MALICIA

El mundo virtual con su moral de temor y castigo se agrieta una y otra vez por una realidad sin ética

 

Nuevo Tiempo Virtual

La Corte Suprema de los Estados Unidos está considerando revisar la doctrina de la real malicia establecida por el caso “New York Times v. Sullivan” (1964) y comparativamente adoptada en el derecho argentino (por ejemplo, “CSJN, causa G.A.B. c/Diario La Arena”). La publicación en el NYT (29-3-1960) de una solicitada en la que se hacían públicas las actitudes segregacionistas de la policía de Montgomery, estado de Alabama, contra manifestantes negros que seguían a Martin Luther King, fue entonces motivo de una denuncia legal por el comisionado de asuntos públicos de la ciudad, L. B. Sullivan, argumentando que él tenía entre sus funciones la supervisión del Departamento de Policía y que había sido difamado.

La sentencia contraria a la demanda concluía: “Cualquiera que afirme haber sido difamado por la comunicación debe mostrar malicia real. Este privilegio se extiende a una gran variedad de temas e incluye asuntos de interés público, hombres públicos y candidatos a cargos públicos”. La real malicia hace referencia así a figuras públicas (o situaciones de interés público) sobre las que se afirman hechos que son o verdaderos o falsos, y que se los divulga a sabiendas de su falsedad o con notoria despreocupación al respecto.

Ahora, el juez de la Corte Neil Gorsuch afirma que la decisión de 1964 de tolerar alguna falsedad ocasional para mantener la fortaleza de los medios de comunicación en sus funciones “ha evolucionado hacia un subsidio blindado para la publicación de falsedades por los medios y en una escala previamente inimaginable (…) gracias a las revoluciones en las tecnologías, virtualmente cualquiera puede publicar virtualmente cualquier cosa para el consumo inmediato virtualmente en cualquier lugar en el mundo”. El juez muestra en el triple uso del término “virtualmente” el contrario de lo “real” en una posible malicia. Se deduce: hoy la malicia puede ser virtual aunque haya que establecer las exigencias para la misma si adopta forma jurídica.

 

 

Jueces Clarence Thomas y Neil Gorsuch.

 

 

Otro juez de la Corte, Clarence Thomas, conservador como Gorsuch, que fuera acusado de acoso sexual cuando George Bush lo nominó en 1990, también se ha declarado en favor de revisar el caso Sullivan y ampliar su alcance a los medios sociales y a las compañías tecnológicas, dado que se observa cómo desde los mismos “se impulsan decisiones políticas enmascaradas como derecho constitucional”.

 

 

 

La despreocupación por lo verdadero

Es posible que la opinión en disenso de dos miembros nominados por Bush y Donald Trump respectivamente pueda obedecer a un sesgo conservador defensivo del establishment, pero la materia en discusión es problemática en el mundo entero. Por otro lado, no debe dejar de considerarse que fue Gorsuch quien redactó el fallo de la Corte Suprema (“Bostock v. Clayton County, Georgia”) contra la discriminación por sexo en el trabajo (entendiendo sexo en sentido extensivo a homosexualidad y transgénero) en favor del colectivo LGBTQ+.

 

 

Si el debate sobre la revisión de la real malicia en Estados Unidos quizá pueda ser alentado por los republicanos para ampliar la protección al modelo de política plagada de noticias falsas y mentiras que llevó adelante Trump, el periodismo en la Argentina ha dado sobradas muestras de buscar amparo en la protección constitucional a la libertad de prensa para enmascarar sus actos de malicia contra el kirchnerismo y las políticas populares.

 

 

 

Valga como ejemplo de la despreocupación judicial (y de otros órdenes) respecto a la verdad o falsedad de los hechos la reciente actitud del fiscal Marcelo Colombo de no investigar las visitas de los jueces Mariano Borinsky y Gustavo Hornos al ex Presidente Macri en la Quinta de Olivos en relación a la tramitación de la causa del memorándum de entendimiento con Irán y al pedido de nulidad de la misma.

