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Hay que aislar a los operadores del odio por antidemocráticos, frenarlos está a nuestro alcance

 

El odio tiene nuestra edad: existe desde que existe la especie. Es una de nuestras creaciones más personales. Nunca dejamos de enriquecerla, de reescribirla. Está presente en cada temporada, forma parte de nuestro repertorio clásico. Si perdiésemos el odio, la mitad del canon sería ininteligible. Sin odio no hay Caín, no hay Aquiles, no hay Gólgota, no hay Yago ni Hamlet. Sin odio no hay Facundo ni Emma Zunz. (Y por supuesto, nunca hubiese existido Operación Masacre.) En 1984 de George Orwell, Winston imagina que morir odiando a sus opresores sería un acto de libertad. «Cuando no sabemos a quién odiar —dice Chuck Palahniuk en Monstruos invisibles—, nos odiamos a nosotros mismos».

Sin odio, la misma ciencia histórica perdería sentido. ¿Qué haríamos con la persecución a los cristianos por parte del Imperio, con la Inquisición, con la eliminación de los pueblos originarios de América? ¿Qué haríamos con la esclavitud, con la homofobia, con el genocidio judío, con Hiroshima y Nagasaki, con el genocidio palestino por goteo y tantas otras masacres que ocurrieron en nuestro tiempo: la de los bosnios a manos de los serbios, la de los tutsis a manos de los hutus? ¿Qué haríamos con el bombardeo a Plaza de Mayo, con la profanación del cuerpo de Eva, con los fusilamientos del basural, con la máquina de secuestrar, picar y desaparecer que perfeccionaron los milicos en los ’70? (Cuando eran sirvientes de la oligarquía y de la Nueva Roma, o sea antes de ser reemplazados por quienes monopolizan hoy el cuadro del Empleado del Mes.) Sin odio no se entiende lo de Walter Bulacio, Miguel Bru, Kosteki y Santillán, Rafa Nahuel, Santiago Maldonado y tantas otras víctimas de los que abusaron de su poder porque su resentimiento fue más fuerte que su apego a la ley. Sin odio, por cierto, no se entiende lo que siguen haciéndole a Milagro Sala.

El odio es una pasión baja para la cual tenemos alto talento. Por eso seguimos siendo una cifra para el resto de las especies: desde la mirada de aquellos que no participan de esta emoción, somos incomprensibles.

 

Sin odio, no hay Caín.

 

El diccionario Merriam-Webster de la lengua inglesa es más rico al respecto que su homólogo de la RAE. Allí se ubica el fenómeno del odio entre tres coordenadas. Como «intensa hostilidad y aversión que usualmente deriva del miedo, la ira o de una sensación de injuria». Como «extrema antipatía o disgusto». Y como «una expresión de inquina sistemática a la que se explota con intenciones políticas».

Son definiciones útiles, porque abarcan la complejidad del asunto. Primero está el costado lógico de la emoción, cuando el odio es respuesta a una agresión primigenia: la que te hace sentir pánico, o ver rojo de la bronca, o reaccionar ante una afrenta. Todos hemos estado allí. Es casi imposible estar vivo sin haber padecido miedo, frustración o indignación.

Pero también existen la antipatía y el disgusto irracionales, en la frontera con la fobia. El repeluz que muchos sienten ante un tipo humano en particular: mujeres, negros, judíos, gitanos, homosexuales, pobres, inmigrantes. La mayor parte de quienes odian de este modo hace agua cuando se les pide que expliquen su rechazo. Producen explicaciones absurdas, contradictorias, silogismos rengos. («Todos los chinos son malos», me dijo una vez mi prima, la hija del tío que fue colaborador de la dictadura.) Entiendo que a muchos les resulte difícil racionalizar algo que los sacude de modo visceral, que raramente visita la azotea para airearse. Es una repulsión que estremece sus cuerpos pero que no se animan a examinar, a desarmarla como a un mecanismo que urge comprender para recién entonces decidir a conciencia, libremente, si quieren seguir siendo propulsados por él o no.

