El pasado 28 de febrero, Estados Unidos e Israel pusieron en marcha las operaciones Furia Épica y Rugido del León, respectivamente. Durante las primeras horas, el objetivo político parecía haber sido derrocar al gobierno iraní y provocar un cambio de régimen político, pero, casi dos semanas más tarde, este se está diluyendo en la “niebla de la guerra”.
A diferencia de lo ocurrido durante la Guerra de los Doce Días (junio 2025), cuando Washington se sumó a la ofensiva selectiva de Tel Aviv destinada a destruir la infraestructura nuclear, ambos Estados habrían coordinado los ataques. En esta oportunidad, fueron masivos y han tenido como blanco a objetivos de valor estratégico (OOVVEE), tanto militares como civiles, a la población. Durante el primer día, produjo la muerte de la Autoridad Suprema del Liderazgo de la República Islámica de Irán, Alí Hoseiní Jameneí, y otros funcionarios del gobierno persa.
La respuesta iraní no se hizo esperar y ha atacado las instalaciones militares de Estados Unidos en la región, a OOVVEE de Israel y a su sociedad civil, ha cerrado el estrecho de Ormuz y ha atacado a barcos petroleros que han intentado atravesarlo. Esto ha provocado un alza en los precios del petróleo que no se observaba desde la primera y la segunda crisis de 1973 y 1978, respectivamente. Si bien el citado incremento se ha moderado por la liberación de las reservas estratégicas de algunos países, esto es insostenible en el tiempo y ya ha impactado en las economías de muchos Estados, entre ellos, la Argentina.
Al día del cierre de esta nota, la guerra se ha regionalizado: se han producido ataques a Jordania, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Bahréin, Líbano, Irak, Arabia Saudita y Azerbaiyán; aunque algunos de ellos habrían sido de falsa bandera. Asimismo, ha quedado al desnudo que Estados Unidos no tiene en claro cuáles son sus objetivos políticos en este conflicto y que, casi, se podría sostener que está actuando como un proxy de Israel. Mientras, el Primer Ministro Benjamín Netanyahu pareciera desear reducir a Irán a escombros como ha ocurrido en Gaza, al tiempo que algunos analistas señalan que el próximo gran contrincante de Tel Aviv pasaría a ser Turquía. Por su parte, el coronel mayor (RE) Gabriel Camilli considera que “Irán ha encontrado un antídoto simple: mando descentralizado [1]. Los 31 distritos del cuerpo de la Guardia Revolucionaria Iraní tienen todas las órdenes tipo misión: "Tienen fuego a discreción, se les ha dicho qué objetivos atacar; fuego a discreción, no busquen órdenes de Teherán". A esto hay que sumarle que Irán, a diferencia de sus adversarios, ha recurrido al empleo de misiles “subsónicos y supersónicos [para que] los israelíes y estadounidenses agoten sus existencias de misiles interceptores (…) y luego [comenzar] a usar los hipersónicos”. Frente a este escenario, algunas de las preguntas claves para el coronel mayor son: ¿Estados Unidos está dispuesto a desplegar botas en el terreno? ¿Cuál es el umbral de dolor que tanto Washington como Tel Aviv están dispuestos a soportar, tanto política como económicamente y frente a la opinión pública? La respuesta a esta última pregunta es clara para Irán porque percibe esta guerra como una amenaza para su supervivencia [2]. El tiempo, política y económicamente, juega a favor de Teherán.
Mientras tanto, el resto de los países del mundo han mostrado una actitud dividida respecto de la ofensiva militar de Washington y Tel Aviv. La Unión Europea se ha mostrado dividida. Por un lado, España ha condenado el ataque por violar el derecho internacional; mientras que Gran Bretaña, Francia y Alemania han respaldado el mismo y se han comprometido a defender a sus aliados en la región; aunque las capacidades militares de dichos países conviertan a sus compromisos en meras declaraciones.
