Los únicos privilegiados

El fomento al trabajo infantil en la república autónoma de Morales

 

Jujuy no discute mecanismos de erradicación del trabajo infantil. En tiempos de avance del discurso jurásico, lo alienta. Lo que sucedió esta semana en la Legislatura de la provincia muestra la vocación política de amparar el crecimiento de familias rurales enteras, con las madres y sus hijos, que están saliendo a trabajar para subsistir, y que aún así, con todos transformados en peones rurales de las tabacaleras a 450 pesos el jornal de ocho horas, ni siquiera pueden hacerlo.

Y vale la pena detenerse en los datos del trabajo infantil en la cosecha de tabaco porque ese fue el eje de la desbocada intervención del jueves del diputado massista José Nasif. El tema fue uno de los focos de las políticas públicas desarrolladas por el Registro Nacional de Trabajadores y Empleadores Agrarios (RENATEA) hasta diciembre de 2015, fecha en la que la conducción volvió a estar controlada por la UATRE de Gerónimo Venegas, y alineada con el gobierno nacional. Como explica uno de los ex trabajadores del RENATEA a El Cohete a la Luna, lo que se hizo entre 2011 y 2015 fue lograr mover mínimamente la aguja de una situación de explotación histórica, y sólo para que las condiciones de trabajo sean al menos un poco más justas. Las denuncias producidas durante esos años pusieron al desnudo verdaderos cuadros de trabajo esclavo entre industriales que comenzaron a ser premiados por este gobierno. Es el caso del ahora diputado Jesús Olmedo. Y de Luis Etchevere en Entre Ríos, donde trabajadores reducidos a situación de esclavitud debían presentar las denuncias en la Sociedad Rural de la provincia, atendida por él mismo. En medio de una semana de dichos y desdichos de funcionarios de la primera línea del gobierno de Gerardo Morales sobre el tema, esos intereses encontraron a un nuevo representante en la figura de uno de los jurásicos de la provincia que dijo todo lo que se creía que ya no se podía decir, cuando presentó como un entretenimiento jocoso el tóxico trabajo con el tabaco.

 

 

“Es bueno que todos aprendamos, porque hay algunos que si ni de chicos ven una pala, cuando la ven de grande se infartan”, dijo desaforado. Y agregó: “Me imagino que esa situación de la que se menciona, toma registro en el campo. Mire señor presidente, en el campo los chicos ayudan a sus padres, y ayudan en esas frágiles economías, y muy bien les vienen algunos pesos que hacen con un trabajo que solamente los niños pueden hacer. El chico no va a hacer cosas que no pueden hacer”, dijo y dijo una mentira. “El esfuerzo que pueden hacer cuanto mucho puede ser encañar o desencañar tabaco, tareas absolutamente livianas y que no hacen nada, porque hacen a la cultura del trabajo”.

No es así.

Nasif es la persona que presentó un proyecto de ley para liberar los diablos contra Milagro Sala. El proyecto proponía un plebiscito para debatir si debía dejar la prisión del Alto Comedero cuando los organismos internacionales protectores de derechos se lo exigían al gobierno. Es el hombre más desmesurado de la Cámara de Diputados. Expresa lo más reaccionario y conservador, tanto en estos temas como ante posiciones como el aborto, dice la diputada Natalia Morales del FIT. El jueves, luego de escucharlo, el diputado Juan Manuel Esquivel del Frente Unidos y Organizados dijo que todo lo que había dicho era como mínimo una apología del trabajo infantil. Pero Nasif también es un padre violento. Luego de la sesión, su hija Carmena envió un mensaje vía Twitter gritando a las redes sociales todo lo que quería decir de su padre.

 

 

Poco después, cuando el mensaje circulaba de teléfono en teléfono, Carmela escribió un nuevo texto en clave del No me callo más. “Este es el diputado provincial de Jujuy, José Marcelo Nasif, golpeador, psicópata y manipulador, razón por la cual tiene prohibido acercarse a nosotros, sus hijos (protección de persona en fotos). Pueden decir lo que quieran, pero mis hermanos y yo no nos olvidamos de sus maltratos físicos, psicológicos y sus humillaciones. Y hoy nos seguís hostigando, atado a tu odio y perversión. ¡Hasta acá llegaste! YA NO TE TENGO MIEDO”. Cuando eran chicos, el diputado difundió un texto en la ciudad. Carmela también publicó en su muro. El texto, dijo, les causó una enorme vergüenza, miedo y problemas de salud que hasta hoy padezco. Ya no soy tu víctima, no me callo más.

El problema no es Nasif sino el trabajo de niños y niñas. Y el blanqueo a grito pelado de una actitud que hasta hace poco no se mostraba, se clandestinizaba. Y de la que no se hacía una bandera.

El tema apareció días atrás. Tomó estado público a partir de un seminario organizado por el Poder Ejecutivo con el objetivo aparente de ofrecer un diagnóstico. En el lugar había un trabajador del diario El Tribuno. Hizo una crónica. Y publicó los datos que se habían pronunciado. El gobierno había otorgado 45 autorizaciones de trabajo para niños de 10 a 17 años de edad. La nota citó distintos quehaceres, desde modelos de ropa infantil hasta trabajo de fuerza en los campos: encañar y desencañar tabaco, desflores de tabaco, plantaciones, tareas de peón general, carga y descarga de estufas. La publicación desató un escándalo. El ministro de Trabajo, Jorge Cabana Fusz, pasó los días siguientes de declaración en declaración. Estuvo en el diario y ante la Comisión de Trabajo de la Legislatura.