 

 

La definición final demuestra que la muchachada del Merriam-Webster está más conectada con el mundo actual que la Real Academia Española, ese bastión del conservadurismo. Porque estos gringos dan cuenta de un aspecto insoslayable del odio en la sociedad contemporánea: su condición de herramienta política.

En estos días, y particularmente a partir del crimen que se perpetró contra Cristina (porque habrá salido mal, pero se planeó y ejecutó), la cuestión del odio se convirtió en el tema del momento. Lo cual me preocupa, porque sienta la discusión sobre un terreno cenagoso. Por supuesto que el odio es un fenómeno que no hay que ignorar y sobre el que habría que actuar diligentemente, para reducirlo a su mínima expresión en la medida que lo lo permita la condición humana. Pero aún si lo hiciésemos con el mayor de los éxitos, incluso si buenificásemos a la población entera sometiéndola a un rayo claudio-maría-dominguezador, el problema esencial —su raíz, aquello sin lo cual no habría planta del odio, no habría frutos del odio— seguiría existiendo entre nosotros.

Porque el odio que estremece a la Argentina no es el problema esencial. Es apenas una herramienta que este gran problema —aquel que está en el fondo del drama nacional— pone en uso, emplea. Si no dispusiesen del odio, los señores que fogonean nuestro problema esencial apelarían a otro recurso, así como entre los años ’30 y los ’70 apelaron a los milicos.

Yo siento que le dedicamos demasiada energía a discutir la piedra. Cuando lo que deberíamos discutir es, más bien, quién diseñó y fabricó la gomera, se la entregó al tirador y le señaló el blanco.

Por lo general, los señores que encienden la maquinaria y ponen a fabricar odio no están entre aquellos que más odian. Son gente fría y racional, que urde y emite las órdenes y vela por su cumplimiento. Personas que hacen gala de un alto talento para usar las pasiones bajas de otra gente.

¿Y usarlas, cómo, de qué modo? En beneficio propio, siempre.

No erraba Nietzsche cuando dijo que el hombre es el animal más cruel.

 

 

 

 

 

 

 

El sueño húmedo de la oligarquía

No hace falta ser una luz para decodificar a las jaurías que, desde hace algún tiempo, salen a las calles a pedir la muerte de Cristina. El modo en que se desgañitan y pierden la forma humana mientras braman sugiere que se trata de gente que acumula frustraciones por demás; que, abrumada por la angustia ante un mundo que cambia ante sus ojos hasta volverse irreconocible, demanda respuestas simples a fenómenos complejos; y que, para no odiarse a sí misma —como decía Palahniuk en la cita del comienzo—, agradece que le hayan regalado una muñeca vudú a la que responsabilizar por todos sus males y sobre la cual es lícito descargar la furia. (Paradójicamente, la mayoría de esa minoría ha sido beneficiada por numerosas acciones de los gobiernos Kirchner.)

Muchas de esas almas han sido criadas en la tradición del antiperonismo, uno de los rasgos más peculiares de nuestra cultura política. (Y que constituye, inevitablemente, el negativo perfecto de la peculiaridad original que representa el peronismo.) Es gente que odia porque ese odio la vertebra, forma parte de su identidad. Sin siquiera darse cuenta, lo blanquean a través de la forma en que se presentan a sí mismas en las redes: se definen por la negativa, como anti K o anti Cristina, en lugar de hacerlo a través de elementos positivos. Si les quitásemos ese odio les quedaría poco y nada, se convertirían en cáscaras vacías, en vidas sin norte.