Reino Unido no iba a desplegar su fuerza en Medio Oriente por incapacidad de sostener el despliegue, terminó enviando un destructor simbólico solo porque contara con el respaldo Francés. Poco se habla acá de la decadencia militar de Reino Unido, que se suma a la económica, social… https://t.co/sYB9dl8HBT
— Tomas Amigo (@tomasamigo_arg) March 10, 2026
🇫🇷🇮🇷 O presidente francês, Emmanuel Macron, após se deslocar pessoalmente ao estreito de Ormuz com a sua Armada, reconheceu hoje que não existem condições para uma missão e mandou recolher os navios de volta a França. pic.twitter.com/WO9km8vzvh
— geopol•pt (@GeopolPt) March 11, 2026
Por su parte, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha exigido, en una muestra de alineamiento con los intereses de Estados Unidos e Israel, que “cesen de inmediato todos los ataques de la República Islámica de Irán”.

Obviamente, Javier Milei aporta su grado de fantasía, pero que pone en riesgo a los argentinos. Durante su nuevo raid estadounidense, el Presidente proclamó que íbamos a ganar la guerra porque Irán era el enemigo de nuestro país y porque Estados Unidos e Israel eran nuestros aliados estratégicos. En consonancia, la Cancillería argentina ha respaldado el ataque a la república persa. Mientras tanto, en el Ministerio de Defensa dejaron trascender que si algunos de esos países solicitaran el envío de tropas argentinas, el pedido sería evaluado seriamente… como hizo Carlos Menem en la década del '90.
Guerra, ¿qué guerra?
La guerra es la guerra y “no se detiene; no mejora; (…) siempre hay una guerra en camino; la guerra es inevitable y la muerte también lo es” [3]. Por eso, romanticizarla, aplicar el término indiscriminadamente a cualquier fenómeno social o adjetivarla resulta peligroso para la vida humana y para nuestra comprensión analítica de este hecho social y acto político.
Respecto a este último punto, el politólogo Giovanni Sartori argumenta: “Hemos estado llenando la 'extensión' de nuestros conceptos adelgazando su 'intensión'. Esto es lo que yo llamo estiramiento conceptual" [4]. De esta manera, las expresiones “guerra económica”, “guerra contra las drogas”, “guerra contra el terrorismo”, “guerra contra el COVID”, “guerra contra la pobreza” son estiramientos conceptuales del concepto “guerra” que provocan, por un lado, una pérdida de intensidad del este, en tanto que se eliminan sus atributos esenciales (intensión) para que el término pueda abarcar más conceptos (extensión) y, por el otro, se crea un “monstruo conceptual”.
Asimismo, y en algunos casos, la utilización de terminologías como “guerra híbrida”, “guerra de la información”, “guerra electrónica”, “ciberguerra”, “guerra narrativa” o “guerra mundial híbrida fragmentada” refleja un desconocimiento de la doctrina militar. No hay que confundir el Nivel Estratégico Nacional (NEN), el Nivel Estratégico Militar (NEM), el Nivel Estratégico Operacional (NEO) y el Nivel Táctico (NT). La guerra sigue siendo la guerra en el NEN y, parafraseando a Carl von Clausewitz [5] y Raymond Aron [6], es un acto de violencia destinado a imponer nuestra voluntad al otro. La guerra incluye un medio, la violencia, y un fin, fijado por la política. Pero como esta somete la violencia a la inteligencia, o sea, a la política, esta última no cesa de conducir el desencadenamiento de la violencia. En otras palabras, incluye “un acto de fuerza”, que es el uso de la violencia destinado a obligar al adversario a cumplir nuestra voluntad; “un objetivo inmediato”, que tiene el propósito de eliminar al enemigo [7] para que no pueda continuar su resistencia (el desarme del enemigo); “un medio”, que es la fuerza física; y “un fin”, que es imponer nuestra voluntad al otro.
Por ello, es un sinsentido conceptual hablar de “guerra híbrida” o “guerra de la información”; en todo caso, las expresiones analíticas correctas son ambiente operacional híbrido u operaciones de la información. Detengámonos en este último a los fines de este artículo.
