MAÑANA NUNCA SE SABE

El clima apocalíptico alienta a inhibir el crecimiento pero hace más daño que bien

 

La psicodélica voz de John Lennon sugiere: “Desconecta tu mente, relajate, dejate flotar en la corriente”. Respaldan la moción Paul McCartney, corriendo junto al bajo bucles de cinta de audio; George Harrison, con la guitarra que se queja de la presión impositiva; y Ringo Starr, que va y viene con los tambores y címbalos hipnóticos. Es un ejercicio que intenta dar un sentido al vértigo por la oquedad que se abre paso dentro del alma, en razón de que no se tiene sobre el mañana el tipo de certeza que –ilusiones humanas— la evitaría. Como parte de su proceso de maduración, Charly García confiesa que escuchó a los Beatles y se fue a buscar la soledad. Como parte de lo que vendrá cuando la pandemia pase a retiro efectivo, los argentinos irán al encuentro de lo que les aguarda en el porvenir, esto es: de las consecuencias mediatas de las decisiones políticas de hoy. A diferencia de los individuos, a las sociedades el mañana no le es completamente desconocido. Los escenarios posibles tienen distintos grados de probabilidad.

La observación de Fernand Braudel: “Los acontecimientos son polvo”, justamente tiene alcance pleno cuando a tales eventos se los inscribe en su verdadero status de manifestaciones de las tendencias de largo plazo que se mueven bajo la superficie de las cosas que son receptadas, sintetizadas y expresadas por las leyes generales del movimiento de la sociedad. Es una ley general del movimiento del capitalismo que su trayectoria con relación al nivel de actividad económica es de tipo palindrómica. Y a decir verdad, el virus hizo madurar a fomento el bajón del ciclo capitalista, cuya previsión era bastante generalizada y –en todo caso— la discusión se reducía a cuándo ocurriría durante el bienio en curso. Con la pandemia, la actividad económica global quedó hecha trizas y ese clima vuelve a darle aire a viejas ideas no siempre felices que de una un u otra forma, por lo común implícita, condicionan en cierta medida el comportamiento político. Particularmente, la ley de la baja tendencial de la tasa de ganancia que enunció a mediados del siglo XIX Karl Marx.

La secuencia del análisis es más o menos como sigue, en una presentación ligeramente diferente a la de Marx, para tornarla más gráfica. Para sobrevivir, los capitalistas tienen que invertir cada vez más. La que acumula el empresario sale del trabajo no remunerado que entrega el empleado (la plusvalía), una vez deducido su trabajo remunerado (el salario). Llega un punto donde el descomunal aumento de la productividad hace casi nulo el costo de reproducir al trabajador y su familia (esto es: el salario) y casi todo el valor agregado es ganancia pero ya no tiene sentido invertir porque no hay más mercados, se fueron agotando. Así se derrumba la ganancia y, si no se gana, no se invierte. El artefacto conceptual que posibilita asir la dinámica de este proceso es lo que Marx llamó la Composición Orgánica del Capital (COC). La COC es el cociente entre el capital constante [C] y los salarios o capital variable [V]; C/V. El capital constante comprende no a todo el capital invertido sino a las amortizaciones del período, más las compras de insumos.

Lo cierto es que no hay tal cosa como una tendencia ineluctable a la baja tendencial de la tasa de ganancia. Ese malentendido ha modelado el comportamiento político de cierta izquierda infantil, que veía en cada crisis la inminente llegada del socialismo. También alentó algunas reacciones muy violentas de sectores de la derecha, que se esperanzaban de frenar a palazos limpios lo que sospechaban era la pérdida casi segura del Paraíso. Nos llevaría un espacio considerable dar cuenta pormenorizada de lo que conduce a que la tasa de ganancia pueda subir, bajar o permanecer sin cambios durante largos períodos; por otra parte, son hechos históricamente verificables. Afortunadamente la composición orgánica del capital nos proporciona un atajo intuitivo y asimismo permite delinear un par de escenarios con los cuales probablemente nos toparemos, tanto los argentinos como el resto del orbe.

En principio, el sistema como un todo creció durante 30 largos años sin crisis después de la Segunda Guerra porque V (la masa de salarios y la calificación laboral) avanzó a un ritmo muy superior que C (el capital constante). La tasa de ganancia o bien permaneció sin variar o incluso subió en algunos tramos. Se trabó después de la crisis del petróleo, cuando los neoliberales sentaron sus reales y empezaron a estropear los salarios. La caída del oso ruso y su cese como factor extorsivo les afiló la cimitarra. Si hoy, tras la pandemia, ese camino se retoma en todos lados donde es posible incluida la Argentina —robots mediante—, el sistema rehará su rentabilidad sobre la base de aumentar la unidad de salario por sobre el coeficiente de capital, más que por asalariado. El aumento de la calificación laboral es clave en todo esto, para los intereses bien entendidos de la clase trabajadora. Si no sucede, el sistema se trabará y las opciones antidemocráticas violentas y fascistoides, como ya se empezaron a experimentar bastante antes de la pandemia, tienen todos los boletos comprados para convertirse en la oscura moneda corriente.