 

 

 

Esa gente hace suyo el discurso que le bajan desde los medios que proporcionan la dosis de odio cotidiana, el fix sin el cual entrarían en síndrome de abstinencia. Pero los comunicadores no son necesariamente odiantes. Son profesionales a quienes se les paga con generosidad para transmitir ese mensaje, para teñir la realidad toda con el color de la fobia anti K. Fuera de cámaras y lejos de los micrófonos, es probable que hasta sean personas cultas, sensatas y de buen trato. (No, mentira. Escribo esto en la semana en que, durante la entrevista a un niño con autismo, quedó claro que hasta una maceta tiene más empatía que Feinmann El Breve.)

Estos comunicadores son apenas eslabones en la cadena del odio. Lo cual no significa que carezcan de responsabilidad. Ahora protestan y se victimizan, arguyendo que el Estado los ataca cuando no han hecho más que cumplir con su tarea. Pero ellos no son como el mensajero a quien el refrán pretende salvar de una condena a muerte, por el hecho de haber entregado una carta con contenido que desconocía. Estos no son carteros ni actores que repiten líneas escritas por un guionista. Se los supone periodistas. Transmisores de contenidos cuya materia prima es lo real. Gente que no debería decir nada que no estuviese en condiciones de probar.

(Hace un rato, nomás, me contaron de uno de esos niños rotos de 12 años que lamentablemente abundan, hijo de padre violento, hoy ausente, y de madre que labura hasta las 10 de la noche. El pibe pone la tele para disimular la soledad y mama lo que escucha sin darse cuenta. Esta semana llegó a la escuela vivando a Milei y celebrando que hubiesen querido cuetear a Cristina. Pero si se lo preguntásemos, los periodistas de los medios grandes se lavarían las manos respecto de este pobre Cristo.)

 

 

 

Puede que, a diferencia de las jaurías de las que hablábamos, la mayoría de estos comunicadores no sea odiante. Pero el papel que aceptan desempeñar es funcional al odio, parte esencial de su economía. Sin ellos, el odio perdería la circulación que hoy tiene. (He aquí otra variante del bimonetarismo que padecemos: así como ganamos en pesos pero pensamos en dólares, lo que rige en teoría es la ley pero lo que prima en la práctica es el odio.) Sin la colaboración de estos comunicadores, se cortaría un proceso de naturalización del odio que hoy no tiene techo. (En el generoso tiempo que llevo viviendo aquí, nunca escuché barbaridades más grandes que las que suenan a diario en las pantallas, dichas con la más absoluta falta de pudor.) Sin la enjundia que le meten a sus brulotes, la temperatura ambiente descendería. (Y miren que cuentan con miles de cosas que se podría criticar con elegancia… Pero ellos no critican, eligen vituperar.) Sin su fogoneo constante del prejuicio, el odio se depreciaría. Y así, la cosa pública pasaría a ser discutida en otro registro. Podrían seguir siendo implacables, pero en otro código: racional, apegado a la verdad comprobable — un estilo más, por así decir, democrático.

Pero eso no ocurrirá, por lo menos de momento. Porque, para un sector de nuestra sociedad, el odio sigue siendo una herramienta útil en la porfía política que lleva adelante. Me refiero al sector que durante el siglo XX usó otras herramientas para imponerse en la balanza: las Fuerzas Armadas y de seguridad, el Poder Judicial, la prensa cómplice, la Iglesia, la violencia y el miedo; recursos que le ayudaron a capitalizar descomunales negocios que cimentaron la preeminencia que hoy tienen.

Ahora que el menú excluye la opción dictatorial, ese sector necesita comprar nuevos jugadores para alterar la dinámica de un juego que se le estaba empiojando. Por supuesto, cuenta aún con estrellas tradicionales como los medios grandes, la Corte, policías y servicios. Pero debe sentir que todavía no aseguró el resultado, y por eso exige al máximo la fábrica de odio. (El mismo Milei es un epifenómeno de esa marcha industrial forzada.) A falta de soldados formales, la aplicación de técnicas fordistas a la creación de odio les proporciona un ejército informal. En la variante que le suena más auspiciosa, cada uno de esos que odia a Cristina se convierte en un agresor potencial. En la variante subordinada, esa masa odiante convalidará cualquiera otra violencia que desaten en caso de considerarlo necesario — violencia personal, pero también institucional.

