Malas noticias

Las cosas se descontrolaron. Pero los "filibustiers" no quieren oírlo

“¿Dónde encontraron eso? (…) No hacen más que chillar. No han enmudecido todavía. Siempre encuentran nuevas formas de secretar su maldito veneno. Sacan panfletos, pasquines, libelos, caricaturas. Soy una figura indispensable para la maledicencia. Por mí, pueden fabricar su papel con trapos consagrados. Escribirlo, imprimirlo con letras consagradas sobre una prensa consagrada. ¡Impriman sus pasquines en el Monte Sinaí, si se les frunce la realísima gana, folicularios letrinarios!” (Augusto Roa Bastos, Yo, el Supremo, 1974).

 

El gobierno nacional ha entrado en “un clima tormentoso” de malas noticias: el dólar descontrolado, la inflación descontrolada, las cuentas descontroladas. Y la balanza de pagos, las reservas, la oposición, los gobernadores, el desempleo, los sindicatos, los precios, las ventas, los socios, los votantes, la imagen negativa, el pesimismo, la bomba de las LEBACs… todo está descontrolado. La alquimia de levantar los controles del Estado a “los mercados” para que las inversiones desbordaran, los negocios fluyeran y las ganancias de los cercanos aumentaran, no terminó de funcionar. Como era de esperar, las cosas se descontrolaron. Y es que cuando se levantan los controles a los apetitos egoístas, las cosas se descontrolan. Pura lógica.

La información está descontrolada y por eso todo son malas noticias. Se acabó la revolución de la alegría y la fiesta de los globos. Pese a los herbicidas mediático-judiciales, han vuelto a crecer las malas hierbas del interés en lo público, en el malestar y los sufrimientos de la población, en la pobreza, las desigualdades, el llegar a fin de mes, poder ir a la escuela, comprar los medicamentos y comer todos los días, tomar el colectivo, pagar el gas, la luz y el agua… Y ya las tapas de los diarios amigos no alcanzan a borrar tanto descrédito animoso. La información pública está descontrolada y hace falta ajustarla, corregirla, escarmentarla.

Por eso ahora el titular del Sistema Federal de Medios Públicos, Hernán Lombardi, despidió a más de 350 empleados de la emblemática agencia de noticias Telam que, al conjugar los términos “medio público” y “sociedad del Estado”, seguía destilando la quintaesencia del populismo. Los despidió por “el perfil muy ideologizado” que tenían. El presidente de la comisión de Legislación Laboral de la Cámara de Diputados, Sergio Ziliotto, concluyó: “Los echó por sus ideas”. Y, sí. Fue por eso. El Sarmiento de “las ideas no se matan” y el “queremos preguntar” de “la prensa independiente” quedaron atrás. El cambio pide una nueva épica en la que otra vez será lindo el dar buenas noticias.

 

El libro del Predicador

El motivo histórico y literario de un gobierno actuando contra la opinión y expresión de sus gobernados tiene fuentes antiguas. Porque como se lee en el Eclesiastés (o Libro del Predicador): “No se hace nada nuevo bajo el sol”. Desde antes de las democracias liberales, cuando las mismas eran interrumpidas por golpes de Estado y hoy con las democracias coercionadas mediáticamente por el neoliberalismo, el soberano humillado por la crítica libremente expresada contra la degradación de sus abusos, puede o bien comprender y corregir sus errores, o desatar la arbitrariedad de su ira y sus castigos.

Ya los tiranos de Siracusa rechazaron las ideas de reforma política que les proponía Platón, lo expulsaron y hasta llegó a ser vendido como esclavo. Y Nerón, que había sido educado por Séneca, sospechó de las ideas del filósofo y le ordenó el suicidio. Los ejemplos se multiplicaron por siglos. Pero más cerca en tiempo y espacio, en nuestra América Latina la literatura dio lugar al género de “la novela de dictador”, en cuyas obras la persecución de los opositores por sus ideas tuvo algunas de sus mayores expresiones. Así lo vemos en El gigante Amapolas, Tirano Banderas, El señor presidente, El recurso del método, El otoño del patriarca y Yo, el Supremo, entre otras.

 

         Bomba Financiera

Sin embargo, el derecho a la libertad de opinión y expresión recogido por el constitucionalismo clásico había sido una de las conquistas de las revoluciones liberales contra el absolutismo; y así la libertad de prensa se constituyó durante el siglo XIX y principios del siglo XX en un medio para la limitación del poder del Estado. En ese sentido, la legitimidad de la crítica a los actos de gobierno, sin censuras ni persecuciones, pasó a ser una seña de identidad democrática.