El coronel (RE) Jorge Durán nos explica que “las operaciones de información son aquellas dirigidas a afectar los procesos de toma de decisiones de un comando o de un grupo humano a través de la influencia sobre creencias, actitudes y conductas con el propósito de facilitar las propias operaciones, ya sea para quebrar la voluntad de lucha de audiencias hostiles, cohesionando audiencias favorables o logrando la cooperación de las neutrales. Las operaciones de información tienen tres ámbitos: el informativo (contenidos), el cognitivo (forma en que la audiencia procesa la información) y el físico (que es el soporte de la información). Las operaciones de información se valen de distintos medios para ser llevadas a cabo, los cuales son operaciones psicológicas, operaciones de asuntos civiles, operaciones de engaño, relaciones públicas, ciberoperaciones y operaciones electrónicas. La propaganda, que puede ser blanca, gris o negra, es una herramienta de las operaciones psicológicas, la cual se utiliza principalmente contra audiencias hostiles porque como mínimo manipula la verdad (maximizando éxitos y minimizando fracasos) o directamente mintiendo (propaganda negra). Su empleo doctrinal es contra audiencias enemigas, aunque los gobiernos suelen emplearla con poblaciones amigas y neutrales. El problema [con la propaganda] es que tarde o temprano se paga el costo de la credibilidad. La guerra narrativa, la guerra cognitiva [y otras expresiones como estas] son adjetivaciones que ponen los autores de papers de diversa índole en busca de originalidad (…) buscando descubrir algo nuevo que ya se ha estado usando desde la guerra de Troya (…) Y otra cosa, la guerra es la guerra”.
Por último, estos conceptos estirados conceptualmente tienen un uso político porque se recurre a ellos para movilizar a la población, justificar estados de excepción o señalar la urgencia de una política pública. Sin embargo, pierden su capacidad de distinguir entre un conflicto bélico real y una crisis de salud o comercial.
Las operaciones de la información de la III guerra del golfo Pérsico
Los procesos de políticas públicas no son racionales, sino más bien desordenados. El gráfico con el cual se intenta explicarlo es una construcción analítica que es de mucha utilidad para comprender cómo funciona el proceso, pero que no existe en la realidad. Hecha esta salvedad, podemos rescatar algunas ideas para pensar desde otro ángulo la III guerra del golfo Pérsico.
En primer lugar, no todas las cuestiones problemáticas son debatidas en la agenda pública. Para que ello suceda, hay que prestar atención al contexto en el cual se desarrolla el debate público porque son los acontecimientos sociales y la hegemonía —que permite o no que una situación problemática pueda ser debatida y que limita las definiciones disponibles— los que permiten su ingreso a dicha agenda. Si logra superar este primer escollo, como dijimos, la situación problemática es debatida, lo que implica definirla; es decir, convertirla en un problema, donde la solución ya forma parte de la definición. De esto se sigue que esta no es objetiva ni neutral políticamente. En el debate público, pujan actores políticos y sociales, domésticos y externos, que tienen diferentes capacidades de poder que buscan imponer su definición en función de sus intereses, sistemas de creencias y/o pulsiones. Obviamente, el gobierno interviene en el debate: trata de imponer los temas de su agenda gubernamental y/o intenta influir para que las definiciones que no sean funcionales a ella sean modificadas o retiradas. [8]
Ahora bien, Barry Buzan, Ole Wæver y Jaap de Wilde [9] nos alertan que se produce un proceso de securitización cuando “una cuestión es 'presentada como una amenaza existencial a determinado objeto referente (tradicionalmente, pero no necesariamente, el Estado)' (…) De esta manera, la designación de esa 'supuesta amenaza' como existencial justifica el uso de medidas extraordinarias, en general el uso de la fuerza, que es legitimada frente a los actores sociales y políticos al presentar el problema como un asunto de seguridad”. Simplificando, este proceso de securitización es un "acto de habla", lo que hemos denominado la puja por la definición, donde algunos actores securitizantes, que tienen más poder, tanto externos como domésticos, logran presentar la situación problemática como una amenaza y ello es aceptado por la audiencia en la agenda pública. Aquí es donde también se producen las operaciones de la información.