 

 

 

El uso político del odio no es nuevo. Hitler fue un maestro en el arte de emplear la judeofobia en beneficio de su proyecto. Pero también ha habido casos de uso del odio en sistemas formalmente democráticos. En los Estados Unidos, el miedo a la minoría negra fue la excusa que hizo posible la segregación que tanto duró, a pesar de que era antidemocrática por definición, un apartheid de facto. Y en tiempos contemporáneos, Trump le sacó punta al odio que el gringo promedio —lo que suele llamarse white trash, basura blanca— siente por las elites de ambas costas y la clase política que se siente dueña de Washington.

En principio, ni aquí ni allá hay leyes que impidan el uso político del odio dentro de ciertos parámetros. Sería una herramienta escabrosa, poco digna, pero parte de lo que se entiende como realpolitik. Pero nuestro problema es más grave. Porque lo que ocurre acá es que se apela al odio no para sostener el edificio institucional de la democracia ni para beneficiar a un partido en particular, sino en favor de un proyecto de poder que es inequívocamente, peligrosamente, criminalmente antidemocrático.

Lo que persiguen con denuedo es un nuevo ’55. El objetivo de quebrar el espinazo al proyecto popular, de forma que sueñan definitiva, para volver a ser amos y señores de esta tierra, ya sin interferencias.

 

 

 

 

 

 

La realpolitik del machete

No podemos ser ingenuos e ignorar que, por detrás de cada utilización política del odio en la historia, hubo siempre una motivación económica, que es lo mismo que decir un ansia de poder. Aquellos monarcas o políticos que atizaron los prejuicios de su época para que el odio justificase la violencia («los indígenas son infieles y por ende no irán al Cielo, los judíos son una subraza que además se queda con la nuestra»), unieron lo placentero con lo conveniente. Melonearon a sus tropas, imbuyéndolas de sagrado propósito, y las enviaron a quemarlo todo, a arrasar con la maleza y preparar el campo para sus nuevos negocios. Por eso mismo, si queremos entender de verdad qué fue lo que motorizó cada oleada de odio social que condujo a segregación y/o masacre, lo que hay que hacer es simple: Follow the money. Fíjense a quiénes benefició esa violencia. Verán que no falla.

La Conquista de América fue un negoción. La esclavitud fue un negoción, como lo fue después la mano de obra barata de los negros sin derechos. La persecución a los judíos fue un negoción. Los golpes del ’55 y del ’76 fueron un negoción, el disparador de una descomunal transferencia de recursos de los bolsillos de los laburantes a los de la oligarquía.

 

 

 

Y también disparó un negoción el gobierno de Macri, que sin ser una dictadura advino al poder por pocos votos de diferencia, mediante una mentira usada como arma —el «asesinato» de Nisman— y la explotación del antiperonismo de un sector de esta sociedad. Toda su plataforma de gobierno se reducía a dos promesas: sacar al kirchnerismo de la cancha y hacerlo de modo que el pueblo no perdiese nada de lo que había obtenido. La segunda promesa era una mentira, algo que nunca estuvieron dispuestos a cumplir porque contradecía su proyecto, que era pegar flor de tarascón a la masa de dinero que ganábamos. Pero sí se abocaron a cumplir con la primera promesa, mediante la persecución política.

Para Macri y sus pretorianos, la eliminación del kirchnerismo (como imaginarán, no empleo la palabra eliminación ligeramente) es la condición necesaria para su noción de bienestar. Otra paradoja, propia de un partido y de una coalición que se caracterizan por pensar exactamente lo contrario de lo que manifiestan: ¡no existe nada más anti que el PRO! Por eso, cuando prometen que de ganar las elecciones volverán a hacer lo mismo pero más rápido, no debemos pensar tan sólo en medidas económicas. Lo no dicho pero aun así innegable es que también acelerarán y agravarán el nivel de persecución política a quien se les oponga.

