Madame Ivonne y otras inspiraciones

Las voces que heredamos

 

A mí la palabra “uno” nunca me convenció. Siempre me sonó solitaria, un poco desconfiable, excepto cuando la escribió Discépolo. Ahí pasó algo raro: la volvió multitud. Seamos sinceros, ¿quién es “uno”? ¿No estamos hechos de gestos prestados, de voces heredadas? Sin darnos cuenta, imitamos un ademán de manos, la forma de levantar una ceja como lo hacía la abuela o caminamos a la manera de nuestros padres. Y aquel pájaro que una vez dibujó en el aire la idea de libertad, ¿no nos dejó algo para siempre? ¿No somos también los cuerpos que acariciamos, las músicas que escuchamos o aquello que leímos en las páginas de un libro inolvidable? Por eso digo: quien no se reconozca como parte de esta fabulosa coralidad del universo hecha de seres y de cosas está, en algún punto, muerto.

Qué sé yo… Pienso en todo esto cada vez que, leyendo una letra de tango, me encuentro con eso que algunos llaman paráfrasis, intertextualidad, guiño literario, influencias, citas… o, con menos elegancia, plagio. A mí me gusta llamarlo “vecindades”. O mejor todavía: “inspiraciones”. Tengo ejemplos para tirar al techo. Mirá este: la Malena de Homero Manzi que “canta el tango con voz de sombra” viene de Federico García Lorca: “La cantaora andaluza Pastora Pavón, La Niña de los Peines, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido…”.

Otro más. El “moriré en Buenos Aires será de madrugada,/ guardaré mansamente las cosas de vivir…” de Horacio Ferrer conversa con César Vallejo: “Moriré en París será con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo”. Homero Expósito toma del soneto de Lupercio de Argensola el tono, el tema y hasta la frase “ni es cielo ni es azul”, y escribe el tango Maquillaje. Francisco García Jiménez en su tango Carnaval escribe: “¿Dónde vas con mantón de Manila?/ ¿Dónde vas con tan lindo disfraz? Nada menos que a un baile lujoso/ donde cuesta la entrada un platal…”. Estos versos no son enteramente de él; vienen de un diálogo que se da en La verbena de la Paloma, zarzuela madrileña de finales del siglo XIX: “¿Dónde vas con mantón de Manila?/ ¿Dónde vas con vestido chiné? A lucirme y a ver la verbena,/ y a meterme en la cama después…”

 

 

Y hay más. El “hoy vas a entrar en mi pasado” de Enrique Cadícamo sale del poema “Despedida” de Paul Geraldy: “Así que vas a entrar a mi pasado”. Ese mismo poema también empujó a Enrique a escribir Rubí y Por la vuelta. Y podríamos seguir con más y más ejemplos, pero antes de escaparme, te cuento el último; lo descubrí leyendo a Safo, la poeta del amor lésbico: “Más blanca que la leche, más blanda que el agua…”. ¿Habrá quedado flotando en la memoria de Homero Expósito y reaparecido, años después, en Naranjo en flor? Las palabras viajan. 

 

También en los compositores

Lo que te vengo contando no pasa solo con las letras de canción. También la música tiene sus vecindades. Pienso en Eduardo “Chon” Pereyra, uno de los grandes compositores del tango, tan grande como olvidado, hombre melodiosamente rico como Cobián, Delfino o Dames. Suyas son las músicas de La uruguayita Lucía, Pan, El poema en gris, Recuerdos de arrabal, Gorriones y tantas otras, entre ellas Madame Ivonne, de la que te hablaré en segundos, sin antes deslizar uno de esos rumores que circulan en el ambiente tanguero: “Las músicas de Fruta amarga, Después, Torrente, Tapera, Eras el amor, etc., firmadas por Hugo Gutiérrez (llevan letra de Homero Manzi), se las compró al Chon Pereyra y este, empapado de pobreza, lo aceptó”. Verdad o mito, no lo sé. Homero Expósito quizá sí lo sabía y en 1967 escribió este poema tristón que se llama “Chon Pereyra”. Nelly, compañera del poeta, me lo compartió. Ahí está el retrato: un hombre devorado por su tiempo. Un músico al que “no le pagan ni el olvido”. 

 

¡Pobre Chon!
Tan compuesto y educado,
tan señor, tan en pasado,
¡pobre Chon!
Y no tiene ni pecados
pero vive acongojado
¡sin razón!

