“Quien lucha contra monstruos debe cuidarse de no convertirse en monstruo también”, advertía Nietzsche en Más allá del bien y del mal. Tanta degradación hace difícil sostener esta máxima del filósofo alemán.
Un país empujado a la decadencia por un gobierno que empieza degradando la palabra. Lo vemos en la diatriba parlamentaria, para luego degradar la vida en general. Un retorno, cada vez más fortalecido, de viejas recetas. El gobierno logró la sanción de la reforma laboral y se abre una caja de Pandora. Veremos cómo se canaliza el malestar en un país con una orgullosa historia sindical.
Entre el cuarto trimestre de 2023 y el tercero de 2025 el mercado de trabajo muestra una muy tenue expansión del empleo total (los ocupados crecen apenas 0,64%), con un claro deterioro en su composición. Lo más significativo es la caída del trabajo asalariado (-1,82%), acompañada por un aumento de los no asalariados (+7,53%). El leve crecimiento del empleo se explica casi exclusivamente por formas más precarias de inserción laboral. En el mismo sentido, los ocupados formales cayeron con fuerza (-4,84%), mientras que los ocupados informales crecieron 12,46%, lo que revela que el ajuste no se traduce en destrucción masiva de puestos, sino en un cambio regresivo en la calidad del empleo.
Hacia el interior de la informalidad, el fenómeno es aún más nítido. Aumentan tanto los informales en relación de dependencia (+7,75%) como, sobre todo, los informales en puestos independientes (+20,99%), con subas muy fuertes en cuentapropistas informales (+21,06%). Esto sugiere una dinámica de “refugio” en ocupaciones autónomas de baja productividad frente a la retracción del empleo formal. Una característica de época será la informalización del mercado laboral formal. La nueva reforma laboral regalará esa foto. La caída de los asalariados en blanco (-3,35%) y el crecimiento de los asalariados en negro (+10,54%) refuerzan esta tendencia: el mercado laboral no colapsa en cantidad, pero se precariza en calidad y traslada trabajadores hacia segmentos sin protección social.
Finalmente, el dato más crítico es el fuerte aumento de los asalariados en negro que no pueden aportar a su jubilación (+12,23%), lo que implica no solo pérdida de derechos presentes, sino también deterioro de las condiciones futuras de protección previsional [1]. Los datos muestran un mercado de trabajo que mantiene relativamente estable la tasa de empleo, pero con un corrimiento sistemático hacia la informalidad y la desprotección. La imagen general no es la de un derrumbe cuantitativo, sino la de una reconfiguración regresiva: menos empleo formal, más trabajo independiente precario y mayor fragilidad estructural del sistema laboral argentino. Una foto de la pendiente en la que estamos y que parece no conmover.
El Apocalipsis no es el fuego infernal con olor a azufre, sino el fin de los tiempos con protecciones para quienes trabajan. La nueva ley laboral significa duros y difíciles caminos en cada lugar de trabajo. Dejar sin interlocución a los laburantes es abrir la puerta a infinidad de conflictos de características diversas. El movimiento obrero organizado sabe mover sus estructuras y organizar sus tiempos; lo ha demostrado. Por ahora, sus dirigentes salvaron la ropa, es decir, las obras sociales y los aportes sindicales. Es inteligente haberlo logrado, pues les permite seguir en la pelea.
Todos estamos salvando la ropa. México acuerda con Trump; no más petróleo a Cuba. Brasil arregla con Trump. Petro, al borde de la invasión, coopera desde Colombia. La Argentina directamente se regala. Es una manera de sobrevivir, algunas más dignas que otras, hasta que llegue el final del hombre naranja.
Trump será un “pato rengo”, al no poder ser reelegido, sin poder en sus últimos dos años. El momento está cerca.
La CGT, con su estructura paquidérmica y lenta, hará sus juegos con los tiempos. Desde hace mucho ha aprendido esos manejos vaticanos. Sus referentes han atravesado infinidad de amenazas e intentos de transformación, prohibición y persecuciones. Y ahí están, con ese atesoramiento de saberes. Entre bambalinas deslizan que los trabajadores no reaccionan, que hay delegados libertarios, que prefieren el WhatsApp a la asamblea, que cada vez se trabaja más en negro: argumentos justificantes de la inacción. Además de inteligentes, los sindicalistas son jugadores aviesos y hábiles para saber cuándo ceder y cuándo volver fortificados.
