicación de la primacía de la demanda tiene como dato que en el capitalismo tal cual es, se pone dinero para sacar más dinero, o sea vender a como dé lugar es la madre de todas las batallas. En la naturaleza el tamaño de la fuente determina el volumen de agua en la desembocadura del río. En el capitalismo que es el mundo parado sobre su cabeza, la desembocadura del río (la demanda) determina el volumen de la fuente (la oferta). Karl Marx, que no acertó con una aceptable explicación sobre el origen de las crisis, sin embargo narró hechos y expresó intuiciones notables que por defecto describen la lógica primordial del funcionamiento del sistema. Así en el tercer tomo de Das Kapital se comprende que en definitiva el coronavirus fue un detonante de un mar de fondo cuando Marx señala que “la razón última de todas las crisis reales siempre sigue siendo la pobreza y la restricción del consumo de las masas en contraste con la tendencia de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si solamente la capacidad absoluta de consumo de la sociedad constituyese su límite”. Se podría agregar que al igual que la tendencia de la producción capitalista, los ofertistas ven que lo único que es efectivo hacer es incentivar la producción dado que tiene como norte la ilusoria capacidad absoluta de consumo de la sociedad.

En términos de la dinámica de la crisis, Marx advierte que “las fábricas están detenidas, las materias primas se acumulan, los productos terminados abarrotan el mercado en calidad de mercancía. Por consiguiente, nada más erróneo que atribuir semejante situación a una escasez de capital productivo. En ese caso hay precisamente un exceso de capital productivo, en parte con respecto a la escala normal, pero momentáneamente contraída de la reproducción, en parte con respecto a la paralización del consumo”. Buen punto para tener en cuenta pues está en el núcleo de la filosofía ofertista que en una situación de crisis se trate de dotar de capital a las empresas.

Bajo estas circunstancias, cuando la crisis avanza como ahora, querer incentivar la producción sin atender como condición necesaria que el empresario para comprar primero tiene que vender es querer cuadrar el círculo. Y como todo el mundo sabe y los ofertistas olímpicamente ignoran, el círculo no se cuadra.

Aunque la tentación política del ofertismo es muy grande, porque se le da de comer a los factores de poder cuando las mayorías están desmovilizadas por el parate profundo y la estabilidad política no se resiente pese al mal clima reinante, no resulta muy idóneo apostar a esos boletos. Es una carrera finalmente perdedora por su desmotivador resultado: el pescado seguirá tan caro como siempre para estas fechas y con o sin coranavirus que desate y profundice una crisis, estructuralmente seguirá sin ser vendido.

 

 

 

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