¡Pobre Chon!
Pereyra por apellido.
Autor de lo más sufrido…
¡Pobre Chon!
¡No le pagan ni el olvido!
El no come y es comido
sin razón.

¡Pobre Chon!
Que representa la vida
de un gremio, tan sin comida…
¡Pobre Chon!
Tiene en el piano una herida
que no se da por vencida
y vive aún, ¡pobre Chon!

 

La historia detrás del tango Madame Ivonne

La mujer de Madame Ivonne no fue el amour fou (amor loco) del Chon, como suelen decir los franceses. Fue, simplemente, quien le cobraba la pensión en su estadía musical por Montevideo. Cuando le surgió un problema en la mano que le impedía tocar el piano, empezó a atrasarse en el pago y estuvo a punto de quedar en la calle. La dueña de la pensión reclamaba, pero la administradora de origen francés, llamada Ivonne, cubría en silencio la deuda. El gesto de Ivonne no se le olvidó; se lo pagó homenajeándola con un tango para la eternidad. Esto dijo el Chon en una entrevista para la revista Tanguera: “En 1933 regresé de Montevideo. Le conté el caso a Cadícamo. En mi interior yo deseaba hacerle un homenaje a esa buena señora Ivonne (…) En Buenos Aires hablé, como le dije, con Enrique Cadícamo, que es un gran poeta popular, un hombre capaz de encontrarle poesía a un poste de teléfono. Dejé que soltara su imaginación, porque hay que respetar a los creadores. Inventó entonces Madame Ivonne, aquella que se enamoró de un argentino ‘que entre tango y tango la alzó de París’, y yo no lo trabé en su libre albedrío”.

 

“Mamuasel” Ivonne era una pebeta
que en el barrio posta del viejo Montmartre
con su pinta brava de alegre griseta
alegró las fiestas de Les Quatre Arts...
Era la papusa del barrio latino
que supo a los puntos del verso inspirar...
pero fue que un día llegó un argentino
y a la francesita la hizo suspirar. 

“Madame” Ivonne…
la Cruz del Sur fue como un sino
“Madame” Ivonne...
fue como el sino de tu suerte...
Alondra gris
tu dolor me conmueve,
tu pena es de nieve
“Madame” Ivonne...

Han pasao diez años que zarpó de Francia
“Mamuasel” Ivonne, hoy es sólo “Madame”,
la que al ver que todo quedó en la distancia
con ojos muy tristes, bebe su champán.
Ya no es la papusa del barrio latino,
ya no es la mistonga florcita de Lis,
ya nada le queda, ni aquel argentino
que entre tango y mate la alzó de París.

 

 

Franz Liszt: el soplo divino

Pero hay algo más en toda esta historia. El Chon, como otros compositores del tango, estudió a los maestros de la música clásica, tomando, en ocasiones, un giro armónico, el modo de orquestar y hasta algún pasaje melódico. Lo dijo sin rodeos: “El tango Madame Ivonne está inspirado en la Rapsodia N.° 2 de Liszt. Yo tenía 10 o 12 años, usaba pantalón corto cuando estudiaba la famosa rapsodia en el piano. Había comprado la partitura por un peso con veinte centavos, y me lo pasaba embelesado con la composición aquella. Así fue que muchos años más tarde, cuando compuse Madame Ivonne, utilicé el primer compás de la rapsodia. Después ya me aparto y hago lo mío, algo que está de acuerdo con aquel comienzo”.

Ahora a escuchar la Rapsodia húngara. Si tenés en el oído la melodía de Madame Ivonne, ya desde el vamos, al planchar el primer acorde, sentirás la vecindad, el soplo de inspiración. Luego lo desarrolla a partir de los 55 segundos de iniciada la obra.

 

 

 

Algo más.

Tenés Madame Ivonne en la voz de Gardel, Goyeneche, Rivero, Rinaldi, Sosa, Castillo…, cada una con su decir. Pero si me preguntás a mí —y ya que esta historia empieza en Montevideo—, elijo la versión de Alfredo Zitarrosa que fue parte de aquellas cintas caseras donde también registró los tangos Vieja viola, Malevaje, Tinta roja, La última curda, Farolito de papel. Al parecer Alfredo tenía la intención de llevarlos al estudio y darles forma de disco, pero alguien, cuya opinión le importaba, le hizo una crítica dura. Así como una frase puede ser inspiradora, como te lo vengo contando, también puede apagar o matar un deseo. En fin, a disfrutar de Madame Ivonne, del tango y sus inspiraciones.

¡Hasta la Victrola siempre!

 

 

 

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