Pero ahora, la búsqueda de una uniformidad social de pensamiento en estos tiempos de la globalización de los intereses corporativos del capitalismo financiero frente a los Estados-nación, se apoya en el aparato de propaganda de los medios concentrados de comunicación. Y la alternativa contraria a esa búsqueda, representada en la diversidad de expresiones de lo público que puedan ser garantizadas por el Estado, como le corresponde hacerlo a la agencia de noticias Telam, y como se buscó promoverlo y garantizarlo con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, es un blanco para el ataque de los grupos de poder. Por eso los 356 despidos de Telam no son simplemente un ajuste de personal para achicar el gasto público, sino que se trata de una acción más para implantar las desigualdades degradantes del modelo socio-económico neoliberal bajo el enmascaramiento de sus verdaderos intereses, cerrando la codiciosa disputa iniciada durante el gobierno anterior contra la Ley de Medios.

 

Caballero de la industria

Desde hace seis meses, y con punto de partida en la reforma previsional, el gobierno ve crecer con el descontrol de todas sus variables, una idea pública dominante: la de su estafa. El incumplimiento y la inversión de sus promesas de campaña, el fracaso de su economía, la irresponsabilidad en los resultados de sus políticas, su desinterés por la gravedad de las carencias que padecen millones de personas, y la información creciente e incesante que agrupa a los principales funcionarios de gobierno en una hermandad de latrocinio, son algunas muestras que desnudan esa estafa.

En ese tránsito, si lo vemos en perspectiva literaria, el motivo del soberano humillado por las ideas críticas que se le oponen, y que reacciona en modo represivo, se enlaza ahora a la conducta de la figura más moderna del estafador descubierto en sus engaños. Después del pícaro, que tuvo gran desarrollo en la literatura española de los siglos XVI y XVII, se fue construyendo el personaje de alguien rico y de apariencia distinguida, que ayudado por esta imagen social engaña a los demás para cometer delitos con una variedad inagotable de máscaras de simulación. En su origen se le dieron distintos nombres: en francés fue “filibustier” (pirata) y “chevallier d’industrie” (aventurero, intrigante, parásito); en inglés “high flyer” (fenómeno) y “swell mob” (bien vestido); y en alemán “Hochstapler” (ladrón famoso o distinguido).

 

Giuseppe Arcimboldo, “Vertumnus”, 1591

 

En la comedia El diablo es un asno de Ben Jonson (1616), el engaño consiste en las especulaciones imaginarias y promesas de colonización sobre el territorio de Tierrasumergida con las que el estafador entusiasma a su víctima, y en su supuesto conocimiento del funcionamiento del Tribunal de los Litigios Pendientes (título anticipatorio si los hay) para alcanzar impunidad, con el que logra que se le entregue dinero para su “proyecto” (las fechas de edición y posterior representación teatral de la obra corresponden a los años de especulación que se iniciaban con la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales y que darían lugar a la “tulipomanía” que mencionamos en la nota Codicia y guerra pospolítica).

Pero sea en el Tartufo o el impostor de Molière (1664), El gran Cofta de Goethe (1791), el Mercadet de Balzac (1844), o en Las confesiones del estafador Félix Krull de Thomas Mann (1954), entre muchas otras, y aún con la variada transformación de sus diversas máscaras, el personaje del estafador se configura a través de la acción como el que manipula, como impostor de Dios, la justicia o la moral, las voluntades de los otros.

Cabe pensar que esa evolución del personaje en la modernidad tenga que ver con los cambios histórico-sociales, y que el pasaje del absolutismo a las democracias liberales haya ido reemplazando progresivamente al autoritarismo explícito de monarcas y dictadores, por la estafa creciente a la sociedad de individuos y grupos herederos del poder que antes ejercía la nobleza. Si esto es así, las estafas de los proyectos políticos neoliberales no son más que la versión de una violencia enmascarada que cuando se descontrola se pone de manifiesto, por ejemplo, con el despido de 356 empleados de los que dan malas noticias.

Pero pensando en los despedidos de Telam, y a modo de cierre, decir una cosa más de las que se leen en el Libro del Predicador: “Hay gente honrada que es tratada como si hiciera cosas malas, y gente malvada que es tratada como si hiciera cosas buenas”. Nada nuevo bajo el sol.

Imagen principal:  Palomera Art Studio, 2018.

3 Comentarios
  1. Lucas Varela dice

    Estimado Dr. Tealdi, y amigos lectores,
    Imposible estar en desacuerdo con tan precisa descripción del problema.
    Quizás, a modo de síntesis, podría ser útil la palabra “GARCA”, como definición de los líderes neoliberales, funcionarios del gobierno democrático que nos toca sufrir. Nuestros actuales “líderes” son, primero y principal, unos “garcas”. O sea, ….cagadores.
    Inescrupulosos, que mienten y perjudican a otros en propio beneficio económico o para tratar de sacar ventajas.

  2. María Neder dice

    Muchas gracias Tealdi, un placer la lectura de esta Nota, síntesis, claridad y consecución de cada uno de los sucesos de esta realidad. Al finalizar la lectura me quedo pensando si realmente son “malas noticias” en tanto son más -y más- desparramo de máscaras.
    Un abrazo

    1. Juan Carlos Tealdi dice

      Gracias a vos, María.

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