Macri y la máquina de mentir

El preacuerdo Unión Europea-Mercosur es apenas un ardid de campaña electoral

 

Fue anunciado recientemente el arribo a un acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea (UE) y el Mercosur. Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea (el Poder Ejecutivo en la UE), se mostró exultante. “En medio de tensiones internacionales estamos mandando hoy una fuerte señal, con nuestros socios del Mercosur, de que defendemos el comercio basado en reglas”, dijo. Mientras Cecilia Mallstrom, Comisaria de Comercio de la Comisión Europea, sostuvo: “El acuerdo de hoy muestra a Europa y América del Sur más unidas en un espíritu de cooperación y apertura”. Vale destacarlo: el presidente y la “ministra” de Comercio de la UE pusieron especial atención en resaltar la faceta política que presenta el acuerdo alcanzado. Juncker defendió y ensalzó el comercio reglado, en un mundo que ha comenzado a ir en sentido contrario, en el que el viejo multilateralismo parece un alma en pena. Mallstrom, por su parte, apuntó a elogiar la apertura y la cooperación en un contexto en que el proteccionismo gana terreno día a día en detrimento de una globalización sostenida por una interdependencia compleja, cada vez más devaluada. Es claro que ambos han elegido ir más allá de la obvia referencia a la importancia específicamente comercial del acuerdo alcanzado.

Por otra parte, hubo elecciones al Parlamento Europeo entre el 23 y el 26 de mayo. Y está en curso la elección de un nuevo/a presidente/a de la Comisión que reemplazará al actual. Los agrupamientos predominantes en aquel Parlamento han retrocedido luego de esos comicios. El mayoritario Partido Popular Europeo, al que Juncker está ligado –integrado por organizaciones de centro y  democristianas— mantuvo sólo 189 de los 221 escaños que tenía. La Alianza Progresista, socialdemócrata, retuvo apenas 146 bancas de las 191 que ocupaba. Creció la Alianza de los Liberales, en la que se inscribe Mallstrom (y también Emmanuel Macrón). Pero ahí se acaban las buenas noticias. Aumentaron los “verdes”, los euroescépticos y los nacionalistas, entre otros. Es decir, la oposición a una entente que ha sido hegemónica por bastante tiempo.

Es en este contexto en el que Juncker y Mallstrom entonan –quizá sin saberlo— una especie de canto del cisne. Sus respectivas declaraciones mencionadas arriba remiten a una realidad que, en rigor, se va esfumando. Evocan un orden global y un neoliberalismo en declinación, que parecen estar yéndose como quien se desangra.

Al respecto, recientemente, Joseph Stiglitz ha formulado una interpretación lapidaria. En una nota publicada por Project Syndicate el 30 de mayo pasado, titulada Después del neoliberalismo, ha escrito lo siguiente: “El experimento neoliberal –impuestos más bajos para los ricos, desregulación de los mercados laboral y de productos, financiarización y globalización— ha sido un fracaso espectacular. El crecimiento es más bajo de lo que fue en los 25 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y en su mayoría se acumuló en la cima de la escala de ingresos. Después de décadas de ingresos estancados o inclusive en caída para quienes están por abajo, el neoliberalismo debe decretarse muerto y enterrado” [https://www.project-syndicate.org/commentary/after-neoliberalism-progressive-capitalism-by-joseph-e-stiglitz-2019-05/spanish].

Mauricio Macri y su cohorte, por su parte, parecen vivir en otro mundo; están muy lejos de hacerse cargo de esta cruda advertencia de Stiglitz. Y procuran mostrarse muy entusiasmados. Es inevitable consignar en primer lugar que el canciller Faurie ha recalado en el pitorreo y el autoelogio. En busca de anticiparse al frondoso y duro debate que ya está tomado vuelo –no obstante no conocerse, aun, el contenido completo del  texto del documento— ha dicho: “Será muy difícil cambiar las cosas que están firmadas  y negociadas” (La Nación, 1/07/2019). Este comentario es curiosísimo. Lo firmado es un acuerdo preliminar que debe ser aprobado por los Parlamentos de los 28 países de la Unión Europea, los 4 del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) y el propio Parlamento Europeo. Debe contar también con la bendición del Consejo Europeo. Para más datos, están aún pendientes  además de la elección para el reemplazo de Juncker, las de Argentina y Uruguay, que elegirán en breve nuevos Presidentes y renovarán sus respectivos Parlamentos. De modo que en estos dos últimos casos serán los nuevos Congresos los que deberán decidir. Es obvio que Faurie debe estar al tanto de todo esto. Pero parece que se nos agrandó Chacarita, a tal punto que se siente capaz de decir cualquier cosa: “Ahora me falta recuperar las islas Malvinas”, declaró para Infobae (28/06/2019).