En la Argentina se ha securitizado “el problema de Irán”; se lo presenta como una amenaza existencial para la vida de los argentinos. Ello es posible, obviamente, porque existe un contexto previo: los atentados a la Embajada de Israel en 1992 y a la AMIA en 1994. De acuerdo con la investigación de varios periodistas, uno de los objetivos del encubrimiento habría sido no solo proteger a los cómplices locales, sino también desviar la “pista siria” hacia “la iraní”. Al respecto, Daniel Blinder demuestra que, luego de revisar las publicaciones periodísticas, académicas e institucionales, “la 'pista Hezbollah-Irán' es la más difundida en los medios de comunicación masivos, los organismos estatales y por Estados Unidos e Israel”. En efecto, si bien “no hay homogeneidad con relación a las posturas con respecto al atentado (…), sí hay una visión hegemónica, y es la que señala a Hezbollah y a Irán como responsables internacionales”. De esta manera, el contexto permitió que la cuestión ingresara al debate público, pero limitando las opciones de definición debido a la visión hegemónica. Así “el problema iraní” fue securitizado.
Ahora bien, entre el 28 de febrero y el 11 de marzo de este año, los principales medios de comunicación argentinos continuaron sosteniendo esta visión hegemónica. En efecto, se observa —luego de analizar las principales publicaciones— que la mayoría recurre a las agencias de noticias AFP, Reuters, AP, EFE y, algunos de ellos, a fuentes gubernamentales que son básicamente occidentales. En consecuencia, cabe señalar que, en primer lugar, si bien las agencias fijan el marco informativo básico, recurriendo a un lenguaje “relativamente neutral”, algunos medios argentinos reconfiguran el encuadre ideológico mediante la selección de citas, titulares y adjetivos: por ejemplo, mientras una agencia dice “Irán lanzó un ataque con misiles”, el medio publica “el régimen iraní lanzó un ataque con misiles”. Más allá de este ejemplo, se han identificado otras adjetivaciones, tales como radical, islamista, agresor, atacante, milicias, terrorismo, infiltración regional.
En segundo lugar, y en lo que respecta a las fuentes gubernamentales, predominan ampliamente la Casa Blanca, el Pentágono, el Departamento de Estado, Benjamín Netanyahu, las Fuerzas Armadas de Israel, el Foreign Office, el Ministerio de Defensa de Francia y la Cancillería de Alemania.
En tercer lugar, las fuentes iraníes son muy escasas y son utilizadas como reacción o respuesta a la información principal brindada por las agencias y los gobiernos occidentales. Esto genera una asimetría en las fuentes, y una jerarquización y construcción de una autoridad discursiva.
En cuarto lugar, también las instituciones gubernamentales argentinas han adoptado esta visión hegemónica en comunicados, discursos nacionales y en foros internacionales y, para ello, recurren a calificativos como “terrorismo internacional”, “responsable de los atentados” y, más recientemente, a expresiones como las usadas por Estados Unidos e Israel, tales como “régimen iraní” y “teocracia iraní”.
Esta breve búsqueda muestra cómo tanto las instituciones gubernamentales argentinas, de Estados Unidos e Israel, y en menor medida de Europa, como algunos medios nacionales actuaron como actores securitizantes y/o como emisores o canales de las operaciones de información en la agenda pública en relación con el “problema de Irán”.
Extrañando al realismo
A criterio de Kissinger [12], “Persia fue el punto de partida o bien el blanco eventual de casi todos los grandes conquistadores del continente euroasiático (…) [Ella] —como China en circunstancias grosso modo comparables— conservó su distintivo sentido de la identidad (…) adaptó y sintetizó sus logros en su propio concepto distintivo de orden (…). Persia mantuvo la confianza en su superioridad cultural [y] conservó su independencia en su visión del mundo”. Muchos conquistaron Persia, pero su cultura los conquistó a ellos.