En su momento, el triunfo de Macri significó una novedad: fue la primera vez que un proyecto de derecha llegó a la Rosada mediante elecciones libres. De forma escabrosa e indigna, como ya señalé, lo cual no quita que reconozcamos que practicó la realpolitik con sagacidad. Podrían haber desarrollado políticas liberales sin sacar los pies del plato de la democracia, llevándosela con pala sin necesidad de hacer mierda el bazar. (Si durante los gobiernos kirchneristas la oligarquía ganó guita a lo pavo, podría haberse contentado con seguir ganándola con Macri Presidente.) Se habrían afirmado así como una fuerza política que diese pie a una alternancia natural con un peronismo de centro-izquierda, pavimentando el futuro de la democracia en la Argentina.

Pero no. Tardaron poco y nada en mostrar la hilacha.

 

 

 

El pago apresurado y excesivo a los fondos buitres, la entrega al FMI, el espionaje desbocado, la persecución política, el asalto al Poder Judicial, la mordaza a los medios que se le oponían y los conatos represivos que siempre culminaban con la misma clase de víctimas —jóvenes pobres— demostraron que el proyecto de Macri & Co. no sólo era de derecha: era y es, ante todo, antidemocrático. Aspiraba y aspira a ejercer el poder de forma dictatorial, conservando apenas un packaging republicano.

Puede que todavía quede alguien en Juntos por el Cambio que se considere democrático. Pero el cariz de la interna que se está desarrollando no deja lugar para los tibios. Sé de gente a la que respeto que a su vez valora a Rodríguez Larreta como político y ser pensante. Pero la presión de Macri y Pato Bullshit está forzándolo a cruzar una línea de la que no hay retorno. Un tipo que aspira a ser Presidente no debería decir algo como lo que declaró esta semana: «Nunca podría ponerme de acuerdo con el kirchnerismo». Porque, si no podés alcanzar acuerdos básicos con una fuerza política que representa a más del 30% del electorado, no estarías en condiciones de gobernar. A no ser que tu plan pase también por la persecución y destrucción del adversario. En cuyo caso, para imponerse a los otros dos monstruos de su espacio político Larreta estaría aceptando convertirse en un monstruo también. Y si la estrategia diese resultado y triunfase en la interna de ese modo, ¿qué razón tendría entonces el nuevo monstruo —perdón por el trabalenguas— para des-monstruizarse?

Aquellos que están por detrás de Macri, Bullshit y Larreta, que están por detrás de la Corte y los medios, que sondean el campo popular en busca de traidores, que instrumentan el odio para que deje de ser potencia y pase al acto, no tienen el menor respeto por la voluntad popular. Quieren sentar en la Rosada a un CEO —esto es, un empleado glorificado— que disponga de poderes extraordinarios de carácter autocrático y que entre en la selva de nuestros derechos a machetazo limpio.

 

 

 

 

 

 

 

Estas cosas que nos están amortajando

Por eso están manijeando el relato de modo de equiparar al kirchnerismo, en términos simbólicos, con la subversión de los ’70, aunque de este lado no hayamos detonado más que fuegos artificiales como expresión de alegría. En estos días no he leído más que panegíricos sobre Magdalena Ruiz Guiñazú, que acaba de morir, pero yo no puedo olvidar que esa señora fue la primera, o de los primeros, en comparar a La Cámpora con la Hitler Jugend, la Juventud Hitleriana. Esa equiparación —que no sólo es mentirosa: es malévola— también fue y es funcional a la clase de demonización de un espacio político que es el paso previo a su represión. En todo caso, si algo se parece a la Hitler Jugend son estas células neonazis que ahora brotan de abajo de las piedras.