¿En qué reposa el entusiasmo de Macri, que no repara en que el orbe va cambiando rápidamente, en que el comercio libre pero en alguna medida regulado que se venía practicando ha sido colocado en la picota por el mismísimo Donald Trump, que acometió contra el Acuerdo Transpacífico, desairó al finalmente nonato Acuerdo Transatlántico, se retiró del Acuerdo de París, maltrata a la Unión Europea, a Canadá y a Alemania, ha declarado una guerra comercial y entablado una dura porfía en el plano de la alta tecnología informática en ambos casos contra China, entre otras embestidas y cornadas?

Las renovadas ínfulas de Macri se asientan en que tiene un recurso nuevo que le permitirá poner otra vez en marcha la máquina de mentir electoral (de la que hizo gala en 2015): el pre-acuerdo firmado con la Unión Europea. Que vendrá acompañado probablemente por la exhibición de otros presuntos éxitos de su política exterior tan entreguista como mendicante: su amistad con Trump, su sumisión al FMI, su buena relación con Christine Lagarde, su vacuos alardes histriónicos en el G20 y en otros tinglados internacionales.

En junio de 2016, en el cierre del Congreso de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas, sinceró su pasada manipulación del engaño: “Si yo les decía a ustedes hace un año lo que iba a hacer y todo esto que está sucediendo, seguramente iban a votar mayoritariamente por encerrarme en el manicomio”, reconoció. ¿Qué había dicho en campaña, a sabiendas de que no iba a ser cierto? Entre otras cosas esto: “Los trabajadores no pagarán más impuesto a las ganancias”; “vamos a crear trabajo cuidando el que ya tenemos”; “la inflación bajará a un dígito”; “vamos a alcanzar la pobreza cero”.

Como bien se sabe, todo esto que fue prometido por el Macri candidato quedó absolutamente incumplido. Razón por la cual no puede ya volver a ser utilizado como alimento de aquella perversa máquina. El fracaso de sus políticas económica, social, educativa, previsional, sanitaria, científico-tecnológica y energética –entre otras de carácter interno— está ampliamente acreditado y desfavorece su reciclamiento. Vale decir que sus viejos ardides no sirven ya para vender gato por liebre.

Así las cosas, lo único que le va quedando como bandera de campaña factible de ser sustentada sobre una mendacidad que pueda ser suficientemente sostenida y cubierta por los medios locales e internacionales que lo apoyan, proviene del frente externo. Específicamente, de su presunto éxito reciente, al que da ya por materializado y comprometido (lo que obviamente es la primera de las mentiras). Y bate ya el parche con bastante fruición. “Vamos a poder vender productos y servicios a mucha gente porque se abre un mercado de 500.000 personas”; “es el acuerdo más importante de nuestra historia”; “el flujo de inversiones es tan importante como el comercio y va a permitir dar tranquilidad, reglas claras, estables para todos aquellos que quieran venir a desarrollar la región” (en alusión al Mercosur). Estas son algunas de las falaces declaraciones que ha venido ofreciendo desde que anunció en Osaka, el 30 de junio, que el acuerdo estaba aprobado. Nada de lo que ha dicho está firme, sin embargo.

En síntesis, Macri ha comenzado a dibujar en el aire una bonanza venidera  asentada sobre un acuerdo preliminar aun no vigente, cuyo texto completo todavía no se conoce y que  eventualmente comenzaría a funcionar en el marco de un neoliberalismo declinante. Poco le importa. Tiene claro que el plazo electoral se acorta y que el amplio frente electoral opositor que lo desafía tiene fundadas chances de ganarle. Ha comprendido que el tiempo y la situación apremian. Y ha echado a andar su infame artefacto para pintar cielos de fantasía y para intentar vender futuros venturosos en medio de la abrumadora malaria que su gestión ha sembrado.

Mantendrá, desde luego, el intervencionismo mediático-judicial y colocará en estado de alerta a las unidades “bravas” de seguridad entrenadas por Patricia Bullrich. En todos los casos, con el apoyo externo del águila americana, como ya sabemos. En suma: venta de humo electoral por un lado. Y con el mazo dando por el otro, si fuere necesario. Una  opción cuya debilidad actual es evidente.

 

 

 

 

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