Pero lo que viene será algo tal vez novedoso, pues puede estallar sin cauce, como el agua de los arroyos después del desmonte, que permite el avance de la soja transgénica. El quinto paro no será; solo se acompañará una petición a los tribunales. Hay que ver cuánto erosiona esto el tiempismo cegetista y su combatividad sindical. Milei sueña con seguir avanzando en una sociedad sin reacción. Pero ojo: el “muertito” que puede dejar cuando las bicis y los Uber no paguen puede traer nuevas novedades. Como aquel arroyo que hacen crecer los sojeros, tal vez la CGT esté esperando su desborde para llevar el torrente hacia algún molino. Son días en los que parece que los problemas que solían resolverse con determinadas alternativas ya no encuentran solución. Todo se derrite como la nieve amenazada de los glaciares.
Todo esto ocurre bajo el manto de una desembozada proscripción política. Sí, porque CFK es un mojón histórico que representa lo que se destruye, que no es lo viejo: es lo justo y lo que permanece en nueva búsqueda. ¿O no es ella quien habla sobre el nuevo Estado, el nuevo trabajo y la reindustrialización competitiva, con algunas protecciones? Sabe que viene otro peronismo. Que ese movimiento será la red que volverá a articularse por su capacidad para organizar sindicatos, política, movimientos sociales y cultura.
Naturalizar la prisión de CFK es funcional a los propios sin propuesta y a los ajenos que gobiernan. Hablar en serio es tomar el tema como catalizador de todas las luchas y del dolor alrededor del símbolo preso. Algunos creen que es mejor apartarnos del ayer hasta que este momento cese de repente, del mismo modo que desaparece un dolor de cabeza.
No se trata solamente de cambiar de gobierno. El derrumbe nacional y la sensación de que no habría podido ser de otra manera parecen una aceptación claudicante.
Todo ha sido muy extraño, sobre todo la desesperación atenuada en algunos grupos socialmente activos, como los jubilados; el silencio mayoritario y la disciplina de la incertidumbre como organizadora de la esperanza. Robocops y alcahuetes de la comunicación custodian este proceso.
Es una creencia aceptada que las cosas se desmoronan, pero que eso sea necesario es una cuestión a veces secundaria ante tanto presente que impone esperas para luchar o estallar. Muchos todavía discuten cómo se generó esto que vivimos, en qué momento lo advertido se convirtió en esta realidad.
La sociedad parece sobrecargada, abúlica, anómica y va cayendo hacia el fondo sin tocarlo aún. Cada vez hay que ir más abajo en nuestra historia pendular para llegar a tocarlo. Es una recaída que se repite. Es asombroso corroborar la facilidad con la que cambian las cosas que suponíamos permanentes. Se abusa de tranquilizantes, de las apuestas y de demás escapismos varios. Formas de anestesiarse, de no estar. Es agotador vivir con tanta variedad de escapes para zafar y sin plata. Siguiendo el ejemplo del gobierno, los hogares se endeudan, porque quienes gobiernan se formaron en una universidad donde se les enseñó que la economía de un hogar es igual a la de un país; con eso machacaron siempre para exhibir dotes de administración sencillas, como si la complejidad de ambas administraciones fuera la misma.
Así se inicia una rueda interminable: la de acumular pasivos imposibles de pagar. Tarjeta de crédito para poner comida en la mesa y bonos para el carry trade: esa es la fórmula feliz. Ya hace rato ocurrió la implosión dentro de los hogares. El resultado son esos ejércitos de gente rota que deambulan a nuestro lado.
Hay quienes no salen a las calles, ni escriben versos, ni salen a ver la luna. Siguen puertas adentro, en sus poltronas, pero sin cajita de música. Quienes naturalizan las anomalías judiciales, quienes se cambian de bando, quienes negocian bajo cuerda y quienes aún no saben lo peligroso que es estar en el aire. De todos ellos no saldrá un proyecto superador. Pareciera que, a diestra y siniestra, negar es el símbolo de los tiempos.
Nietzsche nos advertía que, al luchar contra la oscuridad, no debemos dejar que nos atrape.
Es insoportable y cansador estar tan ocupados, aburridos y tristes, sin tiempo para ninguna de esas actividades que nos permiten soñar.
Entrar al futuro entregando lo que somos es entrar derrotados.
[1] Consultora ExQuanti, en base a datos oficiales de INDEC.
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