 

La Cámpora, según Magdalena.

 

 

No es inocente el discurso que habla de polarización, según la cual los principales campos políticos estarían extremándose en direcciones opuestas. Se trata de una reescritura de la teoría de los Dos Demonios: la derecha estaría poniéndose brava en respuesta a un kirchnerismo que se pone bravo, que se polariza. Pero no existe tal cosa, ni de lejos. No hay polarización: hay una radicalización que es exclusiva de la derecha, una de cariz furibundo, casi obsceno. Leyendo a Iván Schargrodsky llegué a unas declaraciones que Ernesto Semán hizo días atrás al diario español El País, que me parecen clarísimas.

«En el caso de Argentina —dijo Semán— yo no sé que sería la polarización. Lo que veo más es una marcada radicalización de la derecha en sus agendas, en su discurso, y en el tipo de identidad política, social, y en algunos casos racial, que se va construyendo alrededor de esa radicalización. Pero, ¿cuál sería la contraparte de izquierda que justificaría hablar de polarización, que implique un mismo nivel de radicalización y de confrontatividad? ¿La Cámpora? ¿Cristina Kirchner? Que son, en el mejor de los casos, movimientos que han impulsado diagnósticos más o menos radicales para el desarrollo de políticas extremadamente moderadas. ¿La izquierda, que hizo razonablemente buenas elecciones en algún lugar, pero que ni remotamente apareció y, lamentablemente, no aparece como una opción verosímil de poder? En Argentina, el año pasado hubo que dejar jirones ¡jirones! de identidad política y de poder político para aprobar la ley del etiquetado frontal de los alimentos. Fijate de lo que estamos hablando: una puta etiqueta. No te digo la reforma agraria, la eliminación de la policía, la socialización de los medios de producción… No, una puta etiqueta que dijera: ‘Esto tiene cosas que pueden matar a chicos si se come en exceso’. Eso fue el nivel de radicalización». Lo único que yo le cambiaría a este párrafo es un tiempo verbal: no diría eso fue el nivel de radicalización, diría este ES el nivel de radicalización.

De ahí su intransigencia actual, la negativa de Macri y sus minions a aceptar ningún tipo de conversación con el oficialismo. Desde su bloqueo a la actividad parlamentaria a su negativa a repudiar un crimen, el PRO se convirtió en el partido del NO. (Deberían adaptar su viejo slogan y gritar más bien: «No. Se. Puede».) Y este rechazo a participar de la gimnasia democrática, a discutir algo, a llegar a acuerdos mínimos siquiera sobre un tema banal, lo transforma en una piedra en medio del mecanismo institucional. Macri traba la democracia, le impide funcionar, y al dejarla varada sugiere que no sirve para nada, que lo que este país necesita es un líder fuerte que se cague en las formalidades y haga lo que hay que hacer. Por eso ni disimulan, ya, que el PRO dejó de ser un partido. Su desinterés por la política institucional no puede ser más evidente. En los hechos pasó a comportarse como una banda de ultraderecha, que desconoce las reglas de la vida democrática —tantos las legales y por ende explícitas como las tradicionales que son tácitas— mientras calibra la hora de asaltar el poder.

 

«No aire».

 

 

Al mismo tiempo, nosotros seguimos en estado de shock. Acaban de atentar contra Cristina, pero miramos en derredor y pinta que no pasó nada. Sigue vigente el viento que sopla en la dirección de que Cristina-tiene-la-culpa-de-todo. Y uno se golpea la cabeza contra la pared, se pregunta si estamos todos locos. Y al rato se tranquiliza, porque entiende que esto no es nuevo, que ya estuvimos en circunstancias similares para finalmente salir de ellas, escaldados pero airosos. No es la primera vez que nuestra sociedad se autoengaña. Cuando algo angustia demasiado tendemos a cegarnos, pecamos por crédulos. Somos los que creímos que durante la dictadura no pasaba nada raro, los que vivimos el Mundial ’78 como si existiese una razón genuina para celebrar, los que nos tragamos que estábamos ganando la guerra de Malvinas, los que en plena convertibilidad asumimos que era natural vivir como neoyorquinos.