“Cuarenta y cinco son los casos que se presentaron en el encuentro regional donde analizaban supuestamente la problemática del trabajo infantil”, dice la diputada del FIT. “Cuando se lo preguntamos al ministro, sólo habló de 5 casos concretos, 5 de los 45, que son menores de 16 años y tendrían una certificación para estar en una campaña de publicidad de la empresa Mimo & Co. Y dijo que las autorizaciones las hacen los padres. Y que en esos casos el ministerio de Trabajo ‘certifica’. Y luego dijo que el resto, los otros 40, son adolescentes”.

Tanto en Diputados como en el raíd mediático, el ministro explicó todo como un problema de interpretación. Y de edades. Dijo que una cosa son los menores y otra los adolescentes. Que niños de hasta 16 no pueden trabajar. Pero que los adolescentes de 17 y 18 pueden hacerlo con autorización de los padres. Cuándo los diputados le preguntaron cuáles eran efectivamente los lugares de trabajo certificados por su ministerio, no respondió.

“No quiso dar ningún otro tipo de explicación”, sigue la diputada. “Preguntamos: ¿qué tarea hacen? ¿Qué salario? ¿Dónde están las autorizaciones? ¿Dónde están las certificaciones? ¿Por cuánto tiempo? Dijo que iba a responderlo, pero no entregó los datos. Sólo habló de generalidades. Por eso presentamos un pedido de informes y una denuncia”.

Dos días después habló Nasif en la Legislatura. Y Juan Manuel Esquivel le respondió. “Quiero repudiar las expresiones de un diputado que ha hecho apología del trabajo infantil”, dijo. “Sobre todo, lo veo apostar al cinismo para hacer los planteos que aquí como diputados defensores de las leyes, protectores de las leyes, custodios del estado de legalidad, nos deberíamos dar”. Pidió entonces hablar del trabajo infantil. Y dijo lo que había que decir: que no existiría si los padres tuvieran el empleo cubierto con una pauta salarial acorde a los convenios colectivos.

 

 

Ese es el problema de enorme cantidad de familias en la provincia. A Jorge Daniel Peña le dicen el Negro Peña, fue despedido del RENATEA con el cambio de gobierno, pero aún es trabajador rural como también lo fue de niño. Escuchó a Nasif. Señala que es una barbaridad: ¿Si dicen que tan bien les hace esto a los pibes, yo digo —dice—: por qué no mandan a sus hijos a trabajar en el campo?

A veces los ejemplos son la mejor explicación, agrega. “Yo era hijo del encargado. Y ayudaba en la huerta familiar, me rompía el lomo, ayudaba a criar los chanchos y los chivos, que es lo que nos daba de comer porque en los ‘80 y ’90, el sueldo de mi papá era una miseria. Pero eso es una cosa, cuando vos ayudas a tu familia fuera del horario de escuela. Papá me decía: Tenés que terminar la escuela y me ayudás. Otra cosa es lo que le pasaba a mi mejor amigo, que vivía al lado y era hijo de tractorista. No pudo continuar la escuela porque las jornadas de trabajo eran extensísimas, él no tuvo opción”.

“Vas, te metés, trabajás, desde las 6 de la mañana con toda la espalda mojada. Los cosecheros, los chicos que ya tienen cierto cuerpo a los 13, 14 ó 15 años, los mandan a cosechar. Y vos vas a cosechar a las 4 de la mañana con todo el rocío. Entrás a la planta del tabaco, cerrada, todo mojado. Sacás tu cosecha para arreglar con el encargado, terminás a las 10 o a las 14 si haces doble turno. Tu cuerpo está permanentemente mojado, desde esa hora hasta las dos de la tarde. Y mi amigo se enfermó de los pulmones. Era un chico enfermo de la piel por el contacto con los pesticidas. Nasif dice que los chicos ayudan en encañada y desencañada. Y que eso no les hace nada, es una barbaridad y una mentira”.

Las mentiras son dos. Primero, porque por el tamaño de los chicos ayudan al desflore. “Y el desflore es terriblemente tóxico. Tal vez sólo un 10 por ciento cumple con las normas de seguridad para manejo de agroquímicos, pero si te parás en la ruta vas a ver a los chicos a brazo desnudo, metiendo las manos en un tacho de 200 litros del desflorante, o sin barbijo ni protección”. La segunda mentira es sobre los efectos de encañar y desencañar. El tabaco se saca verde de la cosecha. Luego pasa a estufas de ladrillos o adobe. Para secarlo, hay que meterlo en cañas. Pasan varios días con fuego. La hoja se seca. Y luego se desencaña y acopia. Ese trabajo de encañado y desencañado queda para mujeres y niños porque los hombres están haciendo el trabajo más duro que es de cosecha, cosecha a la madrugada.

Nasif dice que a los chicos no les pasa nada, pero no es así: cuando el tabaco viene verde del potrero, está totalmente impregnado en pesticidas. “Y cuando vas a encañar te deja una cobertura opaca negra en la piel. Te estás metiendo los químicos en la piel. ¿Se entiende? Es una barbaridad. Y da mucha bronca”.

 

El Negro Jorge Daniel Peña

 

La situación económica es la que empuja a familia enteras a trabajar, dice. No llegan a subsistir. Tienen que salir todos. Los pibes van por dos pesos con cincuenta. El convenio por el jornal de ocho horas es de 800 pesos, pero Peña dice que en realidad cada tabacalera arregla un precio distinto. Oferta y demanda. Ahora suelen pagar de 450 a 550 pesos por ocho horas que en realidad siempre son más.

“La situación en las tabacaleras es gravísima. Los números no cierran. Los insumos se fueron triplicando. El precio del tabaco no subió de la misma manera, ¿y adivina en qué sector se recuesta el problema de los números que no cierran?”

 

 

 

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