 

 

 

Por favor, yo

Antes de la pandemia el clima político global, comprendido el argentino, se ataviaba enarbolando pendones donde claramente se distinguían los perfiles de Herbert Spencer y Robert Malthus.

 

 

Herbert Spencer y Thomas Malthus.

 

 

Gran parte de los votantes del gatomacrismo en 2015 y sobre todo en 2019 hicieron una opción por la no-solidaridad, pues culturalmente entienden que la práctica del amor al prójimo, tal como se la articula en una sociedad de masas —por ejemplo, a través de la administración del comercio exterior que cuide el empleo y la suba sin pausa del salario mínimo cuando lo requiera—, hace funcionar mal al sistema y es una de sus principales rémoras. Ni hablar de Brasil o Chile o el lamento boliviano, o lo dura que está la calle en Uruguay, por citar solo unos pocos y cercanos casos. Es verdad que no solo en Chile el clima de protesta está en ristre y que nosotros en las presidenciales dimos vuelta la taba, pero sería un tanto temerario suponer que semejante sesgo cultural desapareció en el aire por efecto de una crisis en las cuentas externas de la Nación o cayó víctima mortal por el contagio.

En estos tiempo de pandemia, revisar el comportamiento de los demandantes de la Industria del Apocalipsis resulta de utilidad dado su carácter de caldo en cubito que concentra, en sus rasgos lúmpenes, la respuesta extrema del ultra individualismo. Al trasladarse al promedio de la sociedad, este individualismo da pie para que aparezcan justificadas acciones como las de los golpistas bolivianos, la prisión de Milagro Sala, el racismo antinmigrante de los negros contra otros negros en Sudáfrica o, con volúmenes electorales imbatibles, los Victor Orban, los Jair Bolsonaro, la Lega Nord. La mentada Industria del Apocalipsis tiene en los Estados Unidos, en tanto mercado de consumo solvente más grande del mundo, su más importante expresión. En Harper’s Magazine (06/03/2020), la escritora Lauren Groff cuenta en su ensayo “Esperando el Fin del Mundo” su experiencia en el “Prepper Camp, una reunión de tres días de fin de semana que atraería a 1.200 personas para aprender cómo sobrevivir a lo que llaman TEOTWAWKI, o El Fin del Mundo Como Lo Conocemos. El campamento comenzó en 2014 impulsado por un equipo de marido y mujer, Rick y Prepper Jane Austin, celebridades en el campo del juicio final”. Esta fue la sexta edición del campamento y se llevó a cabo a fines de septiembre del año pasado.

 

 

 

Lauren Groff.

 

 

Cuenta Groff que los asistentes al campamento eran casi todos blancos, ex soldados vestidos con ropa de camuflaje, muy entrados en años y kilos y con bastantes problemas motores. “Me preguntaba –apunta Groff— qué podría exactamente llevar a una persona a ese punto en el que estuviera dispuesta a esconderse y dejar de preocuparse por su prójimo […] Y la narrativa estadounidense de la autosuficiencia machista, que los preppers habían estado predicando todo el día, es una historia extremadamente antigua; es, de hecho, una de las historias más antiguas de este hemisferio, que surge de la gimnasia moral que les tomó a los cristianos aparentes navegar a través del Atlántico y cometer actos de genocidio, violación y guerra contra otros seres humanos para permitirse a sí mismos esclavizarlos y apoderarse y controlar tierras que nunca fueron suyas. Estos nuevos estadounidenses necesitaban una forma de enmarcar sus acciones como heroicas e inevitables, y lo encontraron en la narrativa del noble fronterizo, la figura solitaria lanzada contra las exigencias de la naturaleza impredecible”.

De su experiencia, Lauren Groff extrae que “Prepper Camp era un castillo construido sobre la emoción: el miedo al otro era tan grande que los supervivientes se sentían justificados al estar preparados para matar a otros humanos para proteger sus bienes materiales”.

La paradoja de todo esto, apunta Groff, es que “los científicos e historiadores que estudian las catástrofes para ganarse la vida saben desde hace mucho tiempo que, de hecho, después de los desastres tiene lugar muy poco comportamiento antisocial. El extraordinario libro de Rebecca Solnit A Paradise Built in Hell (Un Paraíso Construido en el Infierno) describe con gran detalle el sentido colectivo de «inmersión en el momento y solidaridad con los demás» que sigue a las calamidades a gran escala. La persona común se eleva de la situación para ayudar a otras personas, y puede haber una profunda experiencia de bienestar, inventiva y flexibilidad. De hecho, los peores efectos posteriores a los desastres se producen cuando las instituciones intentan imponer una organización de arriba hacia abajo, como podría hacerlo el Ejército. La presunción de caos masivo, saqueos, asesinatos, violaciones, proviene de algo que los científicos de desastres llaman ‘pánico de élite’: cuando las personas en posiciones de poder temen la pérdida de su poder y reaccionan de manera violenta”.