«Las uvas viejas de un amor en el placard / son esas cosas que te están amortajando», cantaba Spinetta en Credulidad, que es del ’73. Si cambiás un amor por un proyecto político nefasto, el verso se actualiza. Y más aún cuando ves cómo sigue la letra: «Pero vas donde sonrisas te dan / Esos encapuchados de un mundo viejo. / No, ¿no ves que nada te dan?»

Y sigue:

Lo peculiar de nuestro gran calabozo
Es esta especie de terror por el bosque
La risa, nena, no podrá surgir
A menos que te subas al árbol.

Hoy recordamos aquellas circunstancias como una locura, y así recordaremos esta más adelante, cuando el peso de la verdad se imponga y la historia quede escrita como lo merece. Pero para que eso ocurra, debemos cumplir con nuestra tarea. Y en este momento, la cosa pasa por no obsesionarse con el discurso de odio —esa cortina de humo— y en cambio señalar en dirección a la oligarquía antidemocrática. Porque es ella la que encendió la máquina que produce la nube tóxica; ella la que necesita vaciar la democracia de todo sentido, para no conservar más que su piel; ella la que reniega del contrato social que expresa nuestra identidad desde el ’83 (democracia real, repudio a la violencia en todas sus formas, respeto por los derechos humanos); ella, al fin, la que alienta el regreso del terrorismo de derecha.

 

 

 

 

«Toda crueldad surge de la debilidad», escribió Séneca hace siglos. El árbol de esta verdad no se ha secado. Ellos son crueles porque se saben débiles. No los impulsa ninguna pasión positiva, sólo cuentan con su voracidad. No tienen otra bandera que la de sus intereses económicos y el poder por el poder mismo. En cambio a nosotros nos sobran estandartes, cosas que defender: la tranquilidad económica, pero también la paz, la familia, los afectos, el trabajo, el futuro, la comunión entre los ciudadanos, la cultura popular que nos dio a Spinetta, a Favio y al Indio, la conciencia de clase del Diego, el derecho a disfrutar de este país que, de no ser por los avaros locales que hacen de Judas ante la Nueva Roma, sería un lugar alucinante, por no decir el mejor del mundo.

Por eso no le deseamos la muerte a nadie. No queremos que mueran: queremos que nos dejen de joder, nomás.

Por supuesto, hay momentos en que dudamos y flaqueamos y eso duele, porque en la busca de la superación tendemos a autoflagelarnos, a ser duros con nosotros mismos. Pero, aun a riesgo de sonar como Obi-Wan Kenobi, déjenme decirlo: la fuerza está con nosotros. Y eso quedó de manifiesto el viernes 2, con la claridad de las películas cuando revelan que el villano omnipotente tiene un punto débil que precipitará su caida. La forma atolondrada en que los PROcaces salieron a bardear el feriado, la condición de los manifestantes y más tarde la masividad de la demostración, dejó en claro que ellos saben de ese punto débil y que la perspectiva de que quede en evidencia los desespera. Todo lo que decían, de forma más o menos elíptica, era: No salgan a la calle. No se junten. No se abracen, no canten, no hagan ruido, no disfruten de la compañía. No desnuden que la mayoría del pueblo sigue rechazando la violencia. No revelen que son tantos, no desnuden el hecho de que nosotros no contamos con gente dispuesta a expresarse en la calle, más allá de grupos marginales.

La fuerza está con nosotros. No lo olvidemos ni por un segundo.

Si quieren volver a reír, nenes, hay que subirse al árbol.

 

 

 

 

 

 

 

 

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