Si bien Kissinger olvida que Estados Unidos y Gran Bretaña derrocaron al democráticamente elegido Primer Ministro Mohammad Mosaddegh el 19 de agosto de 1953 porque había nacionalizado el petróleo, resulta muy interesante su análisis sobre los diferentes órdenes mundiales. Kissinger elogia el orden que se estableció entre los países europeos después de la Paz de Westfalia en 1648, donde se controlaban mutuamente a través del equilibrio de poder, sin establecer “ninguna verdad o regla universal”. En cambio, el orden que se estableció en algunas regiones estuvo basado en valores que algunos Estados consideraban como universales. En esta categoría, Kissinger no solo ubica a China, India e Irán, por ejemplo, sino también a Estados Unidos. En efecto, “los colonos puritanos decidieron cumplir el plan de Dios ‘en tierras salvajes'”. Esto no se restringió a los colonos del siglo XVII, sino que se ha manifestado reiteradamente en la política exterior de Estados Unidos: primero hacia el oeste, luego hacia América Latina y después hacia el mundo.
En definitiva, la visión de Jamenei —“el nuevo despertar de la conciencia islámica abría la puerta a una revolución religiosa global”— y de Estados Unidos —nuestros “principios son universales [y que los países que no los poseen no son] del todo legítimos” y que en función de dicha “verdad”, una parte significativa del mundo algún día sería “redimido”— son mesiánicos [11]. Obviamente, tanto en Estados Unidos, en Irán como en Israel, conviven al menos estos dos enfoques de órdenes mundiales: “perseguir sus intereses nacionales según los principios westfalianos” y el mesianismo.
En este escenario, la política exterior argentina está muy alejada de la prudencia que enseña el realismo: atravesada por las operaciones de información (en el tema que hemos analizado, al menos) y por los lineamientos ideológicos de las alt-right, adopta visiones maniqueas del mundo que ponen en riesgo, como ya ocurrió en los '90, nuestros intereses vitales y estratégicos, y la vida de los argentinos.
[1] Defensa en mosaico.
[2] “Alí Lariyaní, secretario del Consejo de Seguridad Nacional de Irán, dijo que esto podría escalar: ‘Los estadounidenses están preparados para luchar por semanas, nosotros estamos preparados para luchar por meses'".
[3] Roberts, M. (guionista) & MacKinnon, J. (director) (2024), “Written in my own heart's blood”. En Roberts, M. (producción ejecutiva). Outlander. Temporada 7, episodio 15. Starz.
[4] Sartori, G. (1984). La política: Lógica y método en las ciencias sociales. México: Fondo de Cultura Económica.
[5] Von Clausewitz, C. (1999). De la guerra. Madrid: Ministerio de Defensa del Reino de España.
[6] Aron, R. (1987). Pensar la guerra. Clausewitz. Buenos Aires: Instituto de Publicaciones Navales.
[7] Matándolo, hiriéndolo para que no pueda seguir combatiendo o doblegando su voluntad para que no quiera seguir guerreando.
[8] La explicación sobre el proceso de políticas públicas ha sido simplificada a los fines de esta nota. Para un análisis más amplio, me remito a Eissa, S. (2025), “¿Unidos por Malvinas? La política exterior de las alt-right: la cuestión Malvinas (2023-2025)”. En CUPEA. Cuadernos de Política Exterior Argentina (Nueva Época), n.º 142.
[9] Buzan, B.; Wæver, O. & de Wilde, J. (1998). Security. A new framework for analysis. Londres: Lynne Rienner Publishers Inc.
[10] Kissinger, H. (2024). Orden mundial. Reflexiones sobre el carácter de los países y el curso de la historia. Barcelona: Debate, pp. 15, 157, 240.
[11] Kissinger sostiene que “los 12 Presidentes de posguerra han reivindicado apasionadamente el papel excepcional de Estados Unidos en el mundo”.
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