 

 

 

 

Paradojas

En estos días se ha debatido hasta el cansancio la fotografía y el video del festejo de cumpleaños de Fabiola Yáñez, pareja del Presidente Alberto Fernández. El periodismo hizo bien en mostrar la foto. Los actos de los funcionarios públicos, salvada su íntima privacidad, deben reducir la distancia entre lo público y lo privado. El Presidente hizo mal en no comportarse ejemplarmente como debía hacerlo aún más que cualquier ciudadano ante la pandemia. Lo reconoció, aceptó haber cometido una falta ética y prometió que no volvería a ocurrir.

Ocurrió algo paradójico: el Presidente, que en el acto en cuestión había actuado mal, llevaba toda la pandemia trabajando hasta el agotamiento, como cualquier persona honesta debería reconocer, en favor de la protección de la población en cuanto a la ampliación del sistema de salud, la compra de vacunas, las gestiones para la fabricación nacional de las mismas, la contención social, el apoyo al desarrollo científico para enfrentar el futuro y otras políticas. Por otro lado, los medios y periodistas que habían actuado bien al publicar la fotografía llevaban años publicando falsas noticias y enmascarando bajo el supuesto de la libertad de prensa una operación política tras otra.

Quienes al mirar una y otra vez con ojos de codicioso avaro las monedas de interés que contaría en los votos el supuesto daño de la fotografía, nunca consideraron que más de la mitad de la población ya había visto en un largometraje de cuatro años la diferencia entre el hábito de obrar bien (las virtudes) que se acompaña de un acto malo y el hábito de obrar mal (los vicios) que se acompaña de un acto bueno.

Así fue cómo en una entrevista a un experimentado periodista y analista político, preguntado sobre el posible impacto del tema en los votos de las primarias, su respuesta fue que si lo había sería marginal. Sorprendido, el entrevistador insistió. La respuesta fue la misma aunque más clara. Desangelado, el entrevistador levantó un banderín sin estridencias para calcular que de todos modos el efecto, por pequeño que fuera, podía llegar a ser como el de la película Match Point en orden a hacer que la pelota cayera de uno u otro lado de la red. Bueno.

 

 

Ética, moral y política

 

Jacques-Louis David, ‘La muerte de Sócrates’, 1787.

 

 

Por la fotografía en cuestión se habló tanto de ética y moral con total desparpajo y algunos medios y periodistas (y también políticos, claro) siguieron moralizando sin reflexión alguna, que es bueno detenerse un poco en el sentido de la ética y la moral, en particular en el campo social y político actual.

El capitalismo y la democracia liberal, que es su forma política, tienen un trastorno genético de origen: la desigualdad. Y su tratamiento es el desvelo de los políticos que buscan minimizarla sabiendo que es incurable. Esa desigualdad junto a la falta de libertades es una forma mayor de la injusticia. Y desde Platón y Aristóteles en la Antigüedad hasta las teorías de la justicia de John Rawls y Amartya Sen para las democracias liberales, justicia es sinónimo de ética política. Son lo mismo.

Por eso para hablar de ética política hay que debatir todas las prácticas y políticas públicas que se proponen y realizan para resolver la injusticia de las desigualdades. Todo lo demás es bastardear a la palabra ética en política. Los que ofician de periodistas confundidos y/o confundiendo sobre esto no hablan de ética sino de moral. Y de la peor: la del púlpito mediático.

Los artífices y beneficiarios de las desigualdades del capitalismo y la democracia liberal saben que el grado de desigualdad que han generado en el mundo de hoy no tiene igual en la historia de la humanidad. Por eso saben que no son justos, o sea que no son éticos y que el único modo de seguir avanzando en su codicia es aceptar que la preocupación y el deseo de ética la tienen los excluidos, desposeídos, vulnerados y explotados y quienes quieren representarlos para minimizar esas desigualdades.

Esos actores del hoy llamado neoliberalismo han visto que al quedar solos después de la caída del gran enemigo comunista las desigualdades de su ambición han quedado al desnudo y que en orden a mantener y profundizar esas desigualdades resulta más eficiente operar desde la imagen (lo imaginario) como sustituto de los hechos (lo real) construyendo un mundo en el que la falsedad, la mentira y la falta de ética sean vistas sin escandalizarse, ya que en ese mundo no hay real malicia (esa dinámica entre mundo imaginario y mundo real está magistralmente tratada en la película Room de Lenny Abrahamson).