El mismo 6 de marzo en que Harper’s editaba el ensayo de Groff en The New York Times, Nellie Bowles publicaba la crónica “Cómo Prepararse Ahora para el Completo Fin del Mundo”, donde cuenta cómo la señora Lynx Vilden enseña a las personas a vivir en la Edad de Piedra durante un par de semanas, en un zona remota del estado de Washington. Se trata de un segmento mucho más joven que el anterior —no pasan de los 30 años— y de sesgo no derechista. Bowles informa que “están surgiendo varias de estas nuevas instalaciones de re-salvajización. Uno de los esfuerzos más grandes ocurre en el oeste de Maine, donde un grupo está trabajando para replicar una comunidad de cazadores-recolectores. Lo que solía ser un puñado de escuelas de artesanía en madera para aprender estas habilidades, ahora es una industria prominente”. Bowles observó que “muchas de las personas que estaban allí llegaron sintiéndose inútiles en sus vidas. Algunos acababan de abandonar sus trabajos. Lynx dijo que muchos de los estudiantes que vienen para los intensivos de meses (otra opción) están divorciados o en camino. Varios hablaron de sentirse avergonzados por lo suaves que eran sus manos y lo dependientes que habían sido de mirar televisión para quedarse dormidos”. Para dar cuenta de las motivaciones de esta gente, Bowles anota que una compañera de clase comentó que «la ciudad es en realidad el lugar del individualismo resistente […] Aquí estoy usando mis manos y con la gente todo el día».

 

 

Nellie Bowles.

 

 

 

Déjalo ser

Las instituciones culturales que forman parte del soft power norteamericano trasmiten este tinglado de valores de muchas maneras. La pandemia alguna vez será pasado y la alteración que lleva a la solidaridad se esfumará, y si seguimos haciendo lo de antes tendremos el mismo resultado que antes; lamentablemente ninguna novedad, frente a un delicado problema político. Pero si los argentinos apuestan decididamente al crecimiento —es decir, ponen en marcha una política que, expresada por la composición orgánica del capital, sube más V (los salarios) que C (el coeficiente de capital por unidad de salario), ¿no aumentará la contaminación y con eso el desastre climático? ¿Es tan irracional y ultra individualista, de modo desaconsejable, comportarse como los alumnos de Lynx Vilden?

Ted Nordhaus, director del Breakthrough Institute, en un artículo publicado por la revista The New Atlantis (invierno 2020), desafía: “¿Debe el Crecimiento Condenar al Planeta?” Y alecciona: “La progresiva demanda de bienes y servicios materiales por parte de una población mundial creciente y cada vez más rica ha aumentado la presión sobre los recursos naturales. Pero también ha llevado a la innovación que aumentó la productividad de los recursos. De esta manera, el aumento de la productividad de los recursos ha permitido tanto el continuo crecimiento económico como la creciente eficiencia ambiental de la economía global […] Revertir esas dinámicas no necesariamente resultará en un menor uso de recursos o menores impactos ambientales […] La combinación de grandes poblaciones humanas posteriores al crecimiento, el estancamiento económico y los recursos naturales cada vez más abundantes podrían conducir a las sociedades humanas hacia sistemas tecnológicos menos productivos. El fin del crecimiento, de esta manera, puede hacer más daño al planeta que bien”.

 

 

Ted Nordhaus.

 

 

De hecho, es un dato histórico incontrovertido que aproximadamente las tres cuartas partes de la deforestación en los bosques templados ocurrió antes de la Revolución Industrial, cuando la población humana era de menos de mil millones de personas, casi todas las cuales vivían en la pobreza extrema en comparación con los standards de hoy. Más recientemente, las crisis económicas en regiones relativamente desarrolladas, como el sudeste de Asia, la antigua Unión Soviética y Grecia, han tenido graves consecuencias ambientales, ya que las poblaciones en dificultades económicas recurrieron a los bosques para obtener leña y a la caza ilegal y la pesca para obtener alimentos, con efectos devastadores. Por esta razón, el decrecimiento no ofrece garantía de que los impactos ambientales disminuyan. El coronavirus está alimentando el colapso de los precios del petróleo y la caída de las emisiones de carbón en todo el mundo. Si duran cuando los tiempos se normalicen (lo que es poco probable), significaría que el estancamiento económico se impuso y habría que aplicar dosis de violencia crecientes para preservar los bosques.

Ninguna solidaridad instantánea, nacida de una pandemia, dura si no tiene como soporte la conciencia política, esa que indica que la igualdad deja de ser abstracta cuando es un componente esencial del crecimiento económico y la democracia. Hoy se sabe que mañana el autoritarismo aguarda, agazapado, para saltar ante el primer reviré.

 

 

 

 

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