 

 

 

 

La imagenología de ese mundo virtual y sus problemas de conexión se ve en las escenas cotidianas. Un periodista presiona a una candidata para que diga si sabe que uno de cada tres pesos tomados por Macri se destinó a pagar deuda, hasta que logra como respuesta el pedido de que actuara como periodista y no como militante político. Es el mundo en el que Macri le dice a un periodista que le acompaña como bastón de apoyo que la plata de la deuda salió toda para pagar deuda. El mundo en el que la autora de una denuncia falsa resulta premiada con un lugar destacado en la lista de candidatos de las elecciones primarias. Es el mundo del periodista que le pregunta a un político de la oposición si acompañaría el pedido de juicio político al Presidente por la fotografía y al tener una negativa por respuesta suelta rayos y centellas en su contra. Es una candidata que siendo gobernadora actuaba con mohines de niña inocente y en una entrevista en la que los periodistas actúan de periodistas, esto es preguntando sobre temas de interés político controvertidos para ella, se transfigura mostrando en la dureza de sus gestos y respuestas un estallido de ira incontenible.

 

 

 

Confesión y penitencia

 

Goya, ‘Confesiones en la cárcel’, 1812.

 

 

En ese mundo virtual, la ética (la justicia) se convierte en moral (el pecado). Con esto se quitan las obligaciones propias de justicia y se abre un flanco de debilidad al populismo opositor. Porque como toda moral es una suerte de ética imperfecta, si ética y moral se hacen equivalentes el trabajo de demolición del oponente se vuelve más eficiente, y tanto más si se lo focaliza individualmente.

El poder concentrado y regresivo en términos de justicia ha visto que el paso de la realidad a la virtualidad, cuando la realidad avanza pinchando globos de fantasía, sólo puede sostenerse con la conversión de la ética en moral seguida de la destrucción de esa moral de los oponentes, ya que no se puede acabar con sus reclamos de justicia social ni se está dispuesto a satisfacerlos. Y así parte de los políticos, de los periodistas y del Poder Judicial pasan a ser moralistas críticos, denunciadores seriales o jueces venales de esa conversión destructiva.

Ese moralismo regresivo guarda imagen y semejanza con el del Concilio de Trento (1545-1563), cuando se señalaba la diferencia que en la doctrina sobre el sacramento de la penitencia tenía la “contrición” entendida como un dolor del alma y detestación del pecado cometido con el propósito de no pecar en adelante, de la “atrición”, que es una contrición imperfecta, movida por la fealdad del pecado y el temor del infierno y sus penas. Y siendo que los que alcanzaban una contrición perfecta, movidos por el amor a Dios, eran muy pocos, se hacía necesario excitar el temor de considerar “la terrible justicia de Dios”. Para eso, en aquella época se publicaban los libros De las penas del Infierno buscando incidir emocionalmente sobre los pecadores.

Los confesores debían aprender a descubrir cada seña para ver si había o no dolor verdadero en los penitentes que buscaban recibir el sacramento de la confesión. Hoy los medios y algunos políticos predican esa moral, como cuando insisten en que el Presidente en su arrepentimiento de la falta cometida “no pidió perdón”.

Pero ese mundo virtual con su moral de temor y castigo se agrieta una y otra vez por una realidad sin ética. Por eso Elisa Carrió ascendió a la separación de la luz y las tinieblas en el Génesis para ver que “tenemos que salir a la luz, acá hay mucha oscuridad”. En el pequeño mundo real de Room hay un televisor con el que se construye un mundo virtual y una claraboya superior de igual formato que sólo muestra el cielo. La luz de ese cielo, aunque el niño no lo sepa, anuncia otro mundo que es de libertad y justicia.

 

 

 

 

Alguien se preguntó si lo de Carrió era un delirio místico. No lo sabemos ni nos cabe diagnosticarlo. Pero lo que sí debemos hacer es analizar políticamente el sentido de esa construcción de un tercer mundo. Un mundo místico sostenido por una moral de obediencia temerosa y disciplinante por quienes prometen la luz de un cielo etéreo de globos en ascenso pero nos hunden cada vez más en las tinieblas de los nueve círculos del Infierno, sin dignidad, igualdad ni libertad. Sin ética.